la realidad histórica es la que es (1)
Ismael Medina
EL SUICIDIO REVOLUCIONARIO DE LA II REPÚBLICA
Somos ya relativamente pocos los que, pese al alargamiento de la esperanza de
vida, tenemos memoria del final de la Dictadura de Primo de Ribera, de la caída
de la Monarquía, de la II y III Repúblicas, de la guerra 1936-1939, de los
cuarenta años del Estado Nacional, del transaccionismo democratizador y del
actual despeñadero revolucionario. Pero nuestra memoria personal no es Historia,
con mayúscula. Apenas otra cosa que una mínima parcela de la Historia que
vivimos. Nuestra historia con minúscula. Tampoco puede hablarse seriamente de
memoria colectiva en cuanto suma de memorias individuales, equiparándola a la
Historia. La Historia es como un gran rompecabezas cuya infinidad de piezas, en
ocasiones de apariencia contradictoria, han de ensamblar los historiadores para
que se ajuste a la realidad de lo que ocurrió. Me refiero, naturalmente, a los
que podríamos calificar de verdaderos historiadores, hoy muy escasos y ajenos
para serlo a subjetivismos ideológicos, a dependencias políticas o a prejuicios
sectarios
Algunos de los supervivientes de tanto ajetreo histórico hemos dedicado muchas
horas de nuestra existencia a contrastar los acontecimientos vividos por
nosotros mismos o personas cercanas con la múltiple documentación accesible, de
muy variado origen y encontradas tendencias. Y desde una doble perspectiva que
me apasiona: la piscohistoria, merced a la cual es posible ahondar en el
conocimiento íntimo de los personajes y sus comportamientos, así como en lo que
se esconde de intencionalidad en la letra de los documentos, sean privados o
públicos; y esos otros impulsos de fondo de poderes más o menos enmascarados que
suelen trazar las líneas maestras del acontecer de los pueblos.
Me valen las anteriores anotaciones para afirmar que la invención rodriguezca de
la "recuperación de la memoria histórica" tiene mucho de esperpento conceptual y
nada de validez histórica. Más bien se trataría de un fraudulento reescribir la
historia para escamotear las enormes culpas de concretos sectores ideológicos y
partitocráticos, amén de convertir sobre el papel en derrotados a quienes los
vencieron en los terrenos de la política y de la guerra. Los inspiradores de
Rodríguez y sus múltiples secuaces, osados y vacuos papagayos, siguen las pautas
de los hacedores de leyendas negras. Pero sobre todo, de las tres grandes
escuelas modernas de la tergiversación histórica: la iluminista, la soviética y
la nazi, fieles las tres al criterio de que la Historia no es la que es, sino lo
que ocasionalmente se quiere que parezca que fue.
PRESENTE Y FUTURO NACEN DEL PASADO
DE uno de los numerosos comentarios a la peligrosa fantasmada de la "memoria
histórica" recojo esta cita de Flaubert: "No es relevant el pasado en sí mismo,
sino según los problemas que través él se quieren resolver". O generar, añado a
tenor de una legislación o de hechos consumados través de los cuales pretenden
reimplantar los actuales revisionistas la II República de sus abuelos que a la
inmensa mayoría de los españoles les queda tan lejana como a los de mi
generación las guerras carlista cuando todavía éramos niños. Se empecinan en
recrear el fantasma de "las dos Españas". Una insostenible invención retórica ya
que los dramáticos y agotadores choques vividos por los españoles, sobre todo en
la Edad Contemporánea, los provocaron facciones políticas que consiguieron
arrastrar tras de sí a sectores de nuestro pueblo, fuera fervorosamente o con
forzamiento. Y no siempre equiparables Es la causa de que para entender las
derivas del presente sea necesario tomar en consideración los antecedentes
históricos que excitaron los enfrentamientos.
Advirtió Tucídides que la historia es un incesante volver a empezar. Y una de
las formas de caminar con buen pie hacia el futuro radica en una asunción
razonable y honesta de nuestro pasado. Y aún sin ir demasiado lejos en lo que
concierne a España sí conviene señalar que ya en tiempos del duque de Lerma,
cuando entraba en agonía la casa de los Austrias, se produjo la confrontación
entre dos facciones que, en términos actuales, podríamos denominar como el
partido español y el partido europeo. Luego vino la primera guerra civil por la
sucesión al trono entre el que sería Felipe V y el archiduque Carlos de Austria.
