Centenarios

 

Fernando Vizcaíno Casas

Este año 2003. se presenta cargado de centenarios. Sabido es que suele aprovecharse el cumplimiento de los cien años de la nacencia de personajes del pasado más o menos ilustres para dedicarles loas, elegías, ditirambos e incluso exposiciones conmemorativas, además de constantes evocaciones laudatorias en les medios informativos y exhaustivos programas de televisión.

Claro que todo depende de la tendencia política de los difuntos. Así que la presente anualidad va a estar copada por el recuerdo de Rafael Alberti, el excelente poeta gaditano, nacido obviamente en 1903 (el Espasa dice que en 1902), en cuya remembranza padeceremos avalanchas de apologías, lisonjas y entusiásticos recuerdos. Alberti era comunista fervoroso, tan fervoroso que fue distinguido con el Premio Lenin y dedicó apasionados versos a la memoria de Josef Stalin, aquel ejemplar demócrata.

Miembro de la espléndida Generación poética del 27, cabe discutir su jerarquía dentro de ella. Parece indudable que García Lorca le superó en gracia populista; y que nunca alcanzó la hondura ni la categoría lírica de Vicente Aleixandre, de Dámaso Alonso o de Gerardo Diego. Pero estos fueron políticamente conservadores; o sea que no gozaron de los fervores de la crítica, que ya se sabe que tira siempre hacia la izquierda extrema.

Tampoco alardearon de su filiación marxista, como Alberti. Que estuvo implicado, en los meses trágicos del verano del 36, en la siniestra checa madrileña de Bellas Artes, como denunció Torcuato Luce de Tena en su libro de memorias "Papeles para la pequeña y gran historia". Se le echaron encima con furia los progresistas de costumbre, pero ninguno pudo desvirtuar la verdad de los hechos relatados por Torcuato. Ahora también se callarán todos la vileza con que el poeta trató, ya en su ocaso, a Maria Teresa León, compañera suya durante, 58 años, a la que abandonó sin el menor reparo, dejándola morir en solitario. Evidentemente fue Alberti un magnífico poeta, que como algunos otros prostituyó su talento cuando se entregó a la glosa partidista. Igual le ocurrió a Antonio Machado, capaz en su servidumbre política de escribir en un poema dedicado a Líster, aquella monstruosidad de "si mi pluma valiera tu pistola". No se libran del deterioro literario los poetas del bando contrario; Manuel Machado y Pemán también rebajan su calidad lírica cuando la ofrecen a la gloria del Caudillo.

Preparémonos, pues, a tener a Alberti hasta en la sopa. Menos atenciones se prestarán a otro escritor magnífico, Max Aub, tan vinculado a Valencia, autor que merece una cuidadosa revisión de su obra, así dramática como narrativa, menos conocida de lo que debiera. También estuvo exiliado, pero, nunca adoptó actitudes maximalistas ni levantó estandartes de martirio en beneficio propio. Y sin embargo, es el suyo un nombre fundamental en la literatura española del pasado siglo, de cuyo nacimiento también se cumplirán cien años en este 2003.

Como de los de José López Rubio y Alejandro Casona, Alejandro Rodríguez de verdadero nombre. A éste no le han perdonado que regresara de su voluntario exilio a fina les de los 50 y se reintegrase a la actividad teatral en España, para repetir sus primeros éxitos, les de "La sirena varada" y "Prohibido suicidarse en primavera". Por eso su centenario, apuesto doble contra sercillo, va a ser celebrado con sordina. Pese a tratarse de uno de los más importantes autores dramáticos del- siglo XX.

Lo mismo que López Rubio, integrante de "la Otra Generación del 27" la dé los grandes humoristas, así la calificó en su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, Director v guionista de cine, pero antes que nada, primoroso dramaturgo, comedias como "Celos del aire" certifican su enorme categoría literaria. Sigo apostando a que el centésimo aniversario de su nacimiento pasará poco menos que desapercibido.

Otro que nació en 1903, César González Ruano, periodista de excepción, quizás el más grande articulista (ahora les dicen columnistas) del pasado siglo. Personaje, además, singular e irrepetible, su anecdotario humano resulta fabuloso. Hoy está olvidado y me temo que ni la efeméride natalicia merezca excesiva atención. Cometió César el grave pecado de declarar siempre sus preferencias ideológicas, nada afines con la izquierda y menos aún, con el marxismo, De modo y manera que está proscrito por los pontífices del que Ricardo de la Cierva ha llamado "frente popular de la cultura". Absolutamente vigente y en plena actividad en estos tiempos de gobierno de un presunto centro-derecha, que en nada se diferencia en sus gustos culturales del anterior gabinete socialista.

Con todos los respetos, disculpen los progresistas y que me perdonen los fanáticos intransigentes que se disfrazan de demócratas, el centenario más importante a celebrar este año debía ser el de José Antonio Primo de Rivera. Su fascinante personalidad fue malbaratada, distorsionada, confundida por el aluvión de gastos y relumbrones huecos con que se le presentó en los primeros años del franquismo. Nada tenía que ver su figura dignísima, generosa, llena de inquietudes sociales y afanes de convivencia con la imagen mesiánica, con el mito deshumanizado en que le convirtieron panegiristas de ocasión.

Los años han devuelto la verdad de José Antonio, respetado incluso en los momentos de mayor exacerbación, elogiado por sus mismos adversarios, incluido Azaña, tan desdeñoso con sus políticos coetáneos como deferente con el fundador de la Falange. También Indalecio Prieto, también Zugazagoitia. Curiosamente, el menor aprecio a su persona lo encontró en la derecha montaraz y burguesa. La auténtica personalidad de José Antonio, intelectual riguroso, autocrítico severo, cristiano profundo, con un limpio sentido del humor que como él mismo decía, le alejaba de toda connivencia con los totalitarismos, será estudiada por la "Plataforma 2003", creada con el empeño de ofrecer la realidad de su ideario a las generaciones que lo desconocen por entero.

De todos modos les recuerdo: estamos en el "año Alberti", así que a resignarse.