Fundamentalismo laicista

 



Ismael Medina

 

Al gobierno Rodríguez y el aparato del PSOE les ha irritado la homilía del cardenal español Julián Herranz durante la Misa conmemorativa del L aniversario de su ordenación sacerdotal en la parroquia madrileña de Nuestra Señora de la Concepción. El encargado de expresar el malestar socialista ha sido esta vez Diego López Garrido, su portavoz en el Congreso de los Diputados. A este gran canciller de la mendacidad le parecieron "muy desafortunadas" las palabras del purpurado, a las que luego me referiré, pues previamente considero necesarias algunas precisiones sobre los argumentos explayados para justificar su destemplanza.

LAS FALSEDADES DE LÓPEZ GARRIDO

López Garrido echa mano del pasaje evangélico "Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César" para recordar al cardenal que la separación Iglesia-Estado "es una conquista de la civilización occidental", la cual debe ser preservada y motivo de que la Iglesia católica no debe "sentirse afectada" por acciones legislativas gubernamentales como las del matrimonio entre homosexuales o la enseñanza de la Religión. Y concluye que "no ha entendido nada" quien considere que el gobierno practica una política anticristiana.

¿Qué entiende el portavoz del PSOE por separación Iglesia-Estado? Debo recordar a López Garrido, como joseantoniano que soy, que la separación de potestades entre la Iglesia y el Estado figuraba ya en los principios fundamentales de FE de las JONS y que no es incompatible con el reconocimiento de sustrato histórico y cultural de la sociedad española. Y tampoco con el derecho de la Iglesia al ejercicio de su misión pastoral en su condición de Iglesia Institución, Iglesia Jerarquía e Iglesia Pueblo de Dios. Y asimismo, que el Concilio Vaticano II hizo suyo el principio de la libertad religiosa, consecuencia del mensaje evangélico aludido por López Garrido. Principio que asumió el Estado Nacional mediante Ley específica, si menoscabo de la declaración constitucional de confesionalidad católica del Estado. Convendría que López Garrido y aquellos de los que es portavoz estudiaran las doctrina de la Iglesia al respecto, la historia constitucional española, el Derecho Constitucional comparado y qué es y ha de entenderse objetivamente por laicismo. Tendría muy claro que el cardenal Herranz en ningún caso vulneró el principio evangélico ni la separación de poderes entre la Iglesia y Estado. Tampoco se excedió la calificación de "fundamentalismo laicista" para englobar los dislates legislativos y la ácida política del absoluto relativista en la que se ha embarcado el gobierno Rodríguez. Ese conocimiento habría desaconsejado al gobierno Rodríguez, al PSOE y a sus socios parlamentarios acciones legislativas que repugnan a principios inmanentes de una ética laica, agreden a la mayoría católica de nuestra sociedad, contradicen textos constitucionales y están aquejados de sórdido sectarismo. Pero antes de entrar en esos temas creo conveniente reproducir la parte de la homilía del cardenal que ha irritado a los socialistas y sus socios. Sólo dos periódicos de distribución nacional se hicieron eco del alegato.

LA HOMILÍA DEL CARDENAL HERRANZ

Me valgo del resumen publicado en "ABC" al no disponer en este momento, como hubiera deseado, del texto íntegro. Asistí a la ceremonia religiosa por algo más importante para mí que la mera curiosidad informativa. Conozco muy de cerca la vida sacerdotal y la dedicación pastoral del cardenal Herranz, harto más sugestivas para un creyente que su quehacer en El Vaticano, desde un principio vinculado al Derecho Canónico. Lo uno y lo otro lo conocí muy de cerca durante mis cuatro años de corresponsalía en Roma. Debo añadir de otra parte que la denuncia del cardenal Herranz está avalada por los pronunciamientos a este respecto de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. No sólo en su dimensión doctrinal de carácter general, sino en lo que concierne de manera específica a España. ¿O acaso es discordante con lo dicho por uno y otro Pontífice a nuestros obispos? La homilía del cardenal Herranz tenía el respaldo, además, de la extensa carta enviada por Benedicto XVI para la ceremonia, leída por Nuncio. La voz del cardenal Herranz excedió de un juicio personal. Era la voz de la Iglesia

