El Árbol de la Vida frente al Árbol de la Muerte

 


Ismael Medina
Vistazo a la prensa

 

Terminaba la carta a Jaime Campmany, hermano de corazón, con un ruego: que pidiera a Dios echara una mano a nuestro otro hermano en tantos afanes, Emilio González Navarro, que merodeaba la barrera del misterio. El jueves, su alma se desprendió por fin del cuerpo maltrecho que la aprisionaba y voló a ocupar el lucero que le estaba reservado. No puedo eludir el compromiso fraternal de encabezar mi crónica de esta semana con el recuerdo de otro de los hermanos que nos escogimos como tales y que hicimos juntos el casi entero camino de nuestras vidas. Y también ejemplo siempre incómodo, generoso y nunca mentido de fidelidad a sus convicciones, infrecuente por desgracia en los tiempos que vivimos.

PREFACIO PARA UN FIEL JOSEANTONIANO

Emilio llevaba varias semanas ausente de sí mismo, prácticamente inmóvil y sin que su organismo se decidiera a dimitir. Era el final de una prolongada lucha por vivir desde que, años atrás, superara una trascendental intervención a corazón abierto. A vida o muerte. Ganó el envite, aunque malherido. Le sobrevino luego un serio incidente vascular al que también sobrevivió. Ninguna de estas asechanzas le amilanó. Prosiguió incansable la búsqueda en bibliotecas y hemerotecas para ampliar, junto a Enrique de Aguinaga, hasta "Mil veces José Antonio" (Editorial Plataforma 2003), las seiscientas opiniones de afines y contrarios recopiladas en el primer libro. Félix Izquierdo, que fue su abnegado samaritano en el ir y venir de todo ese tiempo de pasión, sabe muy bien hasta qué punto era cruenta la batalla entre la voluntad de Emilio de ser activamente fiel a sus ideales y los zarpazos de la enfermedad que le debilitaba. El viernes, le hemos enterrado, vistiendo como mortaja la camisa azul, según tenía mandado. Y a modo de jaculatoria, habían escrito sus hijos en la cinta de una corona de rosas rojas: "Y volverá a reír la primavera". Ese fue nuestro anhelo compartido desde la mocedad. Y con esa esperanza en el alma se nos ha ido cuando España está cada vez más lejos de un alentador barrunto de alegre primavera.

Conocí a Emilio cuando daba sus primeros pasos de periodismo en el Frente de Juventudes. cuya redacción estaban en un chalé contiguo al de "Juventud". Eran tiempos duros y sacrificados aquellos de los años cuarenta y de una manera u otra habíamos de buscar un quehacer remunerado que nos permitiera aligerar de cargas a nuestros padres. Emilio ganó unas oposiciones a factor de Renfe que no tardó en dejar por el periodismo, su vocación. Obtenido el título en la Escuela Oficial de Periodismo, trabajó en "Informaciones" y en "Actualidad Española" antes de llegar al siempre abierto "Arriba", como tantos de nosotros. Recaló finalmente en la Agencia Pyresa y compartí con él las crónicas de la llamada guerra de los seis días, yo desde Israel y él desde Egipto. Le tocó la parte más ingrata del conflicto. Y más dura de pelar a causa de los muchos condicionamientos para informar que arbitraban las autoridades egipcias para ocultar su estridente derrota. Pero supo sacar agua de aquel sellado pozo. Fue más meritorio su trabajo que el mío desde la otra parte del frente de batalla, si es que yo alcancé a tenerlo.

Allá por sus comienzos le encomendaron un reportaje sobre los mendigos madrileños. Y Emilio se vistió de harapos y conoció la vida de los mendigos como uno más de ellos. Escribió un gran reportaje de muy crudo realismo social, sin concesiones a la demagogia ni falso humanitarismo. Su voluntad de perfeccionamiento le incitó tardíamente a obtener la licenciatura en Ciencias de la Información y luego el Doctorado con una tesis sobre el "Arriba" de anteguera que, todavía inédita, considero de obligada consulta para quienes pretendan estudiar lo que supuso el órgano de FE de las JONS, creado por José Antonio Primo de Rivera. Se la dirigió Enrique de Aguinaga y de aquella fecunda relación intelectual y comunidad de ideales nacerían conjuntos empeños como los dos libros a que antes me referí y algún otro que la enfermedad y la muerte han dejado en suspenso, o las cenas de cada 29 de octubre que durante doce años nos han reunido para hablar de España, de sus problemas y de su futuro a una treintena de antiguos y nuevos partícipes en la aventura juvenil de servicio a nuestro pueblo que cada cual ha continuado honestamente desde muy variadas posiciones profesionales y políticas desde que la Ley de Reforma Política abrió las puertas a una expectativa democrática que hoy ha tomado la tenebrosa deriva hacia un totalitarismo neofrentepopulistas y a la destrucción del ser mismo de España, y no sólo de su unidad como nación.

