La mirada de Rafael Sánchez Mazas
Alfredo Amestoy
"Alfa
y Omega"
Parece
que somos muchos los que esperamos impacientes que los Trueba, padre e hijo,
estrenen la versión cinematográfica que han realizado sobre la novela de
Javier Cercas “Soldados de Salamina”.
Al elegir este argumento no ha tenido mal ojo el incrédulo Fernando que ya
podrá decir en público que “él no cree en Dios; que él cree en Billy
Wilder y, ahora, en Javier Cercas”.
Ignoro si , por su parte, Javier cree o cree en Dios, pero lo cierto es que ,
con ese gran ojo que suele figurar dentro del misterioso triángulo, icono de
la Santísima Trinidad, le ha venido Dios a ver.
“Soldados de Salamina” lleva ya más de treinta ediciones y, por ahora, es
en nuestro país “el libro del siglo”, al permanecer en la lista de los
libros más vendidos durante todas las semanas desde el año 2.00l.
¿Cuál es el secreto de esta novela con la que se han topado los Pérez
Reverte, Saramago, Bryce Echenique, la Allende y hasta el Zeus del Olimpo
literario, el mismísimo García Márquez?
En mi opinión, el secreto es una página antológica, a cuyo servicio están
todas las que le preceden y le siguen. Porque en esa página se resume toda la
historia, que historia real es, de cómo escapa de la muerte el escritor y
poeta, cofundador de Falange y ministro de Franco, Rafael Sánchez Mazas,
olvidado por los suyos y conocido por la progresía como “el padre de Sánchez
Ferlosio, el autor de “El Jarama”.
“El Jarama” es una novela excelente, aunque “La vida nueva de Pedrito
Andía”, del autor de los días del autor de “El Jarama” tampoco está
nada mal.
Pero es de “Soldados de Salamina” de lo que estamos hablando. Javier
Cercas se centra y concentra en la peripecia de Sánchez Mazas en nuestra
Guerra Civil , que yo voy a tratar de sintetizarles aún más. El hecho ocurrió
en…
LA MADRUGADA SANGRIENTA.
El dirigente falangista es detenido y encarcelado por los “rojos” en l938.
A principios de l939 es conducido, junto a dos mil cautivos más, al Santuario
de Santa María del Collel ; tan cerca de la frontera que Sánchez Mazas, como
el resto de los presos, imagina serán puestos en libertad cuando las tropas
de Franco obliguen a sus carceleros a huir a Francia, tal y como están
haciendo ya grandes contingentes de militares y civiles “republicanos” que
abandonan España con lo puesto, y sin probar bocado, en los días más fríos
del invierno.
Pero dura poco esa ilusión. El día 30 de enero todos los presos son
conducidos a un claro en el vecino bosque de Banyoles, próximo al Santuario,
para ser ametrallados en masa. Y se produce la “masacre”.
En medio de esa carnicería, quizás Sánchez Mazas no fue el único que
“abatido” por el silbido de las balas y la interminable sucesión de ráfagas,
entre los gritos y la sangre de los compañeros , comprueba en el suelo que no
sólo está vivo sino que no está herido.
Permanece inmóvil. Sabe que no va a haber tiempo, ni balas, para tiros de
gracia. Y cuando desaparecen los soldados se interna en el bosque.
Allí se esconde, agazapado bajo unas matas, hasta que oye unos pasos. No se
equivoca: sospechan que alguien ha podido escapar con vida y han iniciado la búsqueda.
Es aquí donde les dejo con Javier Cercas y el relato de ese dramático
momento que vivió Rafael Sánchez Mazas y que no quiso o no pudo describir él
mismo, a pesar de ser un narrador excepcional.
“Entonces le ve. Está de pie junto a la hoya, alto y corpulento y recortado
contra el verde oscuro de los pinos… Presa de la anómala resignación de
quien sabe que su hora ha llegado, a través de sus gafas de miope enteladas
de agua, Sánchez Mazas mira al soldado que le va a matar o va a entregarlo;
un hombre joven con el pelo pegado al cráneo por la lluvia, los ojos tal vez
grises, las mejillas chupadas y los pómulos salientes… Así ,loca y confusa
la encendida mente, aguarda a Rafael Sánchez Mazas – poeta exquisito, ideólogo
fascista, futuro ministro de Franco – la descarga que va a acabar con él.
Pero la descarga no llega y Sánchez Mazas, como si ya hubiera muerto y desde
la muerte recordará una escena de sueño, observa sin incredulidad que el
soldado avanza lentamente hacia el borde de la hoya entre la lluvia que no
cesa y el rumor de acecho de los soldados y los carabineros, unos pasos
apenas, el fusil apuntándole sin ostentación, el gesto más indagador que
tenso, como un cazador novato a punto de identificar a su primera presa y
justo cuando el soldado alcanza el borde de la hoya el rumor vegetal de la
lluvia y un grito cercano:
LOS OJOS DEL SOLDADO Y LOS OJOS DEL POETA
- ¿Hay alguien por ahí? El soldado le está mirando; Sánchez Mazas también,
pero sus ojos deteriorados no entienden lo que ven; bajo el pelo empapado y la
ancha frente y las cejas pobladas de gotas, la mirada del soldado no expresa
compasión ni odio, ni siquiera desdén…”
Hasta aquí el relato la descripción de la escena que conmueve y estremece.
