España

Gonzalo Cerezo Barredo
Cuadernos de Encuentro nº 90

¿Existe España? Nada menos que Gustavo Bueno, uno de nuestros más rigurosos pensadores actuales, se ha atrevido a plantear la pregunta (España no es un mito, 2005). De primera intención la respuesta es obvia. Y sin embargo... Difícilmente ninguna otra nación, ha producido tanta literatura que cuestione su mera consistencia. La bibliografía sobre el ser y el sentido de España es abrumadora. Basta recordar que nada menos la Real Academia de la Historia hubo de dedicar un ciclo entero de estudios a su discusión: Reflexiones sobre el ser de España, recogido posteriormente (1998) en una publicación con el mismo título. En ella se incluye una extensa relación de escritos y autores a este propósito.

De manera no del todo inesperada, la existencia problemática de España ha vuelto a plantearse con obsesiva preocupación durante este verano, ni cálido ni largo. Navarra, ha hecho que nos estalle en la cara. Ya no hay opción a mirar para otro lado, El problema está ahí, e inevitablemente será la cuestión radical sobre la que deberemos pronunciarnos en las próximas elecciones.

Tal vez no hemos padecido hasta ahora un periodo como el presente, de tan desesperanzado pesimismo, ni de tan imperiosa exigencia de reflexión sobre nuestro ser y consistir. Desde el «planto por la pérdida de España» de las viejas crónicas medievales, no se ha vivido una situación de equivalente perplejidad, incluidas la lamentación de Quevedo sobre «los muros de la patria mía» y el amargo desencanto del 98, matizado, sin embargo, por la ambición regeneracionista de los hombres que identificaban aquella generación.

España es el problema

Lejos ya de los debates de Laín y Calvo Serer, y aun de las polémicas de Albornoz y Américo Castro, a las que se sumara Salvador de Madariaga, y sin que estos hayan perdido actualidad, hemos de reconocer que sus planteamientos han quedado reducidos a un nivel casi estrictamente académico. Lo que hoy está en juego no es la visión de España como Problema, o su simple no problema, sino el ser o no ser de España. En definitiva España misma es el problema. Y cuando llegas a esta inquietante conclusión la pregunta de Bueno deja de ser meramente retórica. En definitiva, si España no existe, ¿qué es España?, ¿qué es ser español? ¿Ser español, como afirmaba José Antonio, es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo, o, por el contrario, como llegaría a decir Cánovas en horas de desolación, «español es el que no puede ser otra cosa»?.

No se trata aquí, es evidente, de rastrear a través del tiempo este «dolorido sentir», que Dolores Franco dejó reflejado en su imprescindible antología sobre España como preocupación (1960). ¿Pero, cómo ha podido llegar a escribirse que de todas las historias de la historia, sin duda la de España es la más triste, porque termina mal? (Gil de Viedma), o ¡España, aparta de mi este cáliz! (Cesar Vallejo). Sólo desde un amor amargo en el que el imaginario de España deja poco espacio en el corazón para la esperanza. Pero Gil de Viedma todavía concluye su poema con una añoranza de futuro: Quiero creer que nuestro mal gobierno/ es un vulgar negocio y no una/ metafísica, que España/ debe y puede salir de la pobreza/ que hay tiempo aun para cambiar la historia...

Por dos veces, insinúa en su poema la sustancia metafísica de España. ¿No abre en nosotros curiosas resonancias a aquel creemos en la eterna metafísica de España, tan repetido que hemos podido llegar a perder su radicalidad esencial? Las concepciones de España en José Antonio, expresadas muchas veces y en distintos lugares, se formulan en torno a dos conceptos fundamentales: España es una unidad de destino, en lo Universal, –precisa– y España es irrevocable.

