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Solía repetir un viejo amigo
que es un imbécil quien a los cuarenta y cinco años no es conservador.
Debo ser un imbécil pues el pasado 30 de julio cumplí 84 años y no me
siento conservador. Acaso suceda que muy poco me resta por conservar,
salvo la memoria de tan prolongada y azacaneada existencia. Sí tengo para
preservar, y es lo que verdaderamente importa, el cariño de los míos y el
de los escasos amigos del alma todavía vivos. Y muy poco en lo material.
Cuando llegue la hora me iré ligero de equipaje testamentario Y persuadido
de que viviré mientras alguien me recuerde.
Uno de los amables lectores que comentan mis artículos recordaba los que,
allá por los cuarenta, escribí en el semanario "Juventud". Y decía, tras
redescubrirme en Firmas Invitadas, que me encontraba tan joven y valiente
como entonces. Una lisonja que me satisfizo por cuanto venía a confirmar
que sigo sin ser conservador. O que, a tenor de la conseja de aquel viejo
amigo, soy un imbécil empedernido. No oculto que, al menos en términos
políticos, me gusta serlo. O mejor dicho, no haber caído en el vacío del
escepticismo, una proclividad bastante común entre los senectos que han
visto desarbolados los ideales y las ilusiones por los que lucharon y han
presenciado, sin despreciativo desdén, como medraron y cambiaron de
chaqueta, al hilo del acontecer, no pocos de los que defendieron lo mismo
con más ímpetu retórico y mayor beneficio. También éstos se van muriendo,
algunos de ellos con oropeles funerarios por el acierto que tuvieron en
trasmutarse. Yo rezo por sus almas y archivo lo que sé de ellos en el
hondón de la memoria, resuelto a tener cerrado ese anaquel, salvo que
circunstancias especiales y un obligado servicio a la verdad me exijan
romper el caritativo sello del sigilo.
Barrunto que morirá conmigo la cara oculta de no pocas biografías. Lo dejo
para el hormiguero historiográfico cuando, pasado el tiempo de los bien
pagados silencios y manipulaciones partidistas, recobren vigencia
documentos que duermen en fondos familiares, en los amarillentos anaqueles
de las hemerotecas o en bien celados depósitos de instituciones que han
sabido resistir a las incursiones de los barrenderos de pasados.
LAS INTERIORIDADES DEL RÉGIMEN DE FRANCO
EL Archivo Histórico de la Universidad de Navarra atesora un fondo
documental valiosísimo sobre el acontecer español durante el siglo XX.
Merced a una labor callada y persistente, este centro ha logrado hacerse
con los archivos de multitud de personajes que asumieron responsabilidades
en muy diversos ámbitos de la vida nacional o fueron observadores atentos
de lo que sucedía. Un labor callada e ingente de persuasión que en gran
medida pilotó el sacerdote e historiador Gonzalo Redondo, desgraciadamente
fallecido va para dos años. Producto de ese acopio nos ha dejado
"Política, cultura y sociedad en la España de Franco. 1939-1975"
(Ediciones Universidad de Navarra S.A., 1999) que considero imprescindible
para conocer no sólo las causas de los procesos institucionales del Estado
Nacional. También la trastienda de negociaciones soterradas como las
referidas, por ejemplo, a los contradictorios empeños monárquicos en el
entorno de don Juan de Borbón y Battenberg, a los que no fueron ajenos los
embajadores de Gran Bretaña y los Estados Unidos.
Don Gonzalo, con quien conversé más de una vez en Pamplona y a quien
confié una parte sustancial de mis archivos (su espiritualidad me fue tan
valiosa o más que su pedagogía histórica) disponía de los archivos
privados de personas más o menos relevantes que en el entorno de Franco y
fuera de él tuvieron activa participación en el sesgo de los
acontecimientos o en el intento de modificarlos. La complejidad de la
política de Estado de Franco y su pragmatismo encuentran en el trabajo
historiográfico de Gonzalo Redondo una satisfactoria explicación que a
unos complacerá y a otros no. Pero muy válida y esclarecedora a mi
parecer. Dejó al morir dos voluminosos tomos ya publicados y un tercero a
medias. Completar esa obra ingente es un reto nada fácil para la
Universidad de Navarra. que espero encuentre un continuador adecuado. Si
la exhaustiva biografía de Luis Suárez sobre Franco (Ed. Fundación
Nacional Francisco Franco) nos muestra desde dentro su dimensión de
estadista a partir de los documentos que acumuló, la obra monumental de
Gonzalo Redondo la describe desde fuera, a partir de quienes colaboraron
con el régimen, evidenciaron reticencias o fueron contrarios.
