La persecución religiosa en España

Por Alberto Bárcena Pérez
Semanario Alba

 

A lo largo de la Edad Contemporánea, la persecución religiosa en los países de la Europa católica ha revestido diferentes ropajes y conocido distintas intensidades, desde la destrucción de bienes culturales, hasta la eliminación física de los católicos, laicos o religiosos, en las mas diversas circunstancias, sin olvidar las campañas de desprestigio que contra la Iglesia y sus Ministros se han sido sucediendo durante los últimos doscientos años, recurriendo a una propaganda mas o menos sofisticada, (generalmente bastante zafia) pero siempre eficaz, que, creando un ambiente de odio contra la Religión, ha propiciado la movilización de diferentes sectores sociales contra las mismas creencias religiosas y las personas que las profesaban.

En cualquier caso dicha persecución es uno de los fenómenos de mayor calado entre los que han configurado nuestro tiempo y su origen tiene causas bien definidas que constantemente han tratado de esconder o desvirtuar los que, a lo largo del tiempo, la han organizado y dirigido.

Lo cierto es que para acercarnos, aunque sea someramente, al inicio de éste proceso, debemos remontarnos, como pronto, al siglo XVIII en el que las ideas de la Ilustración , abiertamente hostiles al Catolicismo, prepararon el camino para el inmenso genocidio que fue la Revolución Francesa. Sus autores percibían que para destruir el Antiguo Régimen, tenían que hundir uno de sus pilares milenarios, el más sólido de todos ; la Iglesia Católica, a la que no solamente consideraban un obstáculo formidable que debían evitar a la hora de manipular las conciencias sino que también era el blanco de su odio visceral (mas incluso que la Monarquía y la sociedad estamental que buscaban desmantelar) por su significación espiritual, incompatible con su culto fanático a la diosa Razón. Si olvidamos el componente masónico de los jefes revolucionarios no entenderemos como pudo desatarse, en tan poco tiempo, una operación tan implacable contra la Iglesia francesa ni las atrocidades cometidas contra el clero y los fieles. Baste recordar tan solo la guerra que la Revolución tuvo que afrontar contra los campesinos de La Vendée, que entraban en combate con sus escapularios al cuello, dispuestos a morir antes de vivir bajo el régimen ateo de la Revolución.

Aquel odio contra la Iglesia se fue extendiendo, junto a las ideas liberales, al paso de los ejércitos de Napoleón, motivo de la división espiritual e ideológica entre los europeos que nunca se ha llegado a cerrar.

El caso más evidente es el de España donde se iniciaba el nuevo siglo (el XIX) con la lucha a muerte entre las llamadas dos Españas : la tradicional y la que acababa de nacer, tan “jacobina” como los mismos “clubs” de la Revolución de los que heredan ideas y técnicas de lucha y agitación política para controlar el poder. Así se inicia un proceso revolucionario que comienza abiertamente en 1834 ( no se había cumplido un año desde la muerte de Fernando VII ) con la salvaje matanza de frailes de Madrid, consentida por el propio gobierno de una Reina Gobernadora que, conmocionada ante aquellos sucesos, llega a plantearse la negociación secreta con su cuñado, Don Carlos, antes de seguir vinculada a aquellos políticos liberales que, por simple estrategia, la mantenían en el Trono.

Vinieron después las “desamortizaciones” de Mendizábal y Madoz, “el inmenso latrocinio” como lo calificó el mayor historiador del siglo, Menéndez y Pelayo, que no solo arrebataba sus bienes a la Iglesia, con gravísimo deterioro de nuestro patrimonio cultural, sino que expulsaba de sus conventos a miles de religiosos que quedaban, de la forma más inicua, abandonados a su suerte.

Las ideologías marxista y anarquista, que se extienden a finales de siglo y se impondrán durante el siguiente, radicalizan su rechazo hacia la Religión, que no es solamente anticlericalismo sino un claro designio de arrancar de cuajo el Cristianismo de la sociedad española.

La II República fue traída por una conjunción de republicanos y marxistas que no compartían sino su propósito de terminar con la Monarquía para imponer cada uno de aquellos grupos su particular forma de Estado. Todos, jacobinos o socialistas, compartían también algo mas : su odio hacia la Iglesia cuando no al propio Cristianismo. Así se entiende la vergonzosa pasividad del primer gobierno de la República ante la quema de los conventos en Madrid, Málaga y otras capitales antes de que se hubiese cumplido un mes de la proclamación del nuevo régimen. En sus memorias, el Ministro Miguel Maura relata como dicha pasividad se debió a la imposición de otro de los ministros de aquel Gobierno ; el conspicuo masón, Manuel Azaña que pocos meses mas tarde proclamaba en las Cortes que España había de ser católica. Así se entiende también porque el texto constitucional de 1931 era tan sectariamente anticatólico que el propio Maura, junto con Alcalá Zamora, se sintieron obligados, como únicos católicos de aquel Gobierno, a presentar su dimisión. Y así podemos entender, por último, que aquella misma primavera fueran detenidos y expulsados, como dos criminales peligrosos, el Obispo de Vitoria y el mismísimo Cardenal Primado.

Aquello era ya ¿qué duda cabe? una persecución religiosa en toda regla, aunque los primeros asesinatos de frailes, sacerdotes y seminaristas se producen durante la Revolución de Asturias de 1934, cuando el PSOE, aliado con anarquistas y comunistas, creyó llegado el momento de rematar el proceso revolucionario según su propio modelo.
Pero, como es sobradamente conocido, el genocidio contra la Iglesia comenzó a gran escala en los primeros días de la Guerra Civil y fue responsabilidad directa de los partidos del Frente Popular y su Gobierno que no solamente procedieron a armar a los milicianos, sino que permitieron o alentaron el funcionamiento de las “checas” y el asalto a las prisiones de las que fueron “sacados” para darles muerte, sin celebrar ni simulacros de juicio, miles de católicos, por el solo hecho de serlo.
Contando solamente a los clérigos, sacerdotes, y religiosos de ambos sexos, fueron asesinados cerca de 7.000 personas, entre ellos 13 de los Obispos españoles. Muchos de ellos fueron bárbaramente torturados, mutilados, y escarnecidos públicamente antes de morir sin por ello hacer apostasía. Sus causas de beatificación son, por ello, admirables y edificantes en sumo grado.

Los que están a punto de ser beatificados, uniéndose a los que ya lo fueron por Juan Pablo II, son tan solo una pequeña parte de los mártires de aquella persecución, una de las peores que ha sufrido la Iglesia Universal desde la decretada, en el siglo IV, por el Emperador Diocleciano. Estos heroicos cristianos españoles del siglo XX forman parte, la mas luminosa y documentada, de nuestra memoria histórica. Y ninguna ley puede evitarlo.