El abad del Valle de los Caídos pide
«no invertir la historia» de España ni «amputar sus raíces»

 

Pablo Cervera/Álex Navajas
La Razón


 

Asegura que «los monjes de la basílica pedimos cada día por la reconciliación, la unidad y la paz»

Con el tono sereno, lírico y pausado que otorga la recoleta vida del claustro, el abad de la basílica del Valle de los Caídos ha asegurado que «los monjes ofrecemos cada día la liturgia de la reconciliación, de la unidad y de la paz: paz para los que un día enfrentaron sus ideas y sus espadas y que hoy descansan en un gran sepulcro único al pie de la Cruz». Para dom Anselmo Álvarez Navarrete, «junto a todos los que reposan hermanados en en esta basílica, nosotros, los monjes del Valle, sólo deseamos mantener nuestra vigilia de amor». Tal vez, una muestra de lo que es la verdadera reconciliación.

En el Valle, según su abad, «reposan hermanados los que un día enfrentaron sus ideas»

Las palabras que dom Anselmo Álvarez Navarrete pronunció durante la misa que le confirmó como nuevo abad de la basílica del Valle de los Caídos, hace apenas cuatro meses, han recobrado actualidad tras la propuesta de los comunistas catalanes de convertir el monumento en un «centro de interpretación de los horrores del franquismo». El religioso recordó en aquella ocasión que el edificio «es uno de los más visitados y admirados de España» y afirmó que «la Cruz es el lugar por excelencia de la reconciliación». «En ella se realiza la confluencia final de direcciones que parecían opuestas e irreconciliables», señaló. «A la sombra de esta Cruz del Valle, desde el interior de esta basílica, los monjes ofrecemos cada día la liturgia de la reconciliación, de la unidad y de la paz», añadió. Trabando una comparación, afirmó que se trata de «una paz para los que un día enfrentaron sus ideas y sus espadas y que hoy descansan en un gran sepulcro único, al pie de la Cruz, como el de Cristo al pie del monte Gólgota, a la espera de la misma resurrección». «El símbolo con que se quiso sellar aquella hora de España fue una Cruz y un altar. Siguen en pie para que desde ellos se extienda por todos los ángulos de España la sangre del sacrificio que redime y la oración que reconciliación. Que lo que ha unido la sangre de Dios no lo separe el hombre», prosiguió.

Unidad de España. Lejos de erigirse como un monumento para la discordia, el abad considera que el Valle de los Caídos debe servir para «hermanar a los españoles». «Nosotros también oramos incesantemente por el pueblo y los pueblos de España, en una plegaria diaria de intercesión en favor de su paz y su prosperidad, así como por la conservación de lo más precioso de nuestra herencia, que es la fe de esos pueblos». «Desde aquí, esta comunidad observa y acompaña los pasos de nuestra sociedad, y ora para que no llegue a ponerse en peligro de ruina nuestro patrimonio espiritual, moral e histórico», subraya.

Preguntas sin resolver. «¿Qué dará España a cambio del espíritu, de la cultura y del humanismo que ha fecundado su civilización?», se preguntaba el abad. Y respondía con una advertencia: «No se construye una sociedad amputando previamente sus raíces o procediendo a invertir sus fundamentos históricos». Por eso, dom Anselmo mandaba un aviso a los políticos: «Los pueblos tienen también una entidad orgánica y casi genética, cuyos rasgos fundamentales no pueden ser trastornados sin que se conmuevan sus cimientos. Comprenderlo así forma parte de la sabiduría de esa colectividad y de sus dirigentes».
Adquiriendo un tono más poético, aunque seguía siendo una invitación a los políticos, el abad señaló que «aquí, en el Valle, con frecuencia nos detenemos a contemplar el galopar precipitado de las nubes sobre la Cruz. No es un pasatiempo, sino una ocasión para la reflexión. De igual manera que las nubes pasan y su estela se disipa de inmediato, también las generaciones, con sus obras y proyectos, pasan velozmente unas tras otras: sólo persiste la Cruz y lo que se ha dejado marcar por ella».