Instalados sobre el engaño

 



Ismael Medina

 


Rodríguez y Bono ya tienen su Yack. Tan cierto es, tan conscientes son de ello, que para desorientar a la opinión pública aventan versiones distintas sobre las causas del siniestro de los dos helicópteros en Afganistán. Y se dan con frenética impudicia al intento de demostrar su celeridad en la identificación de las víctimas y estar cerca de sus familias y del Ejército. A presumir de que los socialistas no engañan como hicieron los populares. Y sin embargo, desde su mismo origen, caminan por la política a lomos del trágala. Quienes, por ejemplo, practican un procaz ocultismo en catástrofes como la matanza del 11 de marzo o el arrasador y mortal incendio del Alto Tajo, carecen de credibilidad cuando una adversidad militar puede volverse contra sus bastardos intereses políticos. El comportamiento de Bono, y de Rodríguez ante lo sucedido en Afganistán justifica que les sea aplicable aquello, escrito por Twain, de que igual se puede ir por el mundo con una pistola cargada o descargada; pero en ningún caso con una pistola que no se sabe si está cargada o descargada. Y a tenor de lo que hasta ahora han dicho uno y otro, o sus porteadores mediáticos, es patente que Bono y Rodríguez desconocen si la pistola de lo sucedido en Afganistán estaba cargada o no. ¿O lo saben, como lo saben los altos mandos del Ejército que les deben sumisión, y por eso se refugian tras la cartelería de los pésames, el relumbrón de los homenajes póstumos y la acelaración funeraria? Es seguro que ninguno de los dos ha leído a Sófocles. Si lo hubieran hecho, conocerían que no tiene buen fin quien se vale del fraude para triunfar.

Existe una esencial diferencia entre el accidente del Yack y el siniestro en Afganistán de los dos helicópteros Super-Puma Cougart Ht 21. El primero lo sufrió un avión civil de transporte sobre territorio pacífico. Y el segundo afectó a dos aeronaves militares en un espacio de riesgo donde menudean las confrontaciones armadas. Es un burdo eufemismo encubrir acciones bélicas bajo la etiqueta de misiones de paz para justificar la intervención militar encaminada a imponer un régimen político equivalente a la democracia partitocrática occidental. No existen diferencias atendibles en este ámbito entre Afganistán e Irak En ambos casos se trata de misiones armadas de alto riesgo en zonas de guerra, cuyas eventuales trágicas consecuencias han de estar siempre previstas por el mando castrense y por los gobiernos. O deben estarlo. Los mismos argumentos esgrimidos por Rodríguez para retirar a nuestras tropas de Irak son aplicables a las acantonadas en Afganistán. Serán siempre falaces los juegos malabares con las resoluciones de la corrompida ONU para encubrir un abandono y reforzar una presencia en escenarios conflictivos análogos. Y un permanente problema dialéctico de engaño y encubrimiento que no tardan en destripar los muertos indeseados, aunque previsibles.

Confieso mi ignorancia y materia de armas modernas. Queda muy lejos lo que aprendí a este propósito en la Milicia Universitaria, aunque sí he leído con avidez libros de geopolítica, estrategia y táctica. También conocí de cerca sus aplicaciones bélicas y el uso de más sofisticado armamento en Israel. Pero he procurado recabar de especialistas en la materia información verídica acerca de los helicópteros militares.

Los Pumas de la clase Cougar HT 21, de fabricación francesa y adquiridos en 1995 bajo gobierno socialista, no son de combate sino de carga y transporte de tropas, diseñados inicialmente para funciones civiles. Su armamento, dos ametralladoras a ambos lados del fuselaje, es defensivo. Son los menos indicados para su uso en áreas de alto riesgo, por mucho que se consideren a efectos políticos en "misiones de paz". ¿Acaso las Fuerzas Armadas Españolas no disponen de helicópteros idóneos para el combate, los cuales habrían sido los más apropiados para acompañar y proteger a nuestra tropa expedicionaria? Existen, pero muy pocos están disponibles. Sucede igual con el resto de la flota aérea militar, la mayoría de ella en tierra a causa de la falta de presupuesto para su mantenimiento, especialmente costoso en el caso de los helicópteros, necesitados de muy frecuente recambio de sus elementos rotores y de complejos y nutridos servicios auxiliares especializados. El 75% del presupuesto y el personal de mantenimiento de aviones y helicópteros militares se destina a los numerosos utilizados de manera habitual por el monarca, su real esposa, el príncipe, el presidente del gobierno, los ministros y no pocos paniaguados de la profesión política con mentalidad de nuevos ricos.

El Puma en que perecieron sus 17 ocupantes no pudo caer a causa del roce del tren de aterrizaje con un montículo cuando volaba a tres metros del suelo, como sugirió el siempre eutrapélico señor Bono. Un helicóptero, me dicen, puede permanecer en suspensión a esa distancia de tierra, pero no en vuelo rasante. Tampoco una caída vertical en tales condiciones es susceptible de provocar una notable dispersión de restos, equiparable a la de un avión que se estrella contra un obstáculo o cae a tierra en picado. Ahora se nos dice que volaba a diez metros sobre el suelo y que iba cargado a tope para comprobar si era apto para las misiones que le estaban encomendadas. ¿Por qué arriesgar en una prueba de carga a una unidad de soldados en vez de un lastre neutro equivalente en peso? Lo de una turbulencia como causante de la caída suena a chiste para cualquier piloto de helicóptero. Aún menos atendible es la hipótesis de que se registrara una explosión interna que afectara al municionamiento del helicóptero y de los soldados que transportaba. Sólo causas exógenas podrían producirla. La munición de las ametralladoras, y más si se trata del calibre 7,92 Nato y la equivalente de los subfusiles, no explosiona. Sólo un fuerte calentamiento puede hacer que la pólvora de las vainas entre en ignición y las balas salgan disparadas más o menos al unísono. Difícilmente podrían ocasionar la caída libre, salvo que murieran de manera simultánea los dos pilotos y su ayudante alcanzados por los proyectiles.

