A Propósito de Kipling: José Antonio re(des)mitificado



 

Gonzalo Cerezo Barredo


¿Se puede a estas alturas escribir sobre José Antonio con un lenguaje desenfadado, brillante, y a favor? Se puede. José Antonio Martín Otín, lo ha hecho*. ¿Se puede, después de haber pasado más de cien años desde su nacimiento y casi setenta desde su muerte, desmitificar el imaginario joseantoniano? Se puede. Y se debe. El autor lo ha intentado.

Sin duda Martín Otín es bien intencionado, pero llega tarde. Algunos lo venimos pretendiendo desde los años cincuenta. Al menos, el que suscribe, y dos o tres de los más conocidos entre los que incluye en la dedicatoria con que abre sus páginas. No es esta, pues, la novedad de este libro que poco aporta a las más divulgados estudios de Payne, Preston, Borrás, David Jato, Bravo, Gibello, Arce, Gibson, Imatz, Pecharromán, Aguinaga, y Ximénez de Sandoval, entre otros.

Con una ágil escritura, Martín Otín logra lo que parecía imposible: cerrar el círculo abierto desde el apasionamiento de X. de Sandoval, al suyo propio. Estamos, pues, ante una biografía apasionada. Una biografía de las que, sin salirnos del ámbito periodístico en el que el autor se mueve con soltura, sería una biografía "no autorizada". Sólo que en este caso -¡loado sea Dios!- a favor. ¿A favor de quien?

De José Antonio, sí, pero sobre todo, del nuevo mito que las últimas generaciones que se proclaman falangistas pretenden construir, abatidas, al parecer, por un extraño complejo de culpa del que conviene liberarse a cualquier precio. No sólo ellos, claro, también, a derecha e izquierda, la "nueva clase" política.

Glosando como arquetipo la ideal figura exaltada por Kipling en su If, se vale de sus estrofas, ampliamente divulgadas por el Frente de Juventudes entre sus miembros, para situar el perfil de "su" José Antonio. El empeño es loable e incluso original, aunque no nuevo. Ya lo sugirió X. de Sandoval, sin cuya devota biografía, tal vez ni Martín Otín ni nosotros, hubiéramos sospechado que el conocido poema de Kipling colgaba como paradigma en el primerizo despacho profesional del José Antonio abogado.

¿Cuál es pues el problema, se dirá? Pues que en este caso no coinciden el modelo y el retrato, que resulta ser muy poco kiplingniano. Es seguro que están en un error quienes pretendan convertir a José Antonio en un San Luis Gonzaga. Y aun puede que exageren aquellos para quienes era "como un Amadís de Gaula", pero de eso a convertirlo en un émulo de Casanova en el frívolo Madrid aristocrático de los Foxá o los Andes, que, más menos sinceramente se acercaron la Falange, va un abismo.

Es incluso bastante probable que José Antonio no llegue a figurar nunca en una antología de la generación poética del 27, aunque sea imposible evitar, malgré tout, que lo hagan algunos de los "poetas de la Falange". No obstante, de eso a considerarle un poeta mediocre, cuando no malo, hay una distancia difícil de recorrer, aunque Otín la transita con pasmoso desembarazo. En este caso, se apoya además en dos sonetos del periodo estudiantil poco caritativos. Lo hace, sin embargo, y que yo sepa, sin autoridad crítica solvente, y encima de modo fraudulento y sin permiso de su actual depositario. Abrigo el profundo convencimiento de que el joven abogado admirador del poeta inglés, muy alejado todavía de la política, no utilizaría jamás ese tono con uno de sus más fieles seguidores actuales. Tono que, por otra parte, no tiene el menor reparo en emplear el autor para referirse a otros camaradas de la primera hora con expresiones muy alejadas del sutil manejo de la ironía florentina de su biografiado..

Aparte de otros datos, ya más o menos trasmitidos por vía oral, nos ofrece alguna novedad obtenida con una muy poco rigurosa utilización de las fuentes (ahora las cito, ahora no; ahora doy detalles, ahora paso de puntillas sobre ellas). Las dos principales cuestiones que el libro nos propone parecen ser demostrar fuera de toda duda la virilidad de José Antonio y su choque frontal con Franco. Desgraciadamente tampoco en esto es original: la mundanidad de José Antonio era de sobra conocida. No la oculta ni siquiera X. de Sandoval. Y en cuanto a su presunto antifranquismo se han derramado ya ríos de tinta.

En cuanto a lo primero aporta un dato singular: "José Antonio tenía dos amantes, una soltera, la otra no. Eso aparte de de algunos idilios más o menos conocidos". Emiliano Aguado dixit. A continuación se explaya en contarnos su idilio con la Princesa Bibesco -nacida Asquith- la casada, consorte del príncipe Bibesco, Ministro en la Embajada rumana en Madrid. A esta relación amorosa, que todo el mundo conocía, ¿menos el marido?, dedica Otín unas treinta páginas, lo que en un texto de 166 no está nada mal, si además le añadimos la veintena que agota en el relato de otras aventuras amorosas de José Antonio. Nada, salvo las suposiciones ya divulgadas, aclara respecto a la/s soltera/s.

