la realidad histórica es la que es (1)


Ismael Medina

 


EL SUICIDIO REVOLUCIONARIO DE LA II REPÚBLICA

Somos ya relativamente pocos los que, pese al alargamiento de la esperanza de vida, tenemos memoria del final de la Dictadura de Primo de Ribera, de la caída de la Monarquía, de la II y III Repúblicas, de la guerra 1936-1939, de los cuarenta años del Estado Nacional, del transaccionismo democratizador y del actual despeñadero revolucionario. Pero nuestra memoria personal no es Historia, con mayúscula. Apenas otra cosa que una mínima parcela de la Historia que vivimos. Nuestra historia con minúscula. Tampoco puede hablarse seriamente de memoria colectiva en cuanto suma de memorias individuales, equiparándola a la Historia. La Historia es como un gran rompecabezas cuya infinidad de piezas, en ocasiones de apariencia contradictoria, han de ensamblar los historiadores para que se ajuste a la realidad de lo que ocurrió. Me refiero, naturalmente, a los que podríamos calificar de verdaderos historiadores, hoy muy escasos y ajenos para serlo a subjetivismos ideológicos, a dependencias políticas o a prejuicios sectarios

Algunos de los supervivientes de tanto ajetreo histórico hemos dedicado muchas horas de nuestra existencia a contrastar los acontecimientos vividos por nosotros mismos o personas cercanas con la múltiple documentación accesible, de muy variado origen y encontradas tendencias. Y desde una doble perspectiva que me apasiona: la piscohistoria, merced a la cual es posible ahondar en el conocimiento íntimo de los personajes y sus comportamientos, así como en lo que se esconde de intencionalidad en la letra de los documentos, sean privados o públicos; y esos otros impulsos de fondo de poderes más o menos enmascarados que suelen trazar las líneas maestras del acontecer de los pueblos.

Me valen las anteriores anotaciones para afirmar que la invención rodriguezca de la "recuperación de la memoria histórica" tiene mucho de esperpento conceptual y nada de validez histórica. Más bien se trataría de un fraudulento reescribir la historia para escamotear las enormes culpas de concretos sectores ideológicos y partitocráticos, amén de convertir sobre el papel en derrotados a quienes los vencieron en los terrenos de la política y de la guerra. Los inspiradores de Rodríguez y sus múltiples secuaces, osados y vacuos papagayos, siguen las pautas de los hacedores de leyendas negras. Pero sobre todo, de las tres grandes escuelas modernas de la tergiversación histórica: la iluminista, la soviética y la nazi, fieles las tres al criterio de que la Historia no es la que es, sino lo que ocasionalmente se quiere que parezca que fue.

PRESENTE Y FUTURO NACEN DEL PASADO

DE uno de los numerosos comentarios a la peligrosa fantasmada de la "memoria histórica" recojo esta cita de Flaubert: "No es relevant el pasado en sí mismo, sino según los problemas que través él se quieren resolver". O generar, añado a tenor de una legislación o de hechos consumados través de los cuales pretenden reimplantar los actuales revisionistas la II República de sus abuelos que a la inmensa mayoría de los españoles les queda tan lejana como a los de mi generación las guerras carlista cuando todavía éramos niños. Se empecinan en recrear el fantasma de "las dos Españas". Una insostenible invención retórica ya que los dramáticos y agotadores choques vividos por los españoles, sobre todo en la Edad Contemporánea, los provocaron facciones políticas que consiguieron arrastrar tras de sí a sectores de nuestro pueblo, fuera fervorosamente o con forzamiento. Y no siempre equiparables Es la causa de que para entender las derivas del presente sea necesario tomar en consideración los antecedentes históricos que excitaron los enfrentamientos.

Advirtió Tucídides que la historia es un incesante volver a empezar. Y una de las formas de caminar con buen pie hacia el futuro radica en una asunción razonable y honesta de nuestro pasado. Y aún sin ir demasiado lejos en lo que concierne a España sí conviene señalar que ya en tiempos del duque de Lerma, cuando entraba en agonía la casa de los Austrias, se produjo la confrontación entre dos facciones que, en términos actuales, podríamos denominar como el partido español y el partido europeo. Luego vino la primera guerra civil por la sucesión al trono entre el que sería Felipe V y el archiduque Carlos de Austria. Aquel desgarramiento interno, provocado y alentado desde fuera, crearía el caldo de cultivo para posteriores enfrentamientos, además de ingerencias de Francia y Gran Bretaña que conllevarían pérdidas territoriales, entre ellas Gibraltar, y participación en contiendas europeas de familia que en nada beneficiaban a España.