ÁRBOL DE LA VIDA Y ÁRBOL DE LA MUERTE


Jaime y Emilio traspusieron la barrera del misterio al hilo de la vibrante y alegre desmesura de la manifestación en defensa del matrimonio conforme a naturaleza, a tradición milenaria y principios morales sólidamente establecidos. Dejaron entre nosotros a dos mujeres admirables, Conchita y Carmen, y a tres y seis hijos que les honran. Al igual que la gran mayoría de las gentes de mi generación fueron imagen fiel del Árbol de la Vida, la simbólica bandera enarbolada por la manifestación del 18 de junio en Madrid frente al Árbol de la Muerte.

Debo a Urbano Esteban, reencontrado tras varios años de silencio, una profunda reflexión sobre el Árbol de la Vida, signo omnipresente de continuidad y perpetuación de la especie desde la más remota antigüedad en civilizaciones y culturas que se han sucedido a través de los milenios, siempre asentadas sobre cimientos religiosos. El Árbol de la Vida fue en todas ellas, de una u otra manera, el trasunto teológico del orden natural en cuyo centro de gravitación radica la fecundidad. Y por ende, la perennidad de las especies, entre ellas el género humano. Fue natural que culturas primitivas se acogieran simbólicamente al árbol que en su espacio era el más robusto, perdurable y abundante. Sin el ayuntamiento de hombre y mujer, o de macho y hembra en el ámbito animal y vegetal, no hay posibilidad de vida. Macho con macho y hembra con hembra configuran algo más que una contradicción con el orden natural. Definen una apuesta por la infecundidad. Y en contraposición con el Árbol de la Vida, se traducen simbólicamente en Árbol de la Muerte.

El pasaje bíblico de Sodoma y Gomorra no es una admonición alegórica exclusiva de la religión hebrea. De una u otra manera se reproduce en otras religiones, no sólo monoteístas. La sodomía fue siempre repudiada por los pueblos y las civilizaciones emergentes. Y proliferó en las sociedades abocadas a la decadencia y el acabamiento como fruto de un envilecido hedonismo que se tradujo en un llamativo hundimiento de la natalidad pese a no existir los métodos y medios anticonceptivos que hoy son habituales en las sociedades occidentales, más preocupadas por la vulneración del orden natural que por preservarlo y robustecerlo. Cuando el placer se antepone a toda otra consideración, cuando un desbocado hedonismo prevalece en el legislador y en la conciencia colectiva, se favorece un inexorable proceso degenerativo que destruye los fundamentos morales que hacen fuertes a los pueblos y aniquila las fuentes de la fecundidad. Hay autores, y no precisamente cristianos, que identifican la tala del Árbol de la Vida con la desaparición cataclismal de algunas civilizaciones míticas de las que apenas si queda rastro arqueológico fehaciente. Puede aseverarse en cualquier caso que las civilizaciones y los imperios sucumbieron víctimas de su relajamiento moral, de sus vicios y, en definitiva, de su apartamiento del Árbol de la Vida.

EL ÁRBOL DE LA MUERTE ANIQUILÓ CIVILIZACIONES E IMPERIOS

Díaz atrás anunciaron los medios con entusiasmo que durante el último año había mejorado en unas décimas el índice de natalidad en España. Pero resulta que ese balance positivo no se debe a una mayor conciencia fecundante de las parejas españolas sino a los matrimonios inmigrantes. Sucede igual en las naciones que se dicen opulentas de la Unión Europea. Cualquier historiador o antropólogo que no haya caído en la drogadicción ideológica del llamado progresismo puede alertar de que parejo fenómeno se registró en el final de anteriores ciclos de civilización. El Árbol de la Vida al que se asían los inmigrantes de cada tiempo histórico, generalmente esclavos (¿Y acaso no lo son en alguna medida los masas inmigrantes que asumen en las naciones occidentales las actividades serviles?) venció y sustituyó al poder de los abrazados al Árbol de la Muerte.

