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Ya tenemos
lista para su aprobación en Cortes, la Ley del Aborto, irónicamente
denominada De salud sexual y reproductiva. Verdaderamente es
inagotable la capacidad inventiva de eufemismos de nuestro Gobierno.
Si al aborto provocado se le llama interrupción voluntaria del
embarazo, para mayor disimulo denominado con siglas tan inocuas como
I.V.E., ¿Por qué ha de sorprendernos que a una ley así se la llame
como se la llama?.
Entra por completo dentro de la lógica del encubrimiento y de la
simulación que preside las acciones del Gobierno que un propósito
criminal, que pretende liberalizar el aborto hasta las veintidós
semanas, incluyendo que las niñas de dieciséis años puedan abortar sin
permiso, ni siquiera el conocimiento de sus padres, no declare su
verdadero nombre.
No es costumbre de este
periódico mural ocuparnos de temas que no interesan al entorno y
circunstancias de esta CASASOLAR. En esta ocasión el tema es tan
serio, sin embargo, que no podemos pasar ante el como si no nos
afectara. Y es verdad que no lo hace personalmente, por simples
razones de edad, pero sí por su intrínseca gravedad moral y porque
todos, o casi, tenemos algún familiar que se expone a sufrir sus
consecuencias.
Cuando la Ministra de Igualdad (otra falsificación terminológica),
Bibiana Aido, declaró aquello tan sorprendente de que un feto era un
ser vivo pero no humano, es obvio que no tenía otro objetivo que
alejar del aborto el oprobio de su verdadera calificación criminal.
Paradójicamente, hasta su propio comité de sabios, elegido con todo
cuidado para que no se incluyera en él ninguno que pudiera objetar la
Ley, declaraba que, aunque no cabía duda de que cualquier feto es ya
un ser humano, podrían adoptarse previsiones que legitimaran su
supresión. Imposible una mayor contradicción, como puso de manifiesto
el profesor Nombela.
Para que no haya duda, y llamando a las cosas por su nombre, hemos de
señalar que en España el numero de abortos provocados desde 1997, ha
experimentado un escalofriante curva ascendente que va, desde los
49.578 correspondientes a ese año, hasta los 115.812, en 2008, que nos
equiparan con Alemania, pese a su enorme diferencia de población.
Pero, mientras en Alemania, tomando como referencia el mismo año 1997,
ha experimentado una ligera caída desde 130.890 a 114.484 en el año
final de la serie, aquí no ha hecho más que aumentar. Este descenso se
ha experimentado igualmente en Gran Bretaña, aunque en menor medida, y
sobre todo en Italia, que ha sido constante desde los más de 140.000
del año inicial, hasta los 122.000 del 2008.
Toda cifra es fría por definición. Basta un pequeño esfuerzo, sin
embargo, para poner cara y forma a esos miles y miles de seres humanos
privados de nacer. El dato es aterrador si se tiene en cuenta que el
Robert Boston Archive, estima el numero total de abortos realizados en
el mundo en el escalofriante número de ¡800.558.138!Cualquier
comparación con otro tipo de catástrofes produce escalofríos, pues
supera con creces los muertos de la primera guerra mundial, de la
segunda, del holocausto judío, de la revolución soviética o del Pol
Pot. Con razón el filósofo Julián Marías, se escandalizaba de esta
aberración a la que había llegado nuestro tiempo y se preguntaba cómo
sería juzgado por las generaciones venideras.
Comienza diciembre, en cuyo día 28, la tradición secular cristiana
recuerda la matanza de los inocentes. Es pues esta una ocasión
propicia para reflexionar sobre las dramáticas consecuencias de tanta
legislación permisiva, que se ha extendido por el mundo como una plaga
arrolladora. Una plaga que en el colmo de la perversión de las
palabras y de los conceptos, no conforme con despenalizar la muerte de
los inocentes, pretende, convertir en un derecho de la mujer el
suprimir la vida del su propio hijo gestante.
Con plena deliberación el PSOE ocultó durante la campaña electoral
este propósito, lo que revela su mala conciencia. Pese a las
farisaicas declaraciones que se empeñan en mostrar la Ley como una
demanda social, todas las encuestas reflejan un rechazo al aborto, tal
como en ella se formula, de entre el sesenta y el setenta por ciento.
Resulta por ello tanto más incomprensible la obstinación en seguir
adelante con el proyecto, cuando es notorio que entre sus propias
filas, son muchos los socialistas que desaprueban la futura Ley.
Ante tamaño despropósito cabría esperar que fuera retirada. Tal cosa,
por supuesto, no sucederá. Tampoco cabe hacerse ilusiones sobre la
posibilidad de un voto individual de conciencia.
La Ley de Zapatero se impondrá para ignominia de toda la sociedad
española y escándalo de los que se dicen bautizados y católicos que
pasarán de las graves condenas de la Iglesia para quienes la
promuevan, apoyen o la ejerciten. Otra vez Saturno devorará a sus
hijos, como en el mito tan brutalmente recordado por Goya. La
conciencia tiene un problema: no se la ve, pero su huella es larga y
profunda. De poco vale la licencia para matar si quien la otorgue,
carece de toda legitimidad moral para concederla, y nadie para
ejercerla.
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