Del patriotismo ocasional al bandidaje político
Ismael Medina
Vivo desde hace varios días
envuelto en continuo griterío, flamear de banderas, carrusel estridente de
automóviles y derroche de alcohol al término de cada uno de los tres encuentros
diarios de fútbol de la primera fase de la Copa del Mundo. Y no por estar en una
de las ciudades alemanas donde se disputan los partidos. Bruselas, al igual que
tantas otras urbes europeas, está saturada de inmigrantes de muy variada
procedencia. Los hay en número suficiente para ruidoso festejo patriótico
cualquiera que sea el equipo vencedor. Igual sucede en metrópolis como Londres .
Y aunque en tono menor, incluso en Oxford , tercera etapa de una breve evasión
de la España que tanto me duele y solivianta, aunque por aquí prima la bandera
inglesa. No la británica, la cual se enarbola para los grandes eventos políticos
y militares.
¿Debemos identificar esas alharacas dentro y fuera de los campos de fútbol con
espontáneas y transeúntes manifestaciones de un patriotismo contenido? Análoga
parafernalia de banderas, camisetas, aditamentos carnavalescos y griterío se
registra cuando se trata de contiendas entre equipos de una liga nacional.
Cambian los colores y en vez del nombre de una nación se jalea el de la sociedad
anónima cuyos dirigentes hacen negocio con el equipo y alientan la sospecha de
que el fútbol se ha convertido no sólo en alienador fenómeno de masas. También
en máquina de blanquear a raudales dinero negro de la especulación inmobiliaria.
Contemplado el espectáculo desde neutrales aceras urbanas sí creo observar una
notable diferencia respecto a lo que pueda existir o no de efusión patriótica en
estas muestras de fervor balompédico por la enseña de una nación. Epidérmica y
emocionalmente ocasional, casi un nostálgico reflejo, entre quienes pertenecen a
países en proceso de agotamiento histórico. Profundamente sentida y exultante
cuando se trata de pueblos emergentes o que buscan escapar de la miseria.
Pueblos estos que nutren con sus gentes los oficios serviles rechazazos por los
ciudadanos de la sociedad opulenta, subvencionadora de los propios que rehuyen
tales quehaceres. Si el equipo de un país subdesarrollado o en vías de
desarrollo gana al de una nación de primera clase, sus inmigrantes toman las
calles en son de ensordecedora revancha. Saborean durante unas horas la miel de
la victoria como un excitante anticipo de que también a ellos, como a los
esclavos de Egipto o de Roma, les llegará la hora de resarcirse.
El gran circo futbolero a que asistimos me sugiere otras reflexiones, las más de
ellas nada caritativas. Pero me ceñiré a una que guarda relación con el
sarpullido nacionalista que nos corroe en España, a la que Rodríguez ha metido
de hoz y coz en demencial balcanización. Yugoslavia fue puntera en varias
especialidades del espectáculo deportivo mientras estuvo unida. Las partes que
restan después de su sangrienta disolución apenas pasan de entusiastas reliquias
de aquel pasado. Otro tanto puede decirse respecto de los Estados resultantes de
la voladura de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La jibarización
nacionalista desemboca de manera inevitable en una suerte de esterilizador
enanismo que acaba autodevorándose. Quienes postulan, abanderan, defienden,
exaltan o favorecen estos nacionalismos de aldea suelen ser enfermos de mollera
o agentes de poderes entre cuyos objetivos estratégicos figura destruir la
soberanía y la fortaleza que hacen libre a un pueblo y aseguran su prosperidad.
No hay términos medios: tarados o traidores; o ambas cosas a la vez.
Las formas de Estado son varias. También lo son las formas de democracia. Y
asimismo las manifestaciones de la estulticia. Tan legítimo puede ser un Estado
centralista como uno descentralizado. Y la democracia admite el añadido de
múltiples adjetivaciones para explicar su entidad. El juego de los eufemismos
ofrece multitud de posibilidades encubridoras. Democracias populares, por
ejemplo, se denominaban todas las tiranías comunistas que crecieron a imagen y
semejanza de la URSS. Lo fue la española de 1936-1939 que ahora pretenden
reconvertir históricamente en arcadia feliz los coaligados en torno a Rodríguez.
Es consecuente una tal falacia en quienes accedieron al poder gracias a la
matanza terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid. La sangre llama a la
sangre. Y el terror llama al terror. Es lógico que quienes se sienten herederos
de un tétrico periodo propendan a entenderse en los ámbitos de la sangre y del
terror con aquellos mismos que fueron sus compañeros de fechorías en los años
treinta. Y a despreciar, como entonces, cualesquiera principios y valores sobre
los que se ahorma una normal y fructífera convivencia social y política.