Copio la versión de "ABC":

"En tono vigoroso, el cardenal andaluz (Baena, 1930) denunció que «son ellos -y lo digo con dolor, porque son hermanos míos, españoles y quizá bautizados- los que caminan hacia atrás y hacia abajo, en un creciente degrado cultural y moral, bajo el impulso de una ideología libertaria que humilla el verdadero concepto de progreso y de libertad: «Prometen la libertad -advertía ya San Pedro a los primeros cristianos- pero ellos mismos son esclavos de la corrupción»». El principal colaborador español de Benedicto XVI analizó la gravedad de la situación política a través de una parábola evangélica: «¡Cuánta cizaña, fruto de un apasionado «fundamentalismo laicista» y anticatólico, ha sido y es sembrado desde algunos medios de información y ambientes políticos!: se inventan derechos que no existen y, en cambio, niegan derechos verdaderos”.

"Recorriendo el polémico programa legislativo del Gobierno, el cardenal denunció: «¡Cuánta demagogia libertaria contra el mismo concepto no solo cristiano sino natural del matrimonio; contra el valor social y la estructura antropológica de la familia, parte esencial del bien común de la nación; contra los derechos y la dignidad del ser humano desde su concepción hasta la muerte natural; contra los inalienables derechos de los padres en la educación religiosa de sus hijos, también en las escuelas públicas, que ellos sostienen económicamente; contra el valor histórico, cultural y social del cristianismo y de las obras benéficas, educativas y sociales promovidas por la Iglesia católica».

"De todos modos, según el cardenal, «ante la cizaña que crece, sería un error ser pesimistas», pues la parábola termina con la victoria del bien. «Pero sería también equivocado -advirtió- el aburguesamiento o la pasividad de los cristianos ante la diligente y tenaz siembra de cizaña que otros hacen. Los cristianos no podemos adormecernos, desentendernos, dejarnos arrastrar por la tentación egoísta del «eso no va conmigo» o «a mi familia no le toca». Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI, a la vez que han condenado el «fundamentalismo o absolutismo laicista» que trata de negar o, al menos, obstaculizar, la dimensión social de la religión y la fe, exhortan tenazmente a los católicos a vivir responsablemente la unidad de vida del cristiano: es decir, la coherencia entre la fe que profesamos y sus consecuencias prácticas en el ámbito personal y en el ámbito publico de nuestras actuaciones sociales, profesionales y cívicas». El cardenal concluyó su apasionada homilía en un tono optimista pues «también el buen trigo crece, y crece abundante en España».

Yerra López Garrido al sostener que el laicismo es una conquista de la civilización occidental. La civilización occidental se fraguó durante muchos siglos sobre el humus religioso, cultural y moral del cristianismo. Y aludida genéricamente por López Garrido, la civilización occidental no es otra cosa que el estadio ideológico de racionalismo relativista y materialista promovido por el iluminismo y concretado en las revoluciones francesa y soviética. Un laicismo militante y radicalmente antirreligioso, sobre todo anticatólico, que a través del Giscard d´Estaig, alto grado de la masonería, ser vertió en el Tratado para la Constitución Europea. Quienes hemos estudiado los documentos de la Orden de los Iluminados estamos en condiciones de afirmar con sus propio textos que se trata de una ideología luciferina, cuyo objetivo de dominio mundial comparece, por ejemplo, en la correspondencia que sostuvieron Giuseppe Manzzini y Albert Pike.

CONSTITUCIONALISMO LAICISTA

Importa ahora abordar el tema constitucional. En orden a la Constitución de 1978 conviene parar la atención en el artículo 16, correspondiente al Capítulo Segundo que trata de Derechos y Libertades.

