El preso 827, de la quinta galería, piso tercero

(Regalo para un nonagenario)

 

Manuel Salvador Morales
Vistazo a la prensa

 

Cuando alguien cumple noventa años es honroso para quienes lo organizan y participan en él, rendirle un homenaje, aunque solo sea por la proeza de haber llegado a esa edad, sorteando los escollos que la vida se empeña en darnos, y para compensar la tristeza que da comprobar que si durante la juventud los días son cortos y los años son largos; en la vejez los años son cortos y los días son largos, me dijo mi tío, el del pueblo, que de años, artritis y otras menudencias de esas sabe un rato.
Pero si ese fiestómetro se hace por sorpresa a un personaje como Santiago Carrillo, nonagenario desde enero, el hecho adquiere una mayor relevancia, ya que según Zapatero, con esa especial delicadeza propia de un tierno cervatillo, el que fue miembro del Comité Central del PCE en 1937 y Secretario General del mismo partido en 1960 hasta 1982, colectivo del que en 1985 fue expulsado, constituye un “ejemplo” político y contribuyó a la conquista de la libertad que disfruta España; un “patriota” que “se sacrificó por la democracia”, según dijo Rodríguez Ibarra, lo que secundaron los centenares de personalidades presentes, quienes coincidieron en su admiración y cariño al, en estos tiempos, tan poco recordado personaje.
Lo que resulta extraño es que este hecho, que no pasa de ser anecdótico, esté retorciendo las tripas de tantas personas. No tiene ninguna importancia que se le dé de cenar a un anciano de nueve décadas, lo que pudiera ser significativo es la cantidad y calidad de los invitados a
esta poco sorprendente sorpresa.

VIAJE A LA PREHISTORIA


GREGORIO PECES BARBA, que estaba también en el festejo, fue muy ocurrente cuando aludió a la ausencia de peperos al acto y opinó que le parecía normal que se hubieran olvidado de que se celebraba este homenaje, cuando, según él, también lo habían hecho con el aniversario del 11 de marzo. Así que seguimos con las sanas y bien intencionadas ocurrencias. Estamos jugando a los “buenos” y los “malos” y puede que el divertimento acabe como el rosario de la aurora, sin ser agorero. Pero es que “estos chicos que han llegado al gobierno inesperadamente”, en palabras de Bustelo, no desaprovechan ocasión para plantear las dos Españas, y si no existe la oportunidad, la crean. Y sacan a un viejo olvidado del baúl, lo desempolvan y lo exhiben con afán provocador. ¿Para qué?.
De repente, este país amnésico, tiene que recuperar la memoria histórica, que consiste en rememorar todos los verdaderos o supuestos defectos o errores del pasado, remontándose a las fechas nostálgicas de la derrota de una parte de España, tal vez porque como la historia la escriben los vencedores, ahora, que se sienten ellos victoriosos, quieren reescribirla. ¡Que estupidez!.
No hay que darle a Carrillo más importancia que la que tiene, pero en el contexto del olvido aludido por Peces Barba, el hombre que ya dividió a las víctimas puestas bajo su cuidado, bueno está puntualizar, que ese ancianito caduco ha llegado a cumplir esos noventa años porque el conjunto de los españoles perdonan, aunque no olviden. ¿Cómo se pueden olvidar hechos tan espeluznantes como los que testimonia Rafael Luca de Tena, que Carlos Fernández incluye en su libro “Paracuellos de Jarama” (Ed. Argos Vergara, 1983), un extracto del cual se puede leer al final de este artículo.
Es incomprensible este afán renovado y permanente de mirar hacía atrás y de replantear hechos pasados que ya son inamovibles, pero que podrían repetirse si se vuelve a plantear la misma escenografía. Y ya hay muchos decorados que parecen de hace setenta años.

