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El Valle de los Caídos
motiva opiniones y discusiones apoyadas en equívocos. Don Anselmo
Álvarez Navarrete, monje benedictino que vive allí desde hace 51 años
y abad del monasterio desde 2004, desvela detalles poco o nada
conocidos: ni murieron mil muertos durante su construcción, como
algunos han dicho; ni se obligó a ningún preso a trabajar en ella; ni
se concibió el monumento a mayor gloria del bando vencedor y
humillación de los vencidos.
Patrimonio Nacional ha hecho público que el Valle es el
monumento más visitado de cuantos dependen de ese organismo. Para
orar, como visita turística, o simplemente para curiosear y comer en
la hospedería. Sin embargo, subsiste el rechazo de algunos. ¿Será
únicamente por ser una obra del régimen de Franco?
Se juzga el monumento con la misma diversidad de ópticas con que se ha
considerado el acontecimiento que le dio origen. Pero ahora, como
entonces, pesan más las razones ideológicas de unos y otros. Aunque lo
cierto es que esas posiciones habían venido atenuando su aspereza
hasta tiempos recientes.
La construcción del Valle corrió a cargo de técnicos y
artistas ajenos, o incluso contrarios al régimen que lo erigió...
La selección de las personas que dieron forma al conjunto del
monumento la hicieron en función de la capacidad profesional requerida
en cada ocasión, al margen de cualquier otra consideración. Por eso
intervinieron arquitectos, ingenieros o artistas en ocasiones de
tendencia nacionalista, republicana o socialista declarada. Baste
mencionar los casos, ya conocidos, de Julio Beovide, autor del Cristo
que preside el altar mayor de la basílica; el ingeniero, persona muy
vinculada a la República, retornado del exilio y cuyos cálculos del
peso de la cruz y la estructura de sus brazos fue decisiva... O el más
conocido, Juan de Ávalos, artífice de las imágenes de los evangelistas
o La Piedad, con militancia socialista, al menos durante
algún tiempo.
Recientemente, Antena 3 TV emitió un extenso
documental en dos capítulos dedicado íntegramente al Valle.
Con toda docilidad se mantuvo en lo políticamente correcto sobre lo
que debe ser dicho o callado acerca del Valle. Las conversaciones
previas parecían alejar esta perspectiva, pero finalmente todo se
olvidó para no alterar la cantinela prescrita. Ha sido una tramoya
penosa.
Sin embargo, en ese documental se incluían sendas entrevistas
con usted...
Se me dio una oportunidad porque eso parecía formar parte de lo
correcto en esta ocasión. Pero su inclusión en un conjunto en el que
los autores de la partitura decidieron que casi todas las demás voces
recitaran un contrapunto descalifica, creo, la intención y el
resultado.
Hay quienes sostienen que el Valle fue un campo de trabajos
forzados donde nada se redimía.
Todos los datos documentales e irrebatibles desmienten esa afirmación.
La presencia de penados en las obras se debió a la iniciativa de las
empresas constructoras, con autorización del Gobierno y en aplicación
de la Ley de redención de penas por el trabajo, para los reclusos que
quisieran acogerse a ella. Se trataba, por tanto, de una opción
completamente libre en todos los casos, con la posibilidad de
redención de varios días de la condena por cada día trabajado. Su
aplicación en el Valle -entre 1943 a 1949- superó los beneficios de
esta Ley, que preveía tres días de redención de pena por cada uno
trabajado. Ya en el segundo año, fueron cinco. Y seis a partir del
tercero, manteniéndose esta proporción hasta el final. Ello permitía
que las penas más altas quedaran reducidas o anuladas en tiempo
relativamente breve, y muchos, ya libres, solicitaron seguir
trabajando en las obras, en las que no pocos permanecieron hasta el
final y prestaron normalmente sus servicios a la comunidad. Entre
varios otros, el practicante, el maestro del poblado y el médico
doctor Lausín.
En el documental aludido se añadía como signo inhumano que los
penados percibían 50 céntimos por día. ¿Es cierto?
El régimen de trabajo los equiparaba a los de cualquier empresa y en
total igualdad con los trabajadores libres del Valle, la mayoría de
los pueblos vecinos y siempre mucho más numerosos. Horario laboral,
seguros y derechos sociales, fueron idénticos. El salario era el
correspondiente a su categoría laboral, según las bases en vigor en
toda la zona del Valle, incrementado con las horas extraordinarias,
optativas y tan sólo a ellos autorizadas, y por diversas
gratificaciones. Del total, el 25% se entregaba al recluso y el resto
se ingresaba en una libreta de ahorro de la que podía beneficiarse su
familia, y cuyo líquido cobraba el interesado al recobrar su libertad.
