DEMOCRACIA contra DEMOCRACIA

Por Gonzalo Cerezo Barredo
Cuadernos de Encuentro, julio 2007

 

El fin de una ilusión

Para acabar con las últimas ilusiones de la modernidad, nos enfrentamos a la mayor crisis de la democracia desde los años veinte. Decepción y esperanza constituyeron en su momento el atractivo mayor de los movimientos que, desde el marxismo a los fascismos, pretendieron ofrecer nuevas alternativas a lo que parecía su irremediable fracaso.

Las últimas elecciones nos han enfrentado a la gravedad terminal de un sistema democrático que nació en España con la esperanza a favor. El sistema electoral y la inviabilidad de una participación auténtica por el cauce de los partidos políticos, han demostrado una vez más su incapacidad estructural para la organización de la vida en común. ¿Qué está pasando?

La justificación de toda democracia es su utilidad para resolver los problemas del conjunto social en que se instala. Si esto no es así, si no solo no les da solución, sino que los agrava, y lo que es aun peor, crea otros nuevos, es que algo no está funcionando adecuadamente; que algo ha alterado su radical consistencia.

Si hoy, como en el agitado periodo de entreguerras, vuelve a plantearse la crisis del sistema con una urgente demanda de solución, algo va mal en nuestras democracias. No es riguroso asimilar la actual coyuntura a la vivida en los años veinte, pero sus efectos son igualmente perversos. No es enteramente seguro descartar la aparición de similares consecuencias, cuando el surgimiento de los cada vez mayores grupos antisistema, constituye precisamente una creciente demanda de sistemas alternativos.

Estos pirandelianos personajes deambulan también por la escena política en busca de autor, al margen de las instituciones establecidas. O lo que es lo mismo, de líder e ideología que les den sentido. Su mera presencia nos sumerge en un magma inextricable entre la confusión y la esperanza. Nadie puede aventurar todavía si de este caos primigenio sometido a su propia entropía surgirá una vida diferente: ¿Aterradora? ¿Regeneradora?

Si las circunstancias no son las mismas, y son otros los problemas, la solución no puede provenir de remedios ya ensayados. Ninguna fórmula salvadora se vislumbra por ese lado que, se mire como se mire, solo ofrece un paisaje desolador de ruinas y fracaso. A la democracia sólo podemos combatirla a la altura de nuestro tiempo desde y con democracia. De ahí el título de este trabajo.

La democracia necesaria.

Otra democracia es posible, pero únicamente identificando sus males podremos afrontarlos. El sistema electoral y la estructura de los partidos son, -pero no sólo- la prueba del nueve de la democracia. A través de ellos se realiza la participación ciudadana en la gobernación del Estado y en las decisiones que atañen a la convivencia y futuro del conjunto de ciudadanos libres e iguales. No otra cosa es la democracia.

Si algo demuestra la alta participación en las elecciones presidenciales francesas –tan superior a la producida en las españolas- es que el electorado no es indiferente cuando está en juego la propia supervivencia del modelo de sociedad. Con independencia de la opinión que a cada uno merezca Sarkozy, parece indudable que frente a la confusión y ambigüedad de las propuestas de Ségolène Royal, los franceses han optado por la claridad, la firmeza y el rigor del programa de Sarkozy. Frente al más de lo mismo y la resignada comodidad, han elegido el esfuerzo y la excelencia: vuelta a los valores del trabajo, el mérito, los duros ajustes sociales y económicos, la primacía de la familia, el tratamiento realista de la emigración, y la reforma educativa en profundidad, como el único camino para recuperar el papel de Francia en Europa y el mundo.

Por otra parte, tanto por el Partido Socialista como por el reagrupamiento de la derecha en UMP, la selección de candidatos no ha sido fácil, pero se ha superado marginando las anquilosadas estructuras partidarias. Los viejos políticos del aparato chiraquiano y los elefantes del PS han sido incapaces de contener el empuje renovador. Replantear a fondo la concepción de los partidos parece inevitable. Fuera de los dos grandes partidos, el propio sistema electoral francés ha laminado la aspiración de outsiders como Beyrou o extremistas como Le Pen. Por no hablar de la fauna de comunistas, troskistas y otros especimenes de diverso pelaje. El fracaso de la opción centrista de Beyrou debería hacer reflexionar a nuestros aprendices de brujo. Nunca viene mal recordar a D’Ors: Los experimentos con gaseosa.

