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España, España, España... desde la
izquierda
Por Ignacio Muro Benayas
El País
Decía el fundador de la Falange
que España es una unidad de destino en lo universal. Exageraba. Pero no está mal
como metáfora para orientar la navegación en las procelosas aguas de la
globalización. En este tiempo de cambios, cada nación necesita una brújula para
corregir rumbos con rapidez y un ancla para fortalecer sus identidades.
España fue pronto un Estado, pero sólo muy tarde alcanzó la suficiente
integración para empezar a sentirse una nación. Culminó a finales del siglo XIX,
al término de las guerras carlistas, cuando la burguesía industrial y comercial,
precisamente vasca y catalana, apoyó la desaparición de los fueros y aranceles
internos que impedían el desarrollo de "una nación, un mercado". Todavía hoy,
uno de los más viejos Estados europeos duda en presentarse como una nación de
naciones, mientras aumenta su peso en el mundo. Cuarenta años de franquismo y
demonización de rojos y separatistas, tampoco resolvieron su unidad. Sólo la
libertad ha reforzado los intereses comunes: los años de mayor descentralización
del poder han resultado los más eficaces para reconstruir esa unidad de destino.
Que España es plural no es una invención de la izquierda. Cataluña y Euskadi
muestran, elección tras elección, una realidad tozuda: la mitad aproximada de
sus ciudadanos eligen opciones nacionalistas. Más aun: en otras seis comunidades
el voto nacionalista o particularista ronda, desde 1980, el 20% de promedio: son
Canarias, Galicia, Navarra, Baleares, Aragón y Cantabria. Más de la mitad de
España está afectada por alguna singularidad. ¿Hay alguien que imagine un futuro
diferente?
Por eso, la solución a los problemas de esta España, no se conjuga en términos
de mayorías y, menos aún, absolutas. Al contrario: se conjuga en términos de
minorías, algo que todos somos en alguna circunstancia. Resulta difícil que
cualquier mayoría del 51% pueda imponer un estatus al resto, algo especialmente
válido para el País Vasco y Cataluña. Ningún nacionalismo, tampoco el español,
puede salir victorioso sin provocar la quiebra social o la destrucción mutua. La
capacidad para el acuerdo es determinante. Pensar desde las minorías es la mejor
forma de crear unidad.
El españolismo del PP alimenta los nacionalismos contrarios. Su reafirmación de
una Navarra española ha provocado la subida espectacular de Nafarroa Bai; sus
ataques a Esquerra Republicana de Catalunya colocó en 2003 a esta formación en
cotas nunca alcanzadas; su política de frente constitucionalista, provocó en
2001 el mejor resultado histórico del PNV. No se hace patria con boicots a los
productos de Cataluña, haya o no un Gobierno de izquierdas, intente o no una OPA
una empresa catalana como Gas Natural.
Son meras excusas. A este PP no parece importarle echar gasolina al fuego con
tal de conseguir parcelas de poder. Progresivamente, se incapacita para
ilusionar a la otra España: su débil posición en el País Vasco, 15%, y casi
irrelevante en Cataluña, 10%, le inhabilita como instrumento de cohesión. Su
hegemonía en el Madrid de "todos Losantos" parece compensarles. Desde el
liberalismo integrista de Esperanza Aguirre simulan construir un centro que
simbolice "la suma de todos", un buen eslogan que destrozan con su pulso
sectario.
Ocupar un papel central en cada territorio es infinitamente mejor que ser
centralista, pero corresponde a la izquierda demostrarlo tomando la iniciativa y
hablando claro de los problemas reales. El acierto general que ha supuesto la
España de las autonomías, construida sin un diseño previo, no impide que aniden
dinámicas perversas en la distribución del poder. Ninguna prudencia debe impedir
denunciar los problemas.
Mas autonomía territorial no siempre significa necesariamente mayor calidad
democrática. Las élites locales prefieren alimentar victimismos y déficit
históricos antes que subir impuestos. Su dominio sobre las cajas de ahorro y las
televisiones autonómicas y locales -con Telemadrid y Onda Cádiz, ambas
gobernadas por PP, como paradigma sectario- completan una concentración de poder
político, económico y mediático, inexistente en el nivel central. Ello
proporciona a los gobernantes locales un fuerte blindaje que se refleja también
en la falta de alternancia política: nueve autonomías cumplen más de 20 años de
gobierno ininterrumpido del mismo partido. Son síntomas de una situación insana
que nos avisa de que el Estado no se aligera, sólo se traslada a niveles
inferiores, allí donde las ideologías liberales del reparto de poder pierden
vigencia.
Son también vicios típicos de una transición inconclusa cuya solución pasa por
perfeccionar la libertad y el Estado. Hay que concluir el traspaso de
competencias territoriales sin ser cicatero, pero condicionándolas legalmente a
la colaboración con el resto de autonomías. A más competencias más colaboración.
Federar, es decir, unir, pasa a ser el lema.
Convertir el Senado en Cámara territorial es el camino imprescindible y urgente
para renovar la idea de España como unidad de voluntades y el instrumento para
reforzar la cooperación en la solución de los problemas. Las Conferencias de
Presidentes autonómicos y las sectoriales sobre sanidad, agua, agricultura o
educación, son el medio para fortalecer la colaboración, hoy debilitada. El
boicot del PP actual a estas iniciativas es la expresión de que su patriotismo
es inferior a su ansia de poder.
No hay que retornar hacia atrás, hay que seguir adelante perfeccionando los
mecanismos que garanticen la suficiente unidad de acción. Garantizados derechos
y oportunidades, es positivo reconocer asimetrías porque las hay de todos los
colores, no sólo identitarias. Un ejemplo: Madrid y Cataluña, como motores de
España, tienen la común obligación de estar a la altura de las regiones
avanzadas europeas. Favorecer todos los dinamismos, estén donde estén, sin
penalizarlos con déficit de infraestructuras como los manifestados en Cataluña,
es esencial. Solidaridad y riqueza deben crecer juntas.
Legitimar las autonomías supone también fortalecer la lógica federal en los
partidos y la institucionalización de los conflictos: la descalificación sufrida
este verano por el PSN en Navarra es un golpe no suficientemente explicado ni
fácilmente asumible. El discurso territorial debe ser más consistente para no
tener que bascular entre la "ingenuidad democrática" -se hará lo que quiera
Navarra y el PSN o Cataluña y el PSC- y los comportamientos burocráticos y
disciplinarios. Si la izquierda quiere contribuir al progreso debe saber
combinar inteligencia y lealtad para fortalecer la cooperación desde las
singularidades plurales. Y superar sus residuos conservadores.
Hacer más grande la España real significa no dejarse enrocar en el patriotismo
"de charanga y pandereta" del PP, siempre coqueto con los históricos reflejos
centralistas y autoritarios. Al contrario, hay que desarrollar la máxima
pedagogía para saber derrotarlos. La experiencia demuestra que sólo así es
posible incorporar a esta derecha a la mejor lógica democrática. Por el bien de
España y su unidad de destino en lo universal.
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