Carta a mi hermano Jaime que ya está en el Cielo

 


Ismael Medina
Vistazo a la Prensa

 

Querido Jaime:

Lloro tu ausencia en el hondón del alma. Pero me resisto a colgar de las palabras crespones negros. Las enhebraste siempre con certero garbo y yo, que creo a pies juntillas en la trascendencia del alma y en un Dios todo misericordioso, te escribo a ese indefinible buzón celestial sobre el que el ángel cartero debió apresurarse a inscribir: "Jaime Campmany y Díez de Revenga, de la Divina Academia de la Perennes Letras".

No acierto a imaginar como hablarán las almas en el Más Allá. Pero de alguna manera lo harán. Y tendrán muchas cosas que decirte y que preguntarte. Allí, en la infinitud de la memoria, te habrán acogido con gozo tantos grandes amigos con quienes compartimos nuestra azacaneada existencia y nos precedieron en la marcha inexorable hacia el otro lado de la barrera del misterio. Al frente de todos ellos estaría nuestro hermano Salvador Jiménez echando al aire infinito del regazo del Padre Eterno la lluvia de palabras multicolores que le salían del alma huertana como caprichosa lluvia de versificadas mariposas. También habrá estado al frente del comité de recepción tu maestro, nuestro maestro, Adolfo Muñoz Alonso al que, una vez más, se le habrá adelantado al pensamiento y a los frenos de la cautela el irónico juego filosofal de la palabra con el que encubría la fragilidad de un corazón siempre en carne viva.

Ya compartirás de nuevo la generosa algarabía de aquella redacción de "Juventud" a la que te traje desde Murcia y de la que sólo quedo yo por estos lares terrenos. Te preguntará Lorenzo Goñi, ya sin necesidad de sonotone :"¿Y de qué escribirás hoy?". Le responderás acaso: "Un soneto a Conchita para jurarle amor eterno". Y Lorenzo, de nuevo Suárez del Árbol, dibujará en el aire (¡También tiene que haber en el Cielo algo que sea como aire!), con plumilla invisible, la grandeza de espíritu de la mujer admirable que vivió para tí durante tantos años, en las duras y en las maduras, que te dio tres hijos a los que quiero como si fueran míos y a la que dejaste de golpe con verso quebrado y huido. Presumo que José María García de Viedma te estaría esperando con mochila de ilusiones para invitarte a una marcha hacia la morada sin piedra ni sepulcro de Santiago, al tiempo que iniciaba el "Montañas nevadas", pese a que en el Cielo las montañas deben ser todas de cálida luz. ¿Y qué derroche te habrá propuesto Manolo el Pollero, si es que en el seno del Padre puede darse otro derroche que no sea de amor? Pero tanto o más me gustaría saber que te habrán dicho Unamuno, Ortega y Ganivet de aquellos espléndidos artículos que sobre ellos escribiste para escándalo del pensamiento uniforme y tópico de una derecha recalcitrante frente a la que nos pronunciábamos sin desmayo y para la que éramos unos incordiantes revolucionarios, a fuer de joseantonianos.

También te habrás encontrado con quienes iniciamos aquella aventura victoriosa de las emisiones de Radio Nacional de España para los españoles en el extranjero en cuyo éxito casi nadie creía: Juan Rojas, que nació y murió con la sonrisa puesta; José Antonio Cubiles que sabía encontrar en la discoteca la música que desde la lejanía y la nostalgia nos pedían; Pedro Gironella, laborioso en la búsqueda de respuestas veraces para los muchos dramas que los exiliados políticos y laborales nos exponían; y tantos de éstos a los que nos esforzamos en servir y consolar.

