20 de noviembre e imperativo revolucionario

 

Ismael Medina

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El 20 de noviembre parece haberse convertido en cita obligada para escribir sobre su significado histórico, cultural y político. Y para indagar en la entidad profunda de quienes, con su muerte, otorgaron a esa fecha contradictorio simbolismo. ¿Por qué, me pregunto, sigue viva, e incluso acrecida, la memoria de esos muertos, pese a las muchas décadas transcurridas, hasta convertirse en motivo de acalorada polémica, en obsesión vindicativa de la izquierda en el poder y en desvío vergonzante de la derecha?

Nos provocan algo más que desasosiego y consternación los acontecimientos de estos días de noviembre a quienes superamos con creces, desde muy temprano, la quiebra que nos condujo a la guerra civil y sus consecuencias. Lo hemos escrito y voceado desde nuestros tiempos mozos, despegados de nostalgias emocionales, filiados a un ansia común de futuro por ganar y asidos al rigor de aquellos en cuyo magisterio fiábamos por su hondura intelectual, su ejemplaridad personal o su lúcida incitación a nuevos horizontes de cambio histórico. Y estoy persuadido de que muchos de nosotros, tenazmente inconformistas, nos hemos afanado en estudiar, sin prejuicios ni apego a los tópicos partidistas, el pasado que vivimos y aquel otro anterior en que se fraguó el conflicto. Buena prueba de esa actitud que a los joseantonianos nos caracteriza es la serie de Apuntaciones de Antonio Castro Villacañas sobre la peripecia falangista desde su fundación a nuestros días, en las que no hurta el juicio crítico acerca de su trasunto histórico ni de comportamientos personales o de grupo. Las Apuntaciones de Castro Villacañas son la proyección intelectual de una manera de ser. Y no de una forma de estar en cuya jaula se ven atrapados los políticos que, desde el totalitarismo partitocrático, disputan el poder por el poder bajo disfraces democráticos, convirtiendo a España en corrala sin ley ni destino.

FALSEAMIENTO PERVERSO DEL 20 DE NOVIEMBRE

PERO vuelvo al hoy perentorio del 20 de noviembre. La izquierda política de diverso pelaje, unida por el pesebre del poder, y su agit-prop mediático, amén de los que les hacen el juego desde una supina ignorancia histórica o una incurable pereza mental, se empecinan en sostener que los acontecimientos de este 20 de noviembre lo han acaparado la ultraderecha, motejada de nazi-fascista, y la ultraizquierda radical. Pero como esa ultraderecha no ha dados motivos para acusarla de violencia callejera y sí lo ha hecho la ultraizquierda en parejos términos que la guerrilla urbana batasuno-etarra, unos y otros revisionistas de la "memoria histórica" rodriguezca se han apresurado a pasar página sobre las revueltas ultraizquierdistas, las cuales dejaron tras de sí, como de costumbre, destrozos y policías heridos.

Tampoco ha faltado un reputado periodista de cerebro acanallado y tenebrosos resentimientos para enhebrar una crónica injuriosa, y argumentalmente insostenible, sobre la figura de José Antonio Primo de Rivera. Me refiero a Martín Prieto, columnista de "El Mundo", que en Argentina fue infestado por la purulencia montonera y tupamara. Pero dejo aquí tan deleznable parida, una vez que Félix Arbolí lo ha comentado en la Contraportada del pasado lunes. A Martín Prieto, tan documentado cuando sirve a su sectarismo, le convendría leer "Mil veces José Antonio", de Emilio González Navarro y Enrique de Aguinaga (Ediciones Plataforma 2003) para conocer lo que los adversarios del fundador de FE, incluso acérrimos enemigos, opinaron elogiosamente de él. Pero quienes son esclavos de sus prejuicios rehúsan conocer o admitir lo que pueda hacerles rectificar.

