Respuesta a "Mene, Tequel, Parsín"

 

Ismael Medina


 

Rafael Borrás Betriu

Barcelona

 

Querido Rafael:

He leído tarde (motivos familiares me impidieron ese día acceder a “La Razón”) tu artículo “MENE, TEQUEL, PARSÍN”, facilitado con retraso por un amigo que pide mi opinión. Antes que a él  la debo a ti, no sólo llevado por un arraigado prurito de cortesía.

El artículo, muy a tu gusto de jugar a la contradicción, acaso sería más exacto decir que al claroscuro, reclama una disquisición aclaratoria que de manera inevitable será más  extensa de lo que desearía. Y no sólo sobre José Antonio. También respecto de la circunstancia en que se movió Falange Española, acorralada desde principio a final. Pero intentaré una síntesis lo más apretada posible.

Empecemos con la irrupción de José Antonio en la brega política,  contrariando su vocación jurídica e intelectual. Creo innecesarias mayores precisiones respecto a las causas que le llevaron a conseguir un acta de diputado en los albores de la II República, tras haberse mantenido al margen durante la Dictadura (con veracidad motejada de “Dictablanda”) que encabezó su padre, un liberal a la española, sea dicho de paso, y no un liberalista en términos ideológicos. Sólo se propuso en aquel tiempo defender la memoria del padre, víctima de un rencoroso y apriorístico anti que, según Madariaga, fue una de las  causas de que la II República careciera de impulso creativo y de la gangrena que la condujo al fracaso. Aquella experiencia, que consideró ocasional, le permitió conocer desde dentro  la catadura  de los políticos del espectro partitocrático y avanzar en la convicción, ya aprehendida en sus tiempos universitarios,  de que España se encaminaba hacia el despeñadero, sin que se vislumbrara en la derecha ni en la izquierda convencionales un mínimo y atendible aliento que aventara la esperanza de una solución pacífica. En parte nada desdeñable se lo debía al magisterio de unos  prestigiosos catedráticos que no se distinguieron por su adhesión incondicional o condicionada a la Dictadura de su padre.

Si algún estimulante aprecio recibió José Antonio antes de la fundación del Movimiento Social Español, etapa inicial de FE,  fue precisamente de personajes que receleban de su condición de hijo del Dictador. Es obvio que la derecha monárquica quiso utilizarlo. Pero lo es también que no se dejó seducir y que se alejó de ella una vez cumplida la defensa político-jurídica de su padre fallecido, haciéndolo a través de la defensa de don Galo Ponte ante la Comisión de Responsabilidades Políticas.  Esos mismos soportes jurídicos e intelectuales, recrecidos con la lectura asidua de ensayistas nacionales y extranjeros, amén de su admiración hacia la estructura institucional de la democracia británica,  le hacían ver, asimismo, que tampoco las prédicas revolucionarias de la izquierda y su comportamiento permitían vislumbrar esperanza alguna para solventar los gravísimos problemas políticos, sociales y económicos a que se enfrentaba España.

Era consciente José Antonio de que la patria precisaba un profundo empeño revolucionario que aunara  una conciencia enteriza del ser de España y una radical transformación de las estructuras sociales. No necesitó de la adulación de un grupo de amigos para  vencer su reluctancia jurídica e intelectual a enredarse en la acción política directa. Fue, ante todo, y así se desprende de sus escritos y discursos,  el resultado de un análisis objetivo de la realidad nacional e internacional y del espíritu de servicio que le había impregnado desde la infancia su pertenencia a una familia militar. En más de una ocasión aludió al deseo de abandonar la actividad política y retornar a su despacho y al estudio, posiblemente también a la literatura. Y estoy persuadido de que lo habría hecho de encontrar en Ramiro Ledesma Ramos un alma en cierta medida gemela. La ruptura con él  contribuyó de manera resolutiva a que quemara las naves de una eventual retirada. Pero toda posible vuelta atrás quedó yugulada tras velar los cadáveres de unos  jóvenes que habían creído en él y fueros asesinados por la espalda. Aquella sangre vertida por las ideas que había proclamado se alzó como una barrera a sus espaldas y le exigió seguir adelante, rompiendo definitivamente amarras con el estamento social del que provenía. En esta ocasión, como en tantas otras, evidenció una plausible coherencia.

No se sintió arrastrado José Antonio, insisto, por un pequeño grupo de aduladores. Hay motivos sobrados para convenir que fue él quien los sedujo para un empeño revolucionario en el que sólo alguno que otro  estaba interesado. Lo sucedido tras su muerte y a raiz del Decreto de Unificación confirma  que en aquella Falange primigenia, como he sostenido desde hace muchos años,  existían cuatro   motivaciones de afiliación: el grupo de los amigos a los que deslumbraba su figura y sobre los que ejercía una resuelta influencia; unos pocos borbónicos que, recordando su encuadramiento en la candidatura mediante la que perseguía la defensa de su padre, creyeron que encontrarían en él un brillante defensor de la causa monárquica;  los universitarios atraídos por su originalidad dialéctica, bastantes de ellos procedentes de la FUE; y  gentes de clase media baja y obrera de diversa procedencia política, entre las que menudeaban los desengañados por los partidos y los sindicatos de izquierda.