Naturalmente se trata de un descubrimiento de magnitudes mediterráneas. Todo esto después de "desmentir" con toda clase de detalles, las relaciones que Celaya atribuye a Lorca y José Antonio, y haber dejado constancia de la satisfacción de Azaña ante la contundente bofetada que le propinó al general Queipo de Llano. Ello puede ser muy viril; forma parte, en efecto, del complejo testicular que caracteriza el valor temerario de los españoles, por si acaso alguien no estaba plenamente convencido del constatado atractivo y masculinidad de José Antonio.

Con más concisión, y sobre todo conocimiento de causa, lo había expresado ya Areilza: "Físicamente arrogante, de traza airosa, porte distinguido, andar resuelto y una mirada azul que le confería cierto aire nórdico y deportivo" y "la apariencia de vivir una existencia fácil, con muchos planes femeninos y concurrencia veraniega incesante a reuniones y comidas mundanas". Así lo firmaba el conde de Motrico, nada menos que en "Arriba", ¡en noviembre de 1952 y para hablar del aniversario de su muerte! (Aguinaga y G. Navarro, "Mil veces José Antonio". Madrid, 2003). Ahora bien, de todos es sabido que la frivolidad, tan poco compatible por otra parte con las virtudes del político José Antonio, desapareció de su vida el día 9 de febrero , en el que la muerte de Matías Montero le sorprendió en una cacería. "¡Nunca más"¡. ¿O no?

Cualquiera puede entender, sin ser necesariamente un San Luis Gonzaga, que el modelo kiplingniano ("si engañado, no engañas... si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres"), es incompatible con el simultáneo engaño a sus camaradas, al marido, a su amante soltera, al "dolorido sentir" de su frustrado amor, a sus ideales clásicos, y a su confesada fé católica. Y encima, para mayor contradicción, el autor de esta biografía nos recuerda en sus primeras páginas la anécdota de Julián Marías referida al clima previo a la guerra civil y su comentario: "Estamos perdidos. Cuando Marx puede más que las hormonas, no hay nada que hacer". ¿Y si le damos la vuelta a la frase? ¿Qué pasa cuando las hormonas pueden más que las ideas? Afortunadamente, por discutido que sea, Marañón ya escribió todo un tratado sobre este asunto. El mito de D. Juan puede ser muy español, pero no es el máximo prototipo de la virilidad.

Y ya que hablamos de mitos, vayamos con el otro. Algunos nuevos falangistas -y también viejos- han dado en la extraña manía de establecer la incompatibilidad de Franco y José Antonio. El autor, aporta el testimonio, entre otros menos conocidos, de Amando de Miguel, quien, como tantos otros de sus contemporáneos, pasó por el Frente de Juventudes. Amando segura que Franco y José Antonio no sólo eran dos personajes contradictorios, -no sé que tiene esto de malo- sino que "se odiaron en vida". Menos mal que fue en vida, porque, una vez muerto José Antonio, ¿cómo explicar que el legado de un líder insignificante en la historia de la República, haya alcanzado la gigantesca estatura que la Historia posterior le ha asignado?

Sin Franco, que permitió, alentó, subvencionó y protegió a las juventudes en perpetua orfandad (Ángel Mª Pascual), el cultivo de la doctrina y el recuerdo de José Antonio -muy a pesar de calificados sectores de la Iglesia, el Ejército y otros integrantes del Movimiento (A. Castro Villacañas)-, no habría pasado de ser una nota a pié de página del más trágico episodio de nuestro reciente pasado. Las obras completas de José Antonio se editaron por la Secretaría General del Movimiento, la Sección Femenina y el Instituto de Estudios Políticos; centenares de Instructores del F. J. y la S.F. transmitieron su ideario en colegios e institutos, escuelas Rurales y del Hogar, centros Universitarios y de Formación Profesional. Miles de mandos de la de la SF, las OO.JJ, el F. J. y el SEU, las entrañaron e el corazón y la mente de promociones y promociones juveniles de toda España, mucho antes de que Martín Otín hubiera siquiera nacido.

Y aunque ahora se hagan piruetas dialécticas sobre la "revolución pendiente", el Régimen habría carecido de contenidos políticos si no los hubiera utilizado extraído en su mayor parte de la denostada Falange. Aquella Falange. Es fácil hablar ahora de la coreografía que prestaban al "franquismo" aquellos miles y miles de jóvenes ilusionados. Nadie sin embargo, hizo más que ellos por la reconciliación entre los hijos de los que lucharon enfrentados. Fue el suyo un largo abrazo generacional que ahora, insensatamente, tratan de quebrar con desparpajo los nietos, y algún que otro díscolo hijo, de las víctimas de aquella generosa sangre derramada a ambos lados de las trincheras.