¿Y qué Jornadas Literarias se habrá inventado Gaspar Gómez de la Serna por las rutas sin principio ni fin de esos pagos en los que ya moras para siempre? He sacado del baúl de los recuerdos las fotografías de las que compartimos por Canarias, Extremadura, el Maestrazgo o La Rioja. Y he descubierto, de pronto, que somos pocos, muy pocos, los de entonces que todavía estamos anclados por aquí. Presumo que nuestro azoriniano Pedro de Lorenzo tendrá ya escritos con minuciosidad, sacándoles el tuétano, los paisajes a los que has sido el último en arribar y que por mucho que me esfuerce no alcanzo a imaginar. Y que Eusebio García Luengo, ese gran escritor que no está en las antologías, como debiera, también allí dirá lo justo y ya no precisará hurtar a miradas indiscretas la anárquica intimidad de su casa ni afeitarse con tijeras que no sean de tardías amanecidas. Tengo para mí que, junto a Gaspar, que le perdonaría enseguida sus acomodaticios abusos de amistad, andará Dionisio Ridruejo cogido de su brazo alado, siempre vivaz y de nuevo desencantado, ahora por lo que hierve en esta tierra nuestra y que fue incapaz de vislumbrar.

Guardia de honor te habrán formado quienes nos acogieron tempranamente en aquel "Arriba" de la calle Larra, entre liberal y libertario, de puertas abiertas para los trasnochadores del Café Gijón y de cuantos vivían con inquietudes literarias o políticas en aquellos tiempos de penurias y esperanzas. El lunes, mientras tu cuerpo inane yacía entre montones de coronas sentidas y protocolarias, en tanto multitud de bocas hablaban de tí o del agorero horizonte español que dejaste atrás, Enrique de Aguinaga, metido en teologías después de haber rozado la frontera del adiós que tú has traspuesto, hacía el recuento de los que quedamos de aquel tiempo de casi heróico periodismo. Sobran dedos de la mano. ¿Habrá allí un redacción ensoñada, como aquella nuestra, con Eugenio D´Ors presidiendo en un ángulo de infinitudes la tertulia a la que acudían Rafael Sánchez Mazas, Eugenio Montes, José María Alfaro, Agustín de Foxá, Samuel Ros sin que el tecleteo de las máquinas, los timbres del teléfono y la jungla de las voces perturbaran su sabio parloteo? Ismael Herráiz, uno de nuestros impagables maestros, que te llevó desde "Juventud" a "Arriba", te habrá recibido con una sagaz hipérbole mientras don Pedro Mourlane Michelena escribirá con su endemoniada caligrafía una nueva y erudita fabulación, José María Sánchez Silva hace nacer con ternura renovados Marcelinos a los pies del Cristo Resucitado, Rafael García Serrano se embebe en la narración de una Fiel Infantería de arcángeles tan necesaria hoy para España y nuestra Iglesia, José Ramón Alonso sentencia que ha enloquecido el mundo que has dejado atrás, Manuel Vázquez Prada taquigrafía las verdades divinas, Jesús Martínez Tesier no logra hacerle llegar a su hijo las mentiras impresas que sobre él ha vertido, Máximo Estévez recompone con una nube su vistosa capa de Regulares, Pedro Sardina y Cronos te aguardan para jugar una partida con estrellas hasta que llegue la amanecida con la gran noticia de que se han abierto las puertas del Valle de Josafát No creo que por el vestíbulo de ese inmaterial "Arriba" deambule Camilo José de Cela en calzoncillos y con sombrero de Panamá, pues las almas, digo yo, nada tiñen que tapar. También andará por allí Gonzalo Torrente Ballester y tantos otros de fecunda pluma, como la tuya, que en aquellos tiempos tanto nos enseñaron de bien escribir y de fidelidades antes de que comenzara la diáspora hacia páginas de más cómodo porvenir. Y César González Ruano cuya anticipada necrológica escribiste y que fundida en plomo se conservaba sobre una platina en el convencimiento de que mientras estuviera allí no se nos moriría. Y Gerardo Rodríguez, para nosotros El Cura, que mojaba la oreja con su conocimiento de la Iglesia a los curas-periodistas de aquel tiempo, enquistados en todos los medios, y al que tanto debemos los dos de cuando estuvimos en Roma. ¿Y el loro? ¿Andará también por allí aquel loro lenguaraz que nos engañaba con el chirriar de la puerta del archivo y con las voces prestadas de tantos de nosotros? No recuerdo bien si fue Descartes u otro de los filósofos que se metían en enredos dialécticos quien sostuvo que también los animales tenían alma. Sea cierto o no, estoy persuadido que aquel loro, traído por Ismael Herráiz desde Guinea, tenía algo indefinible de trasunto humano y también estaría esperándote, aunque recitando jaculatorias en vez de estridentes tacos.

