JOSÉ ANTONIO



José Maria Adán García

 

Silencio

Veinticinco años de silencios vergonzantes de muchos, de tergiversaciones históricas de la izquierda y sobre todo de los nacionalismos disgregadores, han diluido aparente- mente la presencia de José Antonio en nuestra historia reciente.

Silencio de la derecha política, por si alguien al vincularse a José Antonio les hiciera perder su pedigrí democrático, cuando en la mayor parte de los casos sus propias vinculaciones históricas, pero sobre todo actuales con los poderes fácticos económicos, los grupos de presión, o el integrismo más radical, marcan con él una enorme diferencia. José Antonio tenía muy clara la libertad profunda del hombre, propugnaba su efectiva participación en las tareas del Estado, promovía una radical revolución económica y social -a la que España debe gran parte de su progreso-, y por encima de todo quería la concordia y la paz.

Silencio de la izquierda que, tergiversando la historia, pretende hacer creer que eran los defensores de la legalidad democrática y luchadores por la libertad. Lo cierto es que desde primeros de los años 30, venían atentando contra el Estado de Derecho establecido, con el claro propósito -reiteradamente declarado- de instituir en España una dictadura del proletariado de estilo soviético y el separatismo de las regiones periféricas. Los alzamientos armados de Cataluña, País Vasco, Andalucía,... que culminaron en la sangrienta revolución de Asturias, y el inminente levantamiento general -que ya estaba en la calle- para 1936 -como han documentado de forma irrefutable, historiadores como Luis Suárez, Ricardo de la Cierva, Pío Moa- esto así lo atestiguan.

Por otra parte José Antonio estaba arrebatando a la izquierda la bandera de la justicia social, al mismo tiempo que devolvía a las masas los sentimientos entrañables de la espiritualidad y la Patria, enajenados por la derecha.

Hay que ignorar a José Antonio porque su proyección les quita su razón de ser.

Por eso lo asesinaron con la complacencia de la derecha y las balas de la izquierda.


Talante

José Antonio condenó el sistema parlamentario y liberal, entonces vigente, -sometido al pucherazo y al caciquismo- no porque fuera democrático sino porque no lo era.

José Antonio cree en la España plural y autonómica, hasta el extremo de considerar que «no hay nada que choque de una manera profunda con la idea de una pluralidad legislativa. España es así, ha sido varia y su variedad no se opuso nunca a su grandeza, pero lo que tenemos que examinar en cada caso, cuando avancemos hacia esa variedad legislativa, es si está bien asentada la base inconfundible de lo que forma la nacionalidad española, si está bien asentada la conciencia de la unidad de destino».

Intenta superar el enfrentamiento -entonces trágico- entre derechas e izquierdas a través de una doctrina de síntesis que une lo nacional y lo social, revolución y tradición, que parecían patrimonio exclusivo de una u otra parte.

José Antonio trató de evitar la Guerra Civil, hasta el extremo de propugnar un gobierno temporal de coalición nacional, que superara el enfrentamiento entre hermanos y estableciera una paz duradera. Es sintomático de su amplitud ideológica que en ese gobierno propusiera personas tan distintas y una amplia participación de la izquierda. En él figuraban Martínez Barrio, Sánchez Román Melquiades Álvarez, Maura, Portela Valladares, Ruiz Funes, Ventosa, Ortega y Gasset, Prieto, Viñueles y Marañón. Esta actitud conciliadora ha sido reconocida por el testimonio de derechas e izquierdas y entre ellos por Portela Valladares, Buenaventura Durruti, Prieto, Ignacio Arenillas, Largo Caballero, Martínez Barrio,... Así lo han interpretado también los estudiosos de mi generación como Eduardo Navarro, Jiménez Losantos y Cantarero del Castillo.

Él es consciente, y así lo expresó en su penúltima circular, que la guerra civil no era el camino para el logro de la España que él ambicionaba. Decía así: «Consideren todos los camaradas hasta qué punto es ofensivo para la Falange que se le proponga tornar parte como comparsa en un movimiento que no va a conducir a la implantación del Estado nacional-sindicalista, al alborear de una inmensa tarea de reconstrucción patria [...] sino a reinstaurar una mediocridad burguesa conservadora [...] orlada para mayor escarnio, con el acompañamiento coreográfico de nuestras camisas azules».

Sólo el asalto al poder para imponer una dictadura soviética en España, atentados, separatismo,... y el asesinato del propio José Antonio y de la mayor parte de sus cuadros provocó, no sin rebeldías, su masiva participación.

Su fusilamiento -abandonado a su suerte por la derecha que no lo rescata, ni lo intercambia, como hizo con otros, ni siquiera lo comprende y por la izquierda que lo teme y lo odia- es un ejemplo en serena dignidad y coherencia.

Su testamento un testimonio irrefutable de su manera de pensar, cuando manifiesta: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara, ya en paz, el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia».


Análisis superador de la realidad

Es un pensador de primera magnitud, que hace la crítica más coherente y completa de los sistemas liberal-capitalista y del socialista marxista. En ambos casos la historia le ha dado la razón y sus tesis están plenamente vigentes.

Desarrolla una doctrina genuinamente española, basada en la persona, que lo es en cuanto convive y es reconocida por los demás -independientemente de su raza, sexo, edad, lengua-, como portador de valores eternos.

La Patria es también para él una realidad que ha de ser reconocida, en el seno de las naciones, con personalidad propia, por el cumplimiento de un destino universal.

Este pensamiento obedece a la superación de lo espontáneo por la adhesión racional a un proyecto común. Es así como se han hecho las grandes civilizaciones. Es así -y esto le da radicalmente la razón- como solamente se puede construir la Unión Europea. Por eso es un error querer acentuar los caracteres diferenciales, como la raza, la lengua, el paisaje, el folclore, las tradiciones y usos locales,... o querer justificar que por los mismos se pueda a estas alturas de la historia constituir una nación.

La nación es mucho más que esas características propias, que evidentemente existe, no sólo a nivel autonómico, sino incluso a nivel local y que es de necios tratar de negar o de combatir con otros sentimientos igualmente legítimos, pero ambos románticos. La Nación es