Entrevista a  Dom Anselmo, Abad del Valle de los Caídos

 

 

Por José R. Navarro Pareja

Diario "La Razón"

 

«Es fundamental que la despolitización del Valle
sea completa en todas las direcciones»

 

-¿Qué le parece el estatus en el que queda el Valle de los Caídos?

 

-Entiendo que queda salvado lo fundamental del que fue el objetivo original y de lo que hemos realizado desde entonces. Se salva el hecho de que este lugar está destinado a fines de carácter sagrado, lo cual seguirá así, no por que lo diga la ley, sino porque prácticamente todas las actividades que aquí se realizan tienen esa consideración.

-Sin embargo, aparecen nuevas cuestiones...

-Un aspecto que se incorpora ahora de una manera específica -aunque en realidad ha estado presente la mayor parte del tiempo- es el hecho de que este lugar debe estar desprovisto de toda actividad política.

En la nueva ley se excluyen de manera expresa los actos de exaltación del antiguo régimen político y de la persona del general Franco, pero se especifica que toda actividad política queda excluida. Este es un gran paso que aclara mucho las cosas, no solamente en relación a las actividades expresas que se recogen en el artículo sino en otras que pudieran empezar a organizarse a partir de ahora, de uno u otro signo. Precisamente porque la ley sugiere además una serie de actividades destinadas a exaltar la libertad, la democracia o la paz, que aunque no tengan una realización política, se encuentran en el orden de las ideas y abordan claramente esa dimensión.

Para nosotros es fundamental que la despolitización del Valle sea completa, en todas las direcciones y en todos los signos. De tal manera que nadie que pueda venir aquí, y son infinidad las personas que nos visitan, se sienta incómodo por encontrarse con una proyección política o con otra. Queremos que sea la casa de todos, que esté abierta a todos.

-¿Era necesaria ahora la aprobación de esta ley?

-Sin la ley la situación hubiera quedado tal como estaba prevista en los documentos fundacionales. Ahora se subraya lo apolítico y la dimensión de lo sagrado. La realidad legal y jurídica queda prácticamente intacta pero parece muy positivo, a la vista de todo lo que ha venido sucediendo, que se subrayen esas dos dimensiones.

-Si el próximo 20 de noviembre los familiares de Francisco Franco les pidieran un funeral, ¿podrían realizarlo?

-Tanto por los fines fundacionales, como porque con la nueva ley se subraya expresamente esa dimensión cultual, no tendría ningún sentido que se excluyeran los funerales por tal o cual persona. Se trata de un acto religioso y por ello no hay ninguna razón ni por parte del Gobierno ni por parte nuestra para excluir esta celebración. Algo distinto sería el que algunas personas intenten utilizar la ocasión para realizar algún tipo de acto político que, por lo que hemos podido observar en estos últimos años, es algo realmente menor y residual. Pero evidentemente nosotros estamos muy interesados en que esto no ocurra para no continuar dándole esta dimensión, que sabemos que después es utilizada de una manera absolutamente desproporcionada.

-Frente a esta Ley de Memoria Histórica, en la que algunos ven tintes revanchistas, la Iglesia siempre ha planteado el perdón. ¿Es el Valle un ejemplo de esta realidad?

-Antes de la Iglesia fue la propia fundación civil la que puso como primer elemento en la construcción del Valle esa dimensión de la reconciliación. Una finalidad que al mismo tiempo está traducida en hechos concretos. El símbolo por excelencia del Valle de los Caídos es la cruz, un signo de reconciliación no sólo para cristianos sino universal.

Otro hecho concreto es que la basílica se abrió indistintamente para que pudieran ser enterrados caídos de uno y otro bando. Y esto se llevó a cabo sin ningún tipo de juicio ni limitación. De hecho, los recientes estudios señalan la mayor presencia de caídos de la zona republicana que de la nacional. También se buscó entonces la reconciliación no sólo entre los muertos, sino entre los vivos, y por ello surgió el Centro de Estudios Sociales, con el fin de paliar las desigualdades sociales y económicas que se producían entre los distintos sectores de la sociedad española. Desgraciadamente el Gobierno lo cerró a finales de 1982.

-¿Por qué fue manipulado ese planteamiento inicial del Valle para acabar convirtiéndolo en símbolo sólo de una de las partes?

-Lo cierto es que no solamente durante los años de régimen, sino hasta muy avanzada la transición, esa situación a la que alude no llegó a darse. Un dato significativo es que la cantidad de personas que han venido por aquí se ha mantenido constante antes y después de la transición. Hemos comprobado cómo muchas personas, en contacto con el Valle, se han reconciliado con él, y han entendido que por encima de las circunstancias políticas o históricas que están en su origen, debe ser conservado porque forma parte del patrimonio y la historia de este país.
 

-Entonces, ¿cuándo sucedió este cambio?

-No sabemos exactamente. Hace escasamente cuatro o cinco años, las cosas estaban en la situación que le he dicho y, de improviso, percibimos que empieza a crearse un gran revuelo en torno al Valle. Creo que no solamente a nosotros, sino a la gran mayoría de la sociedad española, eso le cogió de sorpresa. Todos creíamos que esa gran reconciliación, por lo menos en cuanto lo fundamental, se había llevado a cabo y que unos y otros estábamos entregados en una nueva realidad. Y que el pasado, que a todos nos dolía, se había superado.

Custodio de sus propios caídos

Llegó al Valle de los Caídos hace casi cincuenta años, entre los primeros monjes que lo ocuparon, provenientes de Silos. Hace apenas unos años, dom Anselmo Álvarez descubrió que su padre, asesinado por sus convicciones católicas en 1936, su hermana, que murió en un bombardeo de la aviación nacional, y su tío, republicano que murió en la batalla de Brunete, se encuentran enterrados en el Valle. Como abad, es custodio de todos ellos, «separados por las ideas, pero unidos en el abrazo del Padre común». Señala cómo en el monasterio benedictino «la paz interior, la serenidad y el silencio» cobran una importancia absoluta, y lo convierten en un lugar de «una extremada profundidad espiritual».