España estaba interiormente rota e internacionalmente desahuciada cuando se produjo la irrupción napoleónica. Pareció que la heroica lucha de nuestro pueblo contra las huestes invasoras, interesadamente poyada por Gran Bretaña, soldaría las diferencias. No fue así y el siglo XIX se caracterizó por una sucesión de asonadas, pronunciamientos, hervores revolucionarios, golpes de Estado, cambios de régimen y guerras civiles que agostaron cualesquiera posibilidades de estabilidad política, de válido progreso económico y de solución a los problemas sociales endémicos, al tiempo que se perdían los últimos restos del Imperio, cuyo acabose fue la independencia de Cuba, la que más hirió emocionalmente y provocó la reacción intelectual de la generación del 98, sin cuyo conocimiento y repercusión es difícil entender todo lo que después vendría. Y aunque la Restauración procurase a los españoles un periodo de calma política, no resolvió los graves problemas de fondo que arrastraba nuestra sociedad y enmascaró una crispación latente presta a reventar. A esas alturas del tiempo la monarquía borbónica, con un rey castizo y marrullero al frente, era ya una carcasa política pronta a quebrarse. La sostuvo temporalmente el golpe de Estado del general Primo de Rivera, bajo cuyo mandato conoció España un periodo de progreso económico y de reformas sociales que alentaba grandes esperanzas. Pero el dictador no acertó a consolidar su buen gobierno en términos políticos, aunque lograra la colaboración interesada y circunstancial del partido socialista que a la Dictadura debe gran parte de las Casas del Pueblo que el régimen de Franco recobró para el Estado y cuyo pago a un engordado precio ahora reivindica UGT, después de haberse quedado con buena parte del patrimonio de la Organización Sindical que habíamos pagado todos los que trabajamos durante los cuarenta años anteriores.

LA TRASTIENDA DEL APOYO SOCIALISTA A LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA

MUCHAS veces me he preguntado por lo que pudo mover al partido socialista y a su rama sindical para hacer causa común con la Dictadura de Primo de Rivera, pese a que las ideas de gobierno del general y de sus colaboradores civiles, la mayoría de los cuales podrían ser calificados hoy de tecnócratas, chocaban rudamente con las radicales invectivas y actuaciones revolucionarias de Pablo Iglesias y sus seguidores, las cuales comparecen en la colección de "Vida Socialista" que conservo junto a otras valiosas fuentes documentales. Las explicaciones sobre tan anómala decisión pueden ser muy variadas y poco transitadas algunas de ellas. Las anoto por cuanto contribuirían de manera resolutivo al discurrir posterior de los acontecimientos:

- La CNT, la más poderosa fuerza sindical de entonces, a mucha distancia de UGT, se mantenía fiel a una virulenta estrategia revolucionaria de la que había dado repetidas y dramáticas pruebas, entre ellas la no muy distante Semana Trágica de Barcelona. Socialistas y ugetistas, la misma cosa a la postre, y también el movimiento revolucionario sionista ya instalado en Rusia, estaban persuadidos de que la Dictadura perseguiría y aplastaría el movimiento anarcosindicalista, su principal enemigo español en el ámbito de la estrategia revolucionaria mundial.

- El golpe de Estado de Primo de Rivera siguió en pocos meses a la Marcha sobre Roma de Mussolini y al control de poder por el fascismo, nacido en el seno del socialismo como versión nacionalista desgajada de su matriz internacionalista. La mayor parte de los socialistas italianos, desde intelectuales a dirigentes y bases, se sumaron progresivamente al Duce, al igual que sectores de la democracia cristiana y de otras formaciones políticas.

- El acceso de Mussolini al poder, con el beneplácito de la Corona, no sólo encontró el respaldo del empresariado italiano, ansioso por salir de la regresión y el desorden que lo asfixiaban. También contó con la ayuda de Gran Bretaña. Pero especialmente del poder financiero mundialista. Hay un dato para mí significativo respecto a las buenas relaciones que Mussolini mantuvo con el Congreso Mundial Judío hasta que su capacidad de decisión quedó en manos de los mandos del III Reich tras insertarse a su lado en la guerra mundial. Hasta ese momento existió en Italia una específica Escuela Naval en la que se formaron en torno a un centenar y medio de los oficiales que, una vez creado el Estado de Israel, integraron el cuerpo de mandos de su Marina de Guerra.