Aquel desgarramiento interno, provocado y alentado desde fuera, crearía el caldo
de cultivo para posteriores enfrentamientos, además de ingerencias de Francia y
Gran Bretaña que conllevarían pérdidas territoriales, entre ellas Gibraltar, y
participación en contiendas europeas de familia que en nada beneficiaban a
España.
España estaba interiormente rota e internacionalmente desahuciada cuando se
produjo la irrupción napoleónica. Pareció que la heroica lucha de nuestro pueblo
contra las huestes invasoras, interesadamente poyada por Gran Bretaña, soldaría
las diferencias. No fue así y el siglo XIX se caracterizó por una sucesión de
asonadas, pronunciamientos, hervores revolucionarios, golpes de Estado, cambios
de régimen y guerras civiles que agostaron cualesquiera posibilidades de
estabilidad política, de válido progreso económico y de solución a los problemas
sociales endémicos, al tiempo que se perdían los últimos restos del Imperio,
cuyo acabose fue la independencia de Cuba, la que más hirió emocionalmente y
provocó la reacción intelectual de la generación del 98, sin cuyo conocimiento y
repercusión es difícil entender todo lo que después vendría. Y aunque la
Restauración procurase a los españoles un periodo de calma política, no resolvió
los graves problemas de fondo que arrastraba nuestra sociedad y enmascaró una
crispación latente presta a reventar. A esas alturas del tiempo la monarquía
borbónica, con un rey castizo y marrullero al frente, era ya una carcasa
política pronta a quebrarse. La sostuvo temporalmente el golpe de Estado del
general Primo de Rivera, bajo cuyo mandato conoció España un periodo de progreso
económico y de reformas sociales que alentaba grandes esperanzas. Pero el
dictador no acertó a consolidar su buen gobierno en términos políticos, aunque
lograra la colaboración interesada y circunstancial del partido socialista que a
la Dictadura debe gran parte de las Casas del Pueblo que el régimen de Franco
recobró para el Estado y cuyo pago a un engordado precio ahora reivindica UGT,
después de haberse quedado con buena parte del patrimonio de la Organización
Sindical que habíamos pagado todos los que trabajamos durante los cuarenta años
anteriores.
LA TRASTIENDA DEL APOYO SOCIALISTA A LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA
MUCHAS veces me he preguntado por lo que pudo mover al partido socialista y a su
rama sindical para hacer causa común con la Dictadura de Primo de Rivera, pese a
que las ideas de gobierno del general y de sus colaboradores civiles, la mayoría
de los cuales podrían ser calificados hoy de tecnócratas, chocaban rudamente con
las radicales invectivas y actuaciones revolucionarias de Pablo Iglesias y sus
seguidores, las cuales comparecen en la colección de "Vida Socialista" que
conservo junto a otras valiosas fuentes documentales. Las explicaciones sobre
tan anómala decisión pueden ser muy variadas y poco transitadas algunas de
ellas. Las anoto por cuanto contribuirían de manera resolutivo al discurrir
posterior de los acontecimientos:
- La CNT, la más poderosa fuerza sindical de entonces, a mucha distancia de UGT,
se mantenía fiel a una virulenta estrategia revolucionaria de la que había dado
repetidas y dramáticas pruebas, entre ellas la no muy distante Semana Trágica de
Barcelona. Socialistas y ugetistas, la misma cosa a la postre, y también el
movimiento revolucionario sionista ya instalado en Rusia, estaban persuadidos de
que la Dictadura perseguiría y aplastaría el movimiento anarcosindicalista, su
principal enemigo español en el ámbito de la estrategia revolucionaria mundial.
- El golpe de Estado de Primo de Rivera siguió en pocos meses a la Marcha sobre
Roma de Mussolini y al control de poder por el fascismo, nacido en el seno del
socialismo como versión nacionalista desgajada de su matriz internacionalista.
La mayor parte de los socialistas italianos, desde intelectuales a dirigentes y
bases, se sumaron progresivamente al Duce, al igual que sectores de la
democracia cristiana y de otras formaciones políticas.
- El acceso de Mussolini al poder, con el beneplácito de la Corona, no sólo
encontró el respaldo del empresariado italiano, ansioso por salir de la
regresión y el desorden que lo asfixiaban. También contó con la ayuda de Gran
Bretaña. Pero especialmente del poder financiero mundialista. Hay un dato para
mí significativo respecto a las buenas relaciones que Mussolini mantuvo con el
Congreso Mundial Judío hasta que su capacidad de decisión quedó en manos de los
mandos del III Reich tras insertarse a su lado en la guerra mundial. Hasta ese
momento existió en Italia una específica Escuela Naval en la que se formaron en
torno a un centenar y medio de los oficiales que, una vez creado el Estado de
Israel, integraron el cuerpo de mandos de su Marina de Guerra.