Sin embargo el concepto, de la eterna metafísica de España nos sume en una profunda duda existencial. ¿Qué es España?, se titulaba en 1929/1930 un documental ahora recuperado. El eco resuena todavía. ¿Es España una mera estructura física, consolidada institucionalmente tan sólo por una definida personalidad jurídica, madurada a través de un largo proceso de formación, cuyos rasgos principales pueden seguirse en el transcurso del tiempo y de la historia? ¿Es España, por el contrario, una idea en continua formación, como llega a sostener Ortega, de existir radicalmente patológico? ¿Es, como escribe Ganivet a Unamuno, una nación absurda y metafísicamente imposible? En definitiva, ¿España es sólo una realidad física, tangible y mensurable, o una ensoñación metafísica, un puro ente de razón? Dicho de otro modo: ¿es un proyecto que se hace y deshace, tejiéndose y destejiéndose en el tiempo y la historia y al que queda una larga andadura para su definitiva constitución? O ¿España está ahí, es como es, es así para siempre?, ¿es, en efecto, esencial e irrevocable?

Destino y proyecto

No es simple contestar a estas preguntas. El concepto de España como «unidad de destino», no le gustaba a D’Ors, como recuerda el colectivo Barcino que integran entrañables camaradas catalanes. Don Eugenio prefería el «amamos a España porque no nos gusta», expresivo de una clara voluntad de perfección. Es decir, de proyecto. Efectivamente, la unidad de destino es concepto polisémico y excesivamente comprensivo de realidades diversas y no constituye por sí mismo una entidad diferencial.

El sentimiento de la España «física» y su concepción metafísica, tienen en José Antonio clara oposición cuando las diferencia en su discurso del Cine Madrid (1935): Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta la aman con una voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España.

Estas palabras se sitúan en evidente sintonía con el retorno al centro desde la periferia de los integrantes de la generación del 98. De ese deslumbramiento que en ellos produce la España esencial, viene su identificación con Castilla, núcleo generatriz de esa presunta esencia de lo español. Nada más inquietante por ello que la anónima pintada en una céntrica calle de Madrid: «¡Castilla libre!». (¿Locura profética? ¿genialidad?). Pero aquella Castilla «que façe a sus homes e los desfaçe», coincide en sus glorias y sus ruinas con la doble perspectiva con la que sus miembros la contemplan: Mientras unos cantan sus glorias pasadas, otros –si no los mismos, como A. Machado– se estremecen ante la decadencia de «aquella España, ayer dominadora».

Ambas visiones sin embargo, no impiden su identificación con la España esencial. El regeneracionismo y la renaisença son sólo dos aspectos de una misma confrontación con la realidad presente. Lejos de la ensoñación de un arte y una literatura que se ensimisman en la nostalgia de un paisaje y unas tradiciones confundidas ya en la persistencia del mito localista, Solana y Zurbarán nos presentan una «España negra» que Valle Inclán transcribe en sus esperpentos o Marañón y Buñuel destapan en su viaje a las Hurdes ante la mirada atónita de Alfonso XIII. Todavía durante la República, el dramático episodio de Casasviejas, dejará sin aliento al Azaña, que sueña con una revolución posible y moderada, desde el poder. (Entre paréntesis: una versión progresista y desde la izquierda, de la no menos utópica y moderada «revolución desde arriba»” que había llevado a Maura al desencanto y la frustración).

Barcino se pregunta, no sin cierta ironía, si un concepto como el de «unidad de destino» no sería aplicable a entidades como Euzkadi, Cataluña o Castilla. La respuesta de José Antonio es que la unidad de destino de España asume e incluye a aquellas otras, que sólo adquieren su verdadera entidad cuando, juntamente con España, integran sus proyectos particulares en un destino común y se proyectan fuera de sus límites y ambiciones localistas. Este es justamente, me parece, el sentido de la expresión destino en lo universal, sin el cual, ciertamente, carecería de contenido.

