¿REINVENTAR EL INI?

 

Gonzalo Cerezo Barredo

La Nueva España, 2-10-08

 

 El 25 de setiembre de 194I fue creado el INI, Instituto Nacional de Industria. Durante cincuenta y cinco años fue el indudable protagonista de la recuperación y desarrollo de la España recién salida de la Guerra Civil. No surgía de la nada: su principal impulsor y primer presidente, Juan Antonio Suanzes, ha contado cómo durante la guerra, ya en la primera sede del Gobierno, en Burgos, los consejos dedicaban largas sesiones a preparar la ineludible reconstrucción que España necesitaría al concluir la guerra, y la creación de nuevas industrias. Su pretensión era recuperar cuanto antes el potencial económico e industrial que ya había venido degradándose desde mucho antes.

La dictadura de Primo de Rivera había sido un primer intento de restauración del relativo esplendor que habíamos disfrutado durante la Primera Guerra Mundial y su posguerra. La neutralidad que Alfonso XIII había mantenido en la contienda fue uno de los principales factores de esta bonanza. A ella se sumó la euforia que en todas partes caracterizó a los «felices años veinte» hasta que fuera brutalmente interrumpida por la crisis financiera del 29 en EE UU.

Aquella convulsión supuso un choque frontal para algunas economías de este lado del Atlántico que apenas habían comenzado a recuperarse de la Guerra de 14. En EE UU y algún país occidental era un clamor la adopción de medidas excepcionales que iban tomando cuerpo en mayor o menor grado bajo la inspiración de Keynes. Interpretado con ligereza se encontró en él al reformista moderado del capitalismo, para evitar la deriva comunista rusa. La revolución soviética, por el contrario, buscó en Carlos Marx a su propio profeta. Su promesa de redención iba contaminando de nuevas ansias liberadoras a los países más afectados por la Guerra, como Alemania, y otros menos desarrollados o sometidos al colonialismo. La conciencia de un mundo nuevo nacía, mientras, como alguien dijo, el viejo no acababa de morir.

La crisis del 29 venía agrandándose por las respuestas equivocadas de la desastrosa política llevada a cabo por el republicano Herbert Hoover, (1874-1964): no más apertura, sino menos. Se abandonó el librecambio y el proteccionismo renació con fuerza. y su expresión fue el arancel Smoott-Hawley de 1930. Derrotado en 1933 por Franklin Delano Rooselvet (1882-1995), al asumir la Presidencia impulsó una serie de resoluciones inesperadas opuestas, precisamente, a las que constituían su continuista programa electoral, que desembocaron en el New Deal: muy discutido en su época como una especie de socialismo moderado, y por completo ajeno a la tradición liberal americana, constituyó una especie de revolución intervencionista, inspirada en las ideas económicas de Keynes, que aún hoy siguen constituyendo el núcleo duro intelectual de los sectores más progresistas del partido conservador.

El New Deal podría traducirse como el «nuevo consenso»; supuso algo así como los Pactos de la Moncloa, para entendernos con un referente que nos es más próximo. En los coletazos de la crisis llegaría después hasta la Resolution Trust Corporation, liquidada cuando el siglo llegaba a su fin y parecía anunciarse un nuevo período de bienestar. Se trataba de una empresa pública encargada de comprar y gestionar otras privadas amenazadas de quiebra. Pero la obra más permanente de Rooselvet, que todavía hoy causa admiración, fue poner la mayor empresa pública productora de electricidad conocida hasta entonces: la Teennesee Valley Authority. Una obra de dimensiones faraónicas sólo comparable a la que andando el tiempo supuso la presa de Assuan, de Nasser, en Egipto.

Siguiendo la estela de esta política, Italia daba, con el ex socialista Mussolini, reconvertido en fascista, un significativo paso adelante, en el año 33, con la creación del Istituto per la Ricostruzione Industriale italiana, más conocido como IRI. Su objetivo era apoyar la recuperación del sistema financiero italiano, desarbolado tras la crisis del 29, con la bancarrota de bancos tan importantes como el Banco di Roma, la Banca Commerciale Italiana y el Gruppo Unicredito, entre otros. Reflotada la banca, el IRI se convirtió, a partir de 1937, en una institución permanente, orientada a la recuperación industrial. Se convirtió así, mediante la participación en sociedades industriales en dificultades, o la creación de otras nuevas, en el más importante grupo industrial italiano. No abandonó del todo su vocación financiera, ya que mantuvo un sistema bancario propio que apoyara sus inversiones. El modelo italiano fue adoptado, con variantes diversas, por muchas de las empresas públicas que iban surgiendo en otros países europeos.

España se sumó a esta tendencia, con sus singulares diferencias, en todo caso, del modelo italiano. Aun así, la creación del INI fue precedida de contactos entre ambas entidades. Estas buenas relaciones, no exentas de proyectos competitivos en ocasiones, se mantuvieron siempre. Incluso por los años sesenta se materializaron en una comisión INI-IRI, a la que tuve el honor de pertenecer. Una característica destacada de la nueva entidad es que en su fundación no se tuvieron en cuenta para nada fundamentos doctrinales. Sus hombres, de la hechura de Suanzes, compañeros muchos de carrera y experiencia militar, eran sobre todo pragmáticos que atendían a la dura realidad que el país atravesaba en aquellos momentos. La más importante era que el INI siempre careció de un sistema financiero propio, y sus inversiones eran decididas por la Presidencia del Gobierno, a cargo de Carrero como subsecretario de la Presidencia. Esta situación se modificó a partir del conocido informe del Banco Mundial, decisivo para iniciar la época del desarrollo. Uno de los cambios más indicativos de la nueva situación fue el paso del INI a la jurisdicción del Ministerio de Industria, ocupado entonces por López Bravo.

Este cambio sustancial, en el que los caracteres de Suanzes y López Bravo, tan opuestos, se enfrentaron inevitablemente, ocasionó la dimisión de Suanzes, episodio en el que no vamos a entrar ahora, por supuesto.

Los nuevos vientos liberalizadores que soplaban desde la Unión Europea afectaron tanto al INI (1966) como al IRI (2000). Una privatización relativa, puesto que tanto el Estado español como el italiano se reservaron la presencia en algunos sectores estratégicos, como se puso de manifiesto en las sucesivas opas de Endesa. Se trató, pues de una ficción virtual que tanto España, durante algún tiempo, como Francia y Alemania, mantienen aún mediante ingeniosas artificios legales, pese a la oposición de Bruselas.

En sus últimos años el INI acabó convirtiéndose en «hospital de empresas», función de la que Hunosa es bien conocido ejemplo en Asturias. Una forma sutil de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. Finalmente, bajo el que fuera su último presidente, Javier Salas, fue definitivamente suprimido, por una ley del año 1996, en pleno período socialista, lo que no deja de ser incongruente.

Asusta pensar ahora, con la que está cayendo -bancarrota bancaria, inyecciones multimillonarias de dinero público para el salvamento de bancos de primer orden en EE UU, Inglaterra, Alemania, Holanda o Francia, y del Banco Central Europeo para el resto de la UE; con una perspectiva para España de cuatro millones de parados acompañada de una caída por debajo del 1 por ciento del PIB; declaraciones como la de Sarkozy de que hay que reajustar el «laisser faire», o el triunfo de los ultraderechistas en Austria- si no habrá que reinventar el tan denostado INI.