¿Será España vomitada por la Historia?

 



Ismael Medina

 
Acabo de retornar del anual retiro en el Monasterio de Santo Domingo de Silos que promovió Cruz Martínez Esteruelas hace ya cuarenta años y que, septiembre tras septiembre, reúne a un variado grupo profesional de creyentes. Esos pocos días en Silos, acunada el alma por la liturgia benedictina, reconfortan el espíritu en el silencio y la meditación. Uno escapa de la costra de mendacidad en que nos envuelve el cotidiano vivir en un mundo vaciado de valores morales. Y también de aquellos otros que deberían conformar un veraz sistema democrático.

Uno de los temas de meditación, reflexión y debate en este septiembre ha sido el de la libertad y el hombre, ahormado en torno al análisis teológico que nos deparó un monje sabio, capaz de exponer honduras teológicas, abstrusas para el común de los mortales, con absorbible sencillez. No cabe duda alguna de que Dios otorga al hombre plenitud de libertad para decidir su destino, igual en lo terrenal que en lo trascendente. Pero el ejercicio de esa libertad en su tránsito por este mundo se ve siempre condicionada no ya sólo por el respeto debido a la libertad de los otros que con él conviven. Harto más por la índole de las convenciones sociales y políticas que la coartan, distorsionan y anulan.

TAMBIÉN EXISTE LA TIRANÍA DEMOCRÁTICA

EL choque con la realidad resulta especialmente brutal cuando se sale del ensimismamiento monacal y vuelven a hacerse hirientes dos preguntas sobre las que escribí en un anterior artículo: ¿Somos realmente libres? ¿Vivimos en democracia? También pueden formularse de esta otra guisa: ¿Son libertad y democracia conceptos válidos en nuestra actual circunstancia histórica? ¿Son las apelaciones a la libertad y a la democracia meras pancartas publicitarias tras las que se parapetan y actúan formas despóticas, e incluso tiránicas, de poder?

La tiranía, en su entidad semántica, equivale a la manera de gobernar sin sujeción a otro criterio que no sea la voluntad y el arbitrio de quienes son titulares del poder político. Se cae en la tiranía y el despotismo, su equivalente, cuando existe abuso de poder. Y el abuso de poder se hace ley imperativa cuando, como sucede en el presente estadio de degradación de las formas políticas, ha desaparecido la división objetiva de poderes sobre la que teorizó el Barón de Montesquieau. Despotismo y tiranía no son sólo atribuibles al poder omnímodo de una persona o de un régimen de partido único. Ya advirtió tempranamente Tocqueville en "La democracia en América" sobre los peligros derivados de una tiranía de la mayoría, inherentes a la estructura igualitaria. La prueba del algodón de una democracia (recurro ocasionalmente al lema publicitario de algún detergente que se ha hecho tópico social y político) no radica tanto, como escribió Mayer, en el exceso de libertad, sino en la muy limitada garantía que contra la tiranía ofrece el sistema.

Alguien con autoridad intelectual escribió (el nombre del autor se ha escondido en algún rincón de la memoria) que el sistema presidencial norteamericano se reduce a que la sociedad pueda elegir un dictador cada cuatro años. ¿Y es diferente cuando, como ocurre en otros países, España entre ellos, el régimen no es presidencialista?. Las consecuencias finales son pariguales y hasta más perniciosas en orden a la libertad. Si el partido vencedor obtiene mayoría parlamentaria absoluta se dejará vencer por inclinaciones despóticas. Y si no lo es, será víctima del despotismo de la minoría, o de las minorías, que, aunque condicionado, le aseguren el aprovechado disfrute de los recursos del Estado. En uno y otro caso se habrá entronizado la arbitrariedad, uno de los más notorios síntomas de la tiranía.

LA CONSTITUCIÓN DE 1978 NACIÓ LASTRADA

Un análisis atento de la Constitución de 1978 y de cómo se elaboró nos descubre tres de sus más perversos lastres antidemocráticos, cuyas consecuencias padecemos hoy en grado superlativo: amplios márgenes de libertad en sectores vitales que requieren la preservación de la autoridad del Estado; instauración del despotismo partitocrático; y subordinación al partido en el gobierno de la entera estructura institucional en que se cimenta el equilibrio de poderes y garantiza de un mínimo aceptable de vida democrática. El resultado final no es ya la voladura del Estado de Derecho sino algo más perverso: su prostitución.

Tanto da en monarquía o república que la Jefatura del Estado sea en la práctica meramente figurativa y quede reducida a la condición de ostentoso y caro florero del sistema. Puede ocurrir, sin embargo, que su titular no se contente con la función neutra que la norma constitucional le atribuye y se convierta en habilidoso enredador. España ha padecido monarcas y presidentes de república de esta índole. Y siempre con desembocaduras catastróficas. Me ocuparía demasiado espacio su enumeración. Lo dejo al buen criterio de quienes hayan estudiado nuestra historia en autores de acreditada solvencia, muy pocos por cierto en la actualidad.