- Existió una afinidad cronológica y formal entre la Marcha sobre Roma y el
acceso al poder en España del general Primo de Rivera, que Curzio Malaparte
describía muy bien en su "Teoría del golpe de Estado". Pero también una
diferencia esencial: contrariamente al socialista Mussolini, Primo de Rivera era
un militar de talante liberal en el correcto concepto español del término. De
ahí que su comportamiento, muy en la línea del regeneracionismo de Joaquín
Costa, diera ocasión para que a su dictadura se la tachara de "dictablanda".
HICIERON CAER LA DICTADURA LOS MISMOS QUE LA RESPALDARON
MÁS de una vez me he referido a la anotación de Jacques Bergier y Bernard Thomas
en "La guerra Secreta del Petróleo" del apoyo del cártel del petróleo al golpe
de Estado de Primo de Rivera, en el ámbito de sus acuerdos secretos de mercado
con la URSS. Y que le hizo caer cuando, por iniciativa de José Calvo Sotelo,
ministro de Hacienda, se procedió a nacionalizar el mercado del petróleo en
España con la creación de CAMPSA, el 28 de junio de 1927. ¿Fue causalidad que a
partir de entonces se acentuaran los movimientos conspiratorios contra la
Dictadura?
Surgidos estos movimientos con preferencia desde los sectores del caciquismo
derrocado en 1923 y de aquellos otros que en muy diversos ámbitos creyeron
perder sus privilegios con la activa política de modernización y saneamiento de
Primo de Rivera, aprovecharon algunos de los errores de su política, harto menos
relevantes que sus logros, para movilizar un variado tipo de insurgencias a las
que no fueron ajenas las logias masónicas. También la izquierda acomodada con la
Dictadura volvió por sus fueros al ver fallidas las expectativas de afirmación
de una ideología revolucionaria, fascista o no, en que la Dictadura prometía
desembocar. El estudio de la personalidad n nada compleja de Largo Caballero, al
que movían sobre todo la vanidad, la ambición y el resentimiento, me hace
sospechar que, a la sombra de la "dictablanda", soñó Largo Caballero convertirse
en el Mussolini español y que, truncada esa expectativa de socialismo nacional,
la trocó por la de "Lenín español" una vez desbocados los impulsos
revolucionarios del internacionalismo comunista.
También la burguesía catalana, que respaldó con entusiasmo la Dictadura, se puso
en contra después que el gobierno de Primo de Rivera reconociera los fueros de
Navarra y las tres provincias vascongadas, amén de promulgar el Estatuto de
Diputaciones y Ayuntamientos sin que atendiera las expectativas catalanistas de
un estatuto propio. Ha sido una constante histórica en el comportamiento de la
burguesía catalana y de sus brazos políticos operativos apoyar a los gobiernos
cuya política proteccionista favorecía su desarrollo y proporcionaba a Cataluña,
en particular a Barcelona, altos réditos económicos, siempre en detrimento de
otras regiones. Y ponerles la proa cuando esas expectativas se ven defraudadas.
La caída de la Dictadura, en la que tanto influyeron la frivolidad
característica de Alfonso XIII y la presión de su entorno más o menos cortesano,
coincidiría con la gran quiebra financiera mundial del 29, cuyos letales efectos
en España, unidos a la deslavazada gestión de los dos gobiernos siguientes,
generaron los supuestos políticos y sociales que serían el caldo de cultivo para
el proceso revolucionario que se abrió con el golpe de Estado electoral del 14
de abril de 1931 y la proclamación de la II República. Se repetía la historia de
la propensión borbónica al suicidio político. Una proclividad genética que tanta
ruina y sangre había costado a España y que la República extremaría en vez de
contener.
