la realidad histórica es la que es (2)


Ismael Medina


ANTECEDENTES DEL ESTALLIDO REVOLUCIONARIO DE OCTUBRE DE 1934

LA semana anterior quedé a las puertas de la guerra revolucionaria de octubre de 1934. Retomo el relato en aquel punto con análogo planteamiento: mis personales vivencias y su proyección sobre la torturada realidad del periodo que precedió al estallido revolucionario de octubre de 1934.

Pocos días antes del estallido se había iniciado el curso en el Instituto Nacional de Enseñanza Media de Jaén, un antiguo convento víctima de la desamortización, adaptado sin demasiada fortuna para la función docente. Inaugurábamos los de primer curso el plan de estudios del 34, el más completo de cuantos le precedieron y sucedieron. Todavía no habíamos abandonado los hábitos de la infancia y aprovechábamos las pocas las horas libres para practicar los juegos en los que éramos más o menos diestros. Pero uno de ellos, el tradicional de policías y ladrones, había cambiado de denominación en los equipos enfrentados. Jugábamos a socialistas y falangistas. Era evidente que nos impregnaba la tensión política que barría España. ¿Y por qué a socialistas y falangistas? En nuestro caso como reflejo de los enfrentamientos entre dos pequeños grupos de sexto curso, el último del plan Callejo: FUE, socialista, y SEU, falangista.

Muchas veces, al rememorar los dos primeros años de Bachillerato, me vinieron a la memoria nombres y rostros de aquellos jóvenes a las puertas de estudios superiores, para muchos de ellos truncados por la guerra. Y he caído en la cuenta de un desconcertante encuadramiento social que entonces nos pasaba desapercibido: los más activos de la FUE pertenecían a familias de profesionales de alto nivel que vivían en edificios envidiables para la mayoría de los jiennenses, mientras los del SEU eran casi todos hijos de maestros nacionales con una vida familiar austera. Es cierto que la división social en aquellas tierras era, a grandes trazos, entre una masa obrera, por lo general jornaleros, y una minoría más o menos rica de propietarios de olivar, cuyos hijos pasaban de política o pertenecían a la JAP. Pero ese emplazamiento solía cambiar de signo a medida de que se ascendía en los ámbitos profesionales. Descubriríamos con el tiempo que menudeaban los masones entre los de mayor rango de la izquierda. Y no sólo de la socialista. Lo de masón me sonaba por entonces a cuento de misterio. Se susurraba, por ejemplo, que el profesor de Ciencias Naturales era masón y lo imaginaba reunido en una cueva con encapuchados haciendo juegos de alquimia.

Durante aquellos dos primeros cursos de Bachillerato anticipaba mi marcha al Instituto para pasar por Correos y repartir a los vendedores de periódicos el diario "Ahora" y las revistas de la Editorial Rivadeneira ("Estampa", "As", "La Farsa", La Linterna" y otra de "varietés" cuyo nombre se me escapa), de la que mi padre, maestro nacional, era corresponsal administrativo, además de informativo de "Ahora" y de la Agencia Mencheta,. También editor y director de "El Magisterio Provincial", vinculado a la FETE, de la que era secretario. Para llegar a la parte trasera del edificio de Correos había de atravesar la espaciosa plaza de San Francisco, en uno de cuyos laterales se alzaba el sólido edificio del Gobierno Civil. A esa hora temprana la plaza estaba casi totalmente ocupada por humildes jornaleros que aguardaban, entre resignados y angustiados, a que los manijeros los escogieran para trabajar aquel día y quien sabe si algunos más. Pero también circulaban entre ellos los sembradores del odio de clase de los partidos y sindicatos de izquierda, adiestrados para aprovechar con incitaciones demagógicas la injusticia de que eran víctimas aquellas pobres gentes que había días en que ni tan siquiera podían injerir la parva dieta cotidiana de pan, aceite y tomate. Un espectáculo denigrante en su conjunto que me soliviantaba y hacía crecer en mi ánimo tempranas ansiedades revolucionarias, las cuales ya apuntaron en los años precedentes de escuela pública en la que tuve por compañero de banco al hijo de uno de esos jornaleros que dormía con sus padres y su cuatro hermanos en una misma cama, del través.