Por otra parte, no resulta fácil contestar si, en efecto, cada una de las naciones históricas que han ido conformando España ha tenido o no su propio proyecto o destino. Por lo pronto es evidente que, la Corona de Castilla asumió como tarea propia el descubrimiento y colonización del nuevo continente americano y la unidad de los reinos europeos, asumiendo sus cuantiosos costes hasta quedar empobrecida. Mientras, la Corona de Aragón siguió manteniendo durante siglos y floreciente, su proyección mediterránea, –lo que suponía tanto una fuente de riqueza como de poder–, desde el mediodía francés hasta donde podía impedirlo la competencia veneciana en su extremo oriental. Incluso bajo la unión de las coronas respectivas con Fernando e Isabel, es un hecho que se mantuvo, no apartada, sino excluida, durante años, del comercio con América, a la que muy tardíamente se vinculan sus intereses. Personalmente creo que José Antonio lo vio con toda claridad cuando afirmó que «la palabra España», que es por sí misma enunciado de una empresa, siempre tendrá mucho más sentido que la frase «nación española».

Parece haber un consenso generalizado en que la unidad e identidad de España, van a constituir el eje de las elecciones que se anuncian para marzo (si el «tiempo» político no lo impide). Signos ominosos no faltan: El gobierno de Zapatero en general, y este en particular, están rectificando – mejor sería decir aparentando– a toda prisa los errores cometidos en la negociación con la banda terrorista. ¿Errores? Algo más que errores cuando se ha bordeado la traición al cruzar la «delgada línea roja» de los límites de la lealtad constitucional y la legalidad política con la promesa de concesiones que simplemente ni se debían ni se podían hacer.

Como era previsible, ahora se trata de vender el fracaso de la negociación con ETA, como resultado de una política de determinación y firmeza. De aparentar que no se ha cedido ante ninguna de las pretensiones soberanistas del complejo nacionalindependentismo vasco.

El mismo Zapatero, que irresponsablemente, con su aserto «la nación es un concepto discutido y discutible» sacó adelante el estatuto catalán cuando se hallaba hundido en sus propias contradicciones, trata ahora de convencernos por activa y pasiva, de que España no corre ningún peligro de fractura ni desintegración. Se trata de un invento de la derecha. Aquí no pasa nada, todo va muy bien, estamos en la «primera liga» de las naciones que cuentan, ganamos todas las «champións» que se juegan en el tablero internacional.

No importa, claro está, que, al miso tiempo, en dos de los medios de información mundial que cada mañana están en la mesa de quienes toman las decisiones, el Wall Street Journal y el Herald Tribune, nuestro gobierno y su presidente estén desaparecidos en la más absoluta inanidad. Tampoco que Francia y Alemania, de cuya mano volvíamos «al corazón de Europa» nos vuelvan la espalda y simplemente nos ignoren cuando se trata de poner los cimientos de la nueva Europa, ni que Sarkozy nos descuelgue de su más importante proyecto parta constituir un grupo prácticamente autónomo dentro de la UE con los países mediterráneos. El tiempo pasa rápido. Parece que fue ayer, pero ¿quien se acuerda ya de Chirac y Schröeder? En sólo tres años, otros nombres y otros proyectos ocupan ese corazón de Europa que se ha olvidado de nosotros. Merkel y Sarkozy: son sólo dos de los errores monumentales de Zapatero. Y lo que es peor: Bush sigue ahí,

Decidido ya a llevar al límite la incongruencia, ha impuesto la coletilla tautológica de que los anuncios institucionales invoquen al «Gobierno de España». Todo parece indicar que el colegio de augures, abiertas y todavía calientes las entrañas de las aves sagradas, presenta los peores auspicios para los próximos comicios.

Ahora, el Supremo recuerda la obligación constitucional de izar la bandera de España en lugar preferente en todos los edificios públicos, sin que se preocupe de imponerlo aunque se amenace de muerte a Regina Otaola, la valerosa alcaldesa de Lizarza.