EL GOLPE DE ESTADO REVOLUCIONARIO DEL 14 DE ABRIL DE 1931
Acaso piensen algunos lectores que me he extendido en demasía con el
recordatorio unos antecedentes que considero indispensables para mejor entender
lo que vino después y hasta donde puede conducirnos el empeño rodriguezco de una
vuelta atrás falsificada para retrotraernos a confrontaciones que la mayoría de
los españoles habíamos superado y cuyo desenlace es tan inquietante como
imprevisible. Además de una ignorancia supina de lo que fue realmente nuestro
pasado, esta patulea de advenedizos y quienes los manejan desde la sombra
desconocen, o han olvidado, la máxima, hecha tópico, de que los pueblos que
olvidan su Historia, su Historia veraz, están condenados a repetirla. ¿O es
precisamente repetirla lo que de manera proterva se persigue? Tampoco parecen
haber caído en la cuenta de que el entramado actual de intereses
geoetratatégicos y de factores de tensión distan mucho de ser aquellos que
confluyeron en nuestra guerra 1936-1939. A no ser que Rodríguez y compaña estén
persuadidos de que los fundamentalismos islámico y neocomunista iberoamericano
jugarán aún mejor papel en su favor que entonces la Unión Soviética.
La II República, conviene recordarlo, fue el resultado de un golpe de Estado que
potenció de manera ilícita los resultados favorables a los partidos republicanos
de las capitales de provincia, a despecho de los globales que daban la victoria
a las candidaturas monárquicas. España amaneció republicana de la noche a la
mañana y Alfonso XIII, abandonado por los personajes en los que confiaba, tomó
de manera voluntaria el camino del exilio y proporcionó legitimidad
revolucionaria al advenimiento de la II República. La suya fue una decisión
cobarde e irresponsable, al igual que en otras ocasiones críticas de su reinado.
Acaso el sentimiento de soledad que le impulsó a la huída guarde relación con lo
que dijo muchos años después a Julián Cortés Cabanillas y éste me confió en una
de las discrepantes conversaciones que mantuvimos en Roma. Cito de memoria,
aunque fiel al contenido: "Perdí el trono por negarme a hacerme de la masonería.
Y si quisiera volver, me bastaría con ingresar en ella". Creo recordar que esa
confidencia la recogió Cortés Cabanillas en su libro que me parece se titulaba
"Mis conversaciones con Alfonso XIII" y que me sería laborioso encontrar ahora
en mi alborotada biblioteca. La animosidad de Alfonso XIII contra la masonería y
el recelo que le producía lo refleja lo que dijo a Víctor de la Serna cuando
coincidieron en el vuelo Roma-Niza, ya de retorno a Italia los voluntarios que
había enviado el Duce. Según nos relató Víctor en una de aquellas enriquecedoras
tertulias del diario "La Tarde", en el mismo edificio que "Arriba", cuando ya el
quehacer de la redacción había concluido, le confió Alfonso XIII: "Viajo a
Londres para impedir, si llego a tiempo, que mi hijo Juan ingrese en la
masonería". Don Juan de Borbón y Battenberg se había integrado a la sazón como
oficial honorario en la flota de guerra británica, uno de los tradicionales y
más importantes reductos de la francmasonería originaria que tan resolutivo
papel jugó en los movimientos iberoamericanos de emancipación, así como en su
introducción en España desde Gibraltar.
REVOLUCIÓN EN MARCHA CON MOTOR MASÓNICO Y ANDADERAS MARXISTAS
TRES factores principales contribuyeron a definir el sesgo revolucionario de la
II República: la resolutiva influencia del Gran Oriente de España en su diseño
ideológico y entramado de poder, a los que se plegaron fielmente los
constitucionalistas; el retorno socialista a la desmelenada demagogia
internacionalista de Pablo Iglesias; y la incurable torpeza política de
personajes de los que conviene mencionar a Alcalá Zamora y Azaña como
arquetipos. Pronto se vieron desbordados en sus ilusiones republicanas y
arrollados por los acontecimiento los más notorios intelectuales que tanto
habían influido en su movilización durante el periodo final de la "dictablanda"
y el posterior paréntesis de autoinmolación monárquica. El célebre "¡No es esto!
¡No es esto!" de Ortega y Gasset compendia la hondura de la pronta decepción de
tantos de ellos. Incluso Salvador de Madariaga, servidor leal de la República
hasta su derrumbe, dejó constancia en sus escritos de los graves errores que
desde sus inicios aquejaron al sistema y favorecieron su trágico devenir. Hay
que saber leer a todos ellos y ahondar en sus biografías para mejor entender las
causas de su frustración, tantas veces, sobre todo en los últimos tiempos,
falseadas mediante ocultaciones e interesadas extrapolaciones de sus textos.
