A los 60 años del paracuellos yugoslavo
Entre 10.000 y 20.000 italianos
fueron arrojados por Tito
a las fosas de Trieste.
«Recordar para vivir en paz»

Stefano Pilotto
Hemos conmemorado el 10 de febrero
de 1947, cuando Italia firmó ante las potencias vencedoras y asociadas, el
Tratado de Paz que cerró de modo definitivo su implicación en la segunda guerra
mundial. Fue un documento duro, como todo tratado de paz que golpea a los países
vencidos. Perdimos territorios al Oeste, pocos kilómetros cuadrados, que pasaron
a Francia. O sea: Tenda, Moncenisio, Piccolo San Bernardo, Monginevro y Monte
Tabor. Perdimos extensos lugares al Este, que pasaron a Yugoslavia, como Istria,
Quarnero, con las islas de Cherso y Lussino, y, también, los territorios
italianos de Dalmazia representados por Zara y por la isla de Lagosta y Pelagosa.
Fue creado, además, el territorio libre de Trieste (subdividido en dos zonas),
que habría debido ser administrado por un gobernador nombrado por la
Organización de las Naciones Unidas. Fue ésta una fecha tristísima para nuestro
país, en general, y para la población de los territorios orientales, en
particular.
Las ruinas romanas y venecianas diseminadas por Istria y Dalmazia perdieron
contacto con el “tricolor” de Italia y la mayoría de las poblaciones (cerca de
350.000 connacionales) debieron afrontar el calvario del éxodo, de un despiadado
desplazamiento de la madre patria. El resto de Italia, a pesar de todo, con las
dificultades de la posguerra, continuó viviendo según los parámetros que habían
caracterizado las generaciones precedentes. Los italianos de Istria, Quarnero y
Dalmazia, tanto los 350.000 que dejaron aquellas tierras, como los 30.000 que
permanecieron, pagaron duramente el precio de una guerra perdida. Solo ellos.
Ellos de manera particular. ¿Constituyó un sentimiento nacional? ¿Fue poco,
demasiado poco?
¿Dónde fueron los exiliados? Partieron deprisa, por el miedo, y lo dejaron todo:
casas, jardines, libros, recuerdos y documentos personales, dinero y valores,
cementerios con las tumbas de la familia, todo… Muchos fueron lejos, muy lejos:
Australia, Argentina, Norteamérica, Sudáfrica… Fueron con lo puesto. Fue una
decisión dictada por el dolor infinito y por las limitadas posibilidades de la
Italia para recibirles. Viven todavía allí, hablan con su amada dialecto
triestino, istro-veneto y dálmata, cantan “La mula de Parenzo”, pero su corazón
vuelve irrevocablemente a la llamada de la sangre. Y en lontananza pueden,
vuelven a ver esta tierra, conectan – con Zara, Pola, Capodistria – y recuerdan
los nombres y los contornos de las campiñas venecianas y de las arquitecturas
antiguas, beben un vaso de Malvasía, hablan con quienes han quedado, a distancia
de miles de kilómetros. Con ellos, recuerdan y se emocionan.
Aquellos que quedaron en Istria, Quarnero y Dalmazia, en cambio, pagaron el
precio de una guerra perdida con indecibles sufrimientos por quienes deben
sufrir una administración para ellos extrajera, de un régimen totalitario que
tuvo siempre como objetivo una ideológica acción de desnacionalización de
aquellas tierras y que, en virtud de una guerra ganada, entraron a formar parte
del territorio de aquel país. La política del Mariscal Tito en relación con los
30.000 italianos de Istria, Quarnero y Dalmacia, tras el 1945-47 fue
perfectamente comparable con la dura administración italiana que, en el periodo
entre las dos guerras, tendió a nacionalizar aquellos territorios en nombre de
un proyecto político liberal.
Aquella política de la Italia fascista fue a menudo recordada y condenada por la
población de la ex -Yugoslavia y por su máxima autoridad. En Italia esto no se
niega, ni se olvida, ni se minimiza. Pero, por medio, existieron las tragedias
del terror, del exterminio de las poblaciones italianas de Istria y de Venecia
Giulia, mediante operaciones terribles perpetrada por la ocupación yugoslava.
Fueron acciones espantosas, que no pueden encontrar justificación alguna, ni
siquiera en la Administración italiana precedente. Fueron actos que mezclaron la
sed de venganza con una científica política de limpieza étnica por parte de
Tito, deseoso de obtener su meta más ambicionada: la ciudad ansiada, el viejo y
fascinante puerto del imperio ausburgo: Trieste. No Lo obtuvo, a pesar de todo.
Pero aquello se completó con la masacre de 10.000-20.000 italianos arrojados a
las profundas simas de cientos de metros de profundidad y en los fondos del
Adriatico (genocidio que se conoce como el Paracuellos y el Katin yugoslavo) ,
lo que perdura en la memoria de las familias, de los ciudadanos y de la historia
de la nación.
Fueron las simas lo que aceleraron el éxodo y lo que eliminó cualquier capacidad
de opción: o se partía a toda prisa o se arriesgaba de desaparecer en las
cavernas o en el fondo del mar de Dalmacia.
Si hoy recordamos todo esto, no es por deseo de venganza, sino por completar una
página de la historia que debe ser conocida, por su insania y por su locura.
Recordamos también por solidaridad con aquellas familias de connacionales que
han tenido uno, dos, tal vez tres: padres, abuelos, primos, tíos, hermanos, que
en una mañana dramática de la primavera de 1945 fueron arrojados - muertos o
vivos - a trescientos metros de profundidad en el horror de una caverna por el
hecho de ser incómodos representantes de la nación italiana, habitantes en un
territorio deseado por la Yugoslavia vencedora. Y lo recordamos para dar un
sentido a la vida a nuestro futuro, en una lógica de paz, de deseada
reconciliación con las poblaciones ex - yugoslavas, de amistad europea, de
desarrollo económico y moral y de civilidad.
Hemos ido el sábado al Sagrario de Basovizza para recordar, para compartir el
dolor, para vivir esta fecha. Italia es un país que tiene muchos defectos, pero
tiene un gran corazón, que siente, que ríe, tal vez de modo incontenible, y que
a veces sufre en silencio y con una profunda dignidad nacional. Desde Trieste a
Roma, a Palermo, a Florencia, a Nápoles, a Turín, a Milán, a Melburne, a Buenos
Aires a Johannesburgo, donde haya un momento de común y consciente reflexión:
nos encontramos en cercanía con cuantos han pagado tan duramente ser italianos.
Y lo podemos hacer con la certeza de no ofender a ninguno. De todo ello, hace
ahora sesenta años. Hoy podemos recordar y sufrir cerca de alguien que vivió
aquellos momentos y que todavía está vivo. Dentro de diez o veinte años eso ya
no será posible.