- Existió una afinidad cronológica y formal entre la Marcha sobre Roma y el acceso al poder en España del general Primo de Rivera, que Curzio Malaparte describía muy bien en su "Teoría del golpe de Estado". Pero también una diferencia esencial: contrariamente al socialista Mussolini, Primo de Rivera era un militar de talante liberal en el correcto concepto español del término. De ahí que su comportamiento, muy en la línea del regeneracionismo de Joaquín Costa, diera ocasión para que a su dictadura se la tachara de "dictablanda".


HICIERON CAER LA DICTADURA LOS MISMOS QUE LA RESPALDARON

MÁS de una vez me he referido a la anotación de Jacques Bergier y Bernard Thomas en "La guerra Secreta del Petróleo" del apoyo del cártel del petróleo al golpe de Estado de Primo de Rivera, en el ámbito de sus acuerdos secretos de mercado con la URSS. Y que le hizo caer cuando, por iniciativa de José Calvo Sotelo, ministro de Hacienda, se procedió a nacionalizar el mercado del petróleo en España con la creación de CAMPSA, el 28 de junio de 1927. ¿Fue causalidad que a partir de entonces se acentuaran los movimientos conspiratorios contra la Dictadura?

Surgidos estos movimientos con preferencia desde los sectores del caciquismo derrocado en 1923 y de aquellos otros que en muy diversos ámbitos creyeron perder sus privilegios con la activa política de modernización y saneamiento de Primo de Rivera, aprovecharon algunos de los errores de su política, harto menos relevantes que sus logros, para movilizar un variado tipo de insurgencias a las que no fueron ajenas las logias masónicas. También la izquierda acomodada con la Dictadura volvió por sus fueros al ver fallidas las expectativas de afirmación de una ideología revolucionaria, fascista o no, en que la Dictadura prometía desembocar. El estudio de la personalidad n nada compleja de Largo Caballero, al que movían sobre todo la vanidad, la ambición y el resentimiento, me hace sospechar que, a la sombra de la "dictablanda", soñó Largo Caballero convertirse en el Mussolini español y que, truncada esa expectativa de socialismo nacional, la trocó por la de "Lenín español" una vez desbocados los impulsos revolucionarios del internacionalismo comunista.

También la burguesía catalana, que respaldó con entusiasmo la Dictadura, se puso en contra después que el gobierno de Primo de Rivera reconociera los fueros de Navarra y las tres provincias vascongadas, amén de promulgar el Estatuto de Diputaciones y Ayuntamientos sin que atendiera las expectativas catalanistas de un estatuto propio. Ha sido una constante histórica en el comportamiento de la burguesía catalana y de sus brazos políticos operativos apoyar a los gobiernos cuya política proteccionista favorecía su desarrollo y proporcionaba a Cataluña, en particular a Barcelona, altos réditos económicos, siempre en detrimento de otras regiones. Y ponerles la proa cuando esas expectativas se ven defraudadas.

La caída de la Dictadura, en la que tanto influyeron la frivolidad característica de Alfonso XIII y la presión de su entorno más o menos cortesano, coincidiría con la gran quiebra financiera mundial del 29, cuyos letales efectos en España, unidos a la deslavazada gestión de los dos gobiernos siguientes, generaron los supuestos políticos y sociales que serían el caldo de cultivo para el proceso revolucionario que se abrió con el golpe de Estado electoral del 14 de abril de 1931 y la proclamación de la II República. Se repetía la historia de la propensión borbónica al suicidio político. Una proclividad genética que tanta ruina y sangre había costado a España y que la República extremaría en vez de contener.