Tampoco "Periodista Digital" se ha evadido de lo que hoy se considera "políticamente correcto", no otra cosa que el miasma sembrado por Rodríguez y su camarilla de mediocres y minorías allegadas. Titulaba con estrépito tipográfico, sobre una fotografía de un mar de banderas de España enarboladas por una de las manifestaciones "ultraderechistas", que ésta sería la última manifestación al Valle de los Caídos, tras la promulgación de la Ley de Memoria Histórica. ¡Joder con los que presumen de libertades democráticas! Resulta que el Tribunal Supremo acaba de tirar por tierra, en nombre del derecho a la libertad de expresión sancionada por la constitución, la normativa que prohibía y castigaba cualquier crítica, o asomo de crítica, contraria a las versiones intocables de determinados genocidios. ¿Dictaminaría en parejos términos si lo debiera hacer en el caso de un recurso sobre la aberrante Ley de Memoria Histórica? Albergo racionales dudas.

EL HIMNO DEL PODER ES LA INTERNACIONAL

EL poder político hace ley del embudo de la libertad de expresión. La amplía con holgura cuando conviene sus intereses partidistas, aunque sean anticonstitucionales como en el caso de los excesos secesionistas o la transgresión de la Ley de Banderas , de la que participan no pocos regidores socialistas. Pero se la niega o restringe a quienes, con mayor o menor acierto, defienden la unidad de España, los valores morales, el derecho formativo de la familia frente a la atrocidad de "Educación para la Ciudadanía", quieren honrar a sus muertos o reafirmar sus raíces históricas. Los acusan de fascistas cuando lo son ellos si nos atenemos a que practican desde el poder aquello mismo que entienden por fascismo. ¿O acaso pueden desmentir que el nacional-comunismo eslavo en que derivó la revolución bolchevique, y al que se filia Rodríguez, no es parejo en sus fundamentos al denostado nacional-socialismo alemán?

Les parece antidemocrático a los encaramados en los centros del poder que unos manifestantes entonen el "Cara al Sol", un hermoso himno en el que no aparece ni una brizna de resentimiento. Pero sí "La Internacional", a cuyo compás se han cometido desmesurados genocidios, se ha encarcelado la libertad y conducido tantos pueblos a la miseria y al deshonor. Semanas atrás (20 de octubre) se celebró en Aranjuez un almuerzo que culminaba las IX Jornadas de la Función Consultiva. El presidente del Consejo de Estado, Francisco Rubio Lorente, se alzó del asiento tras los postres y cantó impertérrito "La Internacional" de cabo a rabo, mientras los asistentes se miraban atónitos y consternados. El hecho va más allá de lo anecdótico. No sólo se le vio al presidente del Consejo de Estado el plumero de sus adicciones marxistas. Evidenció hasta qué punto las instituciones vitales del Estado son ocupadas por el gobierno socialista al más puro estilo totalitario. Una muestra más de que, tras el golpe de Estado del 11 al 14 de marzo de 2004, hemos entrado de lleno en un proceso revolucionario dirigido y alentado desde el gobierno.

¿Puede hablarse objetivamente de una ultraderecha homogénea? Lo niego. Hemos asistido en torno al 20 de noviembre a manifestación inconexas, cuyo único signo común fueron las banderas de España, se tratara de la actual o de la que fue oficial hasta que una ley de 1981 impuso la sustitución del escudo ancestral de los Reyes Católicos, con el añadido del lema "Una, Grande y Libre", por el que cobijó a la monarquía borbónica. A ninguno de los actos conmemorativos pudieron atribuírsele acciones de violencia y ni tan siquiera destempladas. Una de las cinco Falanges existentes -¿o hay más?- realizó la marcha ritual a la tumba de José Antonio. La celebrada en la Plaza de Oriente, con nutrida asistencia y la intervención de Blas Piñar, fue motejada en algunos medios de reunión de ancianos nostálgicos. Tienen derecho a serlo. El nutriente humano de las restantes, más o menos numerosas, fue joven. Si entre ellas existiera una atractiva y bien hilvanada oferta común de futuro que planteara soluciones a la crisis de cambio histórico en que el mundo está atrapado, es posible que hubiese desembocado en una demostración de afirmación nacional inquietante para la izquierda en el poder y la derecha en la oposición. Pero sigue faltando el hombre de mente lúcida y capacidad de convocatoria que los una y atraiga a una juventud desnortada, además de a otros muchos españoles defraudados.