Exhumo las anteriores vivencias infantiles en el intento de situar a mis lectores más jóvenes en la crispada realidad social y política de aquel periodo, exacerbada de manera inevitable en los grandes poblachones del latifundismo, del Tajo hacia el sur. Y que ya compareció con virulencia al hilo de la proclamación de la II República, según recogí en mi anterior artículo. Una tensión que se hizo patente en las elecciones de 1933 y adquiriría inusitada violencia revolucionaria en las de febrero de 1936. Ya en aquellas elecciones de 1933 fui testigo de no pocos excesos, coacciones y asechanzas. Patrullas de la izquierda procedían de forma sistemática a arrancar los carteles de la CEDA, la cual hubo de recurrir a pegarlos a la mayor altura posible mediante largas escaleras. Lo hacían por lo general jornaleros contratados que así podían llevar a sus casas unas pocas pesetas. Uno de ellos que pegaba un cartel en una fachada de la plaza de la Audiencia terminó malherido en el hospital. Cuando estaba en lo alto de la escalera, cartel y brocha de engrudo en mano, uno de los piquetes tiró de la escalera y el pobre hombre se estrelló sobre la acera. De nada le valió ser un proletario. Para la pandilla de matones no era un proletario, sino un esbirro de la derecha reaccionaria.

No hacía mucho que había regresado a Jaén tras pasar buena parte de las vacaciones en Cuenca, igual que todos los veranos. Cuenca era socialmente otro mundo. Muy escasos los ricos de tronío y pocos los pobres de solemnidad. La proximidad con Andalucía comenzaba allá por las planas manchegas que un día fueran territorio de órdenes militares. Pero también se hacía notar el sarpullido de la crispación, aunque en otros términos a los que no eran ajenas las no demasiado lejanas pugnas entre clanes familiares, en ocasiones cruentas, ni el poso conflictivo que había dejado la construcción del pantano de la Toba y de la central eléctrica de Villalba, la cual ocupó a cientos de obreros llegados de fuera, pendencieros no pocos de ellos. La izquierda conquense la movía la logia masónica creada por Rodolfo Llopis durante su estancia en la capital como profesor de la Escuela Normal del Magisterio desde 1919. Escribe a este respecto monseñor Antonio Montero en el capítulo dedicado al martirio del obispo Cruz Laplana en "Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939" que Llopis realizó "una intensa labor de proselitismo entre sus compañeros de docencia y los del Instituto, que extendió más tarde a otras esferas, simultaneando su propaganda en favor de la masonería y el socialismo con ataques a la Iglesia. Fruto de su labor fue la fundación de La Aurora, sociedad obrera dependiente del partido socialista, aunque manejada por masones, que más tarde sería utilizada como organización de choque. Sobre todo desde 1924, la masonería es una fuerza real en la provincia que acapara cargos oficiales y va luego extendiendo sus tentáculos hasta crear "triángulos" en Tarancón, Horcajo y otras poblaciones, vinculadas todas ellas al "taller" de Cuenca". Uno de los primeros en incorporarse sería don Juan Aguilar, director del Instituto de Enseñanza Media, cuyo nombre, junto al de otros "hermanos", entre ellos el de Antonio Almagro García, diputado socialista por Cuenca en las Cortes Constituyentes, aparece en válidos estudios sobre la masonería en España. Don Juanito Aguilar (así era común que se le llamara en Cuenca), debió sustituir a Llopis al frente de la masonería conquense en el control sobe las milicias socialistas de La Aurora. Lo confirmaría el papel preeminente en el proceso revolucionario que jugaría con el discurrir del tiempo.

Tanto mi padre como mi madre estudiaron en la Escuela Normal en tiempos de Llopis y conocían bien lo que sucedía. En Jaén se reencontrarían luego con el tarranconense Jerónimo Bugeda, socialista y masón, durante el tiempo que ocupó la función de abogado del Estado en la Delegación de Hacienda. Bugeda,, muy unido a Indalecio Prieto, facilitó por cierto salida de la España roja del joven y brillante diputado de Acción Popular, Ramón Serrano Súñer, abogado del Estado como él. También eran diputados socialistas por Jaén en las constituyentes Enrique Esbrí Fernández, Alejandro Péris Caruana, José Morales Robles, Tomás Álvarez Angulo, Juan Lozano Ruiz, Andrés Domingo Martínez y Lucio Martínez Gil, este último igualmente miembro de la masonería, en la que ostentaba el grado de Gran Maestre.

FE de las JONS era todavía embrionaria y no creo que llegaran a la docena sus componentes en la capital conquense, en la que predominaba la derecha convencional. Tampoco podía decirse de ellos que fueran señoritos. Los jóvenes que vivían de manera desenvuelta al cobijo de rentas familiares eran contados en la capital o en sus aledaños serranos y alcarreños. Más numerosos eran los falangistas en el área manchega de la provincia, en su gran mayoría de clase obrera o autónomos. Fue la causa, sin duda, de que José Antonio Primo de Rivera eligiera El Provencio y Quintanar para sus mítines.