En el partido socialista la sacudida ha llegado a sus cimientos. El debate para reconstruire une gauche qui gagne, como propone Le Nouvel Observateur a sus lectores, no ha hecho más que empezar. Sarkozy tampoco ha perdido el tiempo en buscar soluciones imaginativas y extrapartidarias. En su gobierno ha integrado socialistas (Kouchner), independientes, personalidades valiosas de la vieja guardia chiraquiana (Juppé), beyrouistas (Hervé Morín), antiguos y nuevos izquierdistas, y rostros que muestran la imagen de la Francia emigrante (Rachida Dati). No ha llamado para ello a los partidos, no ha solicitado pactos: simplemente ha buscado personas. Hombres y mujeres en paridad –una concesión innecesaria, quizá, pero amparada esta vez al menos, en la capacidad individual de cada persona elegida- sobre los que asentar un consenso básico para los inevitables sacrificios que deben quedar más allá de las definiciones programáticas partidistas: Una “ruptura tranquila” basada en abandonados valores conservadores cuya recuperación se ha transformado en la nueva bandera revolucionaria.

España: se acabó la fiesta

El atardecer del 27 de mayo bajó el telón sobre la escena política española. El sueño ha terminado: la farsa entre tragicomedia y esperpento que habíamos estado viviendo estos últimos años ha llegado a su fin. Ya no hay excusa para mantener los ojos cerrados o mirar para otro lado. Las elecciones municipales y autonómicas han puesto bien a las claras que el rey estaba desnudo, y la realidad ha dejado al aire todas sus vergüenzas. 1

La superioridad del PP en el cómputo global de las últimas elecciones españolas, no deja de ser un espejismo que empaña, muy al contrario de lo ocurrido en Francia, la significativa abstención. Esta ha confirmado los síntomas de alarmante desencanto que habían apuntado ya las consultas de los estatutos catalán y andaluz. Todo parece indicar que la sacudida de la conciencia nacional que supuso el 11/14-M ha dejado paso a una resignación que ni siquiera han logrado superar las inconsistentes esperanzas de una paz imposible.

Es verdad que, a diferencia del ejemplo francés, no nos estábamos cuestionando (todavía) el modelo de sociedad, pero sí entraba en juego –como demuestra Navarra- la concepción del Estado, sometida a un gobierno debilitado por el ejercicio menguante de una democracia vigilada, o más propiamente, secuestrada, por el terrorismo de ETA y las tensiones centrífugas de minoritarios partidos marginales.

No es comparable la “alegría del 14 de abril” con las ilusiones suscitadas el 6 de diciembre de 1978. La Constitución no llovió a gusto de todos, pero ni sus antecedentes ni su gestación tenían nada que ver. No se saltaba de la miseria a una expectativa de bienestar; no se dejaba atrás un caos institucional para abrir una convivencia pacífica; no se cambiaba la pobreza por una economía floreciente. En definitiva, España no se “había dormido monárquica y despertado republicana”. Aquí no hubo cambio de Régimen. Para bien o para mal no se produjo ruptura, tranquila o no, sino reforma. El régimen se reformó a sí mismo. Lo venía haciendo desde mucho antes de la salida a escena de los “jóvenes turcos” del franquismo, como ha demostrado Arnaud Imatz (José Antonio. Falange Española y el Nacionalsindicalismo. Plataforma 2003, Madrid, 2003). Y como no es comparable, no lo vamos a comparar.

Después de casi treinta años de vigencia, sería necio negar que la estabilidad de la Constitución del 78 se asienta en buena parte sobre la sólida herencia institucional, económica y social legada por el régimen franquista. Algunos de sus errores fundamentales son atribuibles, sin embargo, sólo a dos circunstancias que enmarcaron su nacimiento. Estas no son otras que las exigencias de los partidos nacionalistas y, consecuencia de ella, la deficiente ley electoral subordinada a sus intereses. Una ley concebida para otorgarles una representación que no justificaban, ya entonces, y mucho menos ahora, su peso ni su objetivo, opuesto a la propia definición de España que consagra como indisoluble la Constitución.

Ambos errores no sólo no han sido corregidos, sino que a lo largo de los años han ido agudizando sus efectos perversos. El nacionalismo ha emprendido una deriva acelerada hacia su originario objetivo separatista , y el sistema electoral vigente sólo ha potenciado la tiranía de los pequeños partidos minoritarios. Con una mínima representación se aseguran un poder decisorio que claramente no les corresponde, y deja a las mayorías inermes, sin otra salida que extravagantes o difíciles pactos (partos) para acceder a la gobernabilidad.

