Carta abierta al Consejo de Europa
Pío Moa
Han propuesto ustedes hacer del 18 de julio de 2006 día internacional de repulsa
al franquismo, erigir monumentos en memoria de sus víctimas y recordar que el
Valle de los Caídos fue construido por presos republicanos. Inmediatamente se
vienen a la cabeza las frases del gran filósofo español Ortega y Gasset
dirigidas a Einstein y otros intelectuales, favorables al Frente Popular
español: "Einstein se ha creído con derecho a opinar sobre la guerra civil
española y tomar posición ante ella. Ahora bien, Albert Einstein usufructúa una
ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y
siempre. El espíritu que le lleva a esta insolente intervención es el mismo que
desde hace mucho tiempo viene causando el desprestigio universal del hombre
intelectual, el cual, a su vez, hace que hoy vaya el mundo a la deriva, falto de
pouvoir spirituel".
Me temo que la información que ustedes manejan sobre el 18 de julio proviene del
gobierno español, liderado por un autoproclamado "rojo", el señor Zapatero. Se
trata básicamente de la propaganda elaborada por la Comintern comunista,
reproducida desde los años 60 por historiadores de la misma ideología, como
Tuñón de Lara o Gabriel Jackson. Acerca de ella expresaba su indignación otro de
los más distinguidos intelectuales liberales españoles del siglo XX, el doctor
Gregorio Marañón: "Esa constante mentira comunista es lo más irritante de los
rojos. Por no someterme a esa servidumbre estúpida de la credulidad, es por lo
que estoy contento de mi actitud". El reconocido historiador británico Paul
Johnson ha señalado la guerra de España como uno de los episodios del siglo XX
sobre los que más se ha mentido. Creo que ustedes debieran imitar a Ortega y a
Marañón, y precaverse contra esa "constante mentira comunista", hoy nuevamente
tan en boga.
Según esa propaganda, la guerra de España enfrentó a la democracia y al
fascismo. Pero si ustedes prestan atención a los integrantes del Frente Popular
y sus aliados, verán cuán imposible es tal pretensión. Ni los anarquistas ni los
comunistas ni los socialistas de entonces, en muchos aspectos más radicalizados
que los comunistas, tenían nada de demócratas. Tampoco el racista Partido
Nacionalista Vasco, ni los republicanos de izquierdas y nacionalistas catalanes,
que habían intentado golpes de estado nada más perder las elecciones
democráticas del 1933. Y, en fin, como no pueden ignorar ustedes, aquel Frente
Popular estuvo dirigido, más que protegido, por Stalin, a quien, supongo, nadie
calificará en serio de demócrata.
En la guerra de España la democracia no jugó ningún papel, pues la relativa
democracia republicana había sido destruida previamente en dos golpes sucesivos.
El primero fue el movimiento revolucionario de octubre de 1934, contra un
gobierno de derecha plenamente legítimo y respetuoso con la ley. La revolución
fue organizada, textualmente como guerra civil, por el PSOE con el fin explícito
de imponer un régimen de tipo soviético; y por los nacionalistas catalanes, con
fines separatistas. La apoyaron los comunistas, los anarquistas (en parte) y los
republicanos de izquierda. El ataque a la legalidad fracasó en dos semanas, pero
dejó 1.400 muertos y cuantiosas destrucciones.
El segundo golpe a la democracia fue el proceso revolucionario desatado tras las
elecciones de febrero de 1936. Elecciones irregulares por sus violencias y sus
fraudes, reconocidos por Azaña, el republicano de izquierda que pasó a gobernar
entonces. Las izquierdas, agrupadas en el Frente Popular, ganaron en escaños,
aunque empataron en votos, y de inmediato comenzó a imponerse la ley desde la
calle, mientras el gobierno destituía ilegítimamente al presidente de la
República, Alcalá-Zamora, arrebataba despóticamente escaños parlamentarios a la
derecha, depuraba el alto funcionariado, liquidaba la independencia del poder
judicial y amparaba unas violencias callejeras que en sólo cinco meses causaron
300 muertos, centenares de incendios de iglesias, centros culturales y políticos
de la derecha, periódicos, etc. Las izquierdas respondían con amenazas de
muerte, en pleno Parlamento, a los líderes derechistas, el moderado Gil-Robles y
el más extremista Calvo Sotelo, cuando éstos pedían al gobierno, simplemente,
que cumpliese e hiciese cumplir la ley.