ARRIMARSE AL PODER ES ÚTIL MIENTRAS NO PELIGRA
HILA la anterior referencia al trabajo historiográfico de don Gonzalo
Redondo con lo escrito por Antonio Castro Villacañas en varias de las
Apuntaciones y mi propia experiencia. He asistido desde la infancia a
multitud de emigraciones intelectuales y políticas. Unas respetables y
otras no. Depende en gran medida de las causas que las motivaron. Y es el
conocimiento de éstas lo que importa a la hora de juzgar a unos u otros
personajes trashumantes. Conocí durante el periodo republicano, la guerra,
la posguerra y el posfranquismo a personas relevantes o del montón que
cambiaron el paso, fuera por miedo, por reacción, por necesidad, por
convicción, por ambición, por frustración, por resentimiento o por
conveniencia. Las primeras son comprensibles, sobre todo cuando se han
vivido o conocido de cerca las circunstancias en que se produjeron. Y
respetables las derivadas de un serio proceso intelectual de sosegada
decantación de conocimientos y experiencias, cuya exteriorización no se
traduce en justificarlas mediante hipócritas arremetidas contra aquello en
lo que inicialmente creyeron y confiaron. Las otras, las del último grupo,
no merecen comprensión ni respeto.
Aunque referidas a Jesús Polanco y a Gabriel Cisneros, las Apuntaciones de
Antonio Castro Villacañas la pasada semana tienen más hondura que el mero
perfil biográfico de ambos personajes. Nos sitúan ante la personalización
inmediata de fenómenos generalizados de adaptación a los cambios que se
multiplican en la historia de los pueblos. Se ha escrito con reiteración
que los intelectuales, como las ratas, son los primeros en abandonar el
barco cuyo naufragio presienten. La atribución conceptual de intelectuales
abarca límites muy difusos en su uso común. Es como otorgar la condición
de filósofos o de teólogos a profesores en una u otra materia que viven de
conocimientos ajenos, amparados por una titulación universitaria o la
ocupación de una cátedra por vía burocrática y menguados méritos. No les
es ajena la tentación a intervenir en el fragor de la lucha política, la
mayoría como actores partidarios. Se arriman al poder para chupar del bote
y lo abandonan cuando huelen el cambio.
Un joven universitario italiano analizó hace un par de década el
comportamiento de los intelectuales italianos durante el fascismo como
tema de su tesis doctoral. Se valió de una serie de entrevistas con
personajes cualificados de muy diversas tendencias, como por ejemplo el
filósofo Del Noce y el acreditado periodista de izquierdas Giorgio Bocca
(he rebuscado infructuosamente el libro, regalo de Vintila Horia, en mi
revuelta biblioteca, motivo por el cual no aporto el nombre del autor ni
lo referente a su edición). Convenían los más cualificados en que más del
noventa por ciento de los intelectuales se unieron al régimen de Mussolini
y lo abandonaron con la misma soltura cuando cambió el signo de la guerra
mundial y se barruntaba la derrota del régimen fascista. Nada de insólito
encierra descubrir pasados fascistas en bastantes de los que adquirieron
notoriedad en la democracia a derecha e izquierda. Y dentro de ésta
incluso en el partido comunista. Sucedería otro tanto en la URSS y en sus
Estados satélites. También en Alemania, de la que huyeron apresuradamente
los más notorios intelectuales judeogermanos tras la llegada electoral de
Hitler al poder, pero poco o nada hicieron en sus países de acogida, por
lo general Gran Bretaña y USA, para que sus gobiernos aceptaran la oferta
del III Reich de expatriar a la entera comunidad hebrea por cuya trágica
suerte posterior tanto plañirían.
GRAN BRETAÑA Y EL DINERO EN TORNO AL CONDE DE BARCELONA
TAMBIÉN en materia de trasmigraciones intelectuales y políticas dieron
mucho de sí nuestra guerra 1936-39 y los cuarenta años del régimen de
Franco. Gran Bretaña que, junto a USA, tanto ayudó a Franco para que
ganara la contienda y evitara que España cayera en manos de la Unión
Soviética (también para fortalecer la neutralidad frente a la presión del
III Reich), postulaba la inmediata instauración de la Monarquía en la
persona de don Juan de Borbón y Battenberg, quien fiel a tales instancias
se presentó en zona nacional con tal propósito enfundado en un mono azul y
con boina roja. No le faltó ese respaldo hasta que se hizo irreversible
parejo desenlace en la persona de su hijo. Ni a éste a la hora de hacer
caso omiso de sus juramentos. Es uno de los contenidos sugestivos del
estudio histórico de Gonzalo Redondo.
