Salvar España es deber constitucional de todos los españoles
Ismael Medina
"EL Gobierno es un orden de cosas
donde el superior es vil y el inferior está envilecido". La cita pertenece a
Nicolas-Sébatien Roch Chamfort que fue director de la Biblioteca Nacional de
Francia, sufrió las tarascadas del Terror y escribió en 1803 "Máximas y
pensamientos", fruto de la realidad vivida durante aquel tenebroso periodo.
Reproducía en buena medida el proverbio francés aplicado a la política de que el
pescado se pudre por la cabeza. Hay quienes prefrieren el tópico de que cada
pueblo tiene el gobierno que se merece. Sería más apropiado decir, a mi parecer,
que los comportamientos colectivos son un fiel reflejo de la índole de sus
dirigentes. No hay otra forma de explicar que un pueblo envilecido por causa de
la vileza de sus dirigentes cambie radicalmente de mentalidad y comportamiento,
casi de la noche a la mañana, cuando emerge a su frente un político enterizo con
muy preciso entendimiento de lo que concierne a la dirección del Estado y al
bien común. Y viceversa.
ESPAÑA EN DECLIVE, MÁS AÚN QUE FRANCIA
Otro francés, Nicolas Baverez, viene a decir lo mismo en "La France qui tombe" (Editions
Perrin, 2003. "Francia en declive", edición española de Gota a Gota. Traducción
de Aurelio Crespo). Considero que el siguiente párrafo sintetiza el contenido de
un libro cuya lectura recomiendo: "En el ámbito político, las instituciones de
la Quinta República combinan autocracia e impotencia, dilución de la autoridad
pública e irresponsabilidad, dado que el presidente de la República acumula
reveses políticos, diplomáticos y electorales con la mayor impunidad posible. De
ahí que haya una aguda crisis de representación que menoscaba la legitimidad de
la clase dirigente y que afecta tanto al gobierno como a la oposición, a los
cargos electos como a los funcionarios, a los magistrados como a los
periodistas, a los directivos de empresas como a los sindicalistas. Lo cual
provoca un divorcio entre el país legal y el país real que alimenta las burbujas
demagógicas de la vida política francesa, nutre las pasiones extremistas y
explica las manifestaciones en forma de tumultos o los motines electorales
repetitivos".
El mero cambio de Francia por España, de República por Monarquía republicana
(Rodríguez dijo) y de presidente de la República por presidente del gobierno
basta para que el diagnóstico sea igualmente válido para nosotros, aunque
agravado. Es la entera Europa la que está en decadencia en cualesquiera ámbitos,
y no sólo en el económico como algunos pretenden hacernos creer. Y España está a
la cola de los países de la Unión Europea, salvo transitoriamente en un par de
índices macroeconómicos. Existe, no obstante, una peculiaridad institucional
española respecto de la Quinta República francesa.
EL REY ANTE EL DILEMA DE HUNDIR O SALVAR ESPAÑA
El sistema francés es presidencialista. Pero en España la plenitud de poderes
reside en el presidente del gobierno, una vez que el legislativo es una ficción
y el judicial está condicionado. La titularidad del monarca como Jefe del Estado
es figurativa en la práctica. La Constitución (art. 56.1) dice que "el Rey es el
Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el
funcionamiento regular de las instituciones". Corresponde al monarca (Art. 62.h)
"el mando supremo de las Fuerzas Armadas". Y éstas (art.8.1, tantas veces objeto
de polémica y más aún en los últimos tiempos) tienen "como misión garantizar la
soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el
ordenamiento constitucional". Mando, conviene recordarlo, significa "autoridad y
poder que tiene el superior sobre sus súbditos". El actual gobierno, nada más
acceder el poder tras la matanza del 11 de marzo y su faccioso aprovechamiento
político y mediático, se apresuró a recortar funciones de mando al Jefe Supremo
de las Fuerzas Armadas, para atribuírselas a Rodríguez. Una cuestión nada baladí
en una coyuntura como la actual, derivada del Estatuto de Cataluña, en que están
amenazas la unidad de España, su integridad territorial y la soberanía del
Estado, amén del arbitrismo que prevalece en el funcionamiento de las
instituciones. En tales circunstancias parecería obligado el monarca, en cuanto
Jefe del Estado, a cumplir la misión de arbitrar y moderar. Y como Jefe Supremo
de las Fuerzas Armadas, a usar de la potestad de mando. Pero apenas si le resta
en la práctica otra opción que la del enredo para arbitrar, moderar y mandar. Y
si así lo hiciera, proclividad innata en los Borbones, ¿qué cabría hacer a los
poderes ejecutivo y judicial, subordinado de hecho al ejecutivo, una vez que "la
persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad?" (art. 56.3).
La Constitución de 1978 es contradictoria, además de ambigua.