EL GOLPE DE ESTADO REVOLUCIONARIO DEL 14 DE ABRIL DE 1931

Acaso piensen algunos lectores que me he extendido en demasía con el recordatorio unos antecedentes que considero indispensables para mejor entender lo que vino después y hasta donde puede conducirnos el empeño rodriguezco de una vuelta atrás falsificada para retrotraernos a confrontaciones que la mayoría de los españoles habíamos superado y cuyo desenlace es tan inquietante como imprevisible. Además de una ignorancia supina de lo que fue realmente nuestro pasado, esta patulea de advenedizos y quienes los manejan desde la sombra desconocen, o han olvidado, la máxima, hecha tópico, de que los pueblos que olvidan su Historia, su Historia veraz, están condenados a repetirla. ¿O es precisamente repetirla lo que de manera proterva se persigue? Tampoco parecen haber caído en la cuenta de que el entramado actual de intereses geoetratatégicos y de factores de tensión distan mucho de ser aquellos que confluyeron en nuestra guerra 1936-1939. A no ser que Rodríguez y compaña estén persuadidos de que los fundamentalismos islámico y neocomunista iberoamericano jugarán aún mejor papel en su favor que entonces la Unión Soviética.

La II República, conviene recordarlo, fue el resultado de un golpe de Estado que potenció de manera ilícita los resultados favorables a los partidos republicanos de las capitales de provincia, a despecho de los globales que daban la victoria a las candidaturas monárquicas. España amaneció republicana de la noche a la mañana y Alfonso XIII, abandonado por los personajes en los que confiaba, tomó de manera voluntaria el camino del exilio y proporcionó legitimidad revolucionaria al advenimiento de la II República. La suya fue una decisión cobarde e irresponsable, al igual que en otras ocasiones críticas de su reinado. Acaso el sentimiento de soledad que le impulsó a la huída guarde relación con lo que dijo muchos años después a Julián Cortés Cabanillas y éste me confió en una de las discrepantes conversaciones que mantuvimos en Roma. Cito de memoria, aunque fiel al contenido: "Perdí el trono por negarme a hacerme de la masonería. Y si quisiera volver, me bastaría con ingresar en ella". Creo recordar que esa confidencia la recogió Cortés Cabanillas en su libro que me parece se titulaba "Mis conversaciones con Alfonso XIII" y que me sería laborioso encontrar ahora en mi alborotada biblioteca. La animosidad de Alfonso XIII contra la masonería y el recelo que le producía lo refleja lo que dijo a Víctor de la Serna cuando coincidieron en el vuelo Roma-Niza, ya de retorno a Italia los voluntarios que había enviado el Duce. Según nos relató Víctor en una de aquellas enriquecedoras tertulias del diario "La Tarde", en el mismo edificio que "Arriba", cuando ya el quehacer de la redacción había concluido, le confió Alfonso XIII: "Viajo a Londres para impedir, si llego a tiempo, que mi hijo Juan ingrese en la masonería". Don Juan de Borbón y Battenberg se había integrado a la sazón como oficial honorario en la flota de guerra británica, uno de los tradicionales y más importantes reductos de la francmasonería originaria que tan resolutivo papel jugó en los movimientos iberoamericanos de emancipación, así como en su introducción en España desde Gibraltar.

REVOLUCIÓN EN MARCHA CON MOTOR MASÓNICO Y ANDADERAS MARXISTAS

TRES factores principales contribuyeron a definir el sesgo revolucionario de la II República: la resolutiva influencia del Gran Oriente de España en su diseño ideológico y entramado de poder, a los que se plegaron fielmente los constitucionalistas; el retorno socialista a la desmelenada demagogia internacionalista de Pablo Iglesias; y la incurable torpeza política de personajes de los que conviene mencionar a Alcalá Zamora y Azaña como arquetipos. Pronto se vieron desbordados en sus ilusiones republicanas y arrollados por los acontecimiento los más notorios intelectuales que tanto habían influido en su movilización durante el periodo final de la "dictablanda" y el posterior paréntesis de autoinmolación monárquica. El célebre "¡No es esto! ¡No es esto!" de Ortega y Gasset compendia la hondura de la pronta decepción de tantos de ellos. Incluso Salvador de Madariaga, servidor leal de la República hasta su derrumbe, dejó constancia en sus escritos de los graves errores que desde sus inicios aquejaron al sistema y favorecieron su trágico devenir. Hay que saber leer a todos ellos y ahondar en sus biografías para mejor entender las causas de su frustración, tantas veces, sobre todo en los últimos tiempos, falseadas mediante ocultaciones e interesadas extrapolaciones de sus textos.