Nada de insólito encierra que en una sociedad con mentalidad suicida escandalicen opiniones científicas como la del psicólogo Aquilino Polaino Lorente sobre la homosexualidad y la adopción por parejas de maricones y lesbianas. Y que incluso se vuelvan contra él los pusilánimes que lo eligieron como perito. Sucede, además, que los medios extrapolaron del informe de catedrático de Psicología lo que más convenía para escandalizar y dar pábulo a la prepotente reacción del "lobby" homosexual. Los viejos maestros de los que aprendí, y los más respetables pedagogos que estudié en Magisterio, advertían que la educación impartida en las escuelas era con frecuencia anulada en el ámbito familiar. Lo más probable es que un niño adoptado por parejas de maricones y lesbianas sea psicológica y socialmente un reflejo de esa pareja a todas luces fuera de lo que con total corrección puede calificarse de normal. O cuando menos, un ser aquejado de de enfermizos complejos nacidos de su relación con niños que puede ufanarse tener un padre y una madre. Son aireados los problemas psicológicos que suelen aquejar a los hijos de matrimonios rotos. ¿Y acaso serán menores los que padezcan los niños adoptados por parejas homosexuales, aunque un falaz progresismo se empecine en afirmar lo contrario?

EL MANIQUEISMO PACIFISTA ABONA EL ÁRBOL DE LA MUERTE

Las estúpidas declaraciones del ministro de Defensa sobre la supresión del texto constitucional de la palabra guerra, reflejo de lo que sostuvo en el seno del Consejo de Ministros el titular de Justicia, López Aguilar, me ha hecho volver sobre la trilogía "Los Centuriones", "Los Pretorianos" y "Los Mercenarios", de Jean Larteguy, cuya rabiosa actualidad me incita a recomendar su lectura a quienes no la conozcan. Pretensión similar se planteó desde parecidas esferas mandileras durante la II República. Pero la guerra revolucionaria estaba ya en la calle, excitada desde el exterior, en particular desde la Unión Soviética, y la realidad se impuso sobre la demagogia. Caímos de bruces en una guerra que tuvo no poco de internacional y en la que nos jugábamos el ser o no ser de España. Como ahora. ¿Y acaso no es guerra revolucionaria, sea cual sea su intensidad, la que practican ETA y los secesionismos políticos asociados con los que el gobierno del PSOE negocia la claudicación del Estado?

La referencia a la trilogía de Larteguy y la inquietante y calculada necedad de López Aguilar y de José Bono, el mayor pastelero del Reino republicano de España, enlazan con esos otros fenómenos del Árbol de la Muerte a que me he referido. El hedonismo galopante a que nos conduce la falsa democracia que soportamos, las medidas encaminadas a la destrucción de la familia y la exaltación legal de las coyundas homosexuales coinciden con la existencia de unas disminuidas Fuerzas Armadas mercenarias cuyo mantenimiento en precario estado de indefensión trata de disimularse con la incorporación de inmigrantes desocupados o cuyo salario y estabilidad laboral son inferiores al que puede proporcionarles la Milicia. Se trata de una forma más de sustitución del Árbol de la Vida por el Árbol de la Muerte, bajo cuya enfermo ramaje restará una España hecha cenizas.

PALABRAS DE AYER QUE VALEN PARA HOY

Y puesto que hoy he despedido a un fiel joseantoniano, ido a la tumba vestido con la camisa azul que tanto amó, luego de una larga vida de servicio a España y asido al anhelo de que todavía existe la posibilidad de una alegre primavera para nuestro pueblo, pese a los negros nubarrones que la ensucian con amenazas tormentosas, no puedo por menos de concluir con una cita de José Antonio Primo de Rivera, extraída del artículo "España, incómoda" ("Haz", 26.03.1935). Una cita que hace actual el empeño neofrentepopulista del PSOE en retrotraernos por el túnel del tiempo a la II República que el propio PSOE coadyuvó de manera decisiva a destruir: "No se sabe qué es peor, si la bazofia demagógica de la izquierda, donde no hay manoseada estupidez que no se proclame como hallazgo, o la patriotería derechista, que se complace, a fuerza de vulgaridad, en hacer repelente lo que ensalza. Y producido por el alborozo de las izquierdas y las derechas, un caos ruidoso, confuso, cansado, estéril y feo".

Que Dios acoja y guarde tu alma, querido Emilio, y que tu ejemplo de servicio y de amor a España no sirva de acicate a quienes aquí quedamos a la intemperie, pero resueltos a luchar para que perviva el Árbol de la Vida frente al Árbol de la Muerte.