Al negarse a cumplir la ley y anularla activamente por medio de actos
consumados, el gobierno del Frente Popular perdió una legitimidad ya dudosa de
origen. El arrasamiento de la legalidad democrática por las izquierdas y la
total descomposición del estado quedaron de relieve cuando una fuerza mixta de
policías y milicianos socialistas secuestró en su casa y asesinó a Calvo Sotelo,
después de haber fallado en el intento de hacer lo mismo con Gil-Robles. Aquel
crimen colmó el vaso y empujó a la rebelión a una parte del ejército, que venía
preparándose para ella ante el cariz de los sucesos, pero era muy renuente a
emprenderla, entre otras cosas por la gran probabilidad de ser vencidos.
Probabilidad que estuvo a punto de materializarse.
Y, cuando la ley cae por tierra, en todos los países vienen las atrocidades y
las venganzas, cometidas en España por los dos bandos. Pero el gran responsable
de haber llegado a ese extremo fue el Frente Popular, al cual una propaganda
grotesca pretende identificar con la democracia. Contra la "irritante mentira
roja", el alzamiento derechista y la guerra no destruyeron la democracia, sino
al revés: la destrucción de la democracia por aquellas radicalizadas izquierdas
ocasionó la guerra. La cual no fue una pugna entre demócratas y fascistas, sino
entre totalitarios de izquierda y autoritarios de derechas: la dictadura de
Franco jamás llegó al absolutismo de las comunistas ensayadas en España e
impuestas a la mitad de Europa después de 1945.
Cabe recordar, además, las numerosas atrocidades, con torturas y asesinatos,
entre unos y otros partidos de izquierda. Y la represión franquista de posguerra
no debe oscurecer el hecho de que los jefes del Frente Popular huyeron todos,
sin la menor preocupación por el salvamento de miles de seguidores suyos
comprometidos en el terror contra las derechas. Estos últimos, culpables de
crímenes espeluznantes, fueron juzgados y ejecutados por el franquismo al lado
de bastantes inocentes. Pero es un insulto a los inocentes equipararlos a todos
bajo el título de "víctimas del franquismo". En cuanto al Valle de los Caídos,
también precisan ustedes información más fidedigna. Sólo un pequeño número de
los trabajadores en esa obra, alrededor de una décima parte, fueron presos. Y
trabajaron en régimen de "redención de penas por el trabajo", a razón de cinco
días de pena conmutados por cada uno trabajado. Nada parecido a los campos
soviéticos o nazis.
Probablemente el gobierno del "rojo" Zapatero quiera hacerles creer a ustedes
que lo aquí expuesto es una interpretación franquista. Para que se hagan una
idea al respecto, añadiré a las citas de Ortega y de Marañón, el comentario de
uno de los mayores novelistas españoles de la época, el liberal Pérez de Ayala,
sobre el Frente Popular: "Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que
engendraron y luego nutrieron a sus pechos nuestra gran tragedia, todo me
parecerá poco. Nunca pude concebir que hubieran sido capaces de tanto crimen,
cobardía y bajeza". Marañón observó que "todo es en ellos latrocinio, locura,
estupidez". Y las citas podrían alargarse mucho.
Pues bien, estos tres intelectuales, Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, habían
sido declarados "padres espirituales de la República", por sus esfuerzos para
traer a España una democracia liberal. La misma que fue echada abajo por las
violencias revolucionarias. "Mi respeto y mi amor por la verdad me obligan a
reconocer que la República española ha sido un fracaso trágico", constató
Marañón amargamente. Termino con una cita del propio Azaña, líder de las
izquierdas burguesas, sobre la calidad de aquellos republicanos: "política
tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea
alta".
Nada, pues de versiones franquistas. Ustedes han sido víctimas de la "irritante
mentira roja" difundida masivamente por el actual gobierno español, que les ha
manipulado para convertirles en portavoces de ella, desacreditando una
institución consagrada a la defensa de la democracia y los derechos
parlamentarios. Un gobierno que está hundiendo la Constitución española mediante
hechos consumados y en connivencia con el terrorismo etarra. No sé qué dirían de
él los "padres espirituales de la República", pero no me cuesta mucho
imaginarlo.