Centenario

Gonzalo Cerezo Barredo

"La Razón", 19-02-03

Este año se cumple el centenario de un español que nació en Madrid, que tuvo una corta vida, pero una obra larga que llega en sus consecuencias hasta nuestros días. Del que pese a ser un madrileño ilustre, un universitario brillante, un abogado destacado, un ateneísta asiduo, gozar de admiradores insignes que han ocupado altísimos puestos -y siguen ocupando algunos- en la política nacional, en las letras y en la cultura de este país nuestro «que face a los homes e los destruye», nadie se atreve a recordar. Ni el Ayuntamiento de la ciudad a la que honró, ni la Universidad que le tuvo como distinguido alumno, ni el Ilustre Colegio de Abogados al que perteneció, ni el Ateneo donde gastaba horas de estudio y gustaba lecturas, pero que ¿llegó a descolgar su humilde retrato!
   
Al parecer no importa que su íntimo deseo primerizo fuera la «aspiración a una vida democrática libre y apacible» ni la última voluntad de que «su sangre fuera la última vertida en discordias civiles». No importa que enseñase a muchas generaciones que le siguieron y hoy peinan canas -cuando todavía viven para peinarlas- a amar a España a pesar de no gustarles. No importa que se hayan publicado centenares de libros sobre él, su figura y su obra; decenas y decenas de poemas, incluso buenos, miles y miles de artículos. Algunos hasta laudatorios.
   
Enterrado bajo los tópicos de amigos y enemigos, que encierran bajo siete llaves su memoria, mucho más petrificados que la lápida que cubre sus restos en el Valle de los Caídos, y cuando el peyorativo fascista sólo sirve para designar a los criminales de ETA, ¿a quién le importa ya que muriera fusilado a los treinta y tres años, en juicio sin apelación, y en condena sumaria a muerte, ejecutada incluso antes de ser preceptivamente aprobada por el Consejo de Ministros? (Largo Caballero).
   
Contó entre sus amigos y admiradores a hombres a quienes nadie osará borrar de la historia cultural de este país, como Eugenio Montes, Rafael Sánchez Mazas, Eugenio D Ors, Dionisio Ridruejo, Agustín de Foxá, Ernesto Jiménez Caballero, Pedro Laín, Rafael García Serrano, Ramón de Basterra, Luys Santamarina, Juan Aparicio (padre putativo de tantos periodistas que en el mundo somos); Eugenio Vegas Latapie, Torrente Ballester, Antonio Tovar, Álvaro Cunqueiro, Luis Rosales, Leopoldo Panero, Alfonso García Valdecasas, Tomás Borrás, Samuel Ros, Luis Felipe Vivanco, o los pintores Pancho Cossío y Ponce de León... ¿A qué seguir?
   
Tampoco importa que haya merecido el elogio respetuoso de gentes tan dispares como Abad de Santillán, Anguita, Cándido, Justino Azcárate, Indalecio Prieto, José Prat, Madariaga, Stanley Payne, Bernanos, Bergamín, Preston, Ian Gibson, Mainer, Brasillach, Gerald Brenan, Rosa Chacel, Dalí, Buenavenura Durruti, Gil Pecharromán, Gordón Ordás, Largo Caballero, María Teresa León, Torcuato Luca de Tena... Pero se ve que la memoria de los españoles, tanto da a babor como a estribor, es corta salvo para los agravios.
   
No es necesario aclarar que me estoy refiriendo a José Antonio Primo de Rivera, nacido en Madrid en la calle de Génova, el 24 de abril de 1903 y fusilado en Alicante el 20 de noviembre de 1936. Muchos no es que hayan olvidado su nombre. Es que ni siquiera conocen ya a los que se ocuparon de él, aunque fueran correligionarios de un lado o del otro. Y en los dos menudean quienes, como los indios de las películas del Oeste, borran afanosamente las huellas de sus pisadas. Y su pasado. Pero ya dice el salmo 25 acuérdate Señor de tu ternura y de tu amor, pero olvida los pecados de mi juventud...