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Quizá tuviera que atemperar
mi pasión para hablar de este personaje. No puedo. Yo lo descubrí
leyendo en mi casa aquellas primeras Obras Completas, que no lo eran
tanto. Hoy sé mucho más de la magnitud de José Antonio Primo de Rivera
y Sáenz de Heredia en cuya alma penetré a través de sus elegantes y
ajustadas palabras. Era casi un niño, quince o dieciséis años, cuando
inicié la lectura de los discursos, parlamentos y artículos de este
hombre del que se decía haber sido fusilado por los rojos; al que veía
encabezando la lista, junto a la cruz de los caídos por Dios y por
España; en cuyo recuerdo se cantaba el Cara al Sol con los brazos en
alto y extendidos; del que, al final, se gritaba ¡Presente! Un
personaje que ponía un nudo de emoción en la garganta de aquellas
juventudes con la camisa de color azul mahón, neto y proletario.
Palabras suyas con que definió tan emblemática camisa como única
prenda que habría de distinguir aquel movimiento revolucionario, con
el trabajo como fuente primera de producción, movimiento esperanzador
para una España chata, rota, derrotada, crispada, inculta…injusta
hasta la desesperación de las masas españolas hambrientas.
Es en esta España harapienta y enfrentada en la que aparece la figura
de un político distinto, que, por sus orígenes, podría parecer todo
menos el justiciero de los pobres, de los obreros, de los campesinos,
de los analfabetos y de los muertos de hambre. Pues lo fue, sí, o
quiso serlo y no lo dejaron por la incomprensión de un lado y la saña
del otro. Aquellas izquierdas de entonces, la mayoría de cuyos líderes
envenenaban con su rabiosa y resabiada demagogia las mentes y las
almas de los explotados. Derechas de entonces a cuyas élites les
sobraba hipocresía religiosa, altanería de clase, orgulloso desprecio
de los humildes e injusticia hasta desembocar en una sociedad dividida
por el odio cainita; derechas que, sin embargo, no se olvidaban de
ventear la bandera de España desde la cumbre de sus cicateros y
exclusivos intereses. En réplica, los de enfrente, las izquierdas
tremolaban banderas extrañas como la de la hoz y el martillo, enseña
del comunismo, una de las mayores estafas intelectuales, políticas y
sociales de la Historia de la Humanidad.
Y en este contexto histórico nace a la política José Antonio. Que sí,
que nace en el fascismo pero que como un meteoro intelectual se aleja
a la búsqueda de una vida digna, apacible, y democrática, son palabras
suyas, para el pueblo español. Su pensamiento avanza hacia una
democracia para el hombre que no para el partido. Una democracia
auténtica, directa; en la que sea cual sea la condición o clase del
individuo, éste desarrolle la plenitud de sus valores hasta alcanzar
el puesto que le corresponde en la sociedad, la misma Jefatura del
Estado, aunque sea el hijo del más humilde trabajador. Una sociedad en
la que la única aristocracia que exista sea la del trabajo.
Pero además José Antonio fue todo un estilo. Un arquetipo lo ha
llamado el catedrático emérito Enrique de Aguinaga. José Antonio dejó
rubricada con su sangre una manera de ser y estar ante la vida; un
estilo ético de tal magnitud que la Historia tendrá que reconocerlo,
ya empieza a hacerlo, como una de las figuras de ese puñado exquisito
y reducido de hombres y mujeres excelsos. Para conocerlo a fondo,
descontado mi apasionamiento, hay que leerlo hasta entrar en el
tuétano de sus palabras en las que está impresionada a fuego su alma
grandiosa. Para saber de José Antonio hay que empezar a leerlo por su
testamento.
De la sorpresa por su descubrimiento, al leer sus escritos, como un
tipo excepcional, hablan decenas de intelectuales, políticos,
artistas, de derechas o izquierdas, españoles o extranjeros. Desde el
cantante “Loquillo” hasta Miguel de Unamuno pasando por Salvador de
Madariaga, Rosa Chacel, etc., etc. Sorpresa en la sala y el tribunal
que lo juzgó y condenó a muerte, como refleja él mismo en su
testamento: “Ayer, por última vez expliqué ante el Tribunal que me
juzgaba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones repasé y aduje
los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más observé
que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban primero con
el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta
frase: ¡Si hubiéramos sabido que era esto, no estaríamos aquí! Y
ciertamente no hubiéramos estado allí: ni yo ante el Tribunal Popular
ni otros matándose por los campos de España”
Ni siquiera muchos de sus sedicentes seguidores lo han leído; lo peor
que le puede pasar a un creador y su doctrina. Por desgracia tengo
pruebas. Así salieron también las cosas.
Un personaje, en fin, que lo tenía todo: porte físico, valentía sin
fanfarronada, abogado de talla. Conozco casi directamente lo que dijo
de él Sánchez Román, catedrático, republicano, de izquierdas y uno de
los padres de la Constitución de la República: “Estamos ante un de los
mejores abogados de España”. Tendría José Antonio entonces unos
veintiocho años. Cuando Miguel de Unamuno se enteró de su muerte vino
a decir que habían matado a uno de los cerebros privilegiados de
Europa. Encima era marqués de Estella y Grande de España. Podría haber
llegado en cualquiera de aquellos partidos de la República a líder o
ser el Presidente del Gobierno o Jefe del Estado. Pero no, no
comulgaba con tanta trampa, tanta mentira, tanta vileza, tanta
traición, todo disfrazado de democracia, contra su propia Patria a la
que tanto amaba a pesar de no gustarle.
Por una España más justa, más digna, más libre, más grande, como
antigua descubridora y civilizadora de pueblos, murió en plena
juventud y en un paredón, como sólo mueren los héroes. En ese
testamento figuran estas palabras: “Ojalá fuera la mía la última
sangre española que se vertiera en discordias civiles”.
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