No es hora de buscar culpables, aunque los haya, y muchos. Unos por acción y otros por omisión, sin que falten los crédulos, cuya ingenuidad los descalifica ya que es incompatible con el hacer político. Un antiguo aforismo, al que recurro de vez en cuando, nos advierte de que a la política se accede por ambición, por vanidad o por idealismo. Y que al que lo hace por ambición se le compra con parcelas de poder y con dinero; al llevado por la vanidad se le somete procurándole honores; y al idealista hay que matarlo. También desde esta falsilla nos muestra la historia contemporánea la veracidad del aforismo. Me lo ha recordado la lectura del sugerente libro de José Antonio Martín Otín, titulado "El hombre al que Kipling dijo sí" (Ed. El Gallo de Marzo). Los adelantados a su tiempo son siempre muertos por quienes siente el vértigo de sus ideas y temen que esas ideas los desplacen.

OTRA VEZ LA CARA OSCURA DE NUESTRA HISTORIA

España ha vuelto adónde solía. A una suerte espasmódica de gloria y de baldón, de ambición y cobardía, de universalidad y tribalismo, de empresa en común colectivamente asumida y de suicidio taifal. Y siempre según fuera la encarnadura personal del poder. Un mecanismo pendular que dio pie al ensayo póstumo de José Antonio Primo de Rivera "Germanos y beréberes", del que escribió positivamente el filósofo marxista Gustavo Bueno, cuya crítica actitud hacia el llamado "pensamiento único" le acarreó la persecución inquisitorial de la disléxica izquierda que hoy padecemos.

A la taifa catalana, acampada sobre la falsificación de su historia, que es la de España y de todos los españoles, la han proclamado nación sus carceleros partitocráticos. Las certeras “Apuntaciones” de Antonio Castro Villacañas sobre el concepto de nación y sus aplicaciones me liberan de mayores precisiones sobre la aberración política que encierra el órdago catalanista. Pero sí conviene subrayar, por mucho que se haya escrito, que los secesionismos catalanista y vascongado, a los que seguirán más, no son otra cosa que un procaz aprovechamiento del estímulo suicida del gobierno nacido de la calculada matanza del 11 de marzo, encarnado por el titular del poder ejecutivo más necio, mediocre, incapaz y petulante que ha tenido España, incluso en los peores momentos de su historia, así como de un Partido Socialista Obrero Español que por el camino ha perdido las señas de identidad originarias, hasta quedar sólo en partido. O para más precisión, en partida de bandolerismo político. Comenzó a serlo con Felipe González, y Rodríguez, reclutador de advenedizo y recogedor de miasmas, lo ha conducido a la miserable condición de enterrador inconstitucional de la libertad, de la democracia, de la soberanía nacional y de la misma España. El PSOE se ha quedado sólo en P de pandillismo.

EL PP NO HACE LA OPOSICIÓN QUE PRECISA ESPAÑA

¿Y qué hace la oposición, hoy sólo el Partito Popular? Discursea con mayor o menor energía y acierto. En situaciones extremas como la moribunda que hoy vive España son imprescindibles respuestas arriesgadas, acordes con la gravedad de los riesgos a que nos conducen la ingobernabilidad y un zopenco despotismo. Estamos inmersos en un proceso inequívocamente revolucionario que ha convertido la democracia en mera envoltura retórica para adormecer a los incautos y a quienes carecen de osadía para romper el escaparate. Y frente a las añagazas de un negativo proceso revolucionario haraposamente enmascarado, apenas si caben dos opciones: la contrarrevolución o una revolución superadora.