La referencia a la índole minoritaria de Falange Española, fundada el 29 de octubre de 1933, dos meses antes de las elecciones que ganó la CEDA, y unida a las JONS en marzo de 1934, viene a cuento del desconcierto que ya en aquellos lejanos tiempos me producía el fenómeno, asaz paradójico, de la falta de relación de causa a efecto entre la virulencia antifalangista de los otros partidos de sólida implantación, tanto a la izquierda como a la derecha, y lo reducido de las huestes agrupadas en torno a José Antonio. Confieso que aquella consternación era superficial y producto de lo que leía en los periódicos, de unas y otras tendencias, tan abundantes en mi casa, y de lo que a unos y otros escuchaba al propósito. Tampoco los menguados resultados electorales de las candidaturas de FE de las JONS justificaban esa preocupación. Sería años más tarde cuando, al replantearme la cuestión, afloraría de las estanterías infantiles de la memoria una frase que escuché ocasionalmente a un dirigente socialista: "Al hijo del Dictador se le están uniendo estudiantes de la FUE y obreros de nuestro partido, de la CNT y hasta de los comunistas. Es un peligro en potencia que estamos obligados a combatir". Los dirigentes de las CONS, la central obrera falangista, procedían, en efecto, de la CNT y del PCE, También, por ejemplo, lo eran los dos muertos y el herido, todos ellos obreros, víctimas de un atentado con bomba en Asturias. Y de la FUE llegaron un buen número de estudiantes. Los hechos demostrarían que de los temores se pasó a la acción represiva.

Mucho se ha hablado de la violencia de los falangistas durante los tres años que mediaron entre el acto fundacional y el comienzo de la guerra. Pero se oculta que desde el primer momento fueron sus militantes blanco preferido de los pistoleros socialistas sin que se registrara una reacción equivalente. Y hasta tal punto llegaba la contención que sectores de la derecha traducían las siglas FE por Funeraria Española. Merece la pena a este respecto reproducir un párrafo asaz expresivo del discurso pronunciado por José Antonio Primo de Rivera en el Congreso de los Diputados el 1 de febrero de 1934: "Šno creo tampoco que el Gobierno -no lo podrá hacer sin injusticia- nos pueda decir que somos una Asociación violenta, porque aquí, frente a esas imputaciones de violencias vagas, de hordas fascistas y de nuestros asesinatos y de nuestros pistoleros, yo invito al señor Hernández Zancajo a que cuente un caso solo, con sus nombres y apellidos. Mientras yo, en cambio, le digo a la Cámara que a nosotros nos han asesinato un hombre en Daimiel, otro en Zalamea, otro en Villanueva de la Reina y otro en Madrid, y está muy reciente el del desdichado capataz de venta del periódico F.E.; y todo éstos tenían sus nombres y apellidos, y de todos estos se sabe que han sido muertos por pistoleros que pertenecían a la Juventud Socialista o recibían muy de cerca sus inspiraciones". Y así en adelante, semana tras semana, hasta 36 asesinados por la espalda y decenas de heridos, todos ellos estudiantes de humilde origen y obreros, sin que se le pudieran probar más de dos represalias, una de ellas por iniciativa del aviador Ansaldo, ferviente monárquico, que muy pronto saldría de Falange Española.

Pero no sólo eran los falangistas el objetivo de los pistoleros socialistas y comunistas. Recuerda Joaquín Arrarás en "Historia de la II República Española" respecto a la concentración de la JAP el 20 de abril de 1934 en el Escorial ("con aire y estilo de milicia, tan de moda entre todas las juventudes políticas") que el Congreso, celebrado "pese a las amenazas de "El Socialista" que anunciaba un día de luto", fue "perturbado por pistoleros y terroristas que ocasionaron dos muertos y varios heridos".

Socialistas y comunistas, éstos todavía minoritarios pero muy bien organizados, no aceptaron los resultados de las elecciones de diciembre de 1933. Una actitud endémica que ahora reitera en Méjico López Obrador. Lo habían anunciado con insistencia durante la campaña electoral. "Prieto, Largo Caballero y Araquistáin -recuerda Arrarás- amenazaban con desencadenar la cólera popular si el resultado de las urnas fuera adverso". No lo ocultó Largo Caballero en el mitin celebrado en Don Benito durante la campaña electoral, de cuyo discurso, publicado en "El Socialista", entresacaba Enrique de Aguinaga: "Vamos hacia la revolución social. Y yo digo que la burguesía no aceptará una expropiación legal. Habrá que expropiarla por la violencia. [...] Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada [...] Se dirá «¡Ah, esa es la dictadura del proletariado!» Pero ¿es que vivimos en alguna democracia? Pues ¿qué hay hoy más que una dictadura burguesa? [...] La clase obrera debe prepararse bien para todos los acontecimientos que ocurran y, el día que nos decidamos a la acción, que sea para algo definitivo que nos garantice el triunfo sobre la burguesía [...] Estamos en plena guerra civil. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar [...] Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee, no una bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución socialista ". Fue lógico a tenor de tales incitaciones que durante la campaña electoral se registraran algaradas, especialmente sangrientas en Jerez de la Frontera, Málaga, Daimiel, Valencia y Cuenca.