UNA VIOLENCIA ENCUBRIDORA, INCITADA DESDE LOS SUBTERRÁNEOS DEL PODER

LA catalogada como ultraizquierda puede que sea minoritaria. Pero es homogénea en sus acciones de guerrilla urbana y en sus formulaciones "antisistema" aunque, paradójicamente, sea el sistema el que las mueve y utiliza como agentes de provocación para forzar reacciones extemporáneas de la "ultraderecha" que justifiquen las descalificaciones desde el agit-prop gubernamental y desde una derecha medrosa. Un juego maniqueo que se vale del clíché violento de los grupos de "cabezas rapadas" para meter en el mismo saco del ultraderechismo, en un totum revolutum, a todas esas otras formaciones que pretenden manifestarse con normalidad y moverse en la estrechez del marco legal y mediático aunque no les guste..

Quienes enarbolan los símbolos nazis suelen estar tan ayunos de conocimiento de lo que alardean como determinados sectores de los radicales antisistema que se cobijan bajo la A de la acracia y pintarrajean adhesiones a ETA. La incitación les viene a unos y a otros a través de los infiltrados del sistema, igual que sucedió con Fuerza Joven en los albores de la falsa democratización. Los cabecillas de las revueltas, vinculados a servicios de inteligencia, siempre quedaban impunes mientras a los inducidos se les detenía y eran llevados a los Tribunales. El mecanismo sigue siendo el mismo, si bien los "antisistema" con vitola izquierdista o separatista suelen gozar de una farisaica benevolencia "democrática".

Los grupos violentos, harto más nutridos y expeditivos bajo etiqueta izquierdista, son la consecuencia de fenómenos sociales que acompañan a la degradación institucional y moral de los Estados y a un torticero "buenísmo" que los incentiva. Acceden prematuramente a experiencias de las que pronto se hastían y buscan paraísos artificiales. La televisión y el cine los envuelven en una marea persistente de violencia. Una violencia delictiva, de otra parte, que crece de manera empavorecedora y no sólo en los ámbitos depauperados de la inmigración. Todo ello crea un efecto emulación del que surgen las bandas que tratan de autojustificarse asumiendo etiquetas redentoras, sean importadas o de política interna. He abordado en más de una ocasión, pasándome por simpatizante, a jóvenes "skins" que se disfrazan de nazis. También a jóvenes antisistema de izquierda que se presentan como ácratas o marxista-leninistas. No saben responder a preguntas elementales de índole ideológica. Reproducen con desolador mimetismo lo que políticos y medios presentan como lo más violento. Y precisamente por ellos son manejables. Esa violencia desatada, políticamente manipulada, me recuerda en sus fundamentos y desarrollo la que los de mi edad presenciamos durante la II República. Se trata de un proceso de inequívoco carácter prerrevolucionario.

El 20 de noviembre d 1936, con pocas horas de diferencia, murieron asesinados en zona roja dos caudillos revolucionarios de muy distinto signo y personalidad: Buenaventura Durruti y José Antonio Primo de Rivera. Y cuarenta y cuatro más tarde Francisco Franco, Jefe de Estado, para mí un arquetipo regeneracionista, murió en la Residencia Sanitaria la Paz, de la Seguridad Social. Los dos primeros desaparecieron sin llevar a puerto la revolución que uno y otro postulaban. Franco, sin embargo, procuró a los españoles un profundo y positivo cambio económico y social de cuyos réditos vive y malgasta el actual sistema partitocrático. ¿Puede catalogarse esa transformación como cambio revolucionario? La respuesta será afirmativa si ahondamos en el conocimiento de la teoría de la revolución.

Pero antes de abordar esa cuestión y aplicarla a los tres personajes aludidos, considero oportuno subrayar el llamativo fenómeno de que mientras unas y otras instancias de afirmación nacional aprovechan el 20 de noviembre para exaltar las figuras de José Antonio y/o Franco, la izquierda guarda espeso silencio respecto de Durruti, uno de los suyos, sin tan siquiera enarbolen su recuerdo los que se dicen ácratas Muchos de ellos ni tan siquiera saben que existió. Lo cambiaron por el falso mito de Che Guevara. Nada insólito en la izquierda convencional puesto que a Durruti lo eliminaron socialistas, comunistas y separatistas catalanes bajo dirección soviética y con la connivencia de altos dirigentes de FAI-AIT, como paso previo a la liquidación de la CNT, la organización del Frente Popular con mayor anclaje en las masas obreras y reacia a someterse a la disciplina y el método estalinianos.

