"Oigo Patria tu aflicción"

 


Ismael Medina
Vistazo a la Prensa


 

A Bernardo López García le habían erigido en Jaén un modesto monumento en el centro de una trapezoidal placeta ajardinada en una de cuyas cabeceras terminaba la calle de San Clemente y en la otra comenzaba el Arrabalejo. El Jaén de mi infancia era muy humano, muy cercano, muy familiar y, al menos para nosotros, los niños, felizmente revoltosos y libres, un escenario fantástico en el que aprendíamos, sin aspavientos, los recovecos de la vida y esa cosa tan natural, sencilla y misteriosa que es la muerte. Allí recalábamos con frecuencia para jugar, para pelearnos, para que los viejos nos contaran historias que nos parecían apasionantes, para incomodar a alguna discreta pareja que al oído se susurraba paraísos o hacer algún encargo en la tienda de Estremera, de ultramarinos, que entones se decía. Acaso se llamara de otra manera, pero yo la recuerdo con ese nombre. Sí conservo intacto el indefinible y penetrante aroma de aquella tienda espaciosa y umbrosa en que se mezclaban los olores de la especias, de las sardinas arenques, de los embutidos, del papel estraza, un papel que también olía, del bacalao, de los panerillos de esparto y de otras mercaderías.

Alzada sobre un pequeño pedestal de piedra, la cabeza en bronce de Bernardo López García (lar arcas municipales no debieron dar de sí para hacerle un busto) nos parecía desmesurada. Tanto, que de nuestros compañeros o del viandante que la portaban algo grande, aunque no tanto como un señor que padecía hidrocefalia y que la había vendido a la Facultad de Medicina de Granada para que la estudiaran cuando muriera, solíamos decir: "Tiene más cabeza que Bernardo López". Pero casi ninguno sabíamos quien había sido aquel poeta foráneo, pese a que recitábamos de corrido el más famoso de sus poemas, aprendido en la escuela.

Igual que a los niños jaeneros de mi tiempo con Bernardo López sucede hoy a la generalidad de los españoles con los nombres de las calles y los monumentos que adornan sus plazas. Hasta que llegó la moda de darles a las calles, a las avenidas y a las plazas nombres de políticos o de próceres transeúntes, moda al parecer decimonónica, sus nombres relacionaban de inmediato con lo que fueron vitalmente. Eran nombres eufónicos, directos y redondos. Se perpetuaban en el tiempo y no había confusión. Yo nací en Cuenca en la calle de la Moneda, junto a la plazoleta de las Escuelas, el dormitorio en que lloré de ganas de vivir daba a la calle de los Tintes y mi abuela vivía en la calle de las Tablas, que olía a resina. En el Jaén de mi crianza solíamos bajar de las peleas entre las rocas del Castillo por la calle Cruz Verde en la que, por lógica, había una casa de putas, o nos íbamos por la plaza de la Merced para caer sobre los Cantones, retornar por la Calle Maestra y llegar, ya cerca de nuestras casas, a la Plaza de las Cruces, hoy desaparecida víctima del urbanismo que prima al automóvil. No sabíamos quien era Bernardo López. Pero sí la función que habían cumplido esas otras calles o plazuelas. ¡Cómo no me va a parecer sino una estúpida manía de rencorosos el afán iconoclasta de los políticamente tontilocos que, perdidos los estribos, llevan desbocado el caballo de España hasta despanzurrarse en una barranquera!

No sabíamos los niños jaeneros de mi infancia quien era Bernardo López. Pero, como decía, recitábamos de corrido y engolando la voz aquello de "Oigo Patria tu aflición/ y escucho el triste concierto/ que forman tocando a muerto/ la campana y el cañón". A los niños de mi tiempo, que jugábamos a hacer guerrillas con tirachinas, hondas y los palos de los racimos de plátanos, nos enardecía la oda al 2 de Mayo de Bernardo López. Y no nos extrañaba, antes al contrario, que, bronce con bronce, las campanas tocaran a rebato al tiempo que tronaba el cañón. La vida era para nosotros, a imitación de las agrias grescas políticas de los mayores, una perpetua batalla de buenos y malos, como en las películas de Tom Tyler que proyectaban para nosotros en el Teatro Cervantes. Soñábamos con grandes batallas de las que siempre salíamos vencedores y convertidos en héroes como los grandes personajes de la Historia sobre los que el maestro nos ilustraba en la escuela. Después de ganarle una batalla campal a Los Herejes, del Recinto, a Vázquez, nuestro jefe, lo alzamos una vez sobre una tabla por encima de nuestras cabezas, igual que si se tratara de Viriato.

Salíamos de la escuela conociendo algo más que la lista interminable de los reyes godos, los nombres de todos nuestros ríos, cabos, golfos y montes, las cuatro reglas, las delirantes aventuras de Don Quijote. O las de aquel niño italiano, Edmundo d´Amicis, que marchó a la Argentna para buscar a su madre, gracias a las cuales aprendíamos otras geografías. Salíamos de la escuela a la rudeza de la existencia con un ardoroso amor a España y a la épica de nuestro pueblo. Por eso recuerdo hoy, desde mi ancianidad soliviantada, a Bernardo López García y su una y mil veces repetida oda al 2 de Mayo.