Conservo fresco en la memoria el recuerdo de aquel 14 de abril. Jugaba a los cartones con varios de mis amigos sobre una pared cercana a la calle de Tiradores cuando por ella irrumpió una masa de hambrientos jornaleros, azuzados por conocidos dirigentes de la izquierda, algunos de ellos de acomodada posición. Era evidente que esperaban su redención a caballo de la dictadura revolucionaria de las masas. Los improperios y amenazas contra burgueses, curas, frailes, militares y reyes eran constantes y las más de las veces brutales. Sirva de muestra esta letrilla cantada con música del himno de Riego: "Si los curas y frailes supieran/ la paliza que les vamos a dar/ subirían al coro cantando/ ¡Libertad, libertad, libertad!". O el agorero final de esta otra: "Šy correrán los ríos de sangre/ por los campos de pan de Alfacar". Lo de Jaén no era una excepción. Se reprodujo por toda España con mayor o menor énfasis. Fue l 14 de abril de 1931 un estallido de alegría, no sólo popular. Pero una alegría tensa, enardecida y revanchista que nada bueno presagiaba. Y así ocurrió. Un mes más tarde, en mayo, ardían iglesias y conventos, se profanaban tumbas, se exhibían en la calle los cadáveres más o menos momificados, eran expoliados los objetos de culto, se quemaban libros y documentos de gran valor histórico, se hacía burla grotesca de la religión católica, se retiraban los Crucifijos de las escuelasŠ Era la consecuencia de una prolongada inoculación antirreligiosa en la que habían avanzado de consuno la masonería y las formaciones de izquierda, en particular la socialista y anarquista. Y el anticipo de lo que sobrevendría a no tardar mucho y acabaría desde su interior mismo con la II República.

UN PAÍS EN LLAMAS Y ALCALÁ ZAMORA ATIZÁNDOLAS

LA inseguridad pública, la violencia política y social, la regresión económica y la creciente decepción por el incumpliendo de promesas sobrecargadas de demagogia, amén de otros factores, como la promulgación apresurada de los Estatutos de Cataluña y Vascongadas o la declarada enemiga contra la Iglesia, facilitaron que la CEDA ganara las elecciones en l933. Gil Robles, bajo la dirección de Angel Herrera, inspirador de la Editorial Católica y comparado en más de una ocasión con Dom Sturzo, alma de la democracia cristiana italiana, reunió en torno al núcleo de Acción Popular y de las JAP, su rama juvenil, a un buen número de pequeños partidos conservadores y se cambiaron las tornas electorales. Pero ni la masonería ni un cierto radicalismo republicano, como tampoco los nacionalismo catalán y vascongado, menos aún la izquierda, podían admitir que Gil Robles formara gobierno. Alcalá Zamora, presidente de la República y uno de los políticos más nefastos de aquel periodo, cedió a las presiones e impuso un gobierno encabezado por Lerroux, del Partido Radical, en el que la CEDA ocuparía inicialmente sólo dos ministerios pese a su superior asentamiento parlamentario. A don Niceto, firmante del Pacto de San Sebastián y uno de los comprometidos en la sublevación militar de Jaca en 1930, le repateaba que pudieran gobernar las derechas, hacia las que sentía una visceral animosidad. La izquierda, de otra parte, le acusaba de haber propiciado el triunfo de la CEDA merced a su decisión personal de disolver las Cortes en 1933. Pero tampoco Gil Robles estuvo a la altura de las circunstancias. A despecho de su condición de partido más votado pasó por las horcas caudinas de Alcalá Zamora. Pudo creer que con esa claudicación contribuía a estabilizar la alterada vida política que vivía España y evitar una violenta confrontación que muchos percibían inevitable. Y aunque la CEDA ampliara posteriormente su presencia en el gobierno, el daño era irreparable.

El sangriento episodio de Casas Viejas fue el detonante que precipitó el proceso conducente a la disolución de las Cortes y a la convocatoria de nuevas elecciones. Los jornaleros de Casas Viejas, exasperados por la miseria en que vivían, la explotación de que eran objeto por los terratenientes y las prédicas demagógicas de sus dirigentes, se sumaron a la intentona revolucionaria de la CNT el 8 de enero de 1933, ahogada de inmediato en Madrid, Barcelona y Valencia. Les llegó tarde el comunicado de la FAI de que desistieran en su empeño revolucionario hasta mejor ocasión o alguien la interfirió. Salieron a la calle, asesinaron guardias civiles y cometieron toda suerte de tropelías. La represión fue brutal y no tanto por los efectivos de la Guardia Civil, muy reducidos, como de la compañía de la Guardia de Asalto enviada por el gobierno a toda prisa. Quedó claro en la instrucción judicial subsiguiente que quien mandaba las fuerzas había recibido orden del Director General de Seguridad de aplastarla sin conmiseración alguna. Y parece evidente que una decisión de tal naturaleza contaba con el beneplácito del ministro de Gobernación. Y debe presumirse que con la del gobierno, e incluso del presidente de la República, si es que ya para entonces funcionaban con corrección las conexiones institucionales. Sería consecuente que las reprensiones políticas y penales quedaran en agua de borrajas.