No resisto en este punto a la tentación de reproducir la configuración
nominal del Consejo Privado del Conde Barcelona, tomada del prólogo del
profesor Velarde Fuertes al libro "Poder de la banca en España", de Juan
Muñoz (Ed. Zero 1969), tras copiar este ilustrativo párrafo :"Finalmente
he de destacar que la gran Banca española ha comprendido, desde hace mucho
tiempo -se remonta la cosa al siglo XIX-, las ventajas de sus relaciones
con la política. La cuestión continua. Un ejemplo nos lo proporciona una
institución que acaba de disolverse, por lo que se puede ya opinar
serenamente sobre ella: el Consejo Privado del Conde de Barcelona". Y es
cierto que la cosa continua hasta hoy mismo. ¿O acaso pueden ocultarse el
servicio que Felipe González hizo a la gran banca en dificultades, amén de
a sus amigos, con la expropiación de Rumasa? ¿Y no son igualmente
explícitos los favores mutuos entre el gobierno Rodríguez y los actuales
grandes poseedores del dinero?
Esta es la relación de los integrantes de aquel Consejo del Reino que tras
su disolución siguieron prestando su apoyo al elegido por Franco para
sucederle, salvo algún caso de emocional y resentida tozudez: José María
Pemán y Pemartín, José Yanguas y Messía, Eduardo Gil de Santibáñez y
Baselga, Ramón de Abadal Vinyals, Duque de Alba, Marqués de Albayda,
Hermenegildo Altozano Moraleda, Conde de los Andes, Luís María Ansón
Oliart, Fernando Aramburu y Olarán, José María Arana Aizpúrua,, José María
Arauz de Robles Extremera, Luís Arellano Dihinx, Alfonso Bardají Buitrago,
José Antonio Bravo Díaz-Cañedo, Rafael Calvo Serer, Joaquín Calvo Sotelo,
Juan Colomina Barbedrá, Juan José Díaz de Aguilar Elizaga, Juan Manuel
Fanjul Sedeño, José Ramón Fernández Bugallal y Barrón, Gonzalo Fernández
de la Mora y Mon, Conde de la Florida, Antonio Fontán Pérez, Conde de los
Gaitanes, Pedro J. de Galíndez Vallejo, Conde de Gamazo, Pedro Gomero del
Castillo, Alfonso García Valdecasas, Francisco de Gomis Casas, Juan Jesús
González García, Ramón Guardans Vallés, Manuel Halcón y Villalón Daoiz,
Duque del Infantado, Marqués de Biseca de la Sierra, Aujgusto Krahe
Herrero, José Antonio Linati Bosch, Juan José López Ibor, Marqués de Luca
de Tena, Guillermo Luca de Tena y Brunet, Francisco de Luís y
Díaz-Monasterio, Juan Antonio Maragall Noble, Jesús Marañón Ruiz-Zorrilla,
Pablo Martínez Almeida Nacarino, Duque de Maura, Conde de Melgar del Rey,
Tito L. Menéndez Rubio, José Antonio Millán Puelles, Conde de Montarco,
Conde de Montseny, Conde de Motrico, Francisco Morales Padrón, Ignacio
Muñoz Rojas, José Muñoz Seca, Santiago Nadal Gaya, Jesús Obregón Ciurana,
Carlos Ollero Gómez, Alfonso de Orleáns y Borbón, Miguel Ortega Spottorno,
Jesús Pabón Suárez de Urbnina, Julio Palacios Martínez, Patricio Peñalver
Simó, Fernando Pereda Aparicio, Florentino Pérez Embid, Miguel Quijano de
la Colina, Primitivo de la Quintana López, José María Ramón de San Pedro,
Martín de Riquer Morera, Eugenio Rodríguez Pascual, Luís Rosales Camacho,
José María Ruiz Gallaradón, Pedro Sainz Rodríguez, Bernanrdo Salazar
García Villamil, Luís Sánchez Agesta, Francisco Sánchez Ventura, Juan
Antonio Sangroniz y Castro, Jesús Silva Porto, Santiago Torrent Dostre,
Marqués de Valdeiglesias y de las Marismas. Luís Valls y Taberner, José
Luís Vázquez Dodero, Eugenio Vegas Latapié, Javier Fidal Sario, Ignacio
Villalonga y Jaúdenes, Barón de Viver, Luís Ybartra e Ybarra, Fermín
Zelada de Andrés Moreno, Juan Antonio Zulueta Cebrián.