Vayamos ahora con tu presunción de que José Antonio “creía de manera insensata que los gropúsculos que lideraba podían hacerse con la gobernación del país en la dirección que marcaban los fascismos de la época”.  Presunción que apoyas  en el golpe de Estado  que había  preconizado en la reunión de la Junta Política celebrada en el parador de Gredos. Me parece evidente que has tomado al pie de la letra lo que al propósito relata Ximénez de Sandoval en su “Biografía apasionada de José Antonio”. Pero un intelectual de tu porte debería ahondar en el asunto  antes de emitir opinión tan rotunda.

Conviene advertir en primer lugar que, según su propio testimonio, Ximénez de Sandoval  reproduce el relato que de ese mismo asunto hizo Francisco Bravo, quien situaba en Fuentes de Oñoro el lugar de concentración. Raimundo Fernández Cuesta se refiere el tema muy de pasada en sus memorias situando en Cáceres el punto de reunión. Lo hizo con más detalle en una entrevista publicada por “Arriba” en 1945, pero en ella se refiere genéricamente a la frontera portuguesa. La lectura de unos y otros relatos  pone de manifiesto que tanto Ximénez de Sandoval como Raimundo reproducen en esencia lo escrito por Bravo, sobre cuyo rigor caben bastantes dudas. Pero no puede desconocerse que tales relatos se produjeron después de terminada la guerra y muy en la línea discursiva derivada del Decreto de Unificación, la cual se enderezaba a generar una identificación política e ideológica entre José Antonio y Franco. En este sentido se le ve más el plumero a Ximénez de Sandoval al añadir  que se contaba con un general para llevar adelante tamaña empresa.

¿Un general? ¿Qué general? Sería estúpido sospechar que se trataba de Cabanellas, cabeza junto a Mola de los preparativos para el alzamiento. De Mola no podía tratarse, ya que para entonces  ninguno de sus biógrafos (Carlos de la Válgoma, Ino Bernard, José María Iribarren) aluden a relación alguna con José Antonio y Falange. Tampoco con ninguno de los generales monárquicos o procedistas retirados por la Ley Azaña,  a los que tenía en poca estima, según evidencias sus escritos y discursos. Y menos a los beneficiados por dicha ley. Parece obvio que Ximénez de Sandoval intenta sugerir una relación entre Franco y José Antonio encaminada, como sostienes,  a promover un golpe de Estado  “caso de que triunfasen las izquierdas en las siguientes elecciones”. Pero la única relación entre José Antonio y Franco con anterioridad a la reunión de Gredos es la carta que aquél le escribe en septiembre de 1934 insistiendo en que la izquierda preparaba un estallido revolucionario de gravísimas consecuencias para España. Una carta no solicitada y no respondida, en la que le cuenta su ofrecimiento al ministro de Gobernación de la disposición de los falangistas para luchar junto a la Guardia Civil y la Guardia de Asalto en defensa de la integridad de España y del Estado. Oferta condicionada a que el ministerio de Gobernación provea de fusiles a sus falangistas, con la garantía de devolverlos en su integridad en el caso poco probable de que pudiera contenerse la revolución marxista sin la ayuda del Ejército, la cual el Gobierno consideraba innecesaria. La carta a Franco, a la sazón jefe del Estado Mayor del Ejército, pone de manifiesto la patética falta de armamento de Falange Española. Falta que se haría patente el 18 de julio de 1936, cuando los falangistas que se sumaron al alzamiento  debieron acudir a los cuarteles para disponer de armas. Un mínimo rigor exige preguntarse  cómo apenas medio años después de la carta a Franco y del ofrecimiento al ministro de Gobernación podía la Junta Política diseñar un golpe de Estado por sí misma careciendo de armas. Y más aún, cómo podía haberlas conseguido para un par de miles de falangistas en tan corto espacio de tiempo, burlando el cerco policial a que FE de las JONS estaba sometida y con la escasez de recursos económicos que la aquejaba. José Antonio admitió en el curso de su defensa en Alicante que los falangistas eran unos cien mil. Pero con anterioridad a la reunión de Gredos, dos años antes, la cifra era harto más reducida. En los dos años subsiguientes fueron muy numerosas las incorporaciones, en su mayor cuantía procedentes de la  izquierda.

Entiendo que la explicación más plausible de lo tratado en Gredos se encuentra en “Testimonio de Manuel Hedilla”. Le dedica apenas unas líneas sin otorgarle importancia alguna. Recojo textualmente: “Examinó (la Junta Política) un plan de alzamiento que actuase de llamada general ante lo que se adivinaba”. Examinar, bien lo sabes, significa (acudo al diccionario de la RAE)  “inquirir, investigar, escudriñar con diligencia y cuidado algo”. Se analizó, en definitiva, la posibilidad que tenía Falange Española de llevar a efecto una acción cuyo único objetivo estribaba en despertar a la sociedad de la suicida pasividad que evidenciaba, componiendo la figura del avestruz frente a la revolución marxista en ciernes.  En ningún caso un golpe de Estado. Y si en el ámbito de ese análisis figuraba como lugar de la algarada la proximidad de la frontera portuguesa, la lógica aconseja presumir que, ante la falta de medios para una efectiva acción armada,  se supuso que  en todo caso habría de ser fugaz y que, una vez consumada,   sus protagonistas deberían buscar asilo en el país vecino.