¿Una avería? Resulta insólito que la sufran casi al mismo tiempo dos helicópteros que cumplían una misma misión, distanciados el uno del otro en 200 metros o más, hasta el punto de que el segundo se apercibió de que el otro había caído al ver la humareda que salía de sus restos, una vez sobrevolado el monte y avistado el valle en el que no hizo un aterrizaje de emergencia, sino una caída controlada por la pericia del piloto que así evitó unas macabras consecuencias análogas a las del primer Puma. Lo más probable es que el segundo helicóptero se viera forzado a realizar una brusca maniobra de evasión tras ser advertido el piloto de la proximidad de un cohete por el moderno sistema antimisiles con el que, según fuentes del Ministerio de Defensa, se dotó no hace mucho a los Puma de la FAMET (Fuerzas Aeromóviles del Ejército de Tierra). Helicópteros, de otra parte, que no alzan el vuelo si en la inspección previa falla algún dispositivo, por irrelevante que sea.

El consumado pastelero político José Bono sabe cubrirse bien las espaldas. Admite todas las posibilidades, aunque subrayando como la más fiable aquella que menos le compromete. Eso sí, cual capitán Araña, descarga la responsabilidad de la ratificación en sus subordinados. Siempre se rodeó en su virreinato manchego de domésticos fieles y de escaso discernimiento cuya subordinación ataba favoreciendo la satisfacción de sus debilidades. Las sustituciones realizadas en las estructuras de mando militar, no pocas de ellas arbitrarias, y la índole del entero equipo ministerial, reproducen con inquietante similitud sus hábitos políticos en la taifa. ¿Pueden ser fiables en tales circunstancias los resultados de la investigación sobre las causas de los dos siniestros y la insólita prontitud en la identificación de las 17 víctimas, la cual bate todas las marcas en materia de accidentes aéreos? ¿Y será un equipo técnico independiente, no sujeto a estricta disciplina militar, el que examine las cajas negras? ¿Habrán participado forenses civiles independientes junto a los militares del Hospital Gómez Ulla, en la realización de las preceptivas autopsias y en la comprobación de que las partes de los cuerpos despedazados en cada féretro son de un mismo siniestrado?

La tesis del accidente que cada vez toma mayor consistencia en las versiones oficiales choca con las revelaciones de algunos miembros del otro helicóptero siniestrado y con análisis de expertos militares que no deben subordinación a Bono. Estos niegan de manera rotunda la hipótesis del accidente, barajada desde el Ministerio de Defensa y el alto mando de las Fuerzas Armadas que Bono tiene a su servicio. Aquellos otros aseguran que fueron víctimas de una agresión, la cual no podría ser otra que la de misiles convencionales de lanzamiento individual desde tierra. Incluso un simple disparo de fusil o de ametralladora que hiciera blanco en un rotor bastaría para abatir un helicóptero. No sería la primera vez que sucediera. Es su parte más vulnerable.

La identificación visual o mediante el ADN es fácil y rápida cuando se trata de cuerpos enteros. Más comprometida si están carbonizados. Y harto laboriosa si el siniestro ha dispersado los restos, confundiéndolos, en un área más o menos extensa. La inusitada rapidez en la identificación y en los actos fúnebres hiede a coartada política. No se ha perseguido honrar a las víctimas, sino demostrar que era consistente el gran escándalo inculpatorio contra Trillo y el gobierno Aznar montado por Bono, el gobierno Rodríguez y el poder mediático polanquista en torno al accidente del Yack y a la identificación de las víctimas. Ahora, para no verse atrapados en sus trapisondas demagógicas, han tirado por la calle de enmedio, saltándose a la torera los más elementales protocolos de investigación establecidos para siniestros de esta o parecida índole. Les persiguen los fantasmas del Yack, de la matanza del 11 de marzo y de la trampa mortal del voraz incendio del Alto Tajo. Sería un milagro divino que Bono incitara a los familiares de las víctimas del helicóptero a emprender querellas judiciales y reclamar nuevas pruebas forenses de sus restos, como hizo para desempolvar el caso del Yack y convertirlo en arma arrojadiza contra el Partito Popular. Rajoy se ha limitado, sin embargo, a pedir la comparecencia del presidente Rodríguez en sesión extraordinaria del Congreso de los Diputados, aún a sabiendas de que nada sacará en limpio si lo consigue, salvo, de cara a la opinión pública, en el caso de que pueda demostrar con pruebas fehacientes que Bono miente. Y con él, Rodríguez y los altos mandos militares. Pero aunque así fuera, cerrarían filas en torno al gobierno socialista las minorías que lo sostienen en el poder, a sabiendas de que a cambio sacarán nuevas tajadas del despedazamiento del Estado y de España. ERC sobre todo. Entre cínicos tahúres políticos anda el juego.

Y como al comienzo me apoyé en Sófocles, considero lo más apropiado acudir de nuevo a él para concluir que al hombre justo sólo lo podemos conocer con el transcurrir del tiempo; al perverso, por el contrario, basta un solo día para conocerlo, lo mismo si se pasa de listo, como Bono, que si es un ignorante aposentado en la petulancia, como Rodríguez.