Una lápida compartida
Victoria Prego
¿Desde cuando tenía Franco previsto que se le enterrara en el Valle de los
Caídos? ¿Había dejado alguna disposición escrita que lo indicara así? Por lo que
se refiere a la primera pregunta, existe el testimonio verbal del segundo
arquitecto del Valle de los Caídos, Diego Méndez, recogido por su hijo, según el
cual, enterrado ya José Antonio Primo de Rivera al pie del altar mayor, un día
Franco cogió del brazo al arquitecto, le llevó consigo al otro lado del altar y,
señalándole el suelo únicamente le dijo: “Yo aquí”. Nadie más tuvo noticia de
ese deseo de Franco. Tampoco su familia. Por esa razón, en relación con la
segunda pregunta, la de si dejó escrita alguna disposición en ese sentido, la
respuesta es no. Al contrario, Franco tenía comprada desde hacía años una
parcela en el cementerio de El Pardo, con cabida para él y para toda su familia.
El hecho de que tras su muerte Franco fuera enterrado en el mismo lugar en que
los que se hallaban los restos de José Antonio Primo de Rivera, pero al otro
lado del altar de la Basílica, se debió a una decisión adoptada por el Gobierno
en los días en que el Jefe del Estado se debatía ya entre la vida y la muerte.
El actual abad del Valle de los Caídos, el benedictino Anselmo Álvarez, cuenta
que, en esos días, el presidente Carlos Arias Navarro estuvo indagando ante los
familiares mas directos del general por si alguno de ellos guardaba alguna
disposición escrita o si le constaba la voluntad del Caudillo para después de su
muerte. No había nada. Fue entonces cuando Arias, tras haber consultado con el
Príncipe –quien se mostró de acuerdo con la idea y se encargó de pedir el
permiso al abad de entonces para llevarla a cabo– dispuso que Franco fuera
enterrado en el interior de la Basílica que el había mandado construir al
término de la Guerra Civil. El problema era que en aquel momento en el Valle de
los Caídos no había nada previsto para esa eventualidad, cuenta hoy el abad. El
suelo del altar mayor no estaba dispuesto para ninguna otra tumba que no fuera
la que ya existía, la del Fundador de Falange Española. Hubo, pues que mandar
hacer un sitio a toda prisa para el cuerpo del ya moribundo general. Se abrió
una tumba y se encargó una losa. Pero quienes hicieron el encargo se encontraron
con la sorpresa de que esa losa ya existía, que estaba hecha. El granito de alta
calidad es algo que abunda en esa zona de la sierra madrileña. Y, muchos años
antes, cuando los restos de José Antonio Primo de Rivera fueron traslados en
abril de 1959 a la Basílica del Valle, el marmolista de El Escorial había
realizado para esa tumba una lápida que, desgraciadamente para él, resultó
demasiado pequeña para el hueco preparado. Tuvo, pues, que hacer con urgencia
otra, la que hoy cubre la tumba del líder falangista. Pero el artesano no se
deshizo de la anterior. Una pieza de ese tamaño y de ese grosor no es fácilmente
encajable en ninguna otra tumba. Quizá por esa razón, o quizá por motivos de
otra índole, el caso es que la losa preparada para cubrir los restos de José
Antonio no fue reutilizada y durmió durante más de quince años en el taller de
nuestro cantero. Hasta que Franco muere. En ese momento, el hombre recibe de
nuevo el encargo de preparar con urgencia una losa idéntica a la de Primo de
Rivera. Sólo que no la tuvo que preparar: ya la tenía hecha. Cuenta el abad del
Valle de los Caídos que el hueco para la tumba de Franco se hizo, por lo tanto,
a la medida y de la dimensión exacta de aquella lápida de José Antonio que ya
estaba hecha. Sobre el granito de esa losa están grabadas solamente dos
palabras: Francisco Franco. Eso por la parte que se ve. La pregunta inmediata al
abad fue: ¿Y por el otro lado? ¿Es posible que esa lápida de 1.500 kilos de peso
lleve grabado por un lado un nombre, Francisco Franco y, por el otro, José
Antonio? No se sabe. Puede que no, pero también puede que si. Si así fuera,
estaríamos ante una de esas jugadas simbólicas con que las que la Historia
tantas veces nos asombra.