Pero hay más elementos de juicio para sostener que  dicho plan, ausente en los trabajos de las ponencias, no pasó de mera especulación. El primero de ellos lo proporciona el propio Ximénez de Sandoval en un nota a pie de página relacionado con su comentario a la carta de José Antonio a Franco: “José Antonio estaba convencido de que, en un plazo de cinco años, la Falange, con su ejemplar abnegación y su estilo ardiente y combativo, captaría la suficiente “minoría inasequible al desaliento” capaz de llevar a cabo la Revolución. Minoría -que no hay que decirlo-  se formaría con hombres  de toda procedencia”. Resulta incongruente suponer que quien se señalaba un plazo mínimo de cinco años para disponer de un masa eficaz de militantes pensara pocos meses más tarde, cuando los falangistas seguían siendo una ardorosa minoría, que podía protagonizar por sí sola  un golpe de Estado.

He repasado con atención todos los escritos y discursos de José Antonio en los meses anteriores y posteriores a la reunión de la Junta Política en Gredos sin encontrar nada que guarde relación atendible con el presunto plan de golpe de Estado. No me parece que puedan relacionarse objetivamente con un intento de tal naturaleza  su reiteradas advertencias y denuncias sobre  la grave situación que atravesaba España, confirmadas por la intentona revolucionaria de octubre del 34 y cuyo fracaso, como ha demostrado Pío Moa con documentos del propio partido socialista y  era perceptible en aquellos tiempos, no frenó los preparativos para un nuevo golpe revolucionario de Estado que debía producirse en agosto del 36 y al que se adelantó el alzamiento militar para impedirlo.  Sería asimismo inicuo identificar las apelaciones de José Antonio a la necesidad de la revolución nacional postulada por Falange Española. Ni tan siguiera el final del artículo “Muchedumbre”, publicado en “Arriba” (16.4.1935”) puede honestamente emparejarse con el pretendido plan de golpe de Estado.  Tampoco el artículo “Mientras España duerme la siesta” (“Haz” 19.7.1935), en el que la invitación de poner a España “en pie  de guerra” la hace genéricamente a los españoles y en la que a los falangistas otorga el papel de “aguijón contra la somnolencia” y de aguafiestas iluminados, incitación que reitera en el mitin del teatro Cervantes de Málaga (21.7.1935). Podría seguir con este espurgo de textos susceptibles de emparentarlos con la preparación de un alocado plan de golpe de Estado protagonizado exclusivamente por falangistas.  Pero basta con lo anotado.

Tampoco te tuvo Dios de su mano a la hora de hacer tuya una frase tan tópica como falsa: “...sus escuadras de pistoleros”. Aún con diecisiete falangistas asesinados por la espalda, y todos ellos desarmados, se esforzaba José Antonio por  aplacar las lógicas reacciones vindicativas de sus escuadristas. Ni tan siquiera le incitaban a la represalia las burlas de que Falange Española era objeto, entre ellas la de identificar sus siglas con Funeraria Española. Y conviene recordarte en este punto que la primera de ellas, subsiguiente al atroz asesinato, tras terrible tortura, de Juan Cuellar en la Casa de Campo, la decidió y ejecutó por propia iniciativa Ansaldo en la persona de Juanita Rico  que había orinado sobre el cadáver tumefacto de Cuellar entre una orgía de insultos. Una legítima e inevitable ira había crecido entre los camaradas de Cuéllar, ante cuyo cadáver, convertido en amasijo sanguinolento,  exclamó José Antonio: “¡Esto tiene que acabar!”. Fueron sin duda estas palabras las que, muy a su pesar, incitaron a la represalia.  Ansaldo, que a la sazón era Jefe de la Primera Línea,  abandonaría más tarde la militancia en Falange Española  al no encontrar respuesta  en ella a sus nostalgias monárquicas.  Si Falange Española estuviera compuesta por “pistoleros”, como dices,  habría corrido desde antes mucha sangre entre las filas marxistas y anarquistas, en las que sí eran numerosas, nutridas y bien pertrechadas las “escuadras de pistoleros”, cuyos crímenes quedaban generalmente impunes. Unos pocos falangistas, es cierto, disponían de pistola, unas veces con licencia y otras sin ella. Alguno que otro, hijo de militar, se apropió de  la que tenía su padre. Pero cuando  un hombre se ve acechado por la muerte a traición es lógico que procure pertrecharse para su defensa. Está demostrado, de otra parte, que los intercambios de disparos con activistas de izquierda, incluso durante la situación descaradamente revolucionaria posterior a las elecciones de 1936, fueron  iniciados por miembros de las milicias de izquierda.

