Por el reconocimiento final
Enrique de
Aguinaga
Catedrático emérito de la Universidad Complutense
"La
Razón"
No hace mucho,
en un artículo titulado «¿Quién se ha reconciliado conmigo?» y publicado
por la ejemplar liberalidad de Luis María Anson, proponía como prueba de
reconciliación nacional el tratamiento que se diera a José Antonio Primo de
Rivera en la conmemoración de su centenario, no tanto respecto a las formas,
como respecto al estricto derecho a la libertad de expresión.
Los hechos no favorecen la idea de la reconciliación. Un Servicio Filatélico
que deniega una emisión; una Televisión que retira un guión elaborado desde
una conciencia crítica; una Academia que rechaza la propuesta de dos de sus
miembros para disertar sobre José Antonio, visto desde el Derecho y desde la
Universidad; una Universidad que ataja un breve curso de verano a cargo de
catedráticos; un Departamento que boicotea una tesis doctoral sobre José
Antonio, la derecha y el fascismo. Son pruebas suficientes que llueven sobre
mojado. La prohibición del curso organizado por estudiantes en la Universidad
de Salamanca, con una matrícula de cuatrocientos (1999); el cese-dimisión de
un funcionario, que, ante un auditorio íntimo, osó decir de José Antonio español
admirable y ejemplar (1998); la retirada del retrato que figuró en la galería
del Ateneo de Madrid hasta el año 2000; la publicidad de la pretendida censura
socialista sobre mi conferencia en el ciclo «Madrileños del siglo XX»; el
rechazo de mis réplicas sobre lo joseantoniano en grandes periódicos; la
destrucción de sus Obras Completas editadas en 1977. Estos ejemplos verifican
el aserto del historiador Luis Suarez: José Antonio es el gran ninguneado y
hace falta valor cívico para citarle en público.
Lo grave es que tal censura, invisible y asfixiante, opera sin argumentos, desde
el apriorismo, desde la ignorancia de José Antonio, que sigue siendo el gran
desconocido, al que se le niega el menor análisis público, del que
deduciblemente se teme que, después de tantas tergiversaciones, salga
esclarecido, como arquetipo español, adalid de toda reconciliación, a partir
de la síntesis de derecha e izquierda, que abrocha su admirable testamento,
monumento de grandeza ante la muerte, con esta plegaria: «Ojalá fuera la mía
la ultima sangre española que se vertiera en discordias civiles».
En medio de una catarata de recuerdos inoportunos y agresivos, que ocupan
nuestra información de cada día, se ha dicho, a propósito de la censura de
José Antonio, que su centenario es incómodo. Seguramente es un buen modo de
celebrarlo, en lo que su excelsitud tiene de incomodidad. Él mismo, en su
ejemplar desgarradura personal, dice cómo tuvo que renunciar a las comodidades,
al descanso, incluso a amistades y afectos muy hondos (1935). Él mismo anima a
los estudiantes: «España nos tiene que ser incomoda. ¿Dios nos libre de
encontrarnos como el pez en el agua en esta España de hoy!» (1935).
Incómodo y positivo centenario, si pensamos que se proscribe lo que importa. ¿Tendría
sentido una proscripción de este grado si la figura de José Antonio fuese
insignificante, como suele decirse, con ánimo de aniquilación? ¿Por qué, si
no, se prohíbe la prueba de que el joven de hoy, aprendiz, estudiante, hijo mío
(¿Eugenio d’Ors!), acceda al pensamiento de José Antonio, que hace escribir
a Rosa Chacel, en Buenos Aires: «Dos cosas son increíbles: una, que todo eso
haya podido pasarme inadvertido a mí, en España, y, otra, que España y el
mundo hayan logrado ocultarlo tan bien».
Contra la opresión de las censuras, en este centenario, se pide, sencillamente,
lectura, conocimiento, análisis, incomodidad intelectual, en suma, para que
cada uno pueda contrastar libremente el juicio de Unamuno: «Le he seguido con
atención y puedo asegurarle que se trata de un cerebro privilegiado. Tal vez,
el más prometedor de la Europa contemporánea».
Que una vida tan breve, en la que brevemente incoa un pensamiento político, sea
objeto de este terco debate, al cabo de casi setenta años de su muerte, es señal
de su pervivencia en valores trascendentales. El esclarecimiento de tales
valores, abiertos como patrimonio de lo español y no cerrados como bandería,
es la misión que debe deducirse del centenario de José Antonio, en una
verdadera reconciliación.
Sirvan de incitación estos juicios urgentes, tomados de un libro que se prepara
con la reunión de mil juicios publicados sobre José Antonio: «prodigio de
armonía» (Pedro Lain), «¿qué alma tan limpia!» (Gustave Thibon), «inefable»
(Azorín), «realizador de la doctrina de Ortega» (Pío Baroja), «señalado
por Dios» (Camilo José Cela), «inmenso filosofo» (Cándido), «una de las
personalidades más nobles y atractivas de nuestra Historia contemporánea» (J.
M. García Escudero), «quizá hubiera podido cambiar la Historia de España»
(Salvador de Madariaga), «generosa cordialidad frente a los que no pensaban
como él» (Gregorio Marañón), «victima inenarrable» (Indalecio Prieto), «la
verdad de España duradera» (Luis Rosales), «hijo de la luz» (Antonio
Garrigues Walker), «el español más interesante» (y más desaprovechado) de
esta terrible centuria» (Fernando Sánchez Dragó).