Los estatutos autonómicos, no han sido la solución, y las reformas en presencia agravan sus componentes insolidarios. Es evidente, por otra parte, que la ausencia de una clara atribución de las mayorías, y la obligatoriedad de listas cerradas y bloqueadas, impiden una real participación personal en la designación de los representantes deseados y deseables.

Queda así de manifiesto la inocuidad de preceptos constitucionales como el artículo 6, relativo a la estructura interna y funcionamiento democrático de los partidos, reiteradamente incumplido, o el 23, que en su puntos 1 y 2, reconocen el derecho de los ciudadanos a “participar en los asuntos públicos directamente o por medio de representantes”, y a “acceder en condiciones de igualdad a las funciones y cargos públicos”.

La otra revolución pendiente

España tiene ahora problemas graves y urgentes que no es preciso detallar. Todos y cada uno de nosotros puede hacer su propia lista. Su confrontación y cotejo, estoy seguro, alcanzaría unánime coincidencia. En su práctica mayoría podrían acometerse con una buena gestión. Los más importantes requieren de consensos básicos para la sostenibilidad del Estado. En cuanto a los dos señalados –el desmedido peso de los nacionalismos identitarios y la ausencia de una verdadera democracia de participación, es imperioso reafirmar la conciencia y el sentido de España como realidad irrevocable, y dotar de contenido y presencia a una nueva Ley Electoral que supere las limitaciones aberrantes de la actual. Pero no basta.

La demanda radical es socializar -es decir, incardinar en la vida social- la exigencia de una democracia diferente. Los partidos no nos valen en su actual concepción; la participación debe contar con cauces plurales como lo que prevé la misma Constitución: sindicatos, asociaciones, agrupaciones, revitalización de los municipios; Los grupos sociales –eso que algunos prefieren llamara la sociedad civil- deben empeñarse obstinadamente en desmontar una maquinaria que no tiene otra finalidad que obtener el poder y mantenerse en él, aunque sea al precio de expulsar del juego a todos los demás. En estas circunstancias, la exclusión que condena a casi la mitad de los electores y al partido que los representa al aislamiento en un “cordón sanitario” del que es imposible salir, es insoportable. Deja sin base el propio sistema de partidos. La rebeldía cívica queda como única opción posible para encauzar el clamor de las reformas necesarias.

En una palabra, debemos exigir por todos los medios a nuestro alcance, que se haga realidad el sueño del joven José Antonio (1931): si la democracia como forma ha fracasado, es, más que nada porque no nos ha sabido proporcionar una vida democrática en su contenido. (...) La aspiración a una vida democrática libre y apacible será siempre el punto de mira de la ciencia política por encima de toda moda. No prevalecerán los intentos de negar derechos individuales, ganados con siglos de sacrificio. Lo que ocurre es que la ciencia tendrá que buscar, mediante construcciones de “contenido”, el resultado democrático que una “forma” no ha sabido depararle.2 A algunos nos parece la verdadera revolución pendiente.

Soy consciente de que en este trabajo planteo más preguntas que respuestas. No he pretendido ofrecer soluciones. Estas tampoco dependen de propuestas individuales, pero acaso merecen un debate profundo que sería muy conveniente propiciar.

(1) Mientras escribo esta nota ETA ha declarado el final de la tregua. Con seguridad sus consecuencias van a ser analizadas en este mismo número. La más probable a corto plazo, un adelanto de las elecciones. Otra, que ya empieza a circular por los medios, la culpabilización del PP en el fracaso del “proceso”. Nada que no estuviera previsto: Me remito a mi trabajo anterior (“Viaje al centro (de la política)”. Cuadernos de Encuentro, 87), en el que me atrevía a anticipar que el fracaso del proceso sería inevitable dado que “las demandas etarras han llegado a un límite imposible de cruzar” (...) Sólo la firme y persistente presión ejercida desde el primer partido de la oposición, y la negativa de las victimas a ser los convidados de piedra de la negociación, han impedido hasta ahora que el gobierno pagara el precio político que ETA exige”. Me sigue cabiendo la duda de si el PP sabrá rentabilizar esta victoria.

(2) José Antonio. Obras completas. (Dos vol.). Plataforma 2003, Edición del Centenario, al cuidado de Rafael Ibáñez Hernández. Madrid, 2007 ( Vol. I, pág. 182).