Me pregunto, a la luz de lo expuesto, si el monarca ejerció sus funciones de
arbitrar, moderar y mandar antes, durante y después de la acción institucional
del 23 de febrero de 1981, o si se excedió constitucionalmente para convertirse
en "salvador de la democracia", según le reconocieron todos los partidos
políticos. Y también, si le correspondería hacerlo ahora, cuando no sólo se han
violado principios esenciales de legitimidad democrática sino que, insisto, el
Estatuto de Cataluña, las claudicaciones en Vascongadas y las exigencias del
actual gobierno de la taifa gallega amenazan de manera inminente la soberanía
del Estado, la integridad territorial y la unidad de España. Sería tan razonable
como entonces exigir al monarca alzarse como "salvador de España" y "salvador
del Estado, además de "salvador de la democracia". ¿Lo haría? Digo yo que
dependería de sus conveniencias personales y dinásticas. No es la mía una
opinión aislada.
"Cuadernos de Encuentro" (num, 83.Invierno de 2005), una publicación
independiente y de muy serio contenido que edita el Club de Opinión del mismo
nombre, inserta una recesión del libro "Mis conversaciones privadas con Franco",
de Francisco Franco Salgado-Araujo. La firma Ángel Maestro Martínez, quién, tras
aludir a los irrefutables aciertos de Franco, escribe respecto de sus sombras:
"Para nuestra opinión el inmenso error de la obstinación de Franco no sólo
estuvo en restaurar la monarquía, sino su obsesión contra la opinión de tantos
consejeros con sentido de la Historia en hacerlo con la dinastía borbónica, el
ignorar aquella aseveración de Prim, la de "los Borbones, jamás, jamás, jamás".
Error que conduciría a la liquidación de su inmensa obra a manos de quien de
forma tan obstinada se empeñó en designarle sucesor. Comentaba, creo recordar el
gran intelectual y escritor Aquilino Duque citando a Tayllerand, que la
ingratitud es oficio de los reyes, pero que los Borbones exageran". También
Gonzalo Fernández de la Mora, recuperado a tiempo de su fervor monárquico,
escribió a Rafael Borrás que los monarcas creen tener derecho a todo y que Juan
Carlos de Borbón "representaba un caso de difícil superación, posiblemente sin
parangón". ¿Incluso oscureciendo a su antepasado Fernando VII?
Se ha escrito, como ya recogí en una crónica anterior, que el teniente general
Mena habló por boca del Rey y que Bono compartía la denuncia. Nada insólito en
el aprovechado gran cacique manchego de las mil caras. Estos días se escribe que
el monarca está cariacontecido y se sugiere que a causa del desmadre antiespañol
del Rodríguez, su gobierno y su partido. Pero ante una situación como la actual,
harto más empavorecedora que la de Francia denunciada por a Baverez, no vale
justificar la inhibición con malas caras.
UNA CONSPIRACIÓN DE GRAN ALCANCE
Está sobradamente demostrado que Rodríguez es un discapacitado político, o
disminuido, pues tanto da a efectos prácticos. Poco de atendible guarda
Rodríguez por encima de su sonrisa de antiguo anuncio de Pastillas Juanolas,
salvo un enfermizo rencor. La pregunta del millón es la de quién o quienes se
valen de su envalentonada mediocridad para descoyuntar a España. Y no me parece
que deba atribuirse tan resolutiva influencia a Pérez Rubalcaba, aún a pesar de
su llamativa capacidad para sobrenadar victoriosamente todas conspiraciones
internas del partido. Y tampoco al pesebreo que cabría atribuir la traición a
España de España, con cínica mansedumbre, los mismos que poco antes alardeaban
de una oposición tajante a la aceptación del Estatuto o a los procaces cabildeos
con el terrorismo etarra y sus valedores políticos. Se aproximan a la verdad en
sus sospechas aquellos lectores que sostienen en el Foro la existencia de una
conspiración de muy altos vuelos. Certeza o presunción que contribuyen a
reforzar las recientes y eufóricas declaraciones de un portavoz de los Hijos del
Viuda, según el cual habría cola a las puertas de las logias masónicas.
Me llama la atención el hecho de que la explosión secesionista en España
coincida con la indigenista en Hispanoamérica. La retórica victimista,
falsificadora de la Historia, es en ambos casos la misma. Y coincidente asimismo
con la pretensión del fundamentalismo islámico de apoderarse de Al Andalus, que
no es sólo Andalucía, sino toda la España que llegaron a dominar los invasores
musulmanes. La destrucción de España y de su espacio histórico y cultural
identifica a estos tres frentes de introversión tribalista. Un fenómeno que
viene de lejos y cuyas claves son conocidas para quienes hayan investigado la
ideología y la ejecutora del iluminismo, el cual ha tenido como sus principales
enemigos a destruir la Iglesia Católica y España, su adalid histórico.