Reza el 16.1: "Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley". Es obvio que el ejercicio de esa libertad no puede ser obstruida ni limitada por el poder del Estado. Y asimismo, que la Iglesia Católica, y con ellas los fieles, pueden sentirse legítimamente afectados por acciones legislativas o ejecutivas que condicionen sus derechos.

Pero en orden a las denuncias del cardenal Herranz es más relevante el 16.3, que dice: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". Estas relaciones están reguladas por los acuerdos, todavía vigentes, entre el Estado español y el Estado vaticano que sustituyeron al Concordato. Y es notorio, para quien conozca dichos acuerdos, que los violentan repetidamente el gobierno Rodríguez y la mayoría parlamentaria en que se apoya. Las quejas del cardenal Herranz lo ponen de manifiesto.

Pero interesa explorar en la trastienda ideológica de dicho artículo 16 para un mejor entendimiento de una política que, con rigor, ha calificado el cardenal Herranz de "fundamentalismo laicista".

Fue el 16.3 uno de los preceptos que más controvertidos de la Constitución de 1978 ya que rompía una tradición que arranca de la Constitución de 1812, la cual mantuvo el principio de que la católica era la religión oficial del Estado. Criterio que solo rompieron, y conviene subrayarlo, la Constitución de 1837, tenida por "progresista" y que soslayaba pronunciarse sobre la cuestión; la de 1969, calificada enfáticamente de democrática, que se limitaba a la declaración de que La Nación debía mantener el culto y los ministros de la religión católica; y la republicana de 1931, inequívocamente revolucionaria, la cual establecía de manera radical en su artículo 3 que el Estado no tenía religión oficial y en el artículo 26 prohibía al Estado, a las regiones, a las provincias y a los ayuntamientos cualquier ayuda a las comunidades instituciones religiosas, además de ordenar la disolución de las órdenes religiosas que estatutariamente impusieran más de los tres votos canónicos. Norma esta que afectaba directamente a la Compañía de Jesús por mor del cuarto voto de obediencia al Papa, aunque el texto constitucional lo encubriera con falacia como voto de "obediencia a una autoridad distinta de la del Estado"
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El "fundamentalismo laicista" que prevaleció en la Constitución de 1931 y del que se siguió una legislación consecuentemente sectaria, derivó en los de sobra conocidos y reiterados procesos revolucionarios con el acompañamiento de quema de iglesias, profanaciones sin cuento y asesinatos, aún más extremos que los registrados, por ejemplo, en el curso de la Revolución Francesa, fuente de inspiración de la II República. Pero esa derivación laicista respondía fielmente en el texto constitucional a las directrices emanadas por el Gran Oriente de España, cuya ideología iluminista asumían, cuando menos, 147 diputados masones reconocidos de las Cortes Constituyentes.

Las discusiones sobre el texto del 16.1 entre los radicales y los moderados que componían el equipo elaborador de la Constitución de 1978 desembocó en el texto antes reproducido, una suerte de vía media que recuerda el contenido del artículo 7 de la Constitución italiana, el cual establecía la separación de potestades entre el Estado y la Iglesia, si bien sometía su aplicación al contenido de los Tratados de Letrán de 1929 entre el Estado italiano y la Santa Sede.

El gobierno Rodríguez y la vicaria mayoría parlamentaria en que se apoya han desempolvado en la práctica la ideología del fundamentalismo laicista de estirpe iluminista y masónica que prevaleció en la Constitución de 1931. Esta perniciosa regresión histórica en materia religiosa corre pareja con la obsesión involucionista del actual PSOE, empecinado en un necio y resentido esfuerzo por rescribir a su gusto la Historia real de la II República, de la guerra 1936-1939 y de los cuarenta años de existencia del Estado Nacional regido por Francisco Franco. Nada de insólito encierra que quieran desconocer una verdadera interpretación del consensuado artículo 16 y llevarlo a la práctica en el contexto de la Constitución de 1931. Pero además de esta inquietante proclividad a exhumar el radicalismo antirreligioso de Pablo Iglesias y compaña, tampoco cabe silenciar la condición masónica de Rodríguez y de otros miembros relevantes de su gobierno, amén de buen número de los también mediocres profesionales de la política que hoy cortan el bacalao del poder.