Conservo fresco en la memoria el recuerdo de aquel 14 de abril. Jugaba a los
cartones con varios de mis amigos sobre una pared cercana a la calle de
Tiradores cuando por ella irrumpió una masa de hambrientos jornaleros, azuzados
por conocidos dirigentes de la izquierda, algunos de ellos de acomodada
posición. Era evidente que esperaban su redención a caballo de la dictadura
revolucionaria de las masas. Los improperios y amenazas contra burgueses, curas,
frailes, militares y reyes eran constantes y las más de las veces brutales.
Sirva de muestra esta letrilla cantada con música del himno de Riego: "Si los
curas y frailes supieran/ la paliza que les vamos a dar/ subirían al coro
cantando/ ¡Libertad, libertad, libertad!". O el agorero final de esta otra: "Šy
correrán los ríos de sangre/ por los campos de pan de Alfacar". Lo de Jaén no
era una excepción. Se reprodujo por toda España con mayor o menor énfasis. Fue l
14 de abril de 1931 un estallido de alegría, no sólo popular. Pero una alegría
tensa, enardecida y revanchista que nada bueno presagiaba. Y así ocurrió. Un mes
más tarde, en mayo, ardían iglesias y conventos, se profanaban tumbas, se
exhibían en la calle los cadáveres más o menos momificados, eran expoliados los
objetos de culto, se quemaban libros y documentos de gran valor histórico, se
hacía burla grotesca de la religión católica, se retiraban los Crucifijos de las
escuelasŠ Era la consecuencia de una prolongada inoculación antirreligiosa en la
que habían avanzado de consuno la masonería y las formaciones de izquierda, en
particular la socialista y anarquista. Y el anticipo de lo que sobrevendría a no
tardar mucho y acabaría desde su interior mismo con la II República.
UN PAÍS EN LLAMAS Y ALCALÁ ZAMORA ATIZÁNDOLAS
LA inseguridad pública, la violencia política y social, la regresión económica y
la creciente decepción por el incumpliendo de promesas sobrecargadas de
demagogia, amén de otros factores, como la promulgación apresurada de los
Estatutos de Cataluña y Vascongadas o la declarada enemiga contra la Iglesia,
facilitaron que la CEDA ganara las elecciones en l933. Gil Robles, bajo la
dirección de Angel Herrera, inspirador de la Editorial Católica y comparado en
más de una ocasión con Dom Sturzo, alma de la democracia cristiana italiana,
reunió en torno al núcleo de Acción Popular y de las JAP, su rama juvenil, a un
buen número de pequeños partidos conservadores y se cambiaron las tornas
electorales. Pero ni la masonería ni un cierto radicalismo republicano, como
tampoco los nacionalismo catalán y vascongado, menos aún la izquierda, podían
admitir que Gil Robles formara gobierno. Alcalá Zamora, presidente de la
República y uno de los políticos más nefastos de aquel periodo, cedió a las
presiones e impuso un gobierno encabezado por Lerroux, del Partido Radical, en
el que la CEDA ocuparía inicialmente sólo dos ministerios pese a su superior
asentamiento parlamentario. A don Niceto, firmante del Pacto de San Sebastián y
uno de los comprometidos en la sublevación militar de Jaca en 1930, le repateaba
que pudieran gobernar las derechas, hacia las que sentía una visceral
animosidad. La izquierda, de otra parte, le acusaba de haber propiciado el
triunfo de la CEDA merced a su decisión personal de disolver las Cortes en 1933.
Pero tampoco Gil Robles estuvo a la altura de las circunstancias. A despecho de
su condición de partido más votado pasó por las horcas caudinas de Alcalá
Zamora. Pudo creer que con esa claudicación contribuía a estabilizar la alterada
vida política que vivía España y evitar una violenta confrontación que muchos
percibían inevitable. Y aunque la CEDA ampliara posteriormente su presencia en
el gobierno, el daño era irreparable.
El sangriento episodio de Casas Viejas fue el detonante que precipitó el proceso
conducente a la disolución de las Cortes y a la convocatoria de nuevas
elecciones. Los jornaleros de Casas Viejas, exasperados por la miseria en que
vivían, la explotación de que eran objeto por los terratenientes y las prédicas
demagógicas de sus dirigentes, se sumaron a la intentona revolucionaria de la
CNT el 8 de enero de 1933, ahogada de inmediato en Madrid, Barcelona y Valencia.
Les llegó tarde el comunicado de la FAI de que desistieran en su empeño
revolucionario hasta mejor ocasión o alguien la interfirió. Salieron a la calle,
asesinaron guardias civiles y cometieron toda suerte de tropelías. La represión
fue brutal y no tanto por los efectivos de la Guardia Civil, muy reducidos, como
de la compañía de la Guardia de Asalto enviada por el gobierno a toda prisa.