La causa de la conjunción de intereses contra el anarcosindicalismo español radicaba en estos factores de mayor empaque: la CNT reunía en torno a un millón de afiliados y seguidores en algunas de las principales urbes, sobre todo en Barcelona, y en el área rural, especialmente en Andalucía, La Mancha, Extremadura y Aragón; su fuerza constituía una seria amenaza para la estrategia de poder del PSOE y UGT, amén de para un sector de la burguesía no sólo agraria y del radicalismo republicano en el gobierno; el internacionalismo marxista en el que estaba imbricado nuestro socialismo mantenía viva y acrecentada su animosidad contra el anarquismo desde la ruptura entre Marx y Bakunin y lo consideraba un obstáculo para la estrategia soviética de revolución mundial. Lo subrayo por cuanto la eliminación sistemática del anarcosindicalismo cenetista se registraría en el seno de la República Popular, o III República, bajo la dirección de los consejeros soviéticos, con escondida anuencia de los dirigentes masónicos de FAI-AIT, apoyo sin reservas del PSOE y respaldo entusiasta de los partidos separatitas de Cataluña y Vascongadas.

LA DERIVA TOTALITARIA DE LA II REPÚBLICA

HE recordado en alguna ocasión un aleccionador artículo de Julián Marías, nada sospechoso de veleidades franquistas, en el que ilustraba sobre la evidencia, ahora negada, de que la II República vivió en permanente violación de las garantías constitucionales. Escribía que subrayaba en rojo el texto constitucional cada vez que uno de sus preceptos era suplantado. Y que las línea rojas ocupaban al final la mayor parte de la Constitución. El primer sarrretazo totalitario a la Constitución llegó con la Ley de Defensa de la República, promulgada el 21 de octubre de 1931. Sólo constaba de 12 artículos y su texto ocupaba apenas un folio. Aquella ley, algunas de cuyas previsiones practican hoy Rodríguez y sus compinches, dejaba al arbitrio del gobierno cualquier tipo de represión hacia sus oponentes e incluso meros discrepantes en términos nada alejados de los que se reprueban al fascismo o al nazismo. La omnímoda capacidad persecutoria quedaba en manos del ministro de la Gobernación a tenor del artículo 4: "Queda encomendado al Ministro de la Gobernación la aplicación de la presente ley. Para aplicarla, el Gobierno podrá nombrar Delegados especiales, cuya jurisdicción alcance a dos o más provincias". Fue precisamente esta discrecionalidad represiva la que se aplicó brutalmente en Casas Viejas. Encajaba en la mentalidad totalitaria del poder republicano, la cual quedó también reflejada en la respuesta de Azaña al director general de Seguridad en ocasión de la sanjurjada: "Tráigame muchas gorras de plato agujereadas".

La Ley de Defensa de la República estuvo vigente hasta su sustitución por la Ley de Orden Público, de 28 de julio de 1933. Nada cambiaba salvo en lo que esta nueva ley encerraba de endurecimiento pormenorizado de la anterior y de sacralización de la arbitrariedad. Pero ni lo uno ni lo otro parecía ser suficiente al gobierno para reprimir cualquier conato de reacción de la derecha, objeto casi único de su aplicación. Pocos días más tarde, el 4 de agosto de 193, se promulgó la famosa Ley de Vagos y Maleantes. Merced a esta ley complementaria de la Ley de Orden Público se otorgaba ancho margen de interpretación y discrecionalidad a la autoridad gubernativa y a los jueces afines. Fue aplicada con rigor a los adversarios en tanto se olvidaban los desmanes de la izquierda. Conviene recordar, por cierto, que entre los sujetos punibles por la Ley de Vagos y Maleantes figuraban los homosexuales en cuya persecución se distinguían los socialistas.

