Antonio
Gonzalo Cerezo Barredo
En silencio, discretamente, como
el más adecuado punto final a una vida entregada al servicio, nos ha dejado
Antonio. A secas. Pocos hombres gozan de la autoridad moral de ser reconocidos
sólo por su nombre familiar: Antonio García y Rodriguez-Acosta, tuvo ese
privilegio en vida y lo mantendrá después de muerto.
Nos ha dejado sin hacerse notar, después de haberlo sido casi todo en su vida
profesional y política: Fundador del SEU de Jaén, y miembro de la carrera fiscal
que iniciara en la Audiencia Territorial de Madrid, llegó a la cúspide al
despedirse de la vida activa como Fiscal General del Estado. El derecho era su
vocación primera, que sin abandonar en sus normas esenciales de rigor normativo
y formal, trasvasó a la política cuando fue requerido para ello.
Hay quien considera que la máxima aspiración de quien ama a su tierra es llegar
a ser alcalde de la ciudad que le viera nacer. Antonio tuvo esa fortuna: fue
alcalde de Jaén, ciudad a la que amó profundamente y a la que sirvió con sus
características personales de rigor y eficacia. Así lo reconocieron sus paisanos
cuando le otorgaron por unanimidad la Medalla de Oro que acompaña a la
distinción de hijo predilecto. Pasó por Málaga como Gobernador y Jefe Provincial
del Movimiento, dejando allí un recuerdo imborrable entre quienes tuvieron la
dicha de trabajar con él, fueron beneficiarios de su intensa preocupación social
o simplemente le conocieron.
Impulsor de las primeras avanzadas del turismo en la Costa del Sol, llamó la
atención de Fraga, que lo incorporó a su equipo como subsecretario y director
general de Promoción del Turismo. Tan infatigable como su ministro, fue el
eficaz realizador de la red de paradores con su inmensa capacidad de gestión,
recuperando y rehabilitando para ello antiguos conventos, palacios, casas
solariegas o castillos, elegidos en entornos privilegiados, a los que se otorgó
un nuevo esplendor. Entre ellos, el castillo de Santa Catalina, de su entrañable
Jaén.
Esta actividad le permitió recorrer diversos países en el mundo entero, muy
principalmente en la América hispana. Sin duda esta intensa experiencia
internacional y su contacto con los españoles de otros mundos le llevó a ocupar
con Licinio de la Fuente la dirección general del Instituto Español de
Emigración, que conoció con él un impulso fundamental. Su paso por el Ministerio
de Trabajo le permitió reanudar la colaboración con una de las personas más
queridas por él desde su época de gobernador de Málaga: José Utrera Molina.
Durante su estancia en aquella ciudad, no escapó a la percepción del valor de
los hombres que le rodean -signo definidor de la altura moral de un jefe nato-
el de aquel muchacho entusiasta que se había formado, como tantos otros hombres
valiosos de España, en las filas del Frente de Juventudes..
Este reencuentro tuvo una importancia singular. Al provocarse el relevo al
frente del Ministerio de Vivienda fue Utrera designado ministro, llevándose
consigo como subsecretario a Antonio. La estancia de ambos en el ministerio fue
breve. El asesinato de Carrero Blanco cambiaría no solo el destino de España,
sino también el de Utrera, nombrado por el presidente Arias ministro Secretario
General del Movimiento, y de Antonio, que le acompañó como Vicesecretario en la
que sería última singladura política de ambos.
Los historiadores han comenzado a percibir que el cambio en España, la verdadera
transición política, tiene lugar precisamente a partir del asesinato de Carrero
y la presidencia de Arias Navarro. Dos corrientes se enfrentan entonces en los
corredores del poder para imponer sus respectivas concepciones del futuro del
Régimen, cuyo final se adivinaba ya inminente por la propia decadencia física
del Caudillo, cada vez más visible.
La implantación directa de una democracia partitocrática se defendía con mayor o
menor radicalidad e inmediatez desde el entorno de Arias. Una salida que tuviera
sus raíces en el Movimiento que había servido de sustrato orgánico y doctrinal
al régimen de Franco, era por el contrario la visión de Secretaría General del
Movimiento. En Secretaría General, encabezado por Utrera -que defendía sus
posiciones ante el propio Arias y en el Consejo de Ministros, sin abandonar la
línea directa con el propio jefe del Estado- se constituyó un equipo integrado
por Fernando Herrero Tejedor, Jesús Fueyo, Paco Labadíe y Emilio Romero, mas
alguna otra figura relevante del Consejo Nacional. Su dirección la asumió
directamente Antonio, y en su despacho se reunía con regularidad para definir la
estrategia del Movimiento. El campo de batalla era la Ley de Asociaciones, y el
debate, la sutil diferenciación de estas con los partidos y su situación
jurídica dentro del marco del Movimiento o fuera de él.
Todo esto parece hoy una batalla perdida de antemano, pero la reforma desde el
interior del propio Movimiento venía de lejos. La constitución de partidos que
no supusieran una ruptura, sino una evolución natural, abierta al futuro, de sus
propias virtualidades, la habían venido propugnando de palabra y por escrito,
hombres como Arrese o Labadíe. Antonio y su equipo defendieron con coraje esta
tradición que finalmente, limada, pulida, descafeinada y deformada, pero
tratando al menos de salvar los muebles, fue la que desembocó en la Ley de
Asociaciones. Especular sobre lo que no pudo ser ni entonces, ni antes, sólo
conduce a la melancolía.
Disuelta en el olvido aquella última batalla, Antonio volvió donde solía y
terminó su vida activa como Fiscal General del Estado, en defensa del también
amenazado estado de derecho en el periodo cargado de incertidumbres que siguiera
a la muerte de Franco. Acabado el servicio, volvió a su casa y al silencio. Pero
nunca tuvo que lamerse las heridas. Descendiente de una estirpe mozárabe, estaba
acostumbrado por la tradición y la raza a defender sus creencias y valores en un
medio hostil, rechazado a veces por los vencedores, y otras por los vencidos de
todos los bandos. Era, pues, innata en él la capacidad de sufrimiento y
resistencia frente a las adversidades, no escasas, que rodearon su vida. La
fidelidad a personas y valores en que siempre creyó, le siguieron hasta el fin.
Como último privilegio tuvo el de acompañar en la hora de la muerte a Aquel que
dijo de sí mismo "Yo soy la resurrección y la vida". Y el otro, no menor, de no
verse asistido por muchos de aquellos que tanto le debían.