Desconozco cómo fue tu infancia, aunque la imagino envuelta en el cómodo pasar de la burguesía que aguardaba a que otros le sacaran las castañas del fuego en la España crispada y turbulenta de aquellos años. No fue así la mía. Compartí la escuela primaria y los juegos con los hijos de los hambreantes y explotados jornaleros de Jaén. Y cada verano, con los hijos de los obreros del  tejar en Cuenca  de una tía viuda, en el que gané mis primeros reales ayudando a apilar ladrillos. También conseguía algunos  repartiendo los trajes confeccionados por un tío sastre. Los chicos, al menos aquellos entre los que crecía, ya no jugábamos a policías y ladrones, sino a falangistas y socialistas. Imitábamos a los que con harta frecuencia se zurraban la badana, especialmente  en el Instituto.  Ya entonces me llamó la atención, por cierto, que los del SEU eran generalmente hijos de maestros nacionales, de funcionarios de bajo nivel o de menestrales, en tanto que los de la FUE solían ser chicos de familias acomodadas con vitola izquierdista.

No me eran ajenos los acontecimientos que enturbiaban la vida nacional y la más inmediata de la alternancia entre Jaén y Cuenca, así como alguna que otra fugaz estancia en Madrid. Además de maestro nacional y secretario provincial de la FETE, de la que se desenganchó a raíz de las elecciones de febrero del 36, mi padre era corresponsal informativo y administrativo de “Ahora”, amén de trabajar en el diario socialista “Democracia” y editar un quincenario profesional. En mi casa entraban además “El Sol”, “El Debate” y “El Eco de Jaén”, diario católico provincial, junto a las publicaciones de la Editorial Rivadeneyra (“Estampa”, “La Farsa”, “La Linterna”...) Crecí entre periódicos, casi diariamente con grandes blancos en los que se leía “Visado por la censura”, y yo mismo llevaba al gobierno civil las galeradas del quincenario profesional de mi padre. Asistí curado de asombro a los duros enfrentamientos entre huelguistas y fuerza pública. Vi como los piquetes de izquierda arremetían en los periodos electorales contra los que pegaban carteles de los partidos adversarios, aún a sabiendas de que algunos de los que apaleaban  eran jornaleros en paro que de esta forma se ganaban unas pesetas. Y la fanfarronería del novio comunista de la criada de casa de un amigo nos permitió conocer  como en los “radios”  se acumulaban armas y se hacían los preparativos para la revolución.

De lo que se cocía en Madrid me enteraba durante mis prolongadas estancias veraniegas en Cuenca. Uno de mis primos era de la FUE de  Medicina en San Carlos. Otra prima, que había estudiado en el Instituto Escuela, era novia de un hijo de Botella Asensi con el que se casaría en plena guerra y vivió el exilio en Méjico.  Alguna que otra vez estuve en Madrid unos días, en casa de un tío cartero, comunista sui géneris, y leía “Claridad”. Mi tío sastre era de la CNT y en su casa se leía habitualmente “La Voz”, además de un diario local cuyo nombre se me esconde en la memoria. Y liberal era el mayor de mis tíos paternos.  El abuelo materno era hospiciano y solía llevarme los domingos a la Casa de Beneficencia de Cuenca para repartir caramelos a los que consideraba sus hermanos menores. Tuvo una infancia durísima, hizo siete años de guerra contra los carlistas, fue guardia civil caminero hasta su desenganche, ya sargento. Mi madre nació en la casa-cuartel de Cervera del Llano, en la que pasó su infancia. Fue una severa escuela en la que fraguó una personalidad enteriza y valerosa, amén de una acusada sensibilidad social y un entendimiento riguroso de la justicia.

A través del hermano de uno de mis mejores amigos, seuísta, conocí en Jaén a varios de los miembros de aquella reducida Falange. Y a algunos de los de Cuenca gracias a un sobrino de mi tía, la del tejar,  cuyo padre, minero en Vizcaya, murió de tuberculosis, al igual que su madre y una hermana. Le llamaban el Vasco, pintaba con soltura y lo fusilaron en las tapias del cementerio de Cuenca en la amanecida del 20 de noviembre de 1936 cuando tenía 18 años. Junto a uno de sus tíos paternos rescaté el cadáver. Puedo asegurarte que ninguno de aquellos falangistas que conocí de cerca poseía armas ni tenía mentalidad de pistolero. Se sabían acechados y en alguna ocasión en que fueron agredidos no pudieron usar más que los puños para defenderse. Los de Cuenca, entre los que se encontraba el poeta Federico Muelas,  frecuentaban una tertulia literaria  denominada “El Bergantín”. En una y otra ciudad eran pocos. Pero abundaban en los poblachones manchegos de la provincia de Cuenca, los más de condición obrera.  A muchos de ellos les darían el “paseo” en el 36. Contados fueron, asimismo, los que supervivieron en Jaén. Ya entonces me preguntaba la causa de que siendo  Falange tan  enjuta en efectivos se convirtiera en el obsesivo enemigo a batir por izquierdas y derechas. Entonces no pasaba de ahí mi interés indagatorio. La interrogante, resultado de lo que sucedía, se perfiló seguramente a causa de una conversación escuchada en un encuentro de mis padres con amigos de su época de estudiantes de Magisterio en Cuenca (mi madre era profesora de Escuela Normal y católica a machamartillo). Se trataba de Rodolfo Llopis, gracias al cual consiguió mi padre una excelente dotación de material para su escuela, y de Jerónimo Bugeda, a los que acompañaban Lamoneda y Montiel. La  cortedad de la militancia contrastaba, sin embargo, con la expectación que despertaban las intervenciones públicas de José Antonio. Sólo lo vi una vez, y de refilón: el 7 de abril de 1936, cuando entraba en el teatro Principal, lleno hasta rebosar, según oí comentar y reflejó un periódico local. Y Falange Española no disponía en aquellos tiempos de medios para desplazar masas en autobuses como hacían los partidos de derecha e izquierda y es habitual ahora.