Quedó claro en la instrucción judicial subsiguiente que quien mandaba las
fuerzas había recibido orden del Director General de Seguridad de aplastarla sin
conmiseración alguna. Y parece evidente que una decisión de tal naturaleza
contaba con el beneplácito del ministro de Gobernación. Y debe presumirse que
con la del gobierno, e incluso del presidente de la República, si es que ya para
entonces funcionaban con corrección las conexiones institucionales. Sería
consecuente que las reprensiones políticas y penales quedaran en agua de
borrajas.
La causa de la conjunción de intereses contra el anarcosindicalismo español
radicaba en estos factores de mayor empaque: la CNT reunía en torno a un millón
de afiliados y seguidores en algunas de las principales urbes, sobre todo en
Barcelona, y en el área rural, especialmente en Andalucía, La Mancha,
Extremadura y Aragón; su fuerza constituía una seria amenaza para la estrategia
de poder del PSOE y UGT, amén de para un sector de la burguesía no sólo agraria
y del radicalismo republicano en el gobierno; el internacionalismo marxista en
el que estaba imbricado nuestro socialismo mantenía viva y acrecentada su
animosidad contra el anarquismo desde la ruptura entre Marx y Bakunin y lo
consideraba un obstáculo para la estrategia soviética de revolución mundial. Lo
subrayo por cuanto la eliminación sistemática del anarcosindicalismo cenetista
se registraría en el seno de la República Popular, o III República, bajo la
dirección de los consejeros soviéticos, con escondida anuencia de los dirigentes
masónicos de FAI-AIT, apoyo sin reservas del PSOE y respaldo entusiasta de los
partidos separatitas de Cataluña y Vascongadas.
LA DERIVA TOTALITARIA DE LA II REPÚBLICA
HE recordado en alguna ocasión un aleccionador artículo de Julián Marías, nada
sospechoso de veleidades franquistas, en el que ilustraba sobre la evidencia,
ahora negada, de que la II República vivió en permanente violación de las
garantías constitucionales. Escribía que subrayaba en rojo el texto
constitucional cada vez que uno de sus preceptos era suplantado. Y que las línea
rojas ocupaban al final la mayor parte de la Constitución. El primer sarrretazo
totalitario a la Constitución llegó con la Ley de Defensa de la República,
promulgada el 21 de octubre de 1931. Sólo constaba de 12 artículos y su texto
ocupaba apenas un folio. Aquella ley, algunas de cuyas previsiones practican hoy
Rodríguez y sus compinches, dejaba al arbitrio del gobierno cualquier tipo de
represión hacia sus oponentes e incluso meros discrepantes en términos nada
alejados de los que se reprueban al fascismo o al nazismo. La omnímoda capacidad
persecutoria quedaba en manos del ministro de la Gobernación a tenor del
artículo 4: "Queda encomendado al Ministro de la Gobernación la aplicación de la
presente ley. Para aplicarla, el Gobierno podrá nombrar Delegados especiales,
cuya jurisdicción alcance a dos o más provincias". Fue precisamente esta
discrecionalidad represiva la que se aplicó brutalmente en Casas Viejas.
Encajaba en la mentalidad totalitaria del poder republicano, la cual quedó
también reflejada en la respuesta de Azaña al director general de Seguridad en
ocasión de la sanjurjada: "Tráigame muchas gorras de plato agujereadas".
La Ley de Defensa de la República estuvo vigente hasta su sustitución por la Ley
de Orden Público, de 28 de julio de 1933. Nada cambiaba salvo en lo que esta
nueva ley encerraba de endurecimiento pormenorizado de la anterior y de
sacralización de la arbitrariedad. Pero ni lo uno ni lo otro parecía ser
suficiente al gobierno para reprimir cualquier conato de reacción de la derecha,
objeto casi único de su aplicación. Pocos días más tarde, el 4 de agosto de 193,
se promulgó la famosa Ley de Vagos y Maleantes. Merced a esta ley complementaria
de la Ley de Orden Público se otorgaba ancho margen de interpretación y
discrecionalidad a la autoridad gubernativa y a los jueces afines. Fue aplicada
con rigor a los adversarios en tanto se olvidaban los desmanes de la izquierda.
Conviene recordar, por cierto, que entre los sujetos punibles por la Ley de
Vagos y Maleantes figuraban los homosexuales en cuya persecución se distinguían
los socialistas.