Los dirigentes del PP temen no parecer democráticos si se valen de recursos radicalmente democráticos para enfrentarse a los falsificadores de la democracia. Al despotismo antidemocrático de la sórdida componenda entre el gobierno Rodríguez y los separatismos enemigos de España. No sólo es razonable el recurso de anticonstitucionalidad contra la histérica, que no histórica, ley del matrimonio entre maricones o lesbianas. El gobierno Rodríguez y los secesionistas en que se apoya han vulnerado numerosos artículos de la Constitución y los siguen violando. El PP podría inundar el Tribunal Constitucional de razonables recursos, aún a sabiendas de que se trata en la realidad de una instancia política y no de un máximo órgano jurisdiccional dotado de la plena independencia que justificaría su creación. Pero es también verificable que el gobierno Rodríguez y su mayoría parlamentaria han incurrido en figuras delictivas de clara definición. Existen motivos suficientes para que el PP, o asociaciones políticamente afines presenten consistentes denuncias contra Rodríguez, sus ministros y dirigentes del P(SOE) ante el Tribunal Supremo, aún a sabiendas asimismo, y a los hechos me remito, de la dependencia política de no pocos de los miembros que habrían de juzgarlas. Incluso, a tenor de su estímulo a los secesionismos y de las negociaciones con el terrorismo nacionalista vascongado, podrían acusarlos de alta traición. "Alta traición" tituló el insobornable Pío Moa un reciente artículo, cuya sólida argumentación comparto y debería hacer suya la dirección del PP. En vez de ello, ha proporcionado con el Estatuto de la taifa valenciana, en algunos tramos de flagrante anticonstitucionalidad, justificación a las desaforadas exigencias del tripartito catalán. No es congruente ni honesto estar a un mismo tiempo en la misa constitucional y en la procesión del desguace de España.

UNOS PRESUPUESTOS FACCIOSOS QUE ACENTUARÁN LA CRISIS

El más inminente plato de podridas por el que dispuesto a vender la unidad de España el gobierno del P(SOE) lo configuran los Presupuestos Generales del Estado. Su análisis pone de manifiesto algo más que inconsistencia técnica y proclividad demagógica. Están aquejados de un triple y maniqueo partidismo: potenciar a las taifas afines, castigar a las que no lo son y comprar el voto de las minorías separatistas de las que dependen su aprobación y la permanencia en el poder.

Los especialistas más rigurosos anticipan una grave crisis económica que se hará ostensible de manera ominosa entre los seis y los doce meses próximos, la cual coincidirá con el punto de máxima ebullición del guirigay taifal. Más todavía si Rodríguez cumple la promesa electoral hecha al secesionismo catalanista de que se aprobará en el Parlamento teóricamente nacional lo que apruebe del de Cataluña, en este caso el Estatuto que consagra el derecho a la autodeterminación y a la construcción de un Estado-nación independiente. ¿Y no será éste también el precio ofrecido al conglomerado PNV-Batasuna-ETA por una paz del todo innecesaria cuando se ha demostrado factible acabar con el terrorismo etarra por la doble vía de una persecución y una Justicia implacables?

La crisis económica anunciada no podrán frenarla los Presupuestos Generales del Estado de Solbes, un penoso recosido de apetencias tantas veces inconfesables. Contribuirán a acentuarla. ¿Despertará entonces la sociedad de su alienación consumista? ¿Y cómo lo hará cuando, además, el poder del Estado será una entelequia?

Es posible que los escondidos mentores de Rodríguez le impulsen a convocar elecciones antes de que llegue el turbión que lo arrastraría y aún perdure el seguidismo de las etiquetas. Pero aunque las ganara el P(SOE), otra vez por mayoría relativa (la absoluta no se la creen ni Polanco ni Rubalcaba), su única vía de escape sería la de extremar el despotismo, siempre a merced de la tiranía de los minúsculos que ahora le apoyan.

¿Y qué podría hacer el PP si las ganara, también por mayoría relativa, como cabe presumir? ¿Se entregaría al chantaje taifal, como, ahora el P(SOE)? ¿Se avendría con éste en condiciones de debilidad? Una solución podría ser que ambos partidos mayoritarios se pusieran de acuerdo para reformar la ley electoral antes de los forzados comicios en forma acorde con los prevalentes en Europa. Pero difícilmente se llegaría a un tal acuerdo sin una previa crisis interna de P(SOE), hoy en agraz, susceptible de barrer de sus estructuras dirigentes a los locos, los necios, los trepadores y los tahúres que ahora lo dominan. Y asimismo sin una coincidente y severa catarsis ideológica en el PP.

LA GANGRENA CONSTITUCIONAL CONSUME A ESPAÑA

Han proliferado los gérmenes infectivos de disolución de España y de la esperanza de una verdadera democracia que se introdujeron en la Constitución de 1978. España está aquejada de gangrena constitucional. Y no vale apelar ya al artículo 8º, vaciado de contenido y deshuesado. Tampoco a unas instituciones que deberían ser independientes y son subordinadas. ¿Qué esperanza no resta entonces? ¿Acaso otorgar validez política al ya pretérito axioma astrofísico de que el desorden es origen de nuevo orden?

Y puesto estoy de regreso de meditaciones y lecturas, concluyo con una cita del Apocalipsis de San Juan, extraída de la Carta a la iglesia de Laodicea. Dijo el ángel de esta iglesia: "Conozco tus obras y que no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente; mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de la boca". ¿Vomitará la historia a España si nuestra sociedad no sale de su mortal tibieza ni se decide a ser caliente?