Las garantías constitucionales estuvieron reiteradamente en suspenso durante la II República.  Vivió durante largos periodos en estado de excepción. Lo recordó años atrás Julián Marías en un artículo de la tercera de “ABC” que no creo desconozcas. El célebre balance que hizo Gil Robles en el Congreso de los Diputados en las postrimerías de la II República, y que tanto irritó a la izquierda frentepopulista,  reflejaba con aterradora frialdad estadística la dramática quiebra del Estado en la que estábamos envueltos los españoles. La II República irrumpió con violencia revolucionaria y su legitimidad  la destruyó esa misma y más extremosa violencia, esencialmente tras las elecciones de febrero de 1936. La ley de Orden Público y la suspensión de garantías constitucionales proporcionaron al poder gubernativo amplios márgenes de arbitrio que fueron precisamente los que se utilizaron, con adulteración de pruebas, para ilegalizar Falange Española y detener a sus cuadros dirigentes,  junto a centenares de militantes. Por cierto, y conviene recordarlo,  el alzamiento militar del 18 de julio de 1936, instrumentado inicialmente por generales republicanos y no por Franco,  proclamaba  en sus bandos el objetivo de restablecer la legalidad de la II Republica, revolucionariamente violentada por el Frente Popular.  Y asimismo, que censura y represión siguieron durante no poco tiempo las pautas de la censura y la Ley de Orden Público republicanas. En cierta medida se produjo un continuismo en el bando nacional que cambió su rumbo institucional tras la exaltación de Franco a la jefatura, del gobierno y del Estado.

En este cuadro de situación han de interpretarse las cartas de José Antonio a Franco en vísperas de la revolución de octubre del 34 y la más tardía a los militares de España.  Entraban dentro de la lógica democrática cualesquiera apelaciones a que el Ejército  tomara la iniciativa de salvaguardar la unidad de España frente a los separatismos rampantes y para  la restauración del orden constitucional destripado por la impetuosa oleada revolucionaria de la izquierda marxista y anarcosindicalista.  Un lectura reposada y ayuna de prejuicios de aquellos y otros textos de José Antonio evidencia que no invitaba a la sublevación sino al cumplimiento de los deberes institucionales que incumbían a los Ejércitos. De ahí la reiterada distinción entre lo que correspondía al estamento militar frente al desorden y la lucha de Falange Española por la revolución nacional y sindicalista que debía protagonizar por sí misma en un tiempo posterior.

He sostenido desde mi juventud postbélica que la II Republica feneció  realmente a raíz de las elecciones de febrero de 1936, hasta consolidarse definitivamente como República Popular tras el 18 de julio. La preparación para un asalto revolucionario al poder, fallido en octubre de 1934,  dio sus frutos en las elecciones de febrero del 36. Aquellas elecciones fueron fraudulentas en muchos lugares de España. A mi padre, presidente de una mesa electoral, le amenazaron con suplantarle por impedir que votaran un buen número de muertos y de electores repetidos. Lo impidió un interventor anarcosindicalista que había sido alumno suyo.  Con un amigo asistí escondido tras una lienzo falso al recuento en mi antigua escuela. Los interventores de los partidos de  la derecha fueron expulsado a punta de pistola y el acta se amañó para otorgar un triunfo holgado a la candidatura del Frente Popular.  Sucedió algo parecido en otros colegios de Jaén y la provincia, amén de en no pocos colegios andaluces. Y en bastantes poblachones manchegos, especialmente durante la repetición de las elecciones en la provincia de Cuenca. Es posible que el Frente Popular no lo hubiese precisado para ganar las elecciones, aunque con menor énfasis. Pero la realidad es que  el forzamiento fue asaz generalizado. Si nos atenemos a lo escrito por Carr, la derecha no perdió votos, pese al desprestigio del partido radical con el que formó gobierno. Por el contrario, los acreció. Las cifras por bloques fueron de 4.838.449 votos para el conjunto de la izquierda, y de 3.996.361  para  la derecha. En el caso de que las elecciones hubiesen sido limpias en toda España,  ambos bloques habrían equilibrado los resultados electorales.