Acostumbrados desde sus orígenes a convertir el Derecho en combustible, esta
izquierda y sus añadidos secesionistas creen que también la historia se puede
adulterar por mayoría parlamentaria. Sólolos todavía infestados de estalinismo
pueden tener la ocurrencia de declarar por ley que la II y III Repúblicas (para
ellos una misma) fueron "la más importante experiencia democrática" vivida por
los españoles en toda su historia. Podrán engañar a los intelectualmente
embrutecidos por el sectarismo o a los que se revuelcan gustosos en la mugre
mediática. Pero no a quienes vivimos aquellas trágicas peripecias ni a los que,
libres de prejuicios, han estudiado lo que sucedió en documentos y libros dignos
de crédito. "El expolio de la República", por ejemplo, tercero del antiguo
dirigente cenetista Francisco Olaya Morales, narra la gigantesca entidad de la
rapiña republicana, a la que no fueron ajenos los gobiernos separatistas catalán
y vascongado, así como la corrupción que prevaleció en su reparto y
aprovechamiento.
Lo robado en conjunto importaría en euros en torno a dos veces el montante de
los Presupuestos Generales del Estado para 2007. No murieron estas inclinaciones
con la derrota militar que el frentepopulismo sufrió en 1939 y de la que ahora,
transcurridos tres cuartos de siglo, pretende resarcirse sobre el papel.
Los gobiernos de Felipe González se caracterizaron por una desmelenada
corrupción a la que no fue ajeno el llamativo enriquecimiento de no pocos de sus
dirigentes, algunos de ellos, como Felipe González, sólidamente instalados en
los circuitos financieros de poder. ¿Y no es descarada corrupción que La Caixa
condone una millonaria deuda al PSC y a ERC a cambio de que el Gobierno
Rodríguez, por medio de su ministro Montilla, el más directo beneficiario,
insista en llevar adelante, sin eludir reiteradas violaciones legales, el timo
financiero que para los accionistas de Endesa entraña la OPA de Gas Natural? ¿Y
no lo es que la BBK proceda a una también multimillonaria deuda contraída por el
PSOE hace una veintena de años y que lo haga precisamente cuando se negocia la
claudicación de España ante el terrorismo marxista-separatista? ¿Y no tienen
gato encerrado las disputas entre ministros para atribuirse la venta de armas a
Venezuela? ¿Y no lo es, asimismo, que se utilicen los fondos públicos y la
soberanía del Estado para asegurarse la mayoría parlamentaria? ¿Y...?
Recordaba en una crónica anterior que, nada más terminada la guerra, habíamos
enterrado los de mi generación los horrores que presenciamos y que agostaron
prematuramente nuestra infancia. Ahora intentan vendernos desde la izquierda
revenida una "memoria histórica" aún más falsa que los antiguos duros "amadeos".
Un desatino
que nos obligará a exhumar esa otra verdadera que añadir a la del expolio.
¿Habré
de recordar la imagen de aquel sacerdote cuyo cadáver sanguinolento, acribillado
a balazados y con una alpargata cruzada en la boca, yacía en un control a los
pies de una talla de Longinos sacada de una cercana y saqueada iglesia? ¿O la de
aquel otro sacerdote al que ataron al tronco de un pino, le sacaron los ojos, le
cortaron la lengua, las orejas y los genitales, para entretenerse luego en
convertir su cuerpo en diana de una orgía de disparos? ¿O la de aquel otro al
que crucificaron sobre la puerta de su parroquia y lo dejaron morir lentamente,
entre burlas, bajo el sol abrasador de agosto? ¿O la de aquellas dos familias de
un pueblo manchego a todos cuyos varones fusilaron, incluidos niños, obligaron a
las hembras, incluidas niñas, a barrer desnudas las calles para luego
encerrarlas en una cueva, violarlas, asesinarlas y pasear sus pechos en bandejas
de plata que habían robado en casa de las víctimas? Me horroriza recordarlo.
Podría proseguir hasta la extenuación con relatos de aquella desenfrenada
bestialidad revolucionaria que hasta hoy había secuestrado piadosamente en la
memoria. Pero habré de orearla, muy a mi pesar, si a estos siniestros
falsificadores de la historia se empecinan en legalizar la mentira.
Dejo para la próxima semana abordar con mayor detenimiento el golpe
revolucionario del estatuto de Cataluña y del mini-referendum. Y también la
claudicación del gobierno Rodríguez ante las exigencias del bandidaje terrorista
y sus aliados. Sólo añadiré que lo uno y lo otro guardan estrecha relación con
el retorno político a la II y III Repúblicas. Aunque sin disparos y todavía sin
sangre, pero sí con varios géneros de violencia, hemos revivido en Cataluña la
revolución de 1934. Y asistimos en Vascongadas a los prolegómenos
revolucionarios de 1936, cuando los "gudaris precursores de los etarras,
participaban junto a las milicias frentepopulistas en saqueos, detenciones,
torturas y asesinatos. Se ha impuesto, en definitiva, la política del bandidaje.
Una política que ilegitima a quienes así usan el poder del Estado y justifica su
expulsión antes de que el daño sea irreparable.