UN GOBIERNO AL SERVICIO DE LA CONSPIRACIÓN MUNDIALISTA

Hoy, como en 1931, el problema no reside tanto en conocer la catadura ideológica o apriorística de los políticos que aplican determinadas directrices ideológicas, como en descifrar la entidad de quienes las trazan desde detrás de las bambalinas y tienen poder suficiente para imponerlas a los gobiernos y partidos que las ejecutan. Y este es el caso de un gobierno encabezado por un ignorante al que, salvo alguno que otro, rodean ministros caracterizados por su mediocridad, muy en concordancia con lo que ocurre en la dirección del partido. Se trata de un poder supranacional del que, aunque para algunos resulte irreal, el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica es, como otros tantos gobiernos, sólo un instrumento, aunque el más decisorio.

Decide un poder mundial, un nuevo imperio mundial, que, fiel a la doctrina hegeliana, asumida por el iluminismo que lo polariza políticamente, necesita crear sus propias contradicciones. Contradicción estratégica es en nuestro caso la retirada de Irak decidida por Rodríguez y su antinorteamericanismo, el cual hace posible ese otro vector mundialista de la destrucción del ser histórico europeo mediante una doble y masiva invasión: la musulmana, desde el sur, y la eslava, desde el este. Pero para aniquilar la conciencia histórica de Europa en cuanto tal es indispensable desmantelar en cada nación los principios morales del cristianismo, únicos que capaces de mover a una atendible reacción salvadora.

Resulta asaz ilustrativo con relación al fundamentalismo laicista y la denuncia del cardenal Herranz el ensayo titulado "El nuevo orden mundial y la seguridad demográfica, del que es autor Michel Schooyans, profesor de la Universidad de Lovaina. Recojo del mismo:

"El discurso ideológico de la nueva clase imperialista tiene un contenido bastante burdo. Empieza afirmándose como principio el acontecimiento liberador de la muerte de Dios. Este principio es "liberador", se nos dice, porque Dios impide la autonomía del hombre y su felicidad. Así pues, Dios debe morir, e incluso hay que ayudarle a morir, para que el hombre pueda vivir y tomar por fin su destino entre sus solas manos. Cumplida esta condición, la nueva humanidad puede nacer, y de este parto deben ocuparse los iniciados". Los iniciados no son otros, por supuesto, que los agentes del centro oculto del poder financiero mundialista que mueve los hilos de la desalmada internacionalización del animalismo humano.

A quienes estén interesados en descifrar el enigma aconsejo la lectura de "Política sin Dios. Europa y América, el cubo y la catedral", de George Weigel (Ediciones Cristianas). Weigel da precisa respuesta a una inquietante batería de preguntas de la que reproduzco éstas, estrechamente ligadas al tema que hoy me ocupa:

"¿Por qué hay tantos reconocidos intelectuales europeos que son "cristofóbicos", como afirma el jurista internacional y judío practicante J.H.J. Weiler? ¿Cómo es que existen burdas caricaturas del cristianismo -por ejemplo, la burla con que una televisión presenta la Eucaristía como un "bocadillo religioso", o Cristo crucificado ofreciendo papel higiénico- que llegan a tolerarse en la cultura popular europea de un modo que jamás se tolerarían semejantes difamaciones del Judaísmo o del Islam? ¿Por qué tantos gobernantes europeos insisten en que la Nueva Constitución para Europa incluya un acto deliberado de amnesia histórica por el que se ignora deliberadamente - o más bien, se niega- que, durante más de quince siglos, el cristianismo contribuyó a desarrollar en Europa una extraordinaria comprensión de los derechos humanos y de la democracia?": Podría simplificar las contundentes respuestas de Weigel diciendo que el "cubo" , símbolo del racionalismo iluminista (no es casualidad, por cierto, que el monumento a la Constitución de 1978, erigido en Madrid, sea un cubo vaciado en su interior) quiere acabar a toda costa con la "catedral", símbolo ancestral y explícito del humanismo cristiano.