Se calculó que la cantidad total percibida se equiparaba o superaba a
la de los maestros de la época. Gozaban igualmente de todos los
seguros sociales como los de vejez, accidentes de trabajo, invalidez y
paro. Al término de su trabajo tenían acceso a viviendas protegidas.
Uno de los intervinientes en aquel programa dijo textualmente:
«La cruz del Valle levanta ampollas entre los familiares de uno y otro
bando». ¿Qué piensa de esto?
Me parece que la generalidad de la apreciación la hace bastante
gratuita, y desde luego resulta rigurosamente minoritaria en el
conjunto de las que se han escuchado en estos cincuentas años. Más que
la cruz del Valle, lo que hoy levanta ampollas y fobias en algunos es
la Cruz de Cristo.
En ocasiones se reivindica la aproximación de sus familiares a
determinados presos. ¿Se pensó ya en esto entonces, ante un régimen de
reclusión tan especial?
Disfrutaban de un amplio régimen de libertad, que les permitía
relacionarse con todos los residentes del valle de Cuelgamuros,
desplazarse libremente por el interior del recinto o a los pueblos de
los alrededores los domingos y festivos, así como, en no pocos casos,
vivir temporal o establemente con sus familias en el interior del
Valle, en casas construidas con ayuda de las empresas y los
compañeros. El poblado contaba con una escuela para los hijos de las
familias residentes en el Valle, tanto de los empleados y trabajadores
libres como de los reclusos que convivieron con sus familias. El
maestro, don Gonzalo de Córdoba, que había sido un recluso más,
continuó esa función hasta su jubilación.
También se ha dicho que en las obras del Valle murieron más de
mil trabajadores. ¿Es ésa la cifra?
La reiteración de cifras como ésas tiene poco que ver con la Historia
y con la documentación. Al término de las obras, el médico, que casi
desde el principio atendió a los obreros del Valle -él mismo recluso-,
dio la cifra de 14 muertos durante todo el tiempo de las obras.
Recientemente, la investigación ha permitido localizar tres fuentes
oficiales, cada una de las cuales recoge fehacientemente y sin lugar a
duda esta misma cifra con inclusión de nombres, fechas y motivo de
fallecimiento. Las causas fueron siempre accidentes laborales debidos
principalmente a variantes de silicosis por el polvo originado en la
excavación de la basílica. No es de excluir que, tras la baja laboral
por afecciones de esta naturaleza, luego se pudiera producir alguna
defunción aislada de la que no existe constancia. No se produjo, en
cambio, baja alguna en la construcción de la cruz, como tantas veces
han afirmado algunos, porque, cuando ésta se inició en 1950, ya no
quedaba ningún recluso en el Valle.
Terminada la basílica, ¿se contempló para su entierro en su
necrópolis la filiación política o credo religioso de los caídos?
Es sabido que en el cementerio de la basílica reposan caídos de ambos
lados. Fue una de las finalidades que presidieron desde muy pronto la
realización del monumento. Tampoco se exigió ni se indagó la confesión
católica de los enterrados, a pesar del carácter sagrado del lugar.
Frente a algunos pronunciamientos del momento en contra, la misma
Nunciatura manifestó entonces que dicha exigencia no era indispensable
en aquella circunstancia.
Además de estos datos, ¿existen testimonios de carácter
popular que pueda consultar cualquiera sobre estos y otros aspectos
del Valle?
La fuente de información más completa y objetiva sigue siendo la obra
del arquitecto Diego Méndez El valle de los Caídos. Idea.
Proyecto. Construcción, del que acaba de publicarse la segunda
edición. Alfredo Amestoy ha llevado recientemente a Internet unas
páginas tituladas La verdadera historia del Valle de los Caídos,
réplica de tantas otras obras apócrifas. Y hay que subrayar el libro
de Miguel Rodríguez Gutiérrez El último preso del Valle de los
Caídos, cuya descripción de su propia experiencia como trabajador
penado del Valle echa por tierra tantas historias fantásticas sobre
los reclusos que intervinieron en las obras de Cuelgamuros.
Juan Mayor de la Torre
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