Alumbro algo más consistente que una mera suspicacia. En este cuadro de
situación resulta del todo congruente que los secesionismos españoles se
muestren ideológicamente identificados con los movimientos indigenistas
hispanoamericanos y con los irredentismos islámicos. Y asimismo, que Rodríguez y
sus secuaces se identifiquen fraternalmente con Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo
Morales. O que se sientan igualmente emparentados con cualesquiera brazos del
fundamentalismo islámico. Parecería a primera vista que la promoción de tales
fenómenos, propiciatorios de procesos revolucionarios integradores, son
contrarios a la estrategia iluminista de dominio mundial, más conocida por el
eufemismo de globalización. Los indigenismos de cualquier índole y en cualquier
espacio geográfico están condenados de antemano a incumplir sus promesas y a su
autodestrucción. Y a provocar conflictos extenuantes, siempre con el riesgo de
prender la mecha de una guerra generalizada en que desemboque la ya existente
del internacionalismo terrorista. Carne de cañón, en definitiva, para la
estrategia de dominio del también eufémicamente llamado Nuevo Orden Mundial.
La anterior descripción pone de manifiesto que tendrá inexorables reflejos
internacionales lo que suceda en España. Tanto si se consuma su desintegración
de hecho como si nuestro pueblo se despoja de la caspa del envilecimiento,
recupera su conciencia histórica y restablece su unidad política, en ningún caso
incompatible con la funcionalidad de una inteligente descentralización
administrativa, cuyo fundamento reside en los municipios y no en el arbitrario
trazado territorial de las actuales autonomías.
LA ENCRUCIJADA DEL PARTIDO POPULAR
Asiste la razón al Partido Popular cuando sostiene que el Estatuto de Cataluña
es cosa de todos los españoles y que su aprobación debería ser sometido a
referéndum nacional. Y no sólo por afectar a la soberanía del Estado, a la
integridad territorial de España y a su unidad. También por violar
reiteradamente la constitución, según ha ratificado días atrás un informe del
Consejo de Estado. Y es razonable, y lícito, que promueva una suerte atípica de
referéndum mediante la recogida de firmas. O que rechace una oferta de
"consenso" que avale el desguace de España. Pero resulta incoherente con esta
actitud participar en el debate de la Comisión Constitucional sobre el Estatuto
de Cataluña para defender unas enmiendas condenadas de antemano al fracaso. Si
lo rechaza de plano, si lo considera inconstitucional y si entiende que entraña
una subrepticia reforma ce la Constitución, carece de sentido que se avenga a
participar en dicha Comisión, lo cual implica la admisión implícita de la
legalidad de su promoción y tramitación.
Tampoco es congruente que Rajoy mantenga a Piqué al frente del partido en
Cataluña, pese a ser notorio que ha remado en la misma barca de los valedores
del Estatuto. Y no vale para justificarlo el prurito de que su cese, o forzada
dimisión, equivaldría a reconocer una fractura interna del partido. Su
desaparición, por el contrario, favorecería la cohesión del PP y una sustitución
idónea podría atraer los votos de muchos "charnegos" escarnecidos por el
fundamentalismo secesionista y la traición socialistas que les convierte en
esclavos del totalitarismo catalanista. Me pregunto con lógica consternación si
es Piqué el Pérez Rubalcaba del Partito Popular. Miembro cualificado de la alta
burguesía financiera catalana, y saltimbanqui político, Piqué fue el precio que
Aznar pagó a Pujol durante su primera legislatura para garantizarse la mayoría
parlamentaria. Metió al enemigo dentro del partido, con el añadido de otros de
sobra conocidos. ¿Qué extraños poderes respaldan a Piqué y obligan a Rajoy, aún
a sabiendas de que su permanencia daña al partido del que es secretario general
y a su propia credibilidad?
DEFENDER ESPAÑA ES DEBER DE TODOS LOS ESPAÑOLES
El Estatuto de Cataluña, diga quien diga lo contrario, es cosa que afecta a
todos los españoles. Y en casos de tan gran trascendencia ni tan siquiera los
fautores del desaguisado pueden arrogarse la capacidad de decisión por mayoría
parlamentaria. La virtualidad de la soberanía del Estado, de la integridad
territorial de España y de su unidad invalidan las apelaciones a la
representatividad partitocrática. Lo ratifica el art. 30.1 de la Constitución:
"Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España". Un derecho y
un deber coherentes con el art. 8.1 y cuyo ejercicio autónomo estaría
justificado cuando, como ahora sucede, el gobierno incurre en ilegitimidad e
ilegalidad.
No incito a la refriega ni a la rebelión armada. Sólo digo que, de acuerdo con
el art. 30.1 de la Constitución todavía vigente, aunque violada, incumbe a todos
los españoles salvar a España de la quiebra a la que, de la mano de Rodríguez y
el P(SOE), nos conduce la confabulación separatista. Salvo que prefiramos dar la
razón a Chamfort y seguir manoteando en la ciénaga del envilecimiento.