Esta tarde he reencontrado una vieja fotografía del curso en la Universidad Menéndez Pelayo al que fuimos de la mano de Gaspar Gómez de la Serna. Están en ella Ignacio Aldecoa y Josefina. ¿A qué Gran Sol celestial navegará Ignacio con su sonrisa de niño grande? ¿Y habrá por allí una suerte de Café Comercial, La Comer para nosotros, en cuyo rincón, de paso hacia el teléfono y los retretes, hacíamos tertulia con Aldeoa, con García Luengo, con Azcona, con Manolo Alcántara, con Salvador, con Jesús Fragoso y con algún que otro que se acercaba?

Andaban ya metidos en la faena del desarrollismo liberalista los tecnócratas que tanto contradecían nuestras ansias socializadoras cuando armaste el petate y te fuiste de corresponsal a Roma. Italia te sedujo tanto o más que a Rafael Sánchez Mazas en muy anteriores tiempos, aunque desde muy distinta dimensión. Allí encontraste, de la mano de la acogedora y murciana Pepa, a Pietro Prini, muy prójimo de Muñoz Alonso, cuyo profundo filosofar distraía con los juegos malabares de la picardía y que, ahora refugiado en su Pavía, tampoco acudirá a la cita veraniega de Lago Maiore en vestes de profesor Ochipinti. No tardaste en aprender esa compleja asignatura de la retórica y la práctica vaticanas, cuyo conocimiento te permitió escribir muy agudas crónicas sobre lo que se se trataba en el seno del Conciclio Vaticano II y en los suburbios que acuñaron la engañosa versión llamada de antemano postconciliar. Nos relataste la muerte de Juan XXIII, el Papa Bueno que abrió las ventanas de la Iglesia para que entrara una brisa refrescante y descubrió tarde que un vendaval azotaba sus mamparas y conmovía sus cimientos. También estabas allí cuando el advenimiento de Pablo VI, el Papa del "si, maŠ" y asististe al alborear del taranconismo cuyas consecuencias todavía padecemos en España. Aquella experiencia, querido Jaime, te valió para escribir un memorable artículo cuando Pablo VI decidió devolver a Turquía la bandera victoriosa de Lepanto.

Corría 1964 cuando te relevé en la corresponsalía de Roma y pasaste a ser mi director en Pyresa. Te agobiaba con mi extensas crónicas, había días que más de una, y te generé problemas a causa de mi batalla sostenida frente a monseñor Benelli y la fauna taranconiana. Fueron tiempos dichosos para mí y para Conchita, a la que también habrás encontrado a la vera del Dios Padre junto a Miriam y Esther. Te sustituí en el trajín de la Stampa Estera junto a los inolvidables Pepe Salas Guirior, Luis León de la Barga, Moriones, Gerardo Rodríguez, Paco Narbona y el siempre imprescindible Sandro Pistolesi que ya se habrá aprendido los recovecos de la Ciudad de Dios. Te debo dos grandes experiencias como enviado especial al golpe de los coroneles en Grecia y a la llamada guerra de los seis días en Israel que relaté a contrapelo de las versiones tópicas de otros colegas. Ambos nos reencontramos en Roma con el hoy cardenal Julián Herranz, con quien tanto entrañamos cuando estudiaba 1º de Medicina, gracias a nuestro hermano pequeño, Jesús López Varela, al que tantos favores debemos y fue con el último que hablaste en urgencias de la Clínica de la Concepción antes de emprender el último y definitivo viaje.

A mi vuelta de Roma se separaron nuestros caminos, aunque no nuestra fraternal projimidad. Agonizaba el régimen y era perceptible que Franco tenía todo dispuesto para que le sucediera como rey el entonces Príncipe de España y que este procediera al viraje hacia la democracia de partidos, aunque mediante un sosegado proceso de reforma de las Leyes Fundamentales, que para eso estaban hechas. Compartías ya afanes y amistad, nunca mentidos, con aquel grupo de seuístas del tiempo de Rodolfo Martín Villa, fraguado en el Círculo Quevedo, del que mi ponencia sobre incompatibilidades políticas forzó el desligamiento. Con ellos emprendiste la aventura del semanario "Epoca", a cuyo frente luego quedaste solo, pero afirmado en el buen hacer de un excelente plantel de profesionales.

