Objeción de conciencia


César Vidal
La Razón





La semana que ahora concluye ha estado señalada por la aprobación  de una serie de proyectos de ley cuyo efecto en la vida nacional difícilmente podría resultar más negativo.

Se ha despenalizado la convocatoria de referendums ilegales abriendo camino a que Ibarreche haga lo que le parezca, se ha franqueado el camino para la financiación de partidos ilegales con lo que Batasuna-ETA podrá contar con dinero de los contribuyentes, y se ha liquidado el Plan hidrológico nacional con lo que Valencia, Murcia o Almería se verán condenadas a la sed.

Como broche de oro a tan larga cadena de despropósitos, se ha aprobado la norma que permitirá el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción de niños por estas parejas.

Semejante dislate político, social y legislativo que carece de precedentes o paralelos en la legislación de cualquier época o lugar tendrá unos efectos verdaderamente letales sobre una institución tan radicalmente necesaria para la supervivencia de al sociedad como es la familia.

No resulta por ello extraño que una declaración firmada conjuntamente por católicos, evangélicos, judíos y ortodoxos expresara su grave preocupación por el tema y abogara porque el Estado defendiera el matrimonio natural.

No es tampoco sorprendente que la Santa Sede juzgara con severidad la iniciativa de ZP y que pidiera a sus fieles que optaran por la objeción de conciencia a la hora de oficiar las bodas entre personas del mismo sexo.

Nada más lógico porque sabido es que la objeción de conciencia es un derecho fundamental que se aplica a situaciones como el servicio militar, el aborto y un largo etcétera.

Bueno es sabido, por lo que parece, por todos menos por este Gobierno y por el lobby gay.

La posibilidad de que alguien pretenda hacer uso de su derecho a la objeción de conciencia ha provocado inmediatamente una reacción  negativa por parte de Maria Teresa Fernández de la Vega y de diversos portavoces gays.

Es esa reacción la que pone el dedo de la intolerancia de ZP y del colectivo gay sobre la llaga social.

No escuchan no dialogan, no piensan. Lo único que saben  es imponer despóticamente sus puntos de vista sin calibrar las consecuencias y cuando alguien pretende objetar, pisotean con prepotente soberbia su derecho a hacerlo.

¡Y encima tendrán el descaro de pretender que son progresistas y demócratas!