BORRÁS, EL OLVIDADO

 

Enrique Domínguez Millán

La Tribuna de Cuenca, 24 abril de 2009.

 
Era alto, esbelto, bien plantado. De tez morena, el pelo negro y estirado, la mirada penetrante, la sonrisa pronta.

¿Quién se acuerda ahora de Tomás Borrás? Sin embargo, en mi juventud, era un escritor conocido, admirado y en permanente actualidad. Su nombre aparecía a diario en los periódicos, su voz era habitual ante los micrófonos de las radios y sus libros ocupaban lugar destacado en los escaparates de las librerías.

Cuando yo era joven, él también lo era, pese a treinta y tantos años mayor que yo. De él escribí entonces que era un nuevo Fausto con pacto -diabólico o angélico- de juventud perenne. Borrás era joven desde hacía muchos años y tenía trazas de seguir siéndolo hasta que se muriera de viejo. Yo creo que había nacido para joven como otros nacen para diplomáticos o ingenieros de minas, vaya usted a saber por qué. Lo cierto es que, ni su figura, ni sus ademanes, ni sus andares, ni sus palabras reflejaban el paso del tiempo y, menos aún, las huellas de una vida vivida intensamente, con abundancia de episodios ingratos. A Borrás la vida le había golpeado como a cualquiera, pero no le había bajado los humos. Despegaba una actividad incansable y, sobre todo, mantenía una independencia de ideas y criterios -sin doblegarse ante nada ni ante nadie- que en mi concepto es algo que caracteriza o debe caracterizar a la juventud.

Conocí a Borrás como a tantos otros, al hacerle una entrevista para "Pueblo". Fue a finales de la primavera del año 58. Inmediatamente surgió una mutua simpatía, que en mí, era fuertemente admirativa y, en él, estaba desprovista por entero de paternalismo y generosamente teñida de un compañerismo a todas luces desproporcionado. Desde entonces, nos veíamos con frecuencia, a menudo comíamos juntos y manteníamos unas conversaciones en las que sus palabras me ofrecían el interés de una lección magistral.

Borrás vivía en el mismo edificio del cine Coliseum, al final de la Gran Vía madrileña, con entrada por el numero 5 de la calle General Mitre. Su estudio tenía un enorme ventanal abierto a la Plaza de los Mostenses. Ante él se alineaba la mesa en que escribía, una mesa de más de tres metros de longitud sobre la que se amontonaban libros, periódicos, revistas, papeles de todo tipo y pruebas de imprenta. Destacaba la presencia en ella de dos maquinas de escribir. Una estaba recién comprada cuando conocí al escritor, que me confesó que siempre escribía a máquina. Por las cintas de la otra habían pasado letra a letra, cuarenta y tantos libros, más de ochenta comedias y un número considerable de cuentos y de artículos.

De entrada, lo primero que llamó mi atención en este estudio fue una colección, enmarcada y distribuida por las paredes, de los primeros carteles de la Falange. Tomás Borrás era falangista de los tiempos fundacionales. Había pertenecido al corro selecto de escritores y poetas reclutado por José Antonio. Y pertenecía al escaso grupo de falangistas que habían vuelto la espalda a las tentadoras ofertas del régimen franquista. Jamás había aceptado un cargo oficial ni detentado ninguna clase de poder o regalía. Vivía de su trabajo, se mantenía ajeno a la oligarquía gobernante, era escéptico en materia política y la única actitud que manifestaba abiertamente era la de un profundo y visceral anticomunismo.

Junto a los carteles, tapizaba los muros una gran cantidad de caricaturas en las que el rostro del escritor aparecía visto humorísticamente de mil maneras. Estaban firmadas por los mejores caricaturistas españoles: Sancha, Bagaría, Lassa, Córdoba, Motos, Dávila, y un largo etc.. También era notable el número de pequeños botijos de barro repartidos por los estantes de la biblioteca: eran pitos mallorquines de muy diversas formas, de esos que, poniéndoles agua y soplando con fuerza, reproducen el canto de los pájaros. Los había por docenas.