UNA APROXIMACIÓN A LA TEORÍA DE LA REVOLUCIÓN

INSISTO. ¿Y qué es la revolución? Acaso convenga recordar que el vocablo revolución aplicado a determinados fenómenos políticos y sociales, proviene de la transposición metafórica de un término astronómico de origen latino -revolvere- que significa dar vueltas. En tal sentido, revolución equivale a un movimiento rotatorio sometido a reglas estables en el que la idea de cambio no implica la de alteración. El cambio se reduce a un desplazamiento de la posición en el espacio, el cual se reitera de manera sistemática, de acuerdo con ritmos de tiempo específicos. Aunque provocase una gran conmoción en su tiempo, Copérnico describió un orden dinámico estable en su "De revoluitone orbium coelestium". Ciertamente, en su doble movimiento de revolución sobre sí misma y en torno al Sol, la Tierra genera fenómenos de cambio -noche, día; primavera, verano, otoño e invierno-, cada uno de los cuales entraña una alteración revolucionaria respecto de la situación precedente, aunque siempre reiterativa, en cuyo curso se repite con una riquísima pluralidad individualizadora el ciclo vida-muerte-vidaŠ. De ahí que no falten quienes se pregunten si acaso los cambios revolucionarios en el devenir histórico de la humanidad, aparentemente diversos o novedosos en su exteriorización y en sus efectos, no esconden una profunda dinámica repetitiva, acorde con el ritmo cosmológico. Tal criterio justificaría y daría verosimilitud a las teorías sobre los movimientos cíclicos o de reiteración de la historia que en Polibio tuvieron un anticipado definidor y en cuya indagación se afanaron los filósofos de la historia del siglo XIX, a partir de cuyas hipótesis construyó Oswald Spengler su conocidísimo ensayo sobre la decadencia de Occidente, acaso hoy más sugestivo que cuando se imprimió en 1918.

Pese a la voluminosa bibliografía existente acerca de la teoría de la revolución, es ahora más difícil que nunca discernir la entraña conceptual de las insistentes apelaciones que a ella se hacen desde muy variadas presunciones ideológicas. La adjetivación se ha convertido en una necesidad inexcusable para individualizar unas u otras pretensiones revolucionarias. Pero aún así, persisten las indeterminaciones. Es indudable, sin embargo, la persistencia en nuestra época del imperativo revolucionario, sólo en parte resultado de la fiebre de cambio continuo que se ha apoderado del hombre en las postrimerías del segundo milenio y se agudiza en el arranque del tercero.

El imperativo revolucionario como insatisfacción de presente y angustia de futuro, se manifiesta en formas con frecuencia apenas otra cosa que huera retórica, pues el cambio se constriñe a simple moda política o a encubrimiento de la falta de ideas. Cuando en vez de un proyecto de futuro capaz de ilusionar apenas si existe un exasperado apego al poder y un ansioso vivir al día sobre las arenas movedizas de un periodo agónico, se airea el espectro de la revolución como un banderín de enganche para los medrosos o para los necesitados de esperanza, según convenga. Pese a todo, el imperativo revolucionario alienta bajo la costra de una humanidad desorientada, cuya crispación creciente rebulle en manifestaciones multifacéticas, sólo en apariencia ajenas al desfondamiento de los sistemas todavía vigentes.