Los partidos de derecha y centro obtuvieron 5.190.881 votos en las elecciones de 1933, y 2.820.139 los partidos de izquierda. Y éste sería el reparto de escaños: 115 la CEDA, 20 lo tradicionalistas, 36 los agrarios, 15 Renovación Española, 12 los nacionalistas vascos, 1 el partido nacionalista español, 18 las candidaturas independientes, 102 los radicales, 26 la Lliga catalana, 18 los republicanos conservadores, 9 los liberales demócratas, 3 los progresistas, 60 los socialistas, 18 Ezquerra Republicana, 6 la ORGA, 5 Acción Republicana, 3 los radicales socialistas independientes, 1 los radicales socialistas, 1 los federales y 3 Unión Socialista de Cataluña. La orden de abstención de CNT-FAI a sus seguidores contribuyó de manera decisiva a los menguados resultados de la izquierda. Pero tampoco su participación habría impedido el triunfo de la derecha y el centro. Merece la pena recordar en este punto el contenido de una de sus incitaciones a la abstención: "¡Todos son reaccionarios! ¡Destruid las papeletas! ¡Destruid las urnas electorales! ¡Romped la cabeza de los supervisores de las papeletas, así como de los candidatos!".

A tenor de los resultados habría sido lo razonable que el presidente de la República, Alcalá Zamora, encargara formar gobierno a Gil Robles como cabeza del partido más votado. Pero con independencia de que los agrarios se mostraran posibilistas, la CEDA consideraba que no era la ocasión propicia para un gobierno de derechas y acordó dar su apoyo a un gobierno de centro decidido a rectificar los excesos laicistas y socializadores del anterior bienio. Algunos autores sostienen que Gil Robles creyó aplacar así las amenazas revolucionarias de la izquierda vencida. Actitud que Ortega y Gasset le reprocharía desde "El Sol" acusando a la CEDA de caer en una "demagogia de beatas". Ni pudo llevar adelante su programa electoral ni evitar el estallido revolucionario que sería de hecho el comienzo de una guerra civil abierta.

De nada valieron los llamamientos a la concordia de la CEDA desde El Debate". La revolución estaba en marcha. Respondió "El Socialista" de inmediato: "¿Concordia? ¡No! ¡Guerra de clases! ¡Odio a muerte a la burguesía criminal!". Es esa misma línea se pronunciaría Indalecio Prieto durante el mitin del 4 de febrero de 1934 en el Cine Pardiñas de Madrid: "Hágase cargo el proletariado del poder y haga de España lo que España merece. No debe titubear, y si es preciso verter sangre, debe verterla". Ya la había vertido por su cuenta la insurrección anarquista durante el mes de diciembre con la pretensión de implantar el comunismo libertario.

Las acciones revolucionarias anarcosindicalistas se extendieron por España con el resultado de 11 guardias civiles muertos y 45 heridos; tres guardias de Seguridad muertos y 18 heridos; 75 paisanos muertos y 101 heridos, entre ellos los 20 muertos y los 60 heridos a consecuencia del descarrilamiento provocado del rápido Barcelona-Sevilla. Las armas y explosivos incautados tras ser sofocada la revuelta (993 pistolas y revólveres; 885 fusiles y escopetas; 2.615 bombas; 21.077 cartuchos de dinamita, amén de grandes cantidades de otros artefactos) ponen de manifiesto el gran volumen del armamento acopiado por las milicias de choque, no sólo anarquistas, en el curso de los dos años precedentes con la complacencia gubernamental. Los encendidos llamamientos a la revolución de los dirigentes socialistas, comunistas y separatistas no eran meros alardes retóricos. Conocían de sobra que sus milicias de choque disponían de arsenales suficientes para plantar cara a la reacción represiva del Estado, además de organización y entrenamiento para la acción revolucionaria. Todo estaba dispuesto, en definitiva, para el estallido revolucionario de octubre.