La ventolera revolucionaria que sobrevendría de inmediato era del todo previsible, ya que sus sarpullidos y preparativos  fueron habituales a lo largo del periodo republicano abierto el 14 de abril de 1931. Con algunos de mi pandilla acostumbraba a frecuentar los mítines electorales de unos y otros partidos.  Nos divertía la provocación cuando un orador no nos gustaba. No entrábamos por entonces en afecciones partidistas, aunque estuviéramos por principio contra los caciques y los japistas. Viene a cuento el recordatorio de aquellas peripecias infantiles ( en 1936 cursaba el segundo de bachillerato) a cuenta de un mitin frentepopulista en el cine El Norte, en el que un energúmeno pronunció, entre otras lindezas,  una invitación que nos dejó mudos y se grabó indeleble en la memoria: “Para segar los trigos tenéis las latas de gasolina y las cajas de cerillas. Reservad las hoces para segar las cabezas de los burgueses”. No recuerdo, o quizá no lo supe entonces ni después, si aquel enardecido demócrata era anarquista, comunista o socialista. Me es igual. Era la tónica de los inflamados llamamientos a la revolución proletaria que menudeaban por doquier. Parecidos gritos de radical venganza se escuchaban en las manifestaciones, como aquella, pongo por caso, que subía Carrera arriba portando a hombros a Margarita Nelken.

Aseveran no pocos estudiosos independientes de aquel sobresaltado tiempo que la desintegración del Estado fue imparable tras las elecciones de febrero del 36. El gobierno  formado sobre la base de la izquierda republicana a instancias de Azaña y bajo la dirección de Martínez Barrios se demostró imponente desde el primer momento para contener la marea revolucionaria de la que era prisionero.  La fuerza del partido socialista y de sus acompañantes  en el Frente Popular era muy superior a la del gobierno, permanentemente desbordado en las instituciones y en la calle. El gobierno, en definitiva,  se convirtió, en alguna medida a su pesar, en dependiente  del aparato revolucionario de la izquierda, situación  llevada al extremo tras el 18 de julio.  La presunta legalidad republicana, sus símbolos y su nexos institucionales  quedaron secuestrados con presteza y apenas si podían encontrar en la documentación oficial, en la práctica inoperante. Ayuno de fuerza física operante, el Estado de derecho quedó prácticamente arrumbado. Se convirtió en un reducto más teórico que real, apenas útil para mantener la ficción de la supervivencia de la II República ante el exterior.

Ya en marzo se escuchaba por todas partes lo mismo. La derecha,  atemorizada por las amenazas, los vituperios, las agresiones y las ocupaciones frentepopulistas de fincas, fiaba la salvación en una acción militar.  Y la izquierda se sentía segura de que el triunfo de la revolución era inminente y establecería un república proletaria calcada de la soviética. Los chicos de mi tiempo habíamos perdido la ingenuidad y nos contábamos lo que escuchábamos a nuestros mayores, de muy diversa condición política y social. Disponíamos así de muy válida información, aunque no acertáramos a evaluarla en toda su dimensión. Pero sabíamos, eso sí, que muy pronto se armaría la gorda. Y con esa convicción marché en junio a Cuenca, donde me sorprendió la guerra. El día en que asesinaron a Calvo Sotelo acababa de inaugurarse en el tejar el horno continuo que sustituía al tradicional de leña. Llegó la noticia cuando salía la primera carga de ladrillos cocidos. Recuerdo el comentario sentencioso de mi abuelo: “Esto es la guerra civil. Lo han matado para provocarla”.

Guarda relación todo lo anterior con tu comentario acerca del proceso a José Antonio en Alicante. Refuto que fue enjuiciado objetivamente por “ayuda a la rebelión militar contra el Gobierno legalmente constituido” y de que  el  proceso se realizó conforme a la legalidad vigente. Esa legalidad, como he pretendido poner de manifiesto, era prácticamente inexistente. La revolución había triunfado, imperaba en una gran parte de España  y los Tribunales Populares, cuando actuaban, que era en muy contadas ocasiones, lo hacían generalmente a su arbitrio, de forma sumaria y sin pamemas legalistas. A José Antonio le dieron ocasión, no obstante, de ser juzgado con apariencias procesales de normalidad. Era obligado, pues dada su personalidad, no se le podía eliminar por el procedimiento expeditivo del “paseo”. Había que vestir el muñeco de la juridicidad para eludir un escándalo internacional. Resulta llamativo, en efecto,  que con José Antonio se tomaran tales precauciones procesales al tiempo que otros políticos de relieve, como por ejemplo Melquiades Álvarez, eran asesinados en una cuneta, al igual que otros miles de españoles. Habremos de preguntarnos necesariamente la razón de que se tomaran tales  prevenciones respecto de José Antonio si, como sugieres,  la entidad política de Falange Española era irrelevante, no sólo a efectos electorales.¿O acaso su notable crecimiento durante el último año   aventaba la sospecha de una fuerza política irreprimible para la izquierda y la derecha  en un futuro más o menos inmediato y lo que verdaderamente  se perseguía con la muerte de José Antonio era  ahogar ese futurible?