EL GENOCIDIO DE PARACUELLOS

EL dramático testimonio del mayor de los Luca de Tena, que citamos más arriba y reproducimos extractado líneas abajo, termina diciendo:
“Yo he conocido, finalizada la contienda, la represión efectuada en otras ciudades. Pero ninguna de ellas se acerca, ni con mucho, a lo que aconteció en Madrid. Fue una mezcla de terror policiaco, de sadismo en las torturas y checas, de genocidio en las grandes sacas de Paracuellos, de odio exacerbado de clases, de persecución sin respeto de edades y sexos, de furia contra la religión católica y los que en ella creíamos.
Como católicos debemos perdonar y así lo hemos hecho. Pero lo que no haremos nunca es olvidarlo. No podemos.”
Sin embargo, Santiago Carrillo, Delegado de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid, desde noviembre de 1936 a enero de 1937, si parece haberlo olvidado.
Cuando hace muy poco le preguntaron directamente: ¿Cuál fue su verdadera responsabilidad en la matanza de Paracuellos?, respondió sesgadamente, con toda la tranquilidad de un viejo zorro: “Fue muy limitada. Paracuellos ha durado muchos años, yo solo fui mes y medio consejero de Orden Público. Mi única responsabilidad fue no tener fuerzas para proteger a los detenidos”.
En cuanto a las ejecuciones de sentencias de muerte para militares que no se adhirieron a la República, tampoco estaba allí “no, yo no tuve nada que ver con los tribunales ni con la represión durante la guerra, excepción hecha del periodo en que estuve en la Junta de Defensa de Madrid, y ahí no se ejecutó a ningún militar.”

“NO TENGO REMORDIMIENTOS”

--“TO’ER MUNDO E’BUENO”, dijo con sorna mi tío, el del pueblo, que de la guerra sabe tela. Carrillo, continuó, se vio involucrado en el genocidio de miles de personas durante noviembre y diciembre de 1936, especialmente en Paracuellos de Jarama, entonces a 14 kilómetros de Madrid. El juez Garzón, añadió mi tío, que se pasa investigando hechos sucedidos en otros continentes, y que ahora ha propuesto que se deben de investigar los hechos del franquismo, se negó a actuar ante una querella presentada contra Santiago Carrillo.
Por alguna parte (geocities.com) se dice que “los crímenes de Paracuellos de Jarama pese a la, al menos, inactividad de Carrillo eran tan fáciles de detener que con solo con la voluntad que puso el anarquista Melchor Rodríguez se detuvieron “ipso facto”. Por eso, con solo la acción de Carrillo en un principio se hubieran salvado miles de vidas. Si no dio la orden ni lo conoció demuestra una incapacidad política en el cargo que le debía inhabilitar de por vida (el acceso) a responsabilidades públicas”.
Al amable y sonriente anciano, homenajeado en un hotel madrileño, sin venir a cuento y sin saber por qué, le importa un bledo esa cuestión. Le confesó, es un decir, a Javier Cervera, un historiador no franquista: “Remordimientos de conciencia no tengo ninguno y pienso que cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo que hice yo (...) en ese momento eran ellos o nosotros”

UNA ESPERA DE TREINTA AÑOS, POR SÍ ACASO

DIME con quien andas y adivinaré que quieres, de manera que ante esta amañada sentencia muchos supondrán, con cierta razón, que el regalo que Zapatero y sus chicos y chicas, a su abuelito admirado y querido, habrá sido la retirada de la última estatua ecuestre de Franco de su emplazamiento en la plaza de San Juan de la Cruz, a la puerta de los Nuevos Ministerios. ZP, el gran adivinador, dialogante y complaciente, escogió lo que le iba a hacer feliz al gran luchador.
Y todos habrán quedado contentos. Zapatero, Magdalena Alvarez, - que bueno tener niños para cargarles la culpa -, y el resto de los llegados a este gobierno por accidente, porque, al fin, pueden creer que descabalgaron a Franco, y Carrillo porque ya va a poder pasar por el lugar, sin sentir angustias ni escalofríos. Que nunca se sabe. Así que, después de treinta años muerto Franco, unos y otros se sentirán vencedores, con la ayuda de unas piquetas, una grúa y un camión.
Es penoso ver el esfuerzo por borrar la historia que siempre permanece, aunque a veces permanezca oculta, como el Guadiana, durante periodos en que dominan los acomplejados y los manipuladores, sin suficiente cerebro para pensar...
Al pie de las lomas de Paracuellos, en el lugar en que se produjo el genocidio de miles de personas, a lo menos con la permisividad de Carrillo, hay un cementerio donde descansan las víctimas identificadas, y sobre sus tumbas, acostada en la falda de la loma, existe una gran cruz blanca que se divisa, desde el aeropuerto de Barajas, por los pasajeros de los aviones que aterrizan. Ese es un monumento para la memoria histórica de la “carroña facista”, que, tal y como están las cosas, pronto también desmontarán, como el de Franco, por razones estéticas.
“No creo, hombre – exclamó mi tío – Ya están tomando confianza. Si van a desenterrar cadáveres, como hacían sus antepasados, no sé si también Carrillo, durante la República, en las criptas de las iglesias, que eso lo vi yo, no se conformarán con esos miles de tumbas. Ahora todo es a lo grande. Destruirían el Valle de los Caídos, donde debe haber ‘un millón y dos’, por lo menos. Ya vienen diciendo que esa ranciedad es políticamente incorrecta y que la ministra de Cultura, llamada la ‘fraila’ está considerando varias propuestas que contemplan el derrumbe y enterrar bajo toneladas de escombros a los ‘jerarcas predemocráticos. ¿ Habrán olvidado que también quedarían sepultados cientos de miles de sus muertos? ”..
Se levantó cansadamente y se fue, con paso lento, moviendo despacio la cabeza, en un gesto entre negativo y resignado.


