Aportaciones a la biografía de José Antonio        


Juan Velarde Fuertes
 


Más de cien años después de su nacimiento, es evidente que comienza a llegar el momento en que la biografía de José Antonio deje de ser una hagiografía sistemática. Por supuesto, también es preciso que sea superada la mezcla de insultos y desdenes que también experimenta. Hay que admitir que, como toda figura histórica importante, será enjuiciada siempre en función de la ideología que impregne al historiador. Si se ha visto un subir y bajar, en buena parte de los historiadores de cada época, a Felipe II, a Disraeli, a Carlomagno, a Juana de Arco, a Franklin o a Cánovas del Castillo, ¿cómo pretender que ocurra otra cosa con José Antonio? Pero lo indudable es que toda figura mejor estudiada, presenta de modo más inequívoco facetas que la caracterizan perpetuamente.

Todo este exordio sirve para señalar que José Antonio Martín Otín ha escrito una aportación muy valiosa para quien se dedique en adelante a estudiar la figura de José Antonio[1]. En lo que sigue se anotan sugerencias que se refieren al entendimiento mejor de José Antonio, derivadas de este ensayo. Se anotan de acuerdo con su presentación en el libro.

Comencemos por lo siguiente: «Esa frase que se repite tanto y que, ciertamente, es muy poco afortunada, la de la dialéctica de los puños y las pistolas, se la encasquetó a José Antonio un viejo anarcosindicalista, Guillén Salaya, que vino a las JONS con la frasecita desde la CNT. Cualquiera que se haya tomado la molestia de leer con sosiego los escritos de José Antonio, los que se han publicado y los que no se han publicado, verá que el primero que no sentía entusiasmo por esa dialéctica era él»[2].

Sobre esto agrego un testimonio que me proporcionó Alfonso García Valdecasas, con quien, acompañado de Pedro Tenorio Macías, me reunía periódicamente, desde que fui elegido secretario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, cuando él era su presidente. Me habló Valdecasas aproximadamente así sobre esa frase: -«Al salir del acto, le pregunté por qué la había pronunciado. José Antonio me repuso que se le había escapado, y que inmediatamente se había arrepentido, porque sería siempre citada como reproche, como la de Azaña. “España ha dejado de ser católica”. Se fue irritado esa mañana por haberla lanzado».

La princesa Bibesco va a ser una pieza clave en este libro. En primer lugar cita Martín Otín[3] una frase del «Diario» de Azaña: «La Bibesco no deja de insistirme en los últimos tiempos para que reciba a Primo de Rivera». Lo que escribe exactamente Azaña, el 22 de abril de 1933 es: «Anoche, en la embajada de México, la Bibesco tuvo la ocurrencia de proponerme que me presentaría al hijo de Primo de Rivera»[4]. Del análisis del «Diario» de Azaña en relación con Elizabeth Bibesco, pueden obtenerse sobre esto otras puntualizaciones interesantes. Pero aparte de ello, surgen tres cuestiones importantes en relación con la vinculación de José Antonio y Elizabeth Bibesco. Una, es la llegada a Madrid, para dar unas conferencias, del economista rumano Manoilescu. Éste fue el asesor de la Guardia de Hierro en cuestiones económicas; defendía un proteccionismo industrializador que saltaría después, como probó el profesor Love, al estructuralismo económico latinoamericano, y su postura provocó entonces una famosa polémica con Jacob Viner[5] bastante agria. Seguirá a esta obra Le siècle du corporatisme: doctrine du corporatisme intégral[6]. Todo lo coronará Manoilescu con el ensayo Le parti unique[7]. Luis Olariaga, de quien José Antonio fue ayudante en la Facultad de Derecho de la Universidad Central, me contó que había conocido a Manoilescu y que había hablado ampliamente con él en una cena en la embajada rumana en Madrid con motivo de su conferencia. ¿Asistió José Antonio a esa cena? ¿Se entrevistó con Manoilescu? ¿Leyó alguno de sus ensayos? ¿Estuvo en la conferencia? He ahí una cuestión a investigar.