Frente a esa conspiración mundialista contra el cristianismo, del que son dóciles y toscos siervos el gobierno Rodríguez y sus aliados, tenemos el deber de alzar la voz quienes amamos la libertad, no solo los creyentes. Y hacerlo sin complejos y con la riqueza de argumentos que nos proporcionan el Evangelio y la doctrina de la Iglesia, fiel a ellos. Y si miedo alguno. No lo tuvieron los muchos miles de mártires por la fe, asesinados por aquellos cuyo odio a al cristianismo sirve de enganche ideológico a quienes hoy nos desgobiernan en España y quieren llevarla al suicidio histórico.

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N. de la R.:
Por su interés publicamos a continuación el texto íntegro de la homilía, a la que se hace referencia en el artículo, que nos llega tras haber publicado éste.

TEXTO ÍNTEGRO DE LA HOMILÍA:

50º ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL DEL CARDENAL JULIÁN HERRANZ CASADO
(Concelebración Eucarística en la Parroquia de la "Concepción de Nuestra Señora", Madrid, 7 de agosto de 2005)

HOMILÍA DEL SR. CARDENAL


I. EL SIERVO DE DIOS, JUAN PABLO II, HA RESUMIDO LA ESENCIA DEL SACERDOCIO EN SÓLO DOS PALABRAS: DON Y MISTERIO


Aquel 7 de agosto de 1955, hace medio siglo, cuando en esta misma Iglesia fui consagrado sacerdote, yo oí resonar fuertemente en mi alma -como hoy- unas palabras de Jesucristo a los Apóstoles, que explican bien porqué la llamada al sacerdocio es un don de Dios. Dice Jesús: "No me habéis elegido vosotros a mi, sino que Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca" (Jn. 15,16). Permitidme, por eso, que hoy mis primeras palabras sean de profundo y humilde agradecimiento al Señor, que sin mérito alguno por mi parte y a través de la benevolencia paterna del Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, quiso hacerme el inmenso don de llamarme al sacerdocio y configurarme sacramentalmente a Cristo Pastor, para el servicio de los fieles de la Santa Iglesia y de todo los hombres de buena voluntad.

Don y misterio de una vocación divina. Cuando San Pablo explica a su discípulo Timoteo esa llamada de Dios, le escribe "nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no en razón de nuestras obras, sino por su propia iniciativa y por la gracia que nos fue concedida en Cristo Jesús" (2Tm. 1,9). Y San Marcos, refiriéndose a la elección de los Apóstoles, dice que Jesús: "llamó a los que Él quiso (...) para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar" (Mc. 3, 13-15). Fijémonos, hermanos míos, en este doble fin de la vocación de los Apóstoles, que es también-con modalidades diversas-el fin de toda vocación cristiana: "estar con Cristo"(vida de unión con Él) y difundir, "predicar" su Evangelio (actividad apostólica).

Muchos de vosotros sabéis que, antes de la llamada específica al sacerdocio, la benévola mano del Señor me había conducido al Opus Dei, es decir, a enamorarme de Cristo ("que busques a Cristo, que trates a Cristo, que ames a Cristo", repetía San Josemaría), gracias a una espiritualidad secular, de cristiano de la calle, a la vez contemplativa y apostólica. En las aulas de las universidades de Madrid y de Barcelona, y en los barrios obreros de esas dos ciudades yo aprendí a vivir estas palabras claras y fuertes de "Camino": "El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo, y tiene estos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer". (n. 934).

Me da alegría ver que entre vosotros están también hoy aquí compañeros de colegio y de universidad y otros entrañables amigos con los que compartí entonces y comparto ahora la pasión por la verdad y la justicia, esa pasión, que está siempre presente en todos los corazones verdaderamente jóvenes, portadores de valores humanos y espirituales robustos, que no se dejan manipular. ¡Que alegría me ha dado encontraros de nuevo -en medio de tantos jóvenes- y saber que vivís como ellos no de melancolías nostalgias del pasado, sino de segura esperanza en el futuro!