TESTIMONIO DE RAFAEL LUCA DE TENA
( Carlos Fernández: “Paracuellos de Jarama”. Edit. Argos Vergara. 1983)
 



"El 18 de julio de 1936 mi familia estaba en Madrid. Vivíamos en Alcalá 72. Y tenía 27 años y era el mayor de mis hermanos. Había estudiado Química y Farmacia(...)
Iniciada la contienda y tras la confusión de los primeros días, fui detenido junto a mis tres hermanos, Cayetano, Ramón (que había estado en la defensa del Cuartel de la Montaña) y Daniel (que el 18 de julio toreaba en Barcelona y consiguió venir a Madrid). A otro hermano mío le cogió el Alzamiento en Extremadura en la finca de unos familiares. Se incorporó a la Legión como teniente de complemento y murió en la batalla del Ebro.

El primer día de detención lo pasamos en la checa de la calle Marqués de Cubas y a continuación ingresamos en la cárcel Modelo, creo que al día siguiente de la famosa matanza (23 de agosto).(...) Recuerdo que cuando estaban echando los cadáveres a los camiones, el de Melquíades Alvarez le dieron mucho impulso y voló por encima del camión, cayendo del otro lado sobre unos milicianos.

Yo era el preso número 827 de la quinta galería, piso tercero, y mi celda daba a la Moncloa. La cárcel estaba llena. Destacaban cientos de militares, entre ellos bastantes generales y coroneles; también había muchos sacerdotes y falangistas, altos empleados de Correos y Telégrafos, títulos nobiliarios. En fin, como nos decían los milicianos: "carroña fascista".

Para pasar el rato, a pesar de la espada de Damocles que pesaba sobre nuestras cabezas, se organizaron varios partidos de fútbol. Allí estaba Ricardo Zamora (luego puesto en libertad) y Monchín Triana (que sería asesinado), conocidos jugadores del Madrid.(...)

En la tarde del 6 de noviembre se hizo la primera gran saca. Los milicianos cogieron el fichero y lo abrieron por una letra. Fue la M y, de momento, los Luca de Tena nos libramos. Luego iban alternando unas con otras indiscriminadamente. Entre el 6 y el 8 la cárcel quedó semivacía ¡y había allí más de 5 mil presos!(...)
Poco después, tomaron la cárcel como cuartel general los miembros de las brigadas anarquistas de Durruti.(...)

El día 17 comenzaron a evacuarnos a otras cárceles cercanas.(...) Yo me acuerdo de Walken, un famoso fotógrafo madrileño que venía al lado mío. Luego, nos metieron en unos camiones y nos llevaron hasta San Antón

Allí, nos encontramos con mucha gente conocida; entre otros a Julián Cortés Cavanillas que estaba de ordenanza. A mí el que más impresión me causó fue don Pedro Muñoz Seca, siempre con su buen humor y con una palabra amable para levantarnos el ánimo, tarea casi imposible en tan dramáticas circunstancias.
Y el 27 de noviembre por la noche dio comienzo la gran saca. Julián iba nombrando los presos que figuraban en la relación que le habían dado los guardianes para el "traslado". "Creo que vais a Chinchilla" nos dijo. Don Pedro estaba cerca de nosotros. Yo le dije: "Venga al lado nuestro que le protegeremos mejor, va usted muy desabrigado y hace mucho frío." Pero no pudo. Le dio un abrazo a mi hermano Cayetano y salió en otro autobús distinto al nuestro, rumbo... a una fosa previamente cavada en Paracuellos del Jarama.