UNA ESPAÑA HUNDIDA EN EL CAOS REVOLUCIONARIO
AQUEL primer periodo republicano, tan rico en excesos de poder, en persecución
de la prensa adversa, en desmanes callejeros y en violencia de la izquierda
quedó reflejada en un artículo del diario británico "Times": "Desde que está en
el poder el señor Azaña, no sólo ha hablado claramente, sino que ha obrado con
resolución. El secreto de su éxito reside en el hecho de que es en la práctica,
aunque no en teoría, casi un dictador. Actuando al amparo de la Ley de Defensa
de la República, puede hacer lo que le plazca". Y redondeaba: "Arresta
arbitrariamente a personas que considera peligrosas y suprime periódicos
hostiles". Más de centenar y medio fueron cerrados con carácter temporal e
incluso definitivamente. Un recorrido por la prensa de aquella época pone de
manifiesto la actuación implacable de la censura gubernativa. Pequeños y grandes
espacios en las páginas de los periódicos aparecían cada día en blanco ncruzados
por un rótulo que rezaba "Visado por la censura".
El clima revolucionario en que España estaba sumergida queda reflejado en este
párrafo de una crónica publicada por el británico "Daily Telegraph"
(07.07.19933): España deriva hacia la anarquía. Se ha batido una marca de
opresiones y atrocidades policiales. A un solo partido político se le han
prohibido 172 mítines" Un mes antes había denunciado "La Vanguardia", de
Barcelona, víctima también de una orden de clausura: " Es inútil escribir, es
inútil protestar. En Barcelona se asesina, se atraca, se roba, se coacciona, se
colocan bombas, se pelea a tiro limpio en plena calle y se comenten diariamente
crímenes y desmanes". No creo que sea necesario entrar en detalles sobre el
clima revolucionario existente por entonces y la aplicación sectaria de la ya
citadas leyes que lo favorecían. Si acaso el refrendo de otro articulo publicado
en el "Daily Mail": "El terrorismo se ha hecho tan cotidiano en el pueblo, que
ya la dinamita y las bombas no asustan a los españoles. El Estado de España es
caótico a causa de la confusión política, social y económica, consecuencia de
estos años de desorden".
¿Qué perseguía Alcalá Zamora con la disolución de las Cortes y la convocatoria
de elecciones para finales de año? Su comportamiento posterior a las mismas en
favor de Lerroux y en demérito de Gil Robles evidencia que no buscaba un triunfo
de la derecha susceptible de realizar una política de Estado que restableciera
el orden e hiciera posible una República realmente democrática. Pese a que por
primera vez tuvieran las mujeres participación electoral y fuera previsible que
su voto fuera mayoritariamente conservador, el peso conjunto de los partidos de
izquierda era abrumador sobre el papel. Muchas expectativas revolucionarias se
vinieron abajo al conocerse el resultado de los comicios. Aún sin infravalorar
la mejor organización de la CEDA, la influencia del voto de la mujer y la
reacción atemorizada de sectores republicanos más o menos radicales cuya cosecha
auparía a Lerroux, fue la abstención ordenada por la CNT a sus huestes la que
inclinó la balanza. No se lo perdonarían el socialismo ni el incipiente
comunismo, rígidamente estructurado y a la espera de que llegara su hora, tal y
como preveía la estrategia revolucionaria expansiva de la Unión Soviética.
La documentación disponible en la actualidad, especialmente la socialista
custodiada ahora en la Fundación Pablo Iglesias y desempolvada por Pío Moa,
demuestra de manera incontrovertible que la izquierda no digirió el revés y se
aprestó a la conquista del Estado mediante la insurgencia revolucionaria para
cuya consumación se había preparado durante los años previos. Los meses que
mediaron desde las elecciones a la revolución de Asturias agudizaron hasta el
paroxismo el dantesco cuadro político reflejado por las crónicas de prensa a que
me he referido más arriba. La guerra civil 1936-1939, larvada desde el
advenimiento de la II República, comenzó realmente aquel trágico octubre de
1934. Es la causa, además de la obligada extensión de esta primera entrega, de
que deje para la próxima semana su relato. Pero no sin antes unas anotaciones
últimas, producto de lo que viví y de la información que he acumulado desde
entonces.
MILITARIZACIÓN GENERALIZADA DE PARTIDOS Y SINDICATOS
SI nos atenemos a las tópicas descripciones de habitual uso, sólo adoptaron
encuadramientos militares y uniforme el fascismo, el nazismo y los movimientos
nacionalistas europeos, amén de Falange Española, AP-JAP y Requeté en España.