Ahora, el vocal López Tena del Consejo General del Poder Judicial –valenciano, pero de clara raigambre catalana como su propio nombre indica– afirma, sin que pase nada, que Cataluña está despareciendo bajo la opresión genocida de España, cuando el único genocidio que allí se practica es el de la lengua castellana que se pretende extinguir y desterrar del uso común. Claro: no puede haber «paisos catalans» sin lengua propia porque, como se sabe, «la lengua es compañera del Imperio». .

Puesto que España no existe y se ignora el paradero de su gobierno, alguien, (Zapatero) ha tenido la ocurrencia –no da para mas– de inventarla. ¿Cómo? Nada más fácil. No hay más que aplicar las técnicas postmodernas de la identificación corporativa –sino te identifican no existes– creando un logotipo que deje bien claro lo que es España y su gobierno. Naturalmente nadie se ha sentido obligado a leer a Carmen Iglesias (Símbolos de España, 2000), para saber que un pueblo son sus señas de Identidad. La bandera se quema y prender fuego al retrato del rey es un uso lícito de la libertad de expresión. (López Tena, el mismo, dixit). Es igual. No pasa nada.

Los Idus de marzo

Si es que llegan, van a poner crudamente a los españoles frente a su destino. Los retos son cruciales. Si la opción española no gana, Navarra pierde, España pierde, Europa pierde... Si he elegido la palabra destino no ha sido por casualidad. Todo el proyecto de una España que recupere su pulso y su peso en el mundo depende del resultado de las próximas elecciones. Efectivamente existe el sentimiento general de que la unidad e identidad de España se van a jugar en ellas. Pero hay mucho más: La recuperación del consenso que devuelva a la Constitución el contenido y función del Estado y decida que queremos que España sea de una vez para siempre. Bueno, en política siempre tiene un plazo inexorable que la historia se encarga de determinar.

Y Europa. Hemos de convencernos de que Europa es el proyecto que configura hoy nuestro destino. Sin deserciones, sin enterrar los vínculos del pasado, abriendo por el contrario los objetivos estratégicos de ese proyecto a los vectores que han impulsado históricamente la continuidad de la política española: La unidad, en el interior, y la proyección al Mediterráneo y su extensión africana, con América y su prolongación asiática a través del Pacifico son parte inseparable de ese proyecto. Por otra parte es indispensable recuperar el significado de las mayorías y el importante, pero no decisorio, de las minorías. Es una exigencia inaplazable, que, gane quien gane, es preciso acometer una nueva Ley electoral a la altura de nuestro tiempo y que corrija las lamentables experiencias acumuladas.

Es inaplazable, si se cumplen las expectativas electorales del PP, dar auténtico sentido al insensato proyecto de la Educación para la Ciudadanía. Debemos cumplir el sueño regeneracionista de una transformación profunda de España que arranque, sí, desde la escuela pero para llegar al final a más España y no menos.

Last but not less. En una tercera de ABC se preguntaba recientemente Luis Suárez sobre el papel de las cinco naciones históricas herederas del imperio romano en los orígenes de Europa. Una de ellas, la unión de reinos en que devinieron las coronas españolas hasta los Reyes Católicos. Fueron los primeros borbones (Felipe V) quienes la configuraron como unidad política y la Constitución de Cádiz la que estableció su definición de nación. Si la unión de reinos –afirma Suárez– fue un paso decisivo para España, la tarea que ahora nos incumbe es, sobre todo, cooperar a esa «construcción de Europa». Portugal formó durante dos siglos una parte de esa unión de Reinos. Cada vez más voces entre los intelectuales portugueses empiezan a preguntarse si Europa no es el horizonte en el que debemos replantear sobre nuevas bases aquella unidad. ¿No va siendo hora de que la forma del Estado español se someta a debate? Es impensable que ese estado federal imperfecto constituido por unas autonomías cada día más problemáticas, sea el futuro. Ha llegado la hora de pensar que el federalismo no es pecado y no debe ser signo exclusivo de identidad, a derecha o izquierda, del pensamiento más arcaico. Lo queramos o no, ese va a ser el debate que viene y debemos tener la valentía de afrontarlo.