UNA ESPAÑA HUNDIDA EN EL CAOS REVOLUCIONARIO

AQUEL primer periodo republicano, tan rico en excesos de poder, en persecución de la prensa adversa, en desmanes callejeros y en violencia de la izquierda quedó reflejada en un artículo del diario británico "Times": "Desde que está en el poder el señor Azaña, no sólo ha hablado claramente, sino que ha obrado con resolución. El secreto de su éxito reside en el hecho de que es en la práctica, aunque no en teoría, casi un dictador. Actuando al amparo de la Ley de Defensa de la República, puede hacer lo que le plazca". Y redondeaba: "Arresta arbitrariamente a personas que considera peligrosas y suprime periódicos hostiles". Más de centenar y medio fueron cerrados con carácter temporal e incluso definitivamente. Un recorrido por la prensa de aquella época pone de manifiesto la actuación implacable de la censura gubernativa. Pequeños y grandes espacios en las páginas de los periódicos aparecían cada día en blanco ncruzados por un rótulo que rezaba "Visado por la censura".

El clima revolucionario en que España estaba sumergida queda reflejado en este párrafo de una crónica publicada por el británico "Daily Telegraph" (07.07.19933): España deriva hacia la anarquía. Se ha batido una marca de opresiones y atrocidades policiales. A un solo partido político se le han prohibido 172 mítines" Un mes antes había denunciado "La Vanguardia", de Barcelona, víctima también de una orden de clausura: " Es inútil escribir, es inútil protestar. En Barcelona se asesina, se atraca, se roba, se coacciona, se colocan bombas, se pelea a tiro limpio en plena calle y se comenten diariamente crímenes y desmanes". No creo que sea necesario entrar en detalles sobre el clima revolucionario existente por entonces y la aplicación sectaria de la ya citadas leyes que lo favorecían. Si acaso el refrendo de otro articulo publicado en el "Daily Mail": "El terrorismo se ha hecho tan cotidiano en el pueblo, que ya la dinamita y las bombas no asustan a los españoles. El Estado de España es caótico a causa de la confusión política, social y económica, consecuencia de estos años de desorden".

¿Qué perseguía Alcalá Zamora con la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones para finales de año? Su comportamiento posterior a las mismas en favor de Lerroux y en demérito de Gil Robles evidencia que no buscaba un triunfo de la derecha susceptible de realizar una política de Estado que restableciera el orden e hiciera posible una República realmente democrática. Pese a que por primera vez tuvieran las mujeres participación electoral y fuera previsible que su voto fuera mayoritariamente conservador, el peso conjunto de los partidos de izquierda era abrumador sobre el papel. Muchas expectativas revolucionarias se vinieron abajo al conocerse el resultado de los comicios. Aún sin infravalorar la mejor organización de la CEDA, la influencia del voto de la mujer y la reacción atemorizada de sectores republicanos más o menos radicales cuya cosecha auparía a Lerroux, fue la abstención ordenada por la CNT a sus huestes la que inclinó la balanza. No se lo perdonarían el socialismo ni el incipiente comunismo, rígidamente estructurado y a la espera de que llegara su hora, tal y como preveía la estrategia revolucionaria expansiva de la Unión Soviética.

La documentación disponible en la actualidad, especialmente la socialista custodiada ahora en la Fundación Pablo Iglesias y desempolvada por Pío Moa, demuestra de manera incontrovertible que la izquierda no digirió el revés y se aprestó a la conquista del Estado mediante la insurgencia revolucionaria para cuya consumación se había preparado durante los años previos. Los meses que mediaron desde las elecciones a la revolución de Asturias agudizaron hasta el paroxismo el dantesco cuadro político reflejado por las crónicas de prensa a que me he referido más arriba. La guerra civil 1936-1939, larvada desde el advenimiento de la II República, comenzó realmente aquel trágico octubre de 1934. Es la causa, además de la obligada extensión de esta primera entrega, de que deje para la próxima semana su relato. Pero no sin antes unas anotaciones últimas, producto de lo que viví y de la información que he acumulado desde entonces.