Continuad así, enseñando a vuestros hijos y a vuestros nietos que la amistad con Cristo, con el único Maestro que "tiene palabras de vida eterna" (Jn. 6,68), con el único que ha podido decir "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn. 14,6), es la mejor garantía de un futuro de verdadero progreso personal, familiar y social. No es verdad, como repiten en España algunos voceros del agnosticismo religioso y del relativismo moral, que la doctrina de Cristo es negativa y "represiva", que la Iglesia Católica aparece como una "reliquia del pasado". Se equivocan soberanamente: el Cristianismo es una insuperable historia divina de amor, de esperanza y de libertad, "la libertad para la que Cristo nos ha liberado" (Gal.5,1.). Son ellos -lo digo con dolor, porque son hermanos míos, españoles y quizás bautizados- los que caminan hacia atrás y hacia abajo, en un creciente degrado cultural y moral, bajo el impulso de una ideología libertaria que humilla el verdadero concepto de progreso y de libertad: "prometen la libertad -advertía ya San Pedro a los primeros cristianos- pero ellos mismos son esclavos de la corrupción" (2Pt.2, 19).

II. DON Y MISTERIO DE LA VOCACIÓN SACERDOTAL.

AL mismo tiempo que la gracia de Dios me iba conduciendo al "estar con Él", con Cristo, al desarrollo contemplativo de la amistad divina en mi alma -hasta saborear la felicidad de la completa entrega a Cristo-, la paterna voluntad de Dios me fue llevando, después de la Ordenación sacerdotal, por caminos, lugares y experiencias que nunca habría podido imaginar. La marcha a Roma llamado por San Josemaría y, allí y desde allí, a lo largo de medio siglo: la convivencia durante 22 años con el Santo Fundador del Opus Dei y con su sucesor el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, los trabajos en el Concilio ecuménico Vaticano II y en la sucesiva reforma de la legislación eclesiástica, las tareas apostólicas, académicas y pastorales en numerosas naciones de cuatro continentes, la colaboración durante veintisiete años con un Papa apasionadamente enamorado de Cristo, el Siervo de Dios Juan Pablo II.
Os aseguro que mirando ahora, desde la altura de este Jubileo Sacerdotal ese largo camino de mi vida, veo todo como el montañero que contempla desde la cima de la alta montaña la rectitud y la lógica del sendero recorrido, el mismo sendero que desde abajo parecía, en cambio, tremendamente retorcido e inaccesible. Veo que ese largo camino ha estado siempre iluminado por el rayo de luz de la filiación divina. Desde el Padrenuestro que aprendí de niño a saborear en el hogar de mis queridos padres Virgilio y Francisca-mis primeros educadores en la fe-, hasta las sólidas enseñanzas doctrinales que fundamentan la espiritualidad del Opus Dei, y también del sacramento del Orden sagrado, perpetuador del Sacrificio filial del Gólgota, y del solemne mandato apostólico de Jesús: "Como el Padre me envió (en misión: "misit me"), así os envío yo a vosotros" (Jn.20,21). "Andad y amaestrad todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado" (Mt. 28, 19-20).