Sonarán poco muchos de esos nombres a quienes no vivieron aquella época,
si bien algunos de ellos o sus herederos participaron en el
transaccionismo democratizador, a despecho de su colaboración más o menos
estrecha con el régimen de Franco. Pero está más claro el poder que
acumulaban a tenor de este comentario del mismo prólogo del profesor
Velarde: "El Consejo Privado del Conde de Barcelona está constituido por
91 miembros. Como se comprueba en la relación que se ha efectuado, se
conectan 81 de ellos, evidentemente, con lo más pimpante del latifundismo
y del gran capitalismo español y a su vez, se ligan a los grupos de los
siete grandes (Bancos Español de Crédito, Hispano Americano, Bilbao,
Vizcaya, Central, Urquijo y Popular Español) nada menos que 39 de los
mismos. Con puestos no ya en los grupos, sino en los propios Consejos de
estos 7 bancos, existen 13 Consejeros. Pasando a porcentajes, el grupo
grancapitalista-latifundista supone el 67% de los miembros del citado
Consejo Privado; el de los siete grandes bancos se vincula con el 43% de
los miembros de tal Consejo, y finalmente, tienen puestos en los Consejo
de Administración de los siete grandes, el 14% -porcentaje ciertamente muy
alto- de los miembros del mencionado Consejo Privado, que sube al 32% si
se suman los latifundistas y la representación del Banco Exterior de
España".
Entre los reseñados aparecen intelectuales ayunos de vinculaciones
financieras, aunque algunos las tuvieran de índole religiosa. Más de uno
se apartaría del Conde de Barcelona cuando éste se dio a conspirar
descaradamente con quienes, a izquierda y derecha, postulaban desde la
llamada Junta Democrática la ruptura frente a la reforma e incluso el
orillamiento del entonces Príncipe de España, designado por Franco para
sucederle. El más significado fue el de Gonzalo Fernández de la Mora,
autor de lúcidos ensayos políticos, quien en adelante colaboraría sin
reticencias con el régimen cuando otros que habían medrado en su seno
abandonaban el barco en tropel.
LA FRUSTRACIÓN Y EL MIEDO IMPULSAN LAS HUIDAS
HAN pasado 38 años desde que el profesor escribiera el prólogo citado.
Muchos de aquellos personajes descansan ya bajo tierra y los que restan
pasaron al retiro, aunque algunos de ellos se esfuerzan por hacerse ver y
recabar elogios por su participación en la mudanza institucional. También
han cambiado la estructura del poder financiero a causa de las fusiones,
de los nuevos grandes ricos nacidos a caballo de una desaforada
especulación, de voluminosas prácticas corruptas al alimón con una nueva
clase política agiotista, de los gestores con sueldos astronómicos y
sustanciosas regalías, y de la globalización. Pero permanecen más o menos
soterradas las interdependencias de antaño y no pocos lazos familiares.
Los veraneos reales en Palma de Mallorca y los recreos invernales en
Vaquería y Veret van acompañados de una corona de ricos de abolengo o de
enriquecidos al calor del poder político, cuyo conjunto no desmerece del
Consejo Privado del Conde de Barcelona. También dejarían colgado al actual
monarca, como hicieron con su padre y su abuelo, si atisbaran su
acabamiento. Vale para toda España los que años atrás, con un gobierno
asturiano del PSOE, me decía decepcionado un viejo luchador socialista de
la revolución del 34 y de la guerra: "Ahora mandan aquí los hijos de los
que mandaron siempre".
Otro gran personaje de la emigración política fue José María Gil Robles,
uno de los principales muñidores políticos del alzamiento militar y cívico
de julio de 1936 para impedir que el Frente Popular, aniquilador de la
legalidad republicana, convirtiera a España en un Estado satélite de la
URSS. Aspiraba a erigirse en cabeza política de un nuevo Estado de corte
fascista. Con independencia de la parafernalia exhibida bajo su dirección
por las Juventudes de Acción Popular, resulta asaz explícito en este
sentido su prólogo al libro "Corporativismo en España", de Ruiz Alonso, el
único diputado obrerista de la CEDA y cabecilla de las tristemente
célebres Escuadras Negras granadinas que tuvieron una resolutiva
participación en el secuestro de Federico García Lorca, refugiado en casa
de los falangistas Rosales, y en su asesinato. Gil Robles se pasó al bando
del Conde de Barcelona al ver truncadas sus aspiraciones y se convirtió en
uno de los conspiradores "democráticos" contra el régimen de Franco.
