José Antonio y Azaña

Enrique de Aguinaga
Catedrático emérito de la Universidad Complutense

vistazoalaprensa.com

El entones presidente del Ateneo, el doctor García Partida, me mostró una fotografía, tomada en el propio Ateneo, en la que aparece Paul Preston entre dos cuadros, los de José Antonio Primo de Rivera y Manuel Azaña, descolgados de la galería de retratos de ateneístas históricos.
“Te va a interesar, te va a sorprender”, me había anunciado con un guiño, para intrigarme. Algo me intrigan la iniciativa y la intención del juego fotográfico: el autor de “Franco, Caudillo de España”, en actitud irónica, sosteniendo a uno y otro lado, como medallones de pintura antigua, las efigies del fundador de la Falange y del segundo presidente de la II República Española.
Me interesó, por supuesto. Y me sorprendió la telepatía, porque me lo dijo teniendo yo en la cartera una conferencia que, pocos minutos después, en el salón de actos del Ateneo, recordaría un discurso de Cánovas del Castillo en el mismo Ateneo: el discurso “Concepto de nación” (1882) con el que Cánovas contestaba a Ernesto Renan y prefiguraba la idea de España como unidad de destino en lo universal.
No me sorprendió el buscado contraste de los dos retratos, porque en la composición fotográfica flota una concordancia que sí puede sorprender a quienes, sometidos a la simplificación de la inmediata Historia de España, no se hayan parado a conocer la relación política de José Antonio y Azaña.
Les unía, por lo pronto, una razón de estilo, que José Antonio explica al analizar el lenguaje de Azaña en el discurso del campo de Comillas (1935) y que él mismo practica cuando escribe al estudiante que se queja de que “FE” (primer semanario de la Falange) no es duro:

“No te tuvo Dios de su mano, camarada, cuando escribiste: “Si “FE” sigue en ese tono literario e intelectual no valdrá la pena de arriesgar la vida por venderlo”. Entonces tú, que ahora formas tu espíritu en la Universidad bajo el sueño de una España mejor, ¿por qué arriesgarías con gusto la vida? ¿Por un libelo en que se llamara a Azaña invertido y ladrones a los ex ministros socialistas?”
Sendos capítulos, en el libro de Muñoz Alonso (1969) y en la tesis doctoral de González Navarro (1994) documentan la relación de José Antonio y Azaña, a la vista de los reiterados escritos en que José Antonio, por vía de homenaje, hace la propuesta para que Azaña se pusiera al frente de la revolución española, “la inaplazable y necesaria revolución española”.
Lo que José Antonio reprocha a Azaña es la frustración de aquella esperanza, la dilapidación de las dos coyunturas en que Azaña, “el hombre de la República”, tuvo en sus manos “ la ocasión cesárea de realizar el destino revolucionario”, para acabar convirtiéndose en un trasunto de Kerensky.
“Si las condiciones de Azaña, que tantas veces antes de ahora hemos calificado de excepcionales, saben dibujar así las características de su Gobierno (ofrecido al destino total de España, no al rencor de ninguna bandería), quizá le aguarde un puesto envidiable en la historia de nuestros días... España ya no puede eludir el cumplimiento de su revolución nacional. ¿La hará Azaña? ¡Ah, si la hiciera!”.

LOS párrafos anteriores son de José Antonio y están publicados en febrero de 1936. Ximénez de Sandoval, al comentar el escrito, refiere el revuelo que armó en “el cotarro derechista, que lo calificó de adulación, de traición, de ofrecimiento de la Falange a Azaña”. Emiliano Aguado lo explica en su libro “Don Manuel Azaña Díaz” (1972) : “Muchas esperanzas puso en él José Antonio Primo de Rivera, desengañado de las derechas y convencido de que era Azaña el único hombre capaz de llevar a cabo una revolución con sentido nacional”.
Juan Velarde tiene el testimonio de Manuel Aznar, que fue director de “El Sol” y que le reveló como, tras las elecciones de 1936, se publicaron en aquel diario unos editoriales debidos a José Antonio, editoriales que eran un mensaje a Azaña, el último mensaje que le pudo enviar con las esperanzas que, en seguida, quedarían frustradas para siempre.
“Emociona leer el crédito de confianza que José Antonio abre de nuevo a Azaña en febrero y marzo de 1936, después de la torturante experiencia azañista del bienio 1931-1933”, escribe Adolfo Muñoz Alonso en “Un pensador para un pueblo”.
Alejandro Salazar, Jefe Nacional del SEU y miembro de la Junta Política de la Falange, anota en su Diario la reunión del 20 de febrero de 1936: “José Antonio está desconocido. Nos ha expuesto su fe ciega en Azaña. Cree que ha de conseguir realizar una labor de revolución nacional. Prefiero desde luego el Gabinete de Azaña al anterior, pues al menos en éste hay vena grande y viva, no apocamiento y tibieza...”