Si has leído, y estoy seguro de que lo has hecho, el texto taquigráfico de la causa que Mancisidor reprodujo textualmente en “Frente a frente”, no se te habrá escapado el párrafo de gracias de José Antonio al comienzo de su defensa. Conviene reproducirlo: “...y tengo que daros las gracias al Tribunal porque se me ha permitido instruirme en los Autos, se me ha puesto en condiciones de confortarme sin tener que adquirir usos nuevos ante lo nuevo y el carácter bélico extraordinario que corresponde a este Tribunal, sino como me he comportado en doce años de ejercicio...”.

Queda suficientemente claro, y así lo hizo patente José Antonio con elegancia dialéctica, que estaba alterado el orden jurídico a causa de una realidad  revolucionaria,  y que con él se hacía una excepción al  seguirse la normativa procesal anterior  que ya no se aplicaba en nueva República Popular instaurada por el imperio de las armas. José Antonio había sostenido en más de una ocasión que, conforme a doctrina consistente de Derecho Político,  toda revolución triunfante, sea cual sea su ideología, es manantial de nuevo orden jurídico e institucional; y que de la misma revolución nace su legitimidad. Habría aceptado sin aspavientos ser juzgado sumariamente, tal y como era común en los Tribunales Populares de aquel periodo , en muchos de los cuales ni tan siquiera  participaban magistrados de carrera. Se improvisaban generalmente con miembros de los partidos y sindicatos frentepopulistas, los más de los cuales carecían de una mínima noción de Derecho. Y las más de las veces  la vista, concluida con la sentencia a muerte, que se ejecutaba de inmediato, duraba muy pocos minutos. Fui testigo de alguno de ellos. Sólo a partir de mediados o finales de 1937 se proporcionaron apariencias procesales, siempre de nuevo cuño, a los Tribunales Populares.

Ratificado por lo antedicho que el procedimiento judicial a que fue sometido José Antonio en Alicante tuvo carácter de excepción a impulso de exigencias políticas circunstanciales, dictadas más por imperativo de imagen exterior que por rigor jurídico,  conviene admitir también que se dieron evidentes anomalías,  contrarias a los usos procesales prerrevolucionarios que el acusado agradeció al Tribunal. Aparece claro, en primer lugar, que entre la comunicación de los autos procesales y la vista pública de la causa  apenas si mediaron cuatro días para la preparación de la defensa. La prisa por juzgar y condenar a José Antonio fue tan notoria que adquirió tintes inequívocos de juicio sumarísimo.  La lectura del texto taquigráfico del proceso pone de manifiesto, asimismo, que los miembros del jurado no fueron seleccionados en la forma prevista por la Ley del Jurado de la II República para garantizar su neutralidad, sino que se eligió conscientemente a militantes caracterizados de partidos y sindicatos del Frente Popular con ideas prejuzgadas sobre el acusado. Tampoco en los juicios con jurado anteriores a la nueva realidad revolucionaria intervenían los componentes del mismo. Sí lo hicieron algunos de los más caracterizados en la vista de la causa contra José Antonio. Y en un tono que equivalente al del Fiscal, e incluso en ocasiones más agresivo. Resulta palmario, asimismo, que se le negaron testigos cualificados por su posición político-administrativa cuya comparecencia era judicialmente exigida. El Tribunal dio por buena su ausencia y no atendió  la petición de aplazamiento del procesado-defensor hasta que comparecieran,  medida habitual en los juicios “normales”. También queda esclarecido en el texto taquigráfico del juicio la parcialidad de los testigos del ministerio fiscal.  Es particularmente llamativo en este sentido la deposición del testigo Antonio Vázquez Vázquez, perteneciente a Salud Pública de la CNT,  bajo cuya denominación pomposa se ocultaban  grupos activos de represión, pronto institucionalizados en las célebres Milicias Antifascistas de Vigilancia (MAV). El fiscal  perseguía demostrar que José Antonio y otros encarcelados escondían pistolas en sus celdas. Y el testigo  declaró que conocía su existencia a través del preso Inocencio Feced, puesto en libertad a finales de julio y detenido posteriormente en Villena. Este, según Vázquez,  les dijo lo que, a todas luces,  querían que dijera. Y terminó el testigo:”Después averiguamos algunos extremos más y el individuo se nos murió”.  Ni al Fiscal ni a los magistrados que componían el Tribunal interesó lo más mínimo cómo se les murió Feced, al que obviamente liquidaron sin más, tras torturarle.  Un Tribunal “normal” habría  anulado de inmediato la declaración del tal Vázquez e incoado  procedimiento regular para indagar  las causas reales de la muerte de Feced. Pero aquel Tribunal de Alicante estaba lejos de ser independiente. Debía cumplir un objetivo político predeterminado. También sus componentes se sentían acosados  por la presión revolucionaria de aquellos días y obviamente temían las agrestes consecuencias que podrían derivarse de una condena contraria a la de muerte.  José Antonio, en definitiva, fue juzgado formalmente con arreglo a la extinta legalidad de la II República. Pero es innegable que el procedimiento estuvo aquejado de notorias irregularidades. Si el debate del jurado duró cuatro horas se debió tan sólo a que alguno de sus miembros flaqueó en su predeterminación condenatoria tras escuchar a José Antonio y hubieron de disuadirle los que más se caracterizaron en la acusación durante la vista de la causa. Se deduce enseguida de la crónica sobre el juicio que publicó un periódico alicantino y que presumo conoces bien.