Nada tenían que ver el soldado y el poeta. Y sus ojos, no eran los del amor;
ésos que, más que mirarse entre ellos, miran en la misma dirección. Pero
hubo dos miradas que se cruzaron. ¿O no fueron miradas?…Porque no se
miraron sino que sólo se vieron…
Ni ellos mismo lo hubieran podido discernir. Ni siquiera el hombre que de ojos
sabía tanto o más que el doctor Barraquer, Antonio Machado, y que,
precisamente, había pasado por allí , a muy pocos kilómetros de Banyoles,
tres días antes, el día 27, cuando formaba parte de una patética caravana
que se dirigía a Figueres, para ganar Port Bou. y , antes de un mes, morir en
Collieure.
Machado les hubiera explicado al cegato Sánchez Mazas y al soldado de cejas
pobladas y ojos grises su gran “descubrimiento”: “el ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.”
Nadie como quien posee una visión defectuosa para distinguir entre ver y
mirar. Sánchez Mazas , sin duda, miró al soldado. Y mirar es mucho más que
ver. Lo definió para siempre don Miguel de Cervantes cuando en “La
gitanilla” nos dice para subrayar el atractivo dela muchacha que “los niños
iban a verla y los hombres a mirarla”.
CUANDO SÁNCHEZ MAZAS MIRO AL CRUCIFICADO…
Dios parece que, además de vernos, nos mira. Y así lo expresó quien escribió
aquello de “Mira que te mira Dios; mira que te está mirando…”
Nosotros a El le vemos, si nos atenemos a otros conocidísimos versos: “No
me mueve mi Dios para quererte…Tú me mueves, Señor, muéveme el verte,
clavado en esa cruz y escarnecido, muéveme el ver tu cuerpo tan herido…”
Sánchez Mazas ve y mira al Dios crucificado. Como no podía ser de otro modo,
los ojos del poeta quedaron marcados para siempre después de cruzarse con los
del soldado. Pocos ojos como los suyos sabían ya lo que era inspirar piedad y
lástima “por caridad”.Y estaba en deuda con Dios y con quien, a lo mejor
“por Dios”, se había conmiserado y compadecido de él.
A nadie extrañe pues que Sánchez Mazas se eleve a alturas literarias propias
de un Lope de Vega, o a cumbres místicas próximas a Santa Teresa, cuando
mira a Cristo en la Cruz y se transfigura al punto de componer este inspirado
soneto:
“DELANTE DE LA CRUZ, LOS OJOS MÍOS
QUÉDENSEME ,SEÑOR, ASÍ MIRANDO
Y SIN ELLOS QUERERLO ESTÉN LLORANDO
PORQUE PECARON MUCHO Y ESTÁN FRÍOS.
Y ESTOS LABIOS QUE DICEN MIS DESVÍOS,
QUÉDENSEME, SEÑOR, ASÍ CANTANDO,
Y SIN ELLOS QUERER ESTÉ REZANDO
PORQUE PECARON MUCHO Y SON IMPÍOS.
Y ASÍ CON LA MIRADA EN VOS PRENDIDA,
Y ASÍ CON LA PALABRA PRISIONERA
COMO A LA CARNE A VUESTRA CRUZ ASIDA,
QUÉDESEME, SEÑOR, EL ALMA ENTERA;
Y ASÍ CLAVADA EN VUESTRA CRUZ MI VIDA,
SEÑOR, ASÍ CUANDO QUERÁIS ME MUERA.”
Magnífica plegaria de este nuevo Mañara, pecador arrepentido, que confiesa
tener “los ojos fríos” y “la mirada en vos prendida”.
Esta es la clave para que el director y el actor de la película encuentren la
magia de la escena, la expresión idónea y logren transmitir al espectador la
emoción del momento.
No es fácil de interpretar, de reproducir la angustia que debió sufrir Sánchez
Mazas aquella fría mañana del 30 de enero de l939.Se recuerda como paradigma
de la expresión de unos ojos, la mirada de Marlene Dietrich cuando en la película
“Fatalidad” es fusilada, pero antes de la ejecución utiliza como espejo
el sable del oficial que manda el piquete para contemplar por última vez su
propio rostro.
Seguro que en la mirada del Sánchez Mazas de “Soldados de Salamina” no
hay orgullo ni desprecio. Quizás deba haber cierta resignación mezclada con
desdén. Y el decoro del intelectual y del aristócrata. ¿Cómo el de Don
Rodrigo en la horca?
En cuanto a la mirada que le dedica el soldado que le apunta, también será
interesante su interpretación. Sus ojos fueron el espejo donde se miró el
poeta, como Marlene si había mirado en el sable del oficial.
Para calibrar lo que eran los ojos de Rafael Sánchez Mazas tenemos un
documento que he descubierto por azar. Se trata de un párrafo de la carta que
escribe Manuel María de Barandica y Uhagón a su tía, doña Rosario Mazas,
madre de Rafael, donde le cuenta su encuentro con el escritor , pocos días
antes de su muerte; casi veinticinco años después de lo ocurrido junto al
lago Banyoles:
“Era tardísimo. Me levanté para marcharme. De pronto aquellos ojos suyos
penetrantes, se quedaron mirándome sin luz. Fue un segundo, sólo un segundo.
Después volvió su aquilino mirar. Aquellos ojos, tía, aunque sólo
fue un segundo, nunca los hubiera querido ver así”.
Su sobrino no supo que estaba viendo en aquel momento la misma mirada de Sánchez
Mazas que sedujo, y quizás perturbó, al soldado que iba a matarle, hasta el
punto de que le perdonó la vida.
Reproducir esta mirada es el reto que tiene ahora Trueba en la adaptación de
la novela al llamado Séptimo Arte. Seguro que lo logrará con la ayuda de…
Billy Wilder.