Casos nada dispares y poco edificantes fueron otros muchos que como el de
Sainz Rodríguez, Dionisio Ridruejo o Joaquín Ruiz Jiménez, pongo por caso,
menudearon en el curso de aquella cuarentena franquista y tuvieron reflejo
en las nuevas generaciones incorporadas al franquismo. La antología se
haría interminable. Pero no me resisto a referir una parte del fenómeno
trasformista que viví de cerca en el mundo del periodismo.
Al cumplirse el 25 aniversario de la fundación de "Arriba", se nos encargó
a Enrique de Aguinaga, a Pedro de Lorenzo y a mí la preparación de un
número extraordinario conmemorativo que contuviera una relación completa
de quienes en ese tiempo habían publicado en sus páginas. Puede
encontrarlo en las hemerotecas, si la inquisición del totalitarismo
partitocrático no lo ha hecho desaparecer, quien no resista a la tentación
de conocerlo. Aparecen en la relación casi todos los intelectuales y
escritores de relieve, incluso algunos que procedían de la izquierda de
anteguerra. En el mapa de la prensa española de aquel periodo "Arriba" se
mostró el más acogedor y liberal. Igual que lo fueron las publicaciones
promovidas por Juan Aparicio, como "El Español" o "La Estafeta Literaria".
O el semanario "Juventud" respecto de las nuevas generaciones.
Pero a lo que iba. Un cotejo con "ABC" pone de manifiesto la huida hacia
"ABC" de no pocos de aquellos de aquellos articulistas, incluido algún que
otro notorio falangista. Tales desplazamientos se registraron en
coincidencia con el final de la guerra mundial y el aislamiento
internacional. Circunstancias que hicieron presumir a muchos la caída del
régimen y les incitaron a mudarse al periódico monárquico de la calle de
Serrano. Más tarde sucedería algo parecido, no sólo hacia "ABC" , cuando
la enfermedad de Franco anunciaba su final. Un recorrido por las páginas
de los periódicos y otos medios más o menos "progresistas", nos muestra
una llamativa abundancia de columnistas salidos de las redacciones de
"Arriba" y de "Pueblo". No son pocos, asimismo, los colaboradores que
tuvieron acogida en instituciones como, por ejemplo, el Instituto de
Estudios Políticos o publicaron sus libros en la Editora Nacional. En el
franquismo medraron muchos de los que ahora lo denigran.
EL AMOR A LA VERDAD Y EL AMOR A ESPAÑA NOS HACEN LIBRES
SE nos tacha de inmovilistas y retrógrados a quienes hemos permanecido
fieles al pensamiento joseantoniano que abrazamos tempranamente como ideal
revolucionario y mantuvimos durante el régimen de Franco con sinsabores
que no exhibimos. Pero también hemos enriquecido nuestro pensamiento con
espíritu crítico y selectivo en el intento de avizorar soluciones viables
a los problemas de nuestro tiempo. Invito a comprobarlo en la lectura de
"Homenaje a José Antonio en su centenario" (Ed. Plataforma 2003). Se trata
de un conjunto de más de medio centenar de ensayos de otros tantos autores
de muy diversas profesiones, procedencias y actuales emplazamientos que
analizan con objetividad y sentido crítico múltiples facetas del
pensamiento y la ejecutoria de José Antonio Primo de Rivera, al tiempo que
indagan posibles proyecciones de futuro. Un esfuerzo intelectual sin
trabas ni apriorismos que no suele darse en otros ámbitos. Al no estar
sujetos a disciplina alguna de partido, podemos juzgar con total
independencia desde el conocimiento y lo vivido.
No hemos necesitado emigrar ni hacer oposiciones a estatuas de sal quienes
ni antes ni ahora vendimos nuestra libertad al mejor postor. Hemos
cometido errores y hemos procurado rectificar. Nuestra buena fe ha sido
utilizada en ocasiones. Pero siempre nos permitió sobreponernos el amor a
la verdad y que nos duela España.
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