El Rey, ante la pérdida de España


Ricardo de la Cierva
Época



La segunda pérdida de España fue sentida como tal por los «españoles de ambos hemisferios», según los definió la Constitución de Cádiz en 1812 cuando dos años antes la conquista de Sevilla por las tropas napoleónicas equivalía ya a la pérdida de la España peninsular y provocaba, en la España americana, los primeros brotes de independencia. En la primera pérdida de España, el rey don Rodrigo pereció arrollado en el tumulto del Guadalete; tras la segunda pérdida el desposeído rey Fernando VII contemplaba los sucesos en su confinamiento de Valençay mientras atisbaba la posibilidad creciente de recuperar su reino absoluto tras regatear a su carcelero Bonaparte.

Las otras dos pérdidas de España han ocurrido más cerca de nosotros, tan cerca que muchos españoles siguen sin comprenderlas como tales. Cada una de ellas sirvió como final a los dos ensayos de República democrática que ha padecido España en 1873 y en 1931. El 11 de febrero de 1873 unas Cortes formadas por una holgada mayoría monárquica estallaron en una República cantonal cuya Constitución nonnata, pero escrita, proclamaba Estados soberanos a las regiones españolas; pero las entidades de rango inferior no se conformaron y se declararon, a su vez, titulares de la soberanía como la ilustre villa de Camuñas en un lugar de La Mancha o la aguerrida nación jumillana que amenazó con declarar la guerra a todas las naciones vecinas, sobre todo a la nación murciana, si no le reconocían sus derechos. Ningún rey de España contempló tal desaguisado; Amadeo I dimitió en carta a las Cortes y escapó de Madrid en el tren de Lisboa.

La generación de mis padres y abuelos creyó después de 1934 que la II República degeneraba hacia la cuarta pérdida de España y tenían toda la razón, según hemos demostrado algunos historiadores y ha ratificado Pío Moa de forma inapelable. Aquello terminó el 18 de julio de 1936 en un Alzamiento Nacional (nombre que ya aplicaron los patriotas españoles del de mayo de 1808), aunque unas Cortes desnortadas y antihistóricas situaron en esa fecha lo que llamaron un «golpe militar fascista», que no fue ni golpe ni militar ni fascista.

Hasta los herederos directos de ese alzamiento contribuyeron, Dios les perdone, a semejante disparate. No les ha perdonado; consúltese lo que les sucedió en las últimas elecciones generales. Tampoco había en España un rey el 18 de julio de 1936; el rey anterior vivía en el exilio romano y se adhirió al segundo Alzamiento Nacional con toda su alma. Se llamaba Alfonso XIII, y su hijo el infante don Juan trató de adherirse por dos veces a ese alzamiento como soldado y como marino. Ahora, en 2005, estoy cada vez más seguro de que nos amenaza la quinta pérdida de España, desde varios frentes.

El primero es semejante al de 1873; la desintegración entonces cantonal, ahora autonómica. Los promotores del Estado de las Autonomías definido en la Constitución de 1978 actuaron bajo una presión letal de los partidos nacionalistas, que avanzaban desbocados, sin techo para sus aspiraciones. El nacionalismo vasco nació independentista a finales del siglo XIX, luego admitió un Estatuto de Autonomía a cambio de su implicación en la Guerra Civil a favor del Frente Popular. Actualmente el nacionalismo vasco proclama un independentismo desaforado, enemigo de España, apoyado en el terrorismo de ETA, que nació de una matriz nacionalista.

El nacionalismo catalán, más correcto y educado, se ha extendido, por prestigio social, de sus fuentes creadoras, hasta impregnar profundamente al socialismo e incluso al comunismo regional y situarse en el mismo plano independentista que el nacionalismo vasco. Hasta el mismo PP es en Cataluña catalanista, lo que no sucede, por fortuna, en el escenario político vasco. Y para el caso de Cataluña lo peor es que la política nacionalista está muy condicionada por Esquerra Republicana, que, contra la orientación de sus orígenes, no se siente hoy un partido español y aborrece cordialmente a la forma monárquica de Estado.

El segundo frente desintegrador es la manipulación histórica, que hoy se ha convertido en una gravísima amenaza para la convivencia. El pacto electoral no escrito que condujo en las elecciones de 1977 a una auténtica reconciliación nacional ha saltado por los aires en los últimos años por inspiración comunista y ciega aceptación socialista. Hasta 1981 las Fuerzas Armadas, garantes de la Transición, actuaban silenciosamente como elemento disuasorio, pero el frustrado pronunciamiento de 1981 dañó gravísimamente su prestigio arbitral y desde la conquista del poder por el PSOE, al año siguiente, se ha producido un permanente e intenso proceso de tergiversación histórica que ha destrozado el impulso de reforma y amnistía de 1977-1978 para imponer un ambiente de revancha y venganza del que se ha derivado la inversión de la victoria de 1939, la falsa identificación de la España nacional con el fascismo, la absurda exageración sobre la represión de los vencedores y no menos absurda ocultación de los crímenes del Frente Popular. En algunos focos de antihistoria, como el País Vasco, Cataluña y Extremadura, la tergiversación de la auténtica historia de la República, la Guerra Civil y la época de Franco ha llegado a extremos que cabe calificar de ridículos si no fueran trágicos.

Simultáneamente, el impulso comunista-nacionalista, a partir de 1965, ha ejecutado un diabólico proyecto para la conquista de las cátedras universitarias e innumerables puestos docentes de Historia, cuyo iniciador fue el catedrático (digital) Manuel Tuñón de Lara, miembro del PC y agente del KGB según testimonio de sus propios compañeros; hoy seguimos padeciendo los resultados. En las anteriores cuatro pérdidas de España, los Reyes de España fueron apartados o marginados. Esta quinta pérdida de España se está preparando y ejecutando ante los mismos ojos del actual Rey, Juan Carlos I. Caveat Rex, me atrevo a decir en voz bien alta.

El proceso de manipulación histórica apunta, en el fondo, a la Corona. Por el momento, se desmantelan las estatuas de Franco y a veces se elige para ello la misma noche alevosa en que destacados miembros de la UCD, el PP y el Ejército participan en el homenaje inicuo a Santiago Carrillo, responsable del genocidio de Paracuellos. El propio Rey tomó la decisión fatal de adherirse a ese homenaje, del que salieron algunos asistentes para presenciar el arrancamiento de la estatua de Franco en Madrid. Caveat Rex. Hace unas semanas, ERC ha exigido que se despoje al Rey del mando supremo de las Fuerzas Armadas que le otorga la Constitución. Para la quinta pérdida de España la traca final será, inevitablemente, la expulsión del que en 1969 fue declarado sucesor de Franco a título de rey tras aceptar de sus manos la legitimidad del 18 de Julio.