Pero la militarización de las formaciones políticas y sindicales fue bastante
anterior y asaz generalizada. Algunos de los autores que han escrito sólidos
ensayos sobre la crisis de la democracia subrayan respecto de tal fenómeno el
hecho asaz expresivo de que se introdujera el término militante para distinguir
entre el mero afiliado y los miembros más fieles, encuadrados y entrenados para
la lucha política, fuera pacífica o no. Un proceso muy anterior a la revolución
bolchevique (¿hemos de recordar, por ejemplo, las camisas rojas de los
garibaldinos?), aunque con ésta se consolidara y fuera imitada luego por los
socialismos nacionales italiano y alemán, sobre todo. Pero no sólo por éstos. La
mayoría de los partidos, incluso los de vitola democrática, disponían de sus
"milicias", unos a cara descubierta y otros enmascaradas.
Las milicias de choque anarcosindicalistas estaban agrupadas en centurias con
anterioridad a que, tras su creación en octubre de 1933, lo hiciera Falange
Española. Las milicias socialistas y ugetistas no nacieron como por ensalmo la
estallar la guerra y a ellas pertenecían los grupos de pistoleros que tantos
asesinatos cometieron durante los años previos a la contienda. Estaban
organizada para realizar la revolución bastante antes que los jóvenes de las JAP
gilrroblistas adoptaran el uniforme marrón y se exhibieran en la concentración
de El Escorial. Los "radios" comunistas en la clandestinidad respondían en su
encuadramiento al modelo revolucionario establecido desde la URSS, hasta el
punto de que un cierto número de su militantes se instruyeron en Moscú, entre
ellos Lister y Modesto que, junto a los de otros partidos comunistas que luego
vendrían como mandos en las Brigadas Internacionales, se formaron en la Academia
Frunze para mandar unidades militares. Incluso la izquierda se anticipó al
encuadramiento militar de sus secciones juveniles. Los de mi edad podemos
recordar aquellos marciales desfiles infantiles con camisas azul celeste y
corbatas rojas. Pocos partidos escapaban en España a una tendencia cuya mayor
espectacularidad correspondió a la URSS, al Fascio italiano y al Partido Obrero
Nacional Socialista alemán. Pero con la diferencia sustancial de que mientras
las milicias anarquistas, socialistas y comunistas acumularon depósitos
clandestinos de armas y explosivos, en no pocas ocasiones con anuencia
gubernamental, las milicias de las JAP, de Falange o del Requeté estaban
prácticamente desarmadas y apenas si contaban con las pistolas que a título
personal, no pocas veces veces con licencia y controladas, poseían unos pocos de
sus militantes. Conviene tomarlo en consideración para mejor entender el sesgo
de los acontecimientos en ocasión de la revolución de octubre del 34 y de julio
de 1936. Nada invento al respecto. Lo conocí de cerca, ya en 1935, merced a la
fanfarronería de algún militante comunista, me lo confirmarían años más tarde
activos militantes frentepopulistas, existen pruebas documentales y algunos de
sus dirigentes lo escribieron cuando su fe revolucionaria se les vino abajo.
También me apoyo en las largas conversaciones que mantuve con Enrique Castro
Delgado cuando retornó a España de la mano de Salvador Vallina, al igual que
otros, todavía Franco como jefe del Estado. O con Pelayo de Hungría, jefe de un
grupo de guerrilleros españoles en la retaguardia alemana y luego caído en
desgracia y enviado, como el Campesino y tantos otros, a los campos de
concentración siberianos en el curso de las "'purgas" estalinianas que en lo
concerniente a nuestros compatriotas dirigían la vengativa Pasionaria y su
amante Antón.
No pretendo sentar cátedra con este artículo y los que le seguirán. Pero cuando
tantos alzan su voz desde diversas posiciones o autojustificaciones contra el
engendro rodriguezco de la "memoria histórica", me asiste el derecho a contarla
según la viví y la he estudiado. Persuadido, además, de que, como estampillo
Menéndez y Pelayo, el pueblo que no conoce su historia está condenado a la
muerte de manera irrevocable. Pero ese destino que acecha a un pueblo por el
desconocimiento de su historia se hace aún más ominoso cuando se le añade la
perversidad de su reinstalación falsificada. La cuestión es aún más dramática
que la de "reabrir heridas", argucia dialéctica tras la que se refugian los
cobardes. Conduce a los pueblos al suicidio y a su inhumación en la letrina de
la historia.