¿Qué resta de aprovechable en la teoría general de la revolución que expuso Tocqueville, por ejemplo, para enjuiciar toda una serie de movimientos, de erupciones o de regímenes actuales, habitualmente calificados de revolucionarios? Incluso se ha demostrado inválida para la presente coyuntura histórica la tesis de Marx acerca de la revolución como un conflicto de clases irreconciliables. La aceleración de la Historia, de otra parte, pone en entredicho criterios como el de MacIver, para quien las revoluciones no sólo acarrean "el rechazo del viejo orden de cosas, sino que llevan consigo una nueva orientación, relativamente duradera, de todo el esquema gubernamental y de la relación entre súbditos y gobernantes". Aunque MacIver se muestre ya menos enfático respecto de la perdurabilidad que otros autores, hasta el punto de atribuirle un cierto relativismo, tanto el tiempo real como formal de vigencia de las revoluciones se acorta progresivamente. ¿O acaso sucede que se ha concluido el periodo moderno de las revoluciones en sentido estricto, y los que hoy se etiquetan como movimientos revolucionarios configuran en realidad meros intentos defensivos de conservación de regímenes presuntamente revolucionarios, o a lo sumo, y valga la paradoja, de revoluciones contrarrevolucionarias?

REVOLUCIONES INCOMPLETAS

EN caso de admitirse el criterio, hoy asaz generalizado, de que la perdurabilidad y el cambio profundo en los ámbitos religioso, filosófico, político, económico, social, institucional, etc., se trate de una nación o de un conjunto de naciones, definen los rasgos inequívocos de una revolución, decae la inexorabilidad tópica del trauma sangriento. Y aludo exprofeso a la sangre pues la apelación a la violencia encierra una obvia equivocidad. Ha ocurrido con harta frecuencia, en efecto, que una revolución con voluntad de cambio profundo y consumada en un baño de sangre, apenas si ha modificado luego superficialmente las estructuras que perseguía subvertir, limitándose apenas a un cambio de titularidad de la clase dirigente, a la sustitución de la anterior parafernalia y poco más en sustancia. Es el caso de algunas tremebundas revoluciones, incluso duraderas, denominadas por los tratadistas revoluciones incompletas.

Tampoco ha sido insólito que una revolución incruenta, consumada o no en la plenitud de sus objetivos, haya recurrido para su sostenimiento a un sistema de coacción permanente, aún más protervo que la mera violencia policial. Siempre han existido, y con mayor énfasis en la compleja sociedad actual, formas insidiosas de violencia mediante las que aterrorizar y encadenar a la sociedad, asfixiando sus resortes más válidos de libertad. De ahí que en la actualidad abunden quienes acuden a términos facialmente paradójicos como totalitarismo partitocrático, totalitarismo democrático, despotismo parlamentario, etc.., para definir la verdadera textura de regímenes que cumplen celosamente los requisitos externos, o figurativos, de un sistema democrático convencional.

Después de transitar por una parte consistente de la literatura filosófica y política acerca de la revolución (Compte, Kolsen, Pike, Gurr, Dewart, Marx, Kennan, Sorel, Lenín, Trotsky, Brinton, Sorokin, Lipset y otros) aparecen aún más indecisas las fronteras entre los que se consideran a todos los efectos movimientos revolucionarios y otras formas sangrientas o incruentas de cambio radical en las naciones. La perdurabilidad en el tiempo no afecta en puridad a la sustancia revolucionaria, sino a las consecuencias de su institucionalización, aunque ésta se vea yugulada a corto o medio plazo por otra revolución o una contrarrevolución. A mi entender, lo que verdaderamente importa, es la voluntad de permanencia. Si la revolución no logra durar en sus resultados, podrá decirse de ella que se frustró o que fue incompleta. Pero no descalificarla como revolución. Sucede también en ocasiones que al faltarle una cierta continuidad en el tiempo, la revolución, aún respondiendo a otros datos que se consideran definitorios, sea encasillada como golpe de estado, rebelión o pronunciamiento, sobre todo si quienes la promueven son militares.

