EL FANATISMO RELIGIOSO DE LA SANGRE



 José María Lassalle



La reciente pastoral emitida por los obispos vascos demuestra cómo la vileza moral no es patrimonio exclusivo del fanatismo islámico ni de épocas pretéritas de la civilización occidental, sino que es una realidad execrable que se da todavía en el seno de la mismísima Europa. En realidad, a los gurús no hay que buscarlos entre las filas de los talibanes que se esconden en los escarpados valles afganos. No, por desgracia no hace falta ir tan lejos. Están ahí mismo, a la vuelta de la esquina, en este caso a unos pocos kilómetros al este de Castro Urdiales. Lo que sucede es que estos que padecemos con su vecindad, son en el fondo mucho más viles y miserables ya que practican con ambigüedad sutil y torticera ese arte de la insidia repelente y meliflua que sabe cómo justificar mediante la palabra la iniquidad del asesinato.

Mentir es despreciable. Pero hacerlo amparados por la idea evangélica de que la verdad os hará libres resulta atroz… Sobre todo cuando estamos ante una mentira con la que se pretende arropar una realidad cruel; a saber: que un grupo de feligreses se dedica al oficio de pegar tiros en la nuca de otros al tiempo que una parte de la feligresía calla y mira a otro lado siguiendo, eso sí, el ejemplo de sus ecuánimes obispos, que hacen que no ven y, si ven, no dudan en compartir el dolor de las familias de los asesinos porque, ¡por Dios!, éstos sufren condena lejos de sus hogares…

Pero esto, con ser detestable por su pringosa parcialidad moral, no puede hacernos olvidar que esa mentira oscurece el fondo último de la verdad. Y es que se asesina en el País Vasco por utilidad. Así, como suena. Pero por la utilidad política que proporciona a algunos la existencia en su territorio de una banda de asesinos que acosan a quienes siendo tan vascos como ellos, sin embargo, desean ser leales a la idea de una España democrática que quiere vivir en paz. Para lo cual perpetúan y enquistan de palabra un problema donde no lo hay actualmente, pues, ¿acaso se niega a los vascos que no se sienten españoles el derecho a defender libremente la independencia de su tierra a través de la fuerza pacífica de los votos y no de las armas ni de la tolerancia hacia éstas?

Sé que decir estas cosas resulta manido, pero no por ello deja de ser necesario volver a recordar los lugares comunes de una reflexión que hace falta reiterar hasta el hartazgo, pues, a lo mejor se consigue evitar que el fanatismo pueda prosperar algún día al otro lado del fiel de una balanza de sangre y mentiras que el tiempo no deja de desequilibrarse a favor de los verdugos y que, por lo visto, goza de las bendiciones de quienes son sus teóricos pastores.

Sembrar la muerte significa regar la tierra del mañana con el dolor de unos y la culpabilidad de otros. No lo olvidemos si se quiere edificar la reconciliación. Verter sobre la culpa de los asesinos y sus cómplices el hisopo del perdón sin que medie su arrepentimiento es santificar el mal. Pero que, además, se niegue a las víctimas de aquellos el consuelo de la comprensión de su dolor por parte de sus pastores no es otra cosa que hacer el mal. Ni más ni menos. En fin, a estos falsos servidores de Cristo habría que recordarles aquello que alguien en el Bilbao de 1898 ponía por escrito quejándose de los curas patriotas que alentaban a los soldados españoles que marchaban a Cuba: «Los obispos, ciertamente, son los pastores de los católicos; mas no para guiarlos y apacentarlos en la política, sino para guiarlos y apacentarlos en la religión. Lo que al clero toca es cristianizar a los hombres, y es lo que se abandona cuando el tiempo que en ello debe emplearse se invierte en discutir en cuestiones políticas». ¡Lástima que lo firmara un tal Sabino Arana!