Es hora de que alguien diga que la famosa transición la hicieron los que quedaron dentro, y no los que, con descargo de conciencia o sin ella, se apartaron en busca de otros horizontes. Fue obra temprana, iniciada ya alrededor de los cincuenta, por hombres como José Luis de Arrese, Paco Labadie, Cancio, Chozas... entre otros muchos. También D. Quijote acabó lamentando que en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Por supuesto Martín Otín tiene derecho a escribir "su" José Antonio. Al fin y al cabo hay tantos joseantonios como discrepantes testimonios recogen Enrique Aguinaga y Emilio González Navarro en su "Mil veces José Antonio" (Plataforma, Madrid, 2003).

Tantos como los que van del aspirante a diputado monárquico, al que canta la "alegría del 14 de abril"; del que enamoraba a la princesa Bibesco, al que abraza al magistrado Portal que le condena a muerte; del que era asiduo a los salones madrileños, al que confiesa su fe en impresionante testamento; del que abofetea a Queipo, al que espera la muerte sin jactancia; del fascista deslumbrado de los primeros tiempos al que monta una de sus famosas "cóleras bíblicas" cada vez que le insinúan esa presunta filiación; del que recibe, sí, inspiración de Ramiro Ledesma, pero pronto le supera (así lo afirma el jonsista E. Aguado en la página 45 del libro); del que se defiende usando legítimamente todos sus recursos de abogado ante el Tribunal que le condenó, al que pone severas condiciones para participar en los preparativos de un frustrado golpe militar que intenta detener cuando se transforma en guerra civil. Por lo demás es evidente que tampoco era Gandhi, pero menos aun Largo Caballero.

Nadie, o casi nadie, parece entender que hay "muchos joseantonios", pero una sola Falange: La que murió con él. Luego vino otra cosa que podrá gustar más o menos; que será discutible y discutida; que habrá llevado a muchos a la melancolía y el desengaño. Pero no existe, por mucho que lo intente quien sea, tal cosa como una "falange auténtica". La Falange es ya historia. José Antonio es ya historia. Convendría ir dejando a los muertos en paz.

Lo de Franco es aun peor, porque nada tiene que ver el Franco del principio con el del final; el que recoge una España desangrada en las trincheras, desgarrada por el odio y la miseria, y la deja socialmente estable, vertebrada institucionalmente; con una industria poderosa, reconocimiento internacional, y economía saneada. No es preciso ser "franquista" o "antifranquista", sino francólogo. Es decir: hay que estudiar. Pero contemplamos con asombro una especie de complejo freudiano, de "asesinato del padre", en esa "enfermedad infantil -parafraseemos a Lenín- del falangismo". Horrible pecado. Y el que esté libre, que tire la primera piedra.

Se puede ser joseantoniano sin ser falangista de los de antes ni de los de ahora; se puede -y sobre todo se pudo- ser franquista sin ser falangista, e incluso combatiendo con saña a la Falange que, más mal que bien, se integró en el Movimiento. Se puede ser franquista y joseantoniano. Se puede, en fin, ser joseantoniano sin ser franquista, ya que José Antonio nos produce a algunos una pasión intelectual diferente de la gratitud, la lealtad y el respeto que debemos al hombre que gobernó España durante casi cuarenta años. Algunos le servimos hasta el fin con fidelidad, y no olvidaremos quién nos permitió conocer y amar a José Antonio: Lo que no se puede, porque es una contradicción "in terminis", es ser falangista, hoy, y antifranquista. Eso sencillamente es imposible, porque quienes lo dicen, o no saben nada de José Antonio y "su" Falange, o no lo sabrían si Franco no hubiera querido que lo supiéramos.

Adenda para historiadores: Me consta personalmente que Franco acudía con alguna asiduidad al domicilio de su paisano, almirante Salas, exministro de la Monarquía, en la casa que éste habitaba en una conocida calle del barrio de Salamanca. En el mismo edificio vivía Luis Bolín (¿recuerdan el "Dragon Rapid"?). Los Bolín y los Salas eran, más que vecinos amigos, y Franco los visitaba a ambos. Pero los Bolín eran familia de "tía Carmen", como la llamaban sus sobrinos. Tía Carmen era Carmen Werner. Cuando venía a verlos, acudía José Antonio también a tomar el té con ella. Sin comentarios.

Por cierto el almirante Salas es otro "traicionado". Uno de sus familiares es el cantautor Krahe; sí, el que cocinaba cristos bajo la complaciente mirada de TVE. Antes de las caricaturas de Mahoma. G.C.B

* José Antonio Marín Otín. El hombre al que Kipling dijo sí. Madrid, 2005