Lo nuestro fue asombroso. Salimos de Madrid y el coche apagó las luces(...)De repente, el coche se paró(...)comenzó a encender y a apagar las luces. Debía ser la señal convenida. Pasan los minutos. Se oye una conversación entre nuestros guardianes, el escuadrón 50 de escolta del Partido Comunista, y otros -suponemos- milicianos. "Aquí llevamos -dice una voz- a una cuadrilla de fascistas para fusilar. "Parece que nos hemos desviado de la ruta”. Después de más esperar(...) se da orden de continuar la marcha. El autobús -con las luces apagadas- en medio de la oscuridad da vueltas y más vueltas y, sobre las cuatro de la madrugada del día 28, se para nuevamente. El chofer dialoga con unos milicianos que le dan el alto y oímos el siguiente diálogo: "El Papa es un cabrón." Ésta es la contraseña.- Que el Papa "es un cabrón" estamos de acuerdo -le responden-, pero nosotros de contraseña no sabemos nada. Acercaros a la cárcel de Alcalá, que está ahí al lado, y preguntar. Y tras esta peripecia asombrosa, llegamos - todavía de noche - a la cárcel de Alcalá de Henares, pero viniendo de la carretera de Valencia no de Madrid (...)

En este autobús "milagroso" íbamos cerca de 20 personas, entre las que recuerdo (aparte mi hermano Cayetano): Santiago Gutiérrez de Anca, tres hermanos González Morales, Cristóbal González Camus, José María Jaime (ingeniero de la Telefónica, moriría en Alcalá), tres altos empleados de la Telefónica (entre ellos Romero, jefe de Tráfico), los dos hermanos Muguiro, un alto empleado de Correos, Antonio Samper Lillo (de la Telefónica), José Huertas González, ordenanza de ABC (había entrado como esquirol durante una huelga) al que llamábamos "Naranjito".
Cuando llegamos a la cárcel de Alcalá de Henares, el director de la misma, que era funcionario del Cuerpo General de Prisiones -y por lo que vi luego una buena persona- se entrevistó con el jefe del escuadrón 50 del PCE, que venía con nosotros y quedamos allí alojados. Mi hermano Cayetano cree que nuestro benefactor fue ese jefe de escolta pero yo (...)creo que nuestro coche se perdió del convoy de Paracuellos y acabamos milagrosamente en Alcalá.

Oficialmente estábamos muertos y no se nos dio de alta. Nosotros en las tomas de lista hacíamos nuestros cambios de cola y conseguíamos pasar sin que se nos contase. Me acuerdo de una tarjeta que me envió un familiar a la cárcel de San Antón y sobre la que, supongo, un funcionario de la misma anotó: "Desaparecido el 28 de noviembre en Paracuellos del Jarama." Esta tarjeta, que acabó llegando a mi poder, la conservo hoy todavía como recuerdo.

Otra peripecia asombrosa fue la que aconteció a mi hermano Ramón (que ya se había librado en el Cuartel de la Montaña) en la cárcel de Porlier. El 27 de noviembre por la noche comenzaron a llegar allí las listas de traslado, de puesta "en libertad". Todos acabarían en el mismo sitio (las fosas de Paracuellos). Pero mi hermano era muy vivo y se acercó al miliciano y vio el encabezamiento de su lista que decía: "Dirección General de Seguridad. Por la presente, sírvase poner en libertad a los siguientes detenidos..."

Y Ramón le dijo al miliciano: "Eso quiere decir que me puedo ir". "Sí, claro", le contestó el individuo de mala gana. Y Ramón se acercó a la salida y, con varios testigos delante, le señaló: "Aunque sea de noche, puedo salir ya". "Claro, hombre", le contestaron. Y sin pensárselo dos veces, y ante el asombro de los milicianos, emprendió veloz carrera y ya no le pudieron cazar

A los pocos días de llegar a la cárcel de Alcalá, y como consecuencia de un bombardeo, las turbas se dirigieron a la prisión con el objetivo de liquidarnos a los más de 1.500 presos que allí estábamos. La primera persona que les hizo frente fue el director(...)Luego llegó un coche de la Dirección General de Prisiones con varios detenidos y en el que venía Melchor Rodríguez, el anarquista, al que habían nombrado delegado de Prisiones. Colocó la furgoneta en la puerta de entrada y subiéndose al techo de la cabina logró detener a las masas.

En Alcalá estuvimos sin dar de alta (ya que habíamos "muerto" en Paracuellos) hasta el día de la toma de Málaga (7-2-37).(...)En Alicante(...) me encontré a un guardia(...) que había estado en la Modelo con nosotros(...) me contó que en la amanecida del 7 de noviembre no solo se habían liquidado a los mil y pico de Paracuellos de Jarama, sino a otros tantos que habían sido enterrados posteriormente en grandes fosas en Boadilla del Monte.
En resumen, un drama más de la gran pesadilla que fue la desgracia de que nos cogiese ésta en el Madrid republicano(...)