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El
25 de setiembre de 194I fue creado el INI, Instituto Nacional de
Industria. Durante cincuenta y cinco años fue el indudable
protagonista de la recuperación y desarrollo de la España recién
salida de la Guerra Civil. No surgía de la nada: su principal impulsor
y primer presidente, Juan Antonio Suanzes, ha contado cómo durante la
guerra, ya en la primera sede del Gobierno, en Burgos, los consejos
dedicaban largas sesiones a preparar la ineludible reconstrucción que
España necesitaría al concluir la guerra, y la creación de nuevas
industrias. Su pretensión era recuperar cuanto antes el potencial
económico e industrial que ya había venido degradándose desde mucho
antes.
La dictadura de Primo de Rivera había sido un primer intento de
restauración del relativo esplendor que habíamos disfrutado durante la
Primera Guerra Mundial y su posguerra. La neutralidad que Alfonso XIII
había mantenido en la contienda fue uno de los principales factores de
esta bonanza. A ella se sumó la euforia que en todas partes
caracterizó a los «felices años veinte» hasta que fuera brutalmente
interrumpida por la crisis financiera del 29 en EE UU.
Aquella convulsión supuso un choque frontal para algunas economías de
este lado del Atlántico que apenas habían comenzado a recuperarse de
la Guerra de 14. En EE UU y algún país occidental era un clamor la
adopción de medidas excepcionales que iban tomando cuerpo en mayor o
menor grado bajo la inspiración de Keynes. Interpretado con ligereza
se encontró en él al reformista moderado del capitalismo, para evitar
la deriva comunista rusa. La revolución soviética, por el contrario,
buscó en Carlos Marx a su propio profeta. Su promesa de redención iba
contaminando de nuevas ansias liberadoras a los países más afectados
por la Guerra, como Alemania, y otros menos desarrollados o sometidos
al colonialismo. La conciencia de un mundo nuevo nacía, mientras, como
alguien dijo, el viejo no acababa de morir.
La crisis del 29 venía agrandándose por las respuestas equivocadas de
la desastrosa política llevada a cabo por el republicano Herbert
Hoover, (1874-1964): no más apertura, sino menos. Se abandonó el
librecambio y el proteccionismo renació con fuerza. y su expresión fue
el arancel Smoott-Hawley de 1930. Derrotado en 1933 por Franklin
Delano Rooselvet (1882-1995), al asumir la Presidencia impulsó una
serie de resoluciones inesperadas opuestas, precisamente, a las que
constituían su continuista programa electoral, que desembocaron en el
New Deal: muy discutido en su época como una especie de socialismo
moderado, y por completo ajeno a la tradición liberal americana,
constituyó una especie de revolución intervencionista, inspirada en
las ideas económicas de Keynes, que aún hoy siguen constituyendo el
núcleo duro intelectual de los sectores más progresistas del partido
conservador.
El New Deal podría traducirse como el «nuevo consenso»; supuso algo
así como los Pactos de la Moncloa, para entendernos con un referente
que nos es más próximo. En los coletazos de la crisis llegaría después
hasta la Resolution Trust Corporation, liquidada cuando el siglo
llegaba a su fin y parecía anunciarse un nuevo período de bienestar.
Se trataba de una empresa pública encargada de comprar y gestionar
otras privadas amenazadas de quiebra. Pero la obra más permanente de
Rooselvet, que todavía hoy causa admiración, fue poner la mayor
empresa pública productora de electricidad conocida hasta entonces: la
Teennesee Valley Authority. Una obra de dimensiones faraónicas sólo
comparable a la que andando el tiempo supuso la presa de Assuan, de
Nasser, en Egipto.
Siguiendo la estela de esta política, Italia daba, con el ex
socialista Mussolini, reconvertido en fascista, un significativo paso
adelante, en el año 33, con la creación del Istituto per la
Ricostruzione Industriale italiana, más conocido como IRI. Su objetivo
era apoyar la recuperación del sistema financiero italiano,
desarbolado tras la crisis del 29, con la bancarrota de bancos tan
importantes como el Banco di Roma, la Banca Commerciale Italiana y el
Gruppo Unicredito, entre otros. Reflotada la banca, el IRI se
convirtió, a partir de 1937, en una institución permanente, orientada
a la recuperación industrial. Se convirtió así, mediante la
participación en sociedades industriales en dificultades, o la
creación de otras nuevas, en el más importante grupo industrial
italiano. No abandonó del todo su vocación financiera, ya que mantuvo
un sistema bancario propio que apoyara sus inversiones. El modelo
italiano fue adoptado, con variantes diversas, por muchas de las
empresas públicas que iban surgiendo en otros países europeos.
España se sumó a esta tendencia, con sus singulares diferencias, en
todo caso, del modelo italiano. Aun así, la creación del INI fue
precedida de contactos entre ambas entidades. Estas buenas relaciones,
no exentas de proyectos competitivos en ocasiones, se mantuvieron
siempre. Incluso por los años sesenta se materializaron en una
comisión INI-IRI, a la que tuve el honor de pertenecer. Una
característica destacada de la nueva entidad es que en su fundación no
se tuvieron en cuenta para nada fundamentos doctrinales. Sus hombres,
de la hechura de Suanzes, compañeros muchos de carrera y experiencia
militar, eran sobre todo pragmáticos que atendían a la dura realidad
que el país atravesaba en aquellos momentos. La más importante era que
el INI siempre careció de un sistema financiero propio, y sus
inversiones eran decididas por la Presidencia del Gobierno, a cargo de
Carrero como subsecretario de la Presidencia. Esta situación se
modificó a partir del conocido informe del Banco Mundial, decisivo
para iniciar la época del desarrollo. Uno de los cambios más
indicativos de la nueva situación fue el paso del INI a la
jurisdicción del Ministerio de Industria, ocupado entonces por López
Bravo.
Este cambio sustancial, en el que los caracteres de Suanzes y López
Bravo, tan opuestos, se enfrentaron inevitablemente, ocasionó la
dimisión de Suanzes, episodio en el que no vamos a entrar ahora, por
supuesto.
Los nuevos vientos liberalizadores que soplaban desde la Unión Europea
afectaron tanto al INI (1966) como al IRI (2000). Una privatización
relativa, puesto que tanto el Estado español como el italiano se
reservaron la presencia en algunos sectores estratégicos, como se puso
de manifiesto en las sucesivas opas de Endesa. Se trató, pues de una
ficción virtual que tanto España, durante algún tiempo, como Francia y
Alemania, mantienen aún mediante ingeniosas artificios legales, pese a
la oposición de Bruselas.
En sus últimos años el INI acabó convirtiéndose en «hospital de
empresas», función de la que Hunosa es bien conocido ejemplo en
Asturias. Una forma sutil de privatizar los beneficios y socializar
las pérdidas. Finalmente, bajo el que fuera su último presidente,
Javier Salas, fue definitivamente suprimido, por una ley del año 1996,
en pleno período socialista, lo que no deja de ser incongruente.
Asusta pensar ahora, con la que está cayendo -bancarrota bancaria,
inyecciones multimillonarias de dinero público para el salvamento de
bancos de primer orden en EE UU, Inglaterra, Alemania, Holanda o
Francia, y del Banco Central Europeo para el resto de la UE; con una
perspectiva para España de cuatro millones de parados acompañada de
una caída por debajo del 1 por ciento del PIB; declaraciones como la
de Sarkozy de que hay que reajustar el «laisser faire», o el triunfo
de los ultraderechistas en Austria- si no habrá que reinventar el tan
denostado INI.
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