El 2 de Mayo era una fiesta nacional que evocaba la rabiosa rebeldía interna de un pueblo contra el prepotente invasor ultrapirenaico que nos llegaba desde Europa y contra el borbonismo afrancesado. Una fiesta nacional que se emparejaba con el tuétano de universalidad del 12 de octubre. Dos hitos, entre otros muchos precedentes, de un pueblo en comunión con su destino histórico. Contra el moro se fraguó el ser unitario de España. Y se ratificó contra el francés. Pero hoy nada queda de todo ello, merced a las tripas cancerígenas de la constitución de 1978 y a un PSOE empecinado en vencer después de muerto como un Cid rebajado de caudillo del pueblo a personaje de plástico en la barriobajera verbena partitocrática. España es hoy como un rompecabezas cuyas piezas que, despùés de deahacerlo, quieren repartirse los herederos de quien lo compuso.

Los niños de mi tiempo salíamos de la escuela sabiendo que a lo largo de nuestra azacaenada historia había tenido España dos enemigos: los que venían del sur y los que arremetían desde el norte. A los que llegaban desde el sur con turbante y cimitarra en ristre costó mucho hacerles recruzar el Estrecho. Nada menos que ocho siglos. A los que hendían los Pirineos hubo que pararles los pies a sangre y fuego en varias ocasiones. La Guerra de Independencia la más sonada. Pero nunca se resignaron.

Ahora corren otros tiempos. Ahora, para que los del sur no se enfaden, hemos apeado al Señor Santiago y a su caballo blanco del retablo eclesial y vendemos carros de combate al nuevo Moro Muza para ayudarle a que recomponga Al Andalus. Y para congraciarnos con los del norte hemos reducido el 2 de Mayo a jolgorio burocrático en el que no faltan las justas de´ "¡y tú más!" que de niños nos tirábamos a la cara con salibazos de palabras. Y de la misma manera que Santiago y su caballo blanco han sido llevados a las mazmorras de la Alianza de las Civilizaciones, podría acaecer lo mismo con "los fusilamientos del 2 de Mayo", de Goya, por aquello de la convivencia constitucional europea. Y por algo más.

"Los fusilamientos del 2 de Mayo" no dejan de ser, a la postre, un simbólico antecedente de las matanzas ferroviarias del 11 de Marzo, también en Madrid. Sobre la sangre popular de aquel 2 de Mayo de 1808 Napoleón hizo rey de España a su hermano José, mientras Fernando VII, el Borbón más felón de los Borbones, le cepillaba al Corso en Bayona los faldones de la guerrera. Ahora, sobre la sangre popular de los trenes de Madrid, no ha necesitado el emperador Chirac colocarnos a un hermano o a un hijo. Le ha bastado con un indígena, también José de primer nombre, al que ha adoptado como primo. Y lo mismo, poco más o menos, sucede en el caso Mohamed VI, con quien nuestro monarca se llama primo, vaya usted a saber por qué, una vez que en su sangre se mezclan las de estirpe gala y británica, salvo los aportes refrescantes a que se prestó Isabel II. Y antes que ella la esposa de Carlos IV, que en una carta llamaba a Fernando VII hijo bastardo. Nadie mejor que ella para saberlo, aunque Goya lo dejara vislumbrar cruelmente en el retrato de familia. Pero estas son cuestiones de alcoba histórica más propias de los programas del catre que tanto abundan.

Hemos retornado a los periodos de la Edad Media en que los monarcas de los variados reinos buscaban expandir sus territorios a costa de los otros, unas veces mediante casorios y otras a punta de espada y lanza. Pero también se juntaban para una causa común que estaba por encima de ellos: hacer que el moro volviera a sus lares africanos. Hemos vuelto as las andadas a causa del oscuro medievalismo democrático abierto por el invento constitucional del Estado de las Autonomías. Tenemos 17 desavenidos reyezuelos que andan a la gresca bajo el simbólico paraguas moderador del titulado Rey de España, cuyo amanuense Rodríguez a unos pone el bacín y a otros se lo niega, según sean sus blasones partitocráticos y su capacidad para amolarle. Pero en vez de unirse para combatir a un enemigo común como aquellos de los lejanos siglos, lo que les mola es ponerle la alfombra de la subordinación y convertir a España en un ruinoso galimatías de todos contra todos, mientras Rodríguez sonríe desde su palco en esa suerte de circo de palabras hueras y desdichadas ocurrencias en que ha degenerado el Congreso de los Diputados.

Hoy las campanas callan malheridas y los cañones se venden al enemigo. Hoy España está en subasta. Hoy España se vende a retazos en los mercadillos políticos. Hoy a España no la conoce ni la madre que la parió, que anunció Alfonso Guerra. Y nos vienen por el aire enrarecido del tiempo los versos de Bernardo López que recitábamos enardecidos cuando niños. Nadie parece escucharlos. La Patria clama su aflicción. Pero se ha quedado sola, encarcelada en las sórdidas mazmorras de la Antiespaña, a la espera de que levante el vuelo una voz liberadora que rescate los verbos y sustantivos capaces de hendir en los corazones y soliviantar el alma de un pueblo adormecido en el colchón de la mansedumbre.