Carta al Director de "El Mundo"
Ismael Medina
vistazoalaprensa.com"
D. Pedro J.
Ramírez
Director de “El Mundo”
Estimado compañero:
Aunque con retraso, ya que se publicó en la edición de Madrid, me ha llegado
la información dedicada a la cínica iniciativa de IU en el XXVII aniversario
del fallecimiento del anterior Jefe del Estado, avalada con unánime hipocresía
de conversos por el pleno parlamentario que a él deben el proceso sucesorio a
la monarquía parlamentaria de la que disfrutan y se benefician.
Lamentable e inquietante resulta que, tras veinticinco años de vigencia
constitucional, la mayoría de los partitócratas caigan en la torpeza de
afirmar su democraticidad en persistentes alardes de antifranquismo, en vez de
afrontar un sostenido empeño de reconsideración de los fiascos del actual
sistema para enderezarlo hacia una verdadera y atendible democracia
participativa. Sucedió igual en la II República, como denunció Salvador de
Madariaga, y se suicidó a causa de análogos desvíos.
Pero igual de patética resulta la ignorancia (¿o un procaz sectarismo?) que
evidencia el trato dado a la noticia por “El Mundo”, con el acompañamiento
de una fotografía de los cadáveres de los soldados y civiles que las
milicias del Frente Popular asesinaron en el patio del Cuartel de la Montaña
una vez vencida su resistencia. Parece que a “El Mundo” le vale cualquier
recurso, por espúreo que sea, para engañar a sus lectores.
Soy uno de los muchos españoles que, teniendo familiares castigados en ambos
bandos, nos reconciliamos prestamente con nosotros mismos y con quienes de
unas u otras ideas nos rodeaban. Hasta el punto de que en el Frente de
Juventudes y en el SEU convivimos estrechamente con hijos de fusilados en
ambas zonas. En mi caso lo dejé escrito en “Arriba” y en revistas del SEU.
E invito a que cualquiera encuentre en las canciones campamentales de aquel
tiempo alguna estrofa que rezume el odio y el resentimiento que tantos vomitan
ahora, amparándose en el hipócrita eufemismo de la reconciliación.
Si de reconciliación, perdón y olvido se habla, lo honesto sería que también
lo hicieran quienes vanaglorian a los que consideran sus afines, ocultando sus
terribles desmanes. Y es que, como me decía esta mañana una joven amiga,
también Santiago Carrillo debía pedir perdón por el asesinato de su abuelo
a los 27 años, y a la espera de su primer hijo, junto a miles más, en
Paracuellos del Jarama, cuyos restos reposan sin identificar en la enorme
fosa, similar a las de Katyn, a la que fueron masivamente arrojados.
No me hiere lo más mínimo que se exhumen los restos de los ejecutados
sumariamente en la zona nacional para que sus familiares los entierren
dignamente. Pero me repugna que de las exhumaciones se haga banderismo político.
Esa misma oportunidad debería darse a los familiares de los fusilados en zona
roja (viví los tres años de guerra en ella, precozmente afiliado a la CNT y
República Roja, Ejército Rojo se autodenominaban los activistas del Frente
Popular) cuyos cadáveres nunca aparecieron. Y no son pocos.
Las cifras de muertos durante los tres años de guerra en los frentes de
combate, fusilados, por bombardeos y a causas conexas de hambruna y
enfermedades, pueden encontrarse en el libro de Salas Larrazábal, escrito
tras ardua investigación. en archivos y registros civiles. En total, poco más
de una tercera parte del tópico millón de muertos que dio título a la
novela de Gironella. Y no debió serle fácil la tarea pues, al menos en
Madrid, las causas veraces de la muerte de los “paseados” se encubrían
oficialmente bajo el eufemismo de ”hemorragia irrefrenable” o “paro
cardiaco”.
Y puesto que la unilateral reinvención de la “memoria histórica” abarca
también al exilio y a los llamados “niños de la guerra”, no conviene
olvidar las ilustres cabezas republicanas que se exiliaron durante la guerra
aterrorizados en zona roja. Hablemos también de los exiliados de los dos
bandos. Y de los del bando republicano que retornaron durante el régimen de
Franco. Y asimismo, de los muchos cientos de esos “niños de la guerra”
que desaparecieron misteriosamente en la Unión Soviética y cuya reivindicación,
con pruebas documentales, realizó uno de ellos, Rafael Amiama, excelente
periodista con licenciatura universitaria adquirida en la URSS.
Va siendo hora de dejar a las familias que honren a sus muertos, sean del
bando que sean, y que se escriba la historia como realmente fue, en vez de
falsearla al servicio de un procaz sectarismo o por frívola ignorancia.
Atizar resquemores, e incluso odios acallados por el tiempo, no es buena
prenda de futuro. Puede conducirnos a nuevos enfrentamientos y a la
autodestrucción de una democracia cada vez más presunta. Y no es esa España
rencorosa y en disolución la que quiero para mis hijos y mis nietos.
Ismael Medina
Aranda de Duero (Burgos)