PRONTO llega la catástrofe, “gloriosa y terrible”, en la calificación del profesor Suárez . José Antonio es encarcelado y condenado a muerte, antes de la ceremonia del juicio. Azaña recuerda en Cuaderno de la Pobleta (17 de junio de 1937) cómo le había contado a Angel Ossorio su “intervención personal para librar a José Antonio Primo de Rivera del asesinato que iban a perpetrar algunos fanáticos de Alicante”.
Del infructuoso desvelo de Azaña por salvar a José Antonio hay un indicio confirmado por el doctor Francisco Vega Díaz (Sevilla, 1907-Madrid, 1995) , que , según sus propias palabras, no quiso “llevarse al otro mundo” el secreto guardado escrupulosamente durante cincuenta y cinco años: el mensaje que, en noviembre de 1936, entregó personalmente a José Antonio en la cárcel de Alicante.
Con precisiones minuciosas, el doctor Vega relata en “Ultimidades” como, envuelto en extremadas precauciones y complicadas instrucciones, Amós Salvador, “antiguo y gran amigo de Azaña”, le encomendó “un sobre privadísimo”, sin señas, que habría de entregar en mano a una persona hasta la que llegaría siguiendo una misteriosa cadena de enlaces prevenidos.
Finalmente, a solas con él, en una dependencia de la cárcel de Alicante, el doctor Vega reconoció al destinatario del mensaje: José Antonio Primo de Rivera. Como saludo, en un diálogo escueto, uno y otro recordaron sus encuentros distantes del Café Lión, en las tertulias de “La Ballena Alegre”. En seguida le entregó el sobre.
José Antonio abrió el sobre y extrajo un papel manuscrito. Lo leyó y releyó. Sólo hizo un comentario: “No podía esperar menos de él. Lo agradezco con toda el alma”. Luego añadió: “Cumplo con el compromiso, aunque me gustaría conservar este papel”. El propio José Antonio sacó de su bolsillo una caja de cerillas, encendió una y quemó papel y sobre en un cenicero. El doctor Vega deshizo la ceniza con los dedos. Antes de ser reintegrado a su celda, José Antonio se despidió del mensajero con un apretón de manos y con estas palabras: “¿Volveremos a vernos en “La Ballena Alegre”? Pienso que no...”
Después, con la misma acumulación de precisiones, Vega relata como dio cuenta del cumplimiento de su misión , como quedó comprometido a no comentarla y como, años después, asistiendo de un gran infarto de miocardio a Amós Salvador, que falleció en 1963, este le reveló que el mensaje entregado a José Antonio provenía de Azaña.
Al cabo de sesenta y seis años, sobre el estilo científico del relato de Vega, sobre las muchas preguntas que en él se hace, sobre las posteriores indagaciones que añade, sigue latiendo la huella patética de su encuentro con un condenado a muerte, al que le hizo llegar, desde la impotencia, quizá, la contestación a su mensaje de “El Sol” y, en cualquier caso, la palabra confortadora de otro prisionero: el Presidente de la República.


NOTA: La princesa Bibesco - hija del ex Primer Ministro inglés Asquith y esposa del antiguo Ministro de Rumanía en Madrid-, gran amiga y admiradora de José Antonio, interesada por el Jefe de la Falange, habló personalmente por teléfono desde Londres con Manuel Azaña, con quién también tenía amistad, según relata éste en sus Memorias famosas. Azaña, desde Barcelona, respondió a la Princesa que sentía mucho la situación de José Antonio Primo de Rivera, por quién no podía interceder, “pues el era también un prisionero”

Felipe Ximenez de Sandoval, “José Antonio. Biografía”, II edición. Graficas Lazareno-Echaniz, Madrid, 1949, p. 827-828