Creíste en la validez de la Ley de Reforma Política y yo no. También en la virtualidad regeneradora de la Constitución de 1978 y yo no. No nos lo hemos reprochado. Acaso me ocurriera que tenía demasiado próxima la experiencia italiana, la cual viviste en periodo de estabilidad democristiana y yo en su proceso de descomposición, de corrupción generalizada, de constantes crisis de gobierno y de convocatorias electorales continuadas. Tu envidiable y envidiada Pajarita de "Arriba", del que fuiste lúcido director, feneció con la apresurada liquidación de la Prensa del Movimiento que en un tiempo no demasiado lejano habíamos pretendido convertir en empresa autogestionada por todos los que habíamos contribuido a financiar su moderna estructura. Te acogieron de inmediato en "ABC". No podían perder la ocasión de contar con un escritor de tan grande talento y prodigiosa garbo literario que había ganado el Premio Cavia desde la opuesta orilla. A mí lo hicieron en el discrepante "El Alcázar" donde encontré ancho margen de libertad para expresar mis convicciones y enhebrar alertas.

Han transcurrido los años y te me has muerto apenas concluida tu postrer y antológica columna, titulada con deje de ironía "El País, en la calle". Para mí el remate de una reflexiva introspección que me recuerda el "¡No es esto, no es esto!" de José Ortega y Gasset, uno de los maestros de nuestra generación, cuya imagen, junto a las de Miguel de Unamuno y Antonio Machado, preside mi biblioteca. Aprendimos a creer desde muy jóvenes en que era posible la democracia participativa esbozada por José Antonio. Crecimos en ilusiones y esperanzas sin mirar atrás y reconciliados con nosotros mismos y con los vencedores y los vencidos de una guerra fratricida que nos robó la infancia. Nuestro corazones estuvieron siempre ayunos de rencores heredados. Eramos conscientes de que mirar hacia el pasado, fuera con nostalgia o con ira, conduce a estrellarse contra el muro del presente. Lo nuestro era el sueño de un mejor futuro para España y ni tan siquiere el presente nos ataba. Y ahora nuestros sueños se deshilachan con una España puesta en almoneda. ¡Cómo no íbamos a rebelarnos, aunque sólo fuera con disparos de palabras, quienes entrevimos un criminal retorno a la II República en lo que acontece desde el infausto y vidrioso 11 de marzo!

Te nos has ido antes de conocer el desenlace de un arteramente forzado enfrentamiento que ha puesto en la calle, en legítima defensa, a un amplio sector del pueblo agredido, burlado y zaherido. Es un deber, además de un derecho, disputar la calle a ese otro sector entre alienado y amariconado tras el que se parapeta un gobierno de camándulas, empecinado en desenterrar recores, despedazar España y volver a las andadas bajo la dirección del insaciable Polanco que no ha perdonado tu denuncia de la estafa de Sogecable, a la que en su día me sumé con una carta de baja en muy parejos términos. Te odian en PRISA hasta el extremo de hozar en su congénita indignidad. Sólo espíritus desalmados son capaces de despedirte con una breve nota necrológica en "El País" en la que rezuma su condición irremediable de letrina.

Pretendía pespuntear tu rica y envidiable biografía. Pero me temo haberlo hecho de ese mundo que nos enriqueció y con el que te habrás reencontrado. Acaso quede así más claro lo que fuiste y por qué lo fuiste. Somos en buena parte, a la postre, reflejo de quienes nos acompañaron en la azarosa marcha por la existencia, los más ya idos y los menos a la espera de emprender el vuelo. Y como en esas está nuestro Emilio González Navarro, no te retrases en pedirle al Señor que le eche una mano.

A Dios, querido Jaime. Con Dios, hermano, hasta que Él me llame. Mientras eso llega, seguiré fiel al lema de "moliendo y amolando" que me dejó en herencia Federico Muelas.