MILITARIZACIÓN GENERALIZADA DE PARTIDOS Y SINDICATOS

SI nos atenemos a las tópicas descripciones de habitual uso, sólo adoptaron encuadramientos militares y uniforme el fascismo, el nazismo y los movimientos nacionalistas europeos, amén de Falange Española, AP-JAP y Requeté en España. Pero la militarización de las formaciones políticas y sindicales fue bastante anterior y asaz generalizada. Algunos de los autores que han escrito sólidos ensayos sobre la crisis de la democracia subrayan respecto de tal fenómeno el hecho asaz expresivo de que se introdujera el término militante para distinguir entre el mero afiliado y los miembros más fieles, encuadrados y entrenados para la lucha política, fuera pacífica o no. Un proceso muy anterior a la revolución bolchevique (¿hemos de recordar, por ejemplo, las camisas rojas de los garibaldinos?), aunque con ésta se consolidara y fuera imitada luego por los socialismos nacionales italiano y alemán, sobre todo. Pero no sólo por éstos. La mayoría de los partidos, incluso los de vitola democrática, disponían de sus "milicias", unos a cara descubierta y otros enmascaradas.

Las milicias de choque anarcosindicalistas estaban agrupadas en centurias con anterioridad a que, tras su creación en octubre de 1933, lo hiciera Falange Española. Las milicias socialistas y ugetistas no nacieron como por ensalmo la estallar la guerra y a ellas pertenecían los grupos de pistoleros que tantos asesinatos cometieron durante los años previos a la contienda. Estaban organizada para realizar la revolución bastante antes que los jóvenes de las JAP gilrroblistas adoptaran el uniforme marrón y se exhibieran en la concentración de El Escorial. Los "radios" comunistas en la clandestinidad respondían en su encuadramiento al modelo revolucionario establecido desde la URSS, hasta el punto de que un cierto número de su militantes se instruyeron en Moscú, entre ellos Lister y Modesto que, junto a los de otros partidos comunistas que luego vendrían como mandos en las Brigadas Internacionales, se formaron en la Academia Frunze para mandar unidades militares. Incluso la izquierda se anticipó al encuadramiento militar de sus secciones juveniles. Los de mi edad podemos recordar aquellos marciales desfiles infantiles con camisas azul celeste y corbatas rojas. Pocos partidos escapaban en España a una tendencia cuya mayor espectacularidad correspondió a la URSS, al Fascio italiano y al Partido Obrero Nacional Socialista alemán. Pero con la diferencia sustancial de que mientras las milicias anarquistas, socialistas y comunistas acumularon depósitos clandestinos de armas y explosivos, en no pocas ocasiones con anuencia gubernamental, las milicias de las JAP, de Falange o del Requeté estaban prácticamente desarmadas y apenas si contaban con las pistolas que a título personal, no pocas veces veces con licencia y controladas, poseían unos pocos de sus militantes. Conviene tomarlo en consideración para mejor entender el sesgo de los acontecimientos en ocasión de la revolución de octubre del 34 y de julio de 1936. Nada invento al respecto. Lo conocí de cerca, ya en 1935, merced a la fanfarronería de algún militante comunista, me lo confirmarían años más tarde activos militantes frentepopulistas, existen pruebas documentales y algunos de sus dirigentes lo escribieron cuando su fe revolucionaria se les vino abajo. También me apoyo en las largas conversaciones que mantuve con Enrique Castro Delgado cuando retornó a España de la mano de Salvador Vallina, al igual que otros, todavía Franco como jefe del Estado. O con Pelayo de Hungría, jefe de un grupo de guerrilleros españoles en la retaguardia alemana y luego caído en desgracia y enviado, como el Campesino y tantos otros, a los campos de concentración siberianos en el curso de las "'purgas" estalinianas que en lo concerniente a nuestros compatriotas dirigían la vengativa Pasionaria y su amante Antón.

No pretendo sentar cátedra con este artículo y los que le seguirán. Pero cuando tantos alzan su voz desde diversas posiciones o autojustificaciones contra el engendro rodriguezco de la "memoria histórica", me asiste el derecho a contarla según la viví y la he estudiado. Persuadido, además, de que, como estampillo Menéndez y Pelayo, el pueblo que no conoce su historia está condenado a la muerte de manera irrevocable. Pero ese destino que acecha a un pueblo por el desconocimiento de su historia se hace aún más ominoso cuando se le añade la perversidad de su reinstalación falsificada. La cuestión es aún más dramática que la de "reabrir heridas", argucia dialéctica tras la que se refugian los cobardes. Conduce a los pueblos al suicidio y a su inhumación en la letrina de la historia.