La segunda cuestión es nada menos que Bloosmsbury y Keynes. La relación de Keynes y Elizabeth Asquith, princesa Bibesco, la transcribe Martín Otín a la perfección[8]. Naturalmente, en medio de todo eso surgen T. S. Eliot y la enemiga de Virginia Woolf y sus insultos a la Bibesco. Tengamos en cuenta que sobre Eliot tuvo gran ascendente T. E. Hulme, ‑el otro enlace de éste es con Ezra Pound‑ y Hulme era un gran amigo de Ramiro de Maeztu, dentro del movimiento llamado Guild Socialism, o guildismo, sobre el que, bajo la dirección de Olariaga, según me señalaron Ramón Serrano Suñer y Pilar Primo de Rivera –quien lamentaba que no se hubieran rastreado en ese sentido los manuscritos de su hermano‑, preparaba su tesis doctoral José Antonio. Olariaga, a través de Maeztu, estuvo muy enlazado durante su estancia en Londres con este movimiento, y tenía trato cordial con Keynes. ¿No es posible que con la Bibesco se hablase de eso y se recibiesen noticias e inspiraciones?[9] De esta tesis iniciada con Olariaga, en torno a otro debate entre sindicalismo y socialismo ¿procederán las búsquedas de José Antonio de enlaces con la CNT y sus aledaños? Merece la pena indagar por ahí.

La tercera es el continuo intento de acercamiento a Azaña, con una intermediación de la princesa Bibesco, por parte de José Antonio y posibles reacciones favorables de aquél que en esta obra de Martín Otín se señalan numerosas veces. Sobre esto debo aportar el testimonio de una conversación que tuve con el embajador Manuel Aznar en un almuerzo en Barcelona, en el restaurante Reno. Me señaló que él, tras haber sido de nuevo director de El Sol, en la etapa final de la II República, al llegar a Zona Nacional fue encarcelado, y, añadió: ‑«Incluso llegué a temer por mi vida, porque la acusación era la de mi pretendido azañismo. Lo que me salvó fue el tener en mi poder los manuscritos de José Antonio de unos editoriales que éste me pidió publicase en El Sol, de alabanza y con consejos para Azaña como Presidente de la República». Confieso que intenté localizar esos editoriales en El Sol. No los encontré nunca. ¿No se publicaron? ¿Cuál era el designio de José Antonio?

Finalmente, la princesa Bibesco, ¿continuó siendo siempre «la Princesa Roja»? Su contacto con Drieu la Rochelle, ¿cambió las cosas? La admiración de Drieu por José Antonio, ¿tuvo también un papel en la evolución de Elizabeth Asquith? Era aquella una época de planteamientos radicales y muy diferentes que muchas personas adoptaban sin que nadie se escandalizase, porque eran años de búsqueda en los «ismos» artísticos, en el intento de encontrar una alternativa al sistema capitalista, en la búsqueda de algo diferente a la democracia liberal, y por ello eran obligadas las marchas y contramarchas. Quizá una de las mejores aportaciones de este libro es mostrar en José Antonio todas esas evoluciones y, ¿por qué no decirlo?, vacilaciones.

En esta obra de Martín Otín se aborda la cuestión de las subvenciones italianas. Se habla de Ángel Viñas, siempre aficionado a este tipo de investigaciones[10]. Pero es que existe, previamente, un libro de Max Gallo sobre este asunto. Los Laval, pues sobre Pierre Laval, ya fusilado, lanzó Gallo una insidia parecida, lo llevaron a los tribunales, y obtuvieron tal satisfacción que este pretendido acusador quedó desprestigiado. Cuando escribió sobre las subvenciones a José Antonio, avisé a Miguel y a Pilar Primo de Rivera. Era tan endeble todo, que me parecía que se debía emplear el procedimiento jurídico de la familia Laval. Almorcé con Girón y con Miguel Primo de Rivera. Expuse la cuestión. Llevé el libro de Max Gallo. Me dijeron que, efectivamente, como familia me lo agradecían y que ya me dirían su reacción. Quedé algo asombrado cuando Pilar me telefoneó y dijo algo así que aquello era tal basura que iban a hablar con Franco para que impidiese que ese libro de Max Gallo entrase en España.