Pese a lo confortable y a lo céntrico del estudio, se notaba que, Tomás Borrás no se encontraba allí a gusto. El mismo me lo confeso en alguna ocasión. El insulso cosmopolitismo de la Gran Vía le repelía íntimamente. Borrás había nacido en el barrio de Maravillas, uno de los tres barrios castizos -con Lavapies y el Barquillo- del Madrid tradicional. Se había criado en la calle de Toledo, una calle eminentemente popular por la que Extremadura, Andalucía y gran parte de Castilla se adentran en el corazón de la Villa y Corte. Y había estudiado en la calle Ancha de San Bernardo, cuando ésta aún no había perdido su carácter escolar y bohemio. Este era el entorno que le atraía y que visitaba casi a diario para mezclarse y confraternizar con el pueblo auténtico, el pueblo sencillo, pintoresco y múltiple que pupula por las arterias de viejo Madrid. A Tomás Borrás le gustaba pasear por la calle, sentir la calle, recibir de ella experiencias, lecciones y sensaciones, así como la incitación vital que precisaba para escribir. Por esto y porque jamás salía de Madrid, Borrás se conocía la ciudad como nadie, escribía de Madrid como nadie y era uno de los más informados cronistas de la Villa. Recuerdo que cuando le conocí, cuando entré por primera vez en su estudio, estaba corrigiendo las pruebas del que iba a ser su próximo libro. Llevaba por título "Madrid gentil, torres mil", el famoso piropo de Jerónimo de la Quintana. AL publicarse, poco después, pude comprobar que era una apasionada biografía y un hermosos retrato de Madrid. Un retrato de cuerpo entero, ya que comprendía el suelo, y el subsuelo de la capital. Es decir, el aire al que se elevan sus torres, la superficie por la que se expande y hasta el "Metro" que lo perfora.

Borras era alto, esbelto, bien plantado. De tez morena, el pelo negro y estirado, la mirada penetrante, la sonrisa pronta. Las mujeres seguían considerándole guapo. Con su postura, su simpatía, su elegancia en el vestir, y su labia debió haber tenido mucho éxito entre ellas, sobre todo en sus años de vida airada y bohemia. Aunque no era amigo de hablar de sí mismo, supe por el que había estado casado con una famosa cupletista, a la que, tras lustros de viudedad, seguía recordando con afecto sincero.

Un día decidió cambiar de domicilio. Se fue a vivir a Embajadores, pero no en las cercanías del Rastro como le hubiera gustado, sino en la prolongación de la calle, al otro lado del Portillo. Era una casa nueva y sin personalidad, pero muy amplia, en la que le resultó fácil acoplar todas sus cosas: sus recuerdos, sus colecciones y principalmente sus libros, que ocupaban innumeras estanterías. Yo pienso que salió perdiendo con el cambio. Se quedó alejado de los amigos, de las redacciones y de los centros literarios con que se relacionaba. Este alejamiento modificó en gran parte sus costumbres: se hizo menos abierto, más perezoso, menos dado al trato social. Sería en esta casa donde en 1976, le llegaría la llamada de la muerte.

Tomás Borrás fue un escritor de muchos registros, pero sobre todo fue un escritor con estilo. A lo largo del siglo XX solo ha habido en España cuatro escritores conocidos a los que pueda aplicarse sin reservas el título de "estilista". Son Azorín, Eugenio D'Ors, Tomás Borrás y Pedro Lorenzo. A los cuatro tuve la suerte de conocerles, pero es evidente que no se me ha pegado nada de ninguno de ellos, lo cual soy el primero en lamentar. Borrás escribía una prosa castiza, pero muy elaborada y precisa en la que se mezclaban los giros populares con el léxico más exquisito. Sus descripciones eran fieles a la realidad, pero no fotográficas: eran profundas, calaban hondo. Borrás era un observador, no un contemplativo. Los personajes creados por el en sus novelas solían ser de apariencia sencilla, pero de una notable complejidad psicológica y una inquietante vida interior. Cuando escribía para el teatro hacía lo posible porque parecieran reales y se expresasen en un lenguaje cotidiano, cosa que no debía resultarle nada fácil. Sin embargo, tenía en su haber numerosos estrenos con éxito memorable, singularmente en el campo de las adaptaciones. La poesía fue una forma expresiva que abandonó pronto. En cambio, cultivó el artículo periodístico hasta el último momento de su vida e hizo de él una de sus señas de identidad.

Hoy está olvidado. Diré que injustamente olvidado. Fue un modelo en muchas cosas. Un modelo de escritor serio, independiente e incorruptible. Un modelo de hombre honesto, amante de su pueblo y animado por los más puros ideales solidarios. Modelo de escritor y de hombre que debería ser propuesto como tal a las nuevas generaciones. Dejarle en el olvido ya poco daño puede hacerle... Quien sale perjudicada es la sociedad española que tan necesitada está -más y más cada día-, de modelos a imitar.