Mene, Tequel, Parsín

 

Rafael Borrás


 

En noviembre, de 1936, a los cuatro meses de iniciada la Guerra Civil, fue ejecutado en zona republicana José Antonio Primo de Rivera, líder de un minúsculo partido sin representación parlamentaria, Falange Española de las JONS. El joven político, 33 años cuando se enfrentó al pelotón de fusilamiento, tuvo un juicio justo: él mismo, brillante abogado con un bufete muy solicitado antes de su irrupción en la vida pública, asumió su defensa y la de su hermano Miguel y su cuñada Margot Larios. Tras más de cuatro horas de deliberación -lo que excluye una sentencia predeterminada- el jurado le condenó a muerte, pero logró salvar la de sus allegados. Primo de Rivera, con bastantes procesos a sus espaldas, estaba acusado en esos momentos de ayuda a la rebelión militar contra el Gobierno legalmente constituido, lo que era cierto: ya el verano del año anterior, en un planteamiento descabellado para hacerse con el poder, había preconizado, en la reunión de la Junta Política de su partido en el parador de Gredos, el golpe de Estado caso de que triunfasen las izquierdas en las siguientes elecciones. Primo de Rivera, que se reclamaba discípulo de Ortega, creía de manera insensata que los grupúsculos que lideraba podían hacerse con la gobernación del país en la dirección que marcaban los fascismos de la época, ganándoles la partida a los militares golpistas, a quienes, en sus Papeles póstumos, rescatados meritoriamente para la Historia, pese a todas las presiones, por Miguel Primo de Rivera y Urquijo, no tuvo más remedio que describir, desengañado, como un grupo de generales de honrada intención, pero de desoladora mediocridad política (cuarenta años de franquismo confirmaron la exactitud de su diagnóstico). De haber triunfado el golpe de julio de ese año es seguro que los príncipes de la Milicia no hubiesen entregado el poder a quien había sido expulsado del Ejército por propinar dos sonoras bofetadas al general Queipo de Llano, y que ni siquiera disponía -ni entre su corte de poetas ni entre sus escuadras de pistoleros- de cincuenta personas capaces de asumir los Gobiernos civiles. Su actuación confirma la desengañada pero lúcida conclusión de Ortega: Toda vida, todo proyecto de vida, acaba en fracaso, y tal vez por eso su figura es humanamente tan sugestiva. El ejercicio del Derecho era su más profunda vocación, como le explicó en una carta abierta en ABC a Juan Ignacio Luca de Tena, pero se vio impulsado a intervenir en la vida pública, en la que la adulación de un coro de amiguetes, desde Giménez Caballero a Sánchez Mazas, fue una rémora difícilmente superable. Y por pejigueras de clase no pudo compartir su existencia con la mujer de la que, al parecer, estaba profundamente enamorado. La víspera de su muerte redactó su testamento y varias cartas. En su testamento formuló un noble deseo que traduce su arrepentimiento por la parte de responsabilidad que le correspondía -como a casi todos los políticos de la época- en el desencadenamiento de la tragedia que asolaba España: Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la patria, el pan y la justicia. En la misiva a Sánchez Mazas le dice: ¿Qué razón la tuya al reprender con inteligente acierto mi dura actitud irónica ante casi todo lo de la vida! Para purgarme quizá se me haya destinado esta muerte en la que no cabe la ironía. La fanfarronada sí; pero en ésa no caeré. Te confieso que me horripila morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta. Quisiera haber muerto despacio, en casa y cama propias, rodeado de caras familiares y respirando un aroma religioso de sacramentos y recomendaciones del alma, es decir, con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional. Pero la muerte no se elige. Claro que no, aunque a veces tenemos la que nos merecemos. A todos nos gustaría escoger el cómo, el cuándo y el donde; y las personas que nos ayudarán a no perder la compostura en un trance que únicamente podemos afrontar desde nuestra soledad sin remedio. Pero muchas veces no somos conscientes de que están ya escritas en el muro interior de nuestras vidas palabras sin apelación: Mene, Tequel, Parsín.

La Razón 06.12-2002