Cuando pienso en mi existencia sacerdotal y en la de los otros 35 sacerdotes del Opus Dei con los que fui ordenado, entre ellos el actual Obispo Prelado, Mons. Javier Echevarría, al que dirijo desde aquí un recuerdo particularmente cariñoso, llego a la conclusión de que en realidad, en todo lo que hemos dicho, escrito o hecho en estos 50 años, todos hemos tratado de cumplir siempre una misma y sola cosa: el mandato divino y paterno de dar a conocer a Cristo, de hacerlo amar, de tratarlo y de hacerlo tratar cada día con más amor, a través del Pan y de la Palabra, de la Eucaristía y del Evangelio. Pero: ¿es que hay en el mundo algo más grande por lo que valga la pena dar la vida?
Es en ese empeño apostólico donde las parábolas evangélicas del Sembrador divino tienen especial resonancia, especialmente que conocéis bien y que hoy, en las actuales circunstancias de España, quisiera recordar: la del trigo y la cizaña (cfr. Mt.13, 24-30). Salió el Sembrador (el Señor) a sembrar "la buena semilla en su campo" (el mundo creado por Él). "Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo (el Demonio, padre de la mentira), sembró cizaña en medio del trigo y se fue". Y comenta San Josemaría con palabras actuales: "El Señor del campo ha sembrado a manos llenas al momento oportuno, con consumada experiencia; ha establecido además un servicio de vigilancia para proteger la semilla. Si después aparece la cizaña es porque no ha habido correspondencia porque los hombres-los cristianos en particular-se han adormecido y han consentido que el enemigo se acercase" (es Cristo que pasa, n.123).
Hermanos míos: ¡Cuánta cizaña, fruto de un apasionado "fundamentalismo laicista" y anticatólico, ha sido y es sembrada desde algunos medios de información y ambientes políticos: se inventan derechos que no existen y, en cambio, niegan o hacen difícil el ejercicio de derechos y principios jurídicos verdaderos, basados en la misma dignidad de la persona y en el bien común de la sociedad: y, por eso, anteriores a cualquier sistema político, de izquierda o de derecha! ¡Cuánta demagogia libertaria contra el mismo concepto no solo cristiano sino natural del matrimonio; contra el valor social y la estructura antropológica de la familia, parte esencial del bien común de la nación; contra los derechos y la dignidad del ser humano desde su concepción hasta la muerte natural; contra los inalienables derechos de los padres en la educación religiosa de sus hijos, también en las escuelas públicas, que ellos sostienen económicamente; contra el valor histórico, cultural y social del cristianismo y de las obras benéficas, educativas y sociales promovidas por la Iglesia Católica, también mediante la libre iniciativa de los ciudadanos católicos-más o menos practicantes-, que en España representan el 90% de la población.

Es verdad que en la parábola evangélica el Señor de la mies deja crecer la cizaña, para evitar que al arrancarla se arranque a la vez el trigo, que también crece. El Sembrador-Dios- tendrá la última palabra en el día de la siega por Él establecido. ¡Hermanos míos!; ante la cizaña que crece, sería un error ser pesimistas, dudar de la victoria final de Cristo sobre el mal sembrado en el mundo. Pero sería equivocado también justificar, con esa consideración escatológica, la posible inconsciencia, el aburguesamiento o la pasividad de los cristianos ante la diligente y tenaz siembra de cizaña que otros hacen. Los cristianos no podemos adormecernos, desentendernos, dejarnos arrastrar por la tentación egoísta del "eso no va conmigo" o "a mi familia no le toca". Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI, a la vez que han condenado el "fundamentalismo o absolutismo laicista", que trata de negar, o al menos obstaculizar, la dimensión social de la religión y de la fe católica, exhortan tenazmente a los católicos a vivir responsablemente la unidad de vida del cristiano: es decir, la coherencia entre la fe que profesamos y las consecuencias prácticas que esa fe ha de tener no sólo en el ámbito personal de la vida interior sino también en el ámbito público de nuestras actuaciones sociales, profesionales y cívicas.

Os confieso que, más de una vez, explicando esta parábola evangélica del trigo y de la cizaña, he recordado estas palabras de San Josemaría, que parecen negativas pero no lo son porque exhortan a la vigilancia: "Hijos míos, del enemigo el consejo. Sed avisados y prudente y no os durmáis: hora est iam nos de somno surgere (Rm.13,11), es la hora de sacudir la pereza y la somnolencia. No olvidéis que lugares de la tierra, que fueron en otros tiempos testigos de iglesias florecientes, son actualmente un erial, donde no se pronuncia el nombre de Cristo" (Carta 9-I-1959, n.24).


III. QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS: HAY QUE SER PRUDENTES, SÍ, PERO A LA VEZ PROFUNDAMENTE OPTIMISTAS.

También el buen trigo crece. Y crece abundante, en España, en Europa y en el mundo. Hemos sido convocados para una nueva Evangelización. Jesucristo continúa diciéndonos a los sacerdotes, detentores del sacerdocio jerárquico, pero también a los fieles laicos que recibisteis en el bautismo el sacerdocio común, las palabras del evangelio que he recordado al principio: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis (a sembrar la Buena Nueva de Cristo) y deis fruto (hagáis nacer un inmenso trigal a vuestro alrededor) y vuestro fruto permanezca: ¡Sí, si, hermanos y hermanas! daréis, daremos fruto abundante y permanente: porque en el mundo todo pasa-personas, civilizaciones, imperios, sistemas políticos-pero la Palabra de Dios "permanecerá eternamente" (Lc. 22,32).

El optimismo cristiano -solía repetir Juan Pablo II- se basa «en una concepción realística y finalística de la historia (...) está fundado en Cristo "Alfa y Omega, Primero y Último, Principio y Fin", que es "el mismo ayer, hoy y siempre"» (Alocución, 9-II-1984). Y Benedicto XVI, al día siguiente de su elección, nos dijo a los Cardenales en la Capilla Sixtina, refiriéndose a la impresionante experiencia vivida en ocasión de la muerte y funerales de Juan Pablo II: "Alrededor de sus restos mortales, postrados en la desnuda tierra, se han recogidos Jefes de Naciones, personas de toda clase social y especialmente jóvenes, en un inolvidable abrazo de afecto y admiración. A él ha mirado con fe el mundo entero. Ha parecido a muchos que aquella intensa participación, amplificada hasta los confines del planeta por los medios de comunicación social, fuese como una coral petición de ayuda dirigida al Papa por parte de la humanidad actual que, turbada por dudas y temores, se interroga sobre su futuro".

Y concluyó Benedicto XVI, refiriéndose a su ministerio de Pastor universal de la Iglesia, con estas hermosas palabras: "La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de la necesidad de volver a proponer al mundo la voz de Aquel que ha dicho: «"Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no caminará en tinieblas, porque tendrá la luz de la vida"» (Jn. 8,12). Al comenzar su ministerio el nuevo Papa sabe que su tarea es hacer que resplandezca ante los hombres la luz de Cristo: no la luz propia, sino la de Cristo" (Mensaje, 20-IV-2005).

Don y misterio del Sacerdocio. El sacerdote no se pertenece a sí mismo: debe hacerse, a imitación de Cristo, pan y palabra para los demás: "escogido entre los hombres, está constituido a favor de los hombres en todas las cosas que se refieren a Dios" (Heb. 5,1). Por eso San Pablo nos exhorta: "Así han de considerarnos los hombres: ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se busca en los administradores es que sean fieles" (I Cor. 4,1-2). ¡Cuántos motivos de gratitud a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, verdadero protagonista de esta Celebración! Motivos de examen se conciencia para mí, sobre la fidelidad con que en estos 50 años he debido hacer fructificar este gran don recibido del Señor. Pero motivos también de paz y de confianza, pensando en la dulce presencia de la Madre de Dios y Madre nuestra, que ha velado siempre silenciosamente sobre mi sacerdocio.
Agradezco conmovido al Santo Padre la delicadísima benevolencia con que ha querido enviarme una Carta personal con motivo del Jubileo Sacerdotal, unirse espiritualmente a esta Santa Misa, y bendecirnos a todos y a nuestras familias.
Pero os doy también, con toda el alma, gracias a vosotros, que -no obstante los calores del recio agosto castellano y madrileño- habéis querido acompañarme con tanto cariño en mi agradecimiento a Dios, infinitamente bueno y misericordioso. A Él toda gloria y honor por todos los siglos de los siglos.

¡Amén!