Finalmente, sobre la cuestión del juicio y fusilamiento de José Antonio[11] creo que debo señalar lo que me dijo con toda claridad Juan López Sánchez, un cenetista treintista que era ministro de Comercio en el Gobierno de Largo Caballero cuando se cumplió la sentencia del Tribunal Popular de Alicante. Le hablé de negociaciones, de canjes, de posibles presiones. Me contestó así: ‑«Ahí hay muchas fantasías. La decisión de aquel Gobierno, para mostrar el propósito de resistir, fue evidente. De todos modos, alguien en el Consejo anterior al 20 de noviembre insinuó a Largo Caballero que pensase que arriesgaba, quizá, la vida de su hijo. Cortó la alusión muy serio: -“No hay otra solución más que la del “enterado”, pase lo que pase a mi hijo. Y agradeceré que esto no se me recuerde, porque es hurgar en el dolor”. Nadie replicó ni dudó que, con el “enterado”, se cumpliría la sentencia».

Cuando ingresó Jesús Prados Arrarte en la Real Academia Española, con un discurso muy interesante sobre Álvaro Flórez Estrada, planteó la cuestión de cómo hubiese sido la historia de España sin guerras civiles ni exiliados, desde la Guerra de la Independencia hasta ahora y con los cambios políticos efectuados de modo pacífico, como el de 1931. Preparé un comentario sobre ese discurso para Índice. En él yo jugaba como si eso hubiese sucedido y, por tanto, que Prados había ingresado en la Real Academia Española, en una sesión solemne en la que el director de esta corporación, Alfonso García Valdecasas, estaba acompañado, por el Presidente de la República, José Antonio Primo de Rivera. Falange Española había evolucionado de un modo muy parecido a como lo hizo Falange Nacional de Chile. Me devolvió el manuscrito Juan Fernández Figueroa, diciéndome que le había gustado mucho pero que Índice dejaba de publicarse por motivos económicos.

Alrededor de estas cuestiones siempre existe algo así como un baño de tristeza, que es, desde luego la que rezume este libro, ciertamente importante. 

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[1] Cfs. José Antonio Martín Otin, El hombre al que Kipling dijo sí, El Gallo de Marzo. Ediciones Barbarroja, Madrid, 2005, 166 págs. Las citas en delante de esta obra, serán Martín Otín, ob. cit.

[2] Martín Otín, ob. cit., pág. 46.

[3] Ob. cit., pág. 42.

[4] Cfs. Manuel Azaña, Diarios completos. Monarquía, República, Guerra Civil, Crítica, Barcelona, 2000, pág. 781.

[5] Véase la reseña de Jacob Viner al libro de Mihail Manoilescu, The Theory of Protection and Internacional Trade. King, London, 1931, en The Journal of Political Economy, 1932, nº XI, págs. 121-125 y la replica de Mihail Manoilescu en Arbeitsproduktivität und Aussenhandel en Weltwirtschaftliches Archiv, junio 1935, que se recoge después en el ensayo de Manoilescu Die Nationalen Produktivkräfte und der Aussenhandel, Berlín, 1937, págs. 227-230 y 275.

[6] Felix Alcan, París, 1934.

[7] Oeuvres Françaises, París, 1936.

[8] Ob. cit., págs. 56-57.

[9] Sobre el enlace de Maeztu con la revista de este movimiento The New Age y en general con el guildismo y sus polémicas con el socialismo y la preferencia del sindicalismo, el mejor trabajo a mi juicio es el de Vicente Marrero en su Introducción a los escritos de Maeztu en Ramiro de Maeztu, Obra, Editora Nacional, Madrid, 1974, págs. 9-56, y especialmente las 23-30.

[10] Ob. cit., pág. 92.

[11] Ob. cit., págs. 145-166.