Resta, por último,  el hecho de la precipitación en ejecutar la sentencia. Un año más tarde descubrió el entonces ministro de Justicia que faltaban en el proceso  los documentos exigidos respecto a la ejecución de la sentencia y dio orden de que se procediera a subsanar esa laguna para  cerrar el expediente con visos de legalidad.   Es indiscutible, por ende, que José Antonio fue fusilado  con violación flagrante de la legalidad invocada. En definitiva, que fue asesinado.

¿Cuál habría sido la suerte de José Antonio si, por una azar del destino, la guerra  le hubiera sorprendido en zona nacional, o si el gobierno de la zona roja hubiera accedido a su petición de enviarlo a la contraria para negociar un final del enfrentamiento?  Pueden aventurarse las hipótesis más diversas. Pero la historia no se escribe  sobre lo que teóricamente pudo suceder y de acuerdo con nuestras proclividades políticas, sino de lo que realmente ocurrió.

Siempre me quedará la duda, por lo demás, sobre  quienes integraron realmente el pelotón de fusilamiento en la amanecida del 20 de noviembre de 1936. En una larga conversación que sostuve unos veinte años atrás con el médico Antonio Zaragoza me relató que, en su calidad de teniente médico, asistió durante su proceso al sargento de la Guardia de Asalto que mandaba el pelotón de ejecución. Le contó éste que llegaron con anticipación a las puertas de la prisión y que, para matar el frío de aquella amanecida, decidieron esperar a la hora señalada en un café próximo, reconfortándose con café y coñac.   Cuando se disponían a salir para cumplir su macabra misión escucharon unos disparos y al entrar en el patio de la prisión yacían en el suelo los cadáveres de José Antonio y de los otros cuatro fusilados.  Le reiteró, no obstante, que de no haber sido así habría cumplido sin dudar la misión que le habían encomendado. Choca frontalmente esta versión con la  que habitualmente se da por válida y quedó judicialmente ratificada en la sentencia del Tribunal Militar que condenó a muerte al citado sargento de la Guardia de Asalto.   Pero me hace sospechar respecto a la veracidad de esta última el hecho, antes anotado, de que no se cumplieran por el director de la prisión ni la autoridad competente los trámites obligados en una ejecución de condena a muerte con arreglo la legalidad “normal” que se atribuye al proceso de José Antonio. Debieron darse necesariamente circunstancias anómalas para que tales requisitos se incumplieran y debieran arbitrarse tiempo más tarde  medidas  cautelares para subsanar ese vacío a efectos del cierre definitivo de la causa y para la historia oficial del proceso.

Creo que he respondido a tu artículo, no sólo desde mi experiencia personal. No se me oculta que lo expuesto difiere sustancialmente de la falseada historiografía hoy tan en boga, más atenta a encubrir la verdad histórica de la quiebra revolucionaria de la II República que al análisis riguroso de lo que realmente sucedió. Resulta inquietante, además de repulsivo, que sigamos deformando erre que erree la verdad de lo acontecido sesenta y siete años después de una acción militar, derivada de manera inexorable en guerra civil por imperativo de la circunstancia interior y de los preparativos estratégicos de las grandes potencias  respecto a una inminente guerra generalizada en Europa que unos y otros gobiernos tenían por cierta. La de España fue su prolegómeno y definió las posiciones de unas y otras potencias respecto de nuestra contienda.  Y es evidente en este aspecto, pese al empeño de muchos en silenciarlo, que la ayuda en créditos financieros y en suministro de gasolina de los Estados Unidos y de Gran Bretaña a Franco fueron más decisivos para su victoria que la asistencia militar de Alemania e Italia, la cual se pagó puntualmente. El último plazo de la deuda contraída con el régimen de Mussolini se abonó1967 al gobierno  democrático italiano, según consta en la gaceta oficial de aquella república y subrayé en una crónica enviada desde Roma para la Agencia Pyresa, de la que era corresponsal.  Y en el tomo relativo  a la guerra de España de los Archivos Secretos de la Wilhenstrasse, publicada por los servicios de ocupación de los Estados Unidos de Norteamérica, queda demostrado que la del III Reich se pagó mediante contraprestaciones en  minerales y otras mercaderías en el curso de nuestra guerra y  de la mundial.

Me resta advertir, finalmente,  que el libro “Papeles póstumos” de José Antonio,  publicado por su sobrino Miguel Primo de Rivera Urquijo,  no encierra novedad alguna. Tales “papeles” eran conocidos desde bastantes años antes y circularon con cierta profusión entre los falangistas y joseantonianos -la distinción no es ociosa- desde al menos los años sesenta. Y antes que en dicho libro aparecieron en algunas publicaciones, entre ellas “Razón Española”.

Sin mengua alguna de la consideración que siempre te he tenido, un abrazo.