LAS REVOLUCIONES NO SON PATRIMONIO DE LA IZQUIERDA

UNO de los aspectos más equívocos y hasta facciosos que emergen del estudio teórico de la revolución estriba en que muchos autores atribuyen carácter revolucionario sólo a los movimientos de subversión del orden establecido que comparecen con vitola izquierdista. Las restantes no son revoluciones. Para estos autores carecen de contenido revolucionario los movimientos de sustitución radical del orden precedente, aunque afecten a las estructuras vitales de la sociedad, si quienes las promueven no están clasificados como izquierdistas, o de hecho no lo sean. Se les designará entonces como movimientos contrarrevolucionarios o se les denigrará con el epíteto de golpistas mientras perduren en el poder, por muy prolongado que sea el tiempo durante el que lo ejerzan e incluso si su caída es producto de una agresión exterior. Desde tal perspectiva, sólo será aceptada como auténtica la revolución dialécticamente promovida para salvar a los obreros, las masas, el proletariado, los campesinosŠ. El fenómeno revolucionario se traduce así en un movimiento abrupto mediante el que un grupo político de izquierda, casi siempre burgués, se ofrece a las masas oprimidas para liberarlas y conducirlas hasta la tierra prometida en la que gozarán de un feliz paraíso igualitario. La revolución equivale a la travesía del desierto, pero de un solo tranco. Un rayo de fuego que extermina a todos los enemigos de la revolución y otorga tan sólo a los nuevos opresores el pleno disfrute del paraíso ansiado. La revolución exige, en definitiva, la liquidación de la clase dirigente que el grupo promotor busca sustituir.

En el capítulo dedicado a explicar "por qué las masas intervienen en todo, y por qué sólo intervienen violentamente", Ortega y Gasset reflexiona sobre un fenómeno característico de los tiempos modernos: la sustitución de la fuerza como última ratio por la acción directa como sistema. O sea, la conversión de la fuerza en prima ratio. De tal suerte, la violencia se instituye en la única razón válida para el logro de unos determinados objetivos políticos de liberación de las masas. La acción directa aparece por tanto como la norma suprema de la revolución y único expediente plausible para suplantar la normativa del régimen denunciado como injusto. Al decir de Ortega y Gasset, la violencia revolucionaria se instituye así en Carta Magna de la barbarie. Y si bien la acción directa "fue siempre el modo de operar natural a las masas", es en los tiempos modernos cuando la violencia como prima ratio comparece como "la intervención directora de las masas en la vida pública", al pasar de constituir un fenómeno casual e infrecuente para transformase oficialmente en norma reconocida.

Aunque escrita hace más de medio siglo, "La rebelión de las masas" subyuga todavía hoy por su actualidad. Sobre todo, si la lectura se acomete sin sujeción a los tópicos en boga con los que se enmascara la degeneración totalitaria de la democracia. Aunque sea a título de anotación marginal, no me resisto, para corroborar el anterior aserto, a esta otra cita del mismo texto de Ortega y Gasset: "Toda la convivencia humana va cayendo bajo este nuevo régimen en que se suprimen las instancias indirectas. En el trato social se suprime la buena educación. La literatura como acción directa se constituye en el insulto. Las relaciones sexuales reducen sus trámites".

LA ACCIÓN DIRECTA REVOLUCIONARIA NO PRECISA SER SANGRIENTA

PARECE evidente -y es lo que pretendo subrayar- que el concepto de acción directa como prima ratio de los mecanismos revolucionarios modernos no se reducía para Ortega y Gasset al mero hecho de la violencia física sobre las vidas y las haciendas, según escribía mi abuelo en sus memorias. La acción directa, en cuanto ruptura violenta por las masas del orden establecido, o cambio radical de la estructura social y de sus fundamentos morales, tal y como Marx concebía la revolución, se manifiesta de mil maneras, muchas de ellas más insidiosas y letales que el derramamiento de sangre, pese a la trágica espectacularidad que lleva implícita la muerte de las personas. La aplicación de la guillotina a la conciencia histórico-cultural de un pueblo, apareja muy superior violencia que miles de asesinatos, los cuales no son a la postre sino su consecuencia. En efecto, y tal como sentencia Ortega y Gassset, "una masa homogénea pesa sobre el poder público y aplasta, aniquila todo grupo opositor. La masa no desea la convivencia con lo que no es ella. Odia a muerte lo que no es ella".

Sólo el sectarismo o la estupidez pueden desconocer la preponderancia en la actualidad de la acción directa como fundamento del mecanismo revolucionario. Su generalización es indiscutible. En las naciones con graves problemas económicos y sociales, las masas se ven excitadas desde el poder por las invitaciones al cambio democrático radical, socapa del mito del progresismo, y al propio tiempo por los movimientos de liberación que exigen mediante el ejercicio de la fuerza bruta la consecución rápida, inmediata, de tales expectativas de progreso. En las sociedades que llevan el marchamo de desarrolladas, donde prevalece el espejismo hedonista del consumo en masa al amparo de una empavorecedora ficción especulativa, el recurso a la fuerza bruta se reduce por ahora a la actividad criminal de grupúsculos terroristas, cuyo habitual soporte ideológico es el marxista-leninista. Pero la acción directa, en lo que sustancialmente tiene de revolucionaria - de aniquilación del espíritu tradicional en nombre del progreso democrático -, se ejerce de manera sistemática desde el poder.

Pueden engañar o engañarse los promotores de esta otra suerte aviesa de acción directa, aduciendo que existe una alentadora normalidad política y no hay espacio para que las masas deban recurrir a la fuerza bruta como vehículo mediante el que satisfacer la consecución de objetivos acordes con sus expectativas. Pero las múltiples manifestaciones de crispación y de violencia mal contenida que salpican cotidianamente la existencia de las sociedades consumistas, alertan sobre la realidad de que constituye una practica habitual y expansiva el recurso a la fuerza para satisfacer reivindicaciones o reparar injusticias. El bienestar material no ha contribuido a que se amengüe el sentimiento colectivo de insatisfacción. Por el contrario, lo excita de continuo, con la consecuencia inexorable de un creciente estado de ansiedad. Y puesto que la sociedad de consumo en masa, azuzada sin sosiego por la publicidad y la vertiginosa necesidad sustitutoria del sistema capitalista, se comporta con arreglo a pautas psicológicas nada diversas en lo esencial de las que han utilizado la lucha de clases, cabe plantear: ¿En qué momento y a impulso de qué incitaciones llegarán las rebeliones personales, corporativas o localizadas a convertirse en tópica violencia revolucionaria, por mor de su generalización en un espacio de tiempo reducido? No debe obviarse, de otra parte, que el sentimiento de insatisfacción, hasta en sus grados más agudos, es de naturaleza subjetiva y por ende aquejado de relativismo. Depende del nivel de bienestar que se tome como referencia.

LOS TRES MUERTOS DEL 20 DE NOVIEMBRE, UN RETO INDAGATORIO

LAS anteriores reflexiones acerca de la teoría de la revolución no sólo sostienen mi convicción de que Buenaventura Durruti, José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco , cuyas personalidades son difícilmente equiparables, fueron inequívocamente revolucionarios, cada uno a su manera. También, que la llamada transición democrática fue el resultado de un golpe revolucionario en cuanto introdujo un cambio radical del sistema y de los hábitos sociales. Y asimismo, que el acceso al poder de Rodríguez y su acompañamiento radical de izquierda y separatista, puede calificarse, a tenor de los hechos, de revolución regresiva con funestas consecuencias, la cual reclamará para enderezar el rumbo una revolución reparadora y de futuro. Una revolución ésta que no podrá alcanzarse, al menos en España, por la vía electoral de la alternancia en el poder de los partidos convencionales, o cambio de camisetas. Rodríguez ha llevado adelante la revolución dispersora y antiespañola hasta el extremo que si el Partido Popular ganara las próximas elecciones, incluso en la hipótesis nada previsible de mayoría absoluta, se vería imposibilitado para un cambio radical de la singladura hacia el caos.

Llegado a este punto parecería apropiado que me embarcara en una análisis de la entidad personal y revolucionaria de los tres personajes cuya muerte coincidió simbólicamente en la fecha del 20 de noviembre. Y no por azar, sino como resultado de una misteriosa ligazón de causalidades cuyo significado estamos en la obligación de investigar. Intento esclarecedor que me llevaría mucho espacio. Quede claro, no obstante, que cada uno de ellos fue la proyección de una faceta sustantiva del ser español: radical, violenta e instintiva la de Durruti; intelectual, dialéctica, racional, idealista y de síntesis de lo contradictorio en José Antonio; y esencialmente pragmática y regeneracionista en Franco, ¿Cómo conciliar, ahormar y armonizar esas cepas de la condición hispánica en un proyecto revolucionario de futuro? Un sugestivo reto para la indagación. Y sin olvidar, por supuesto, que cada revolución siempre desembocó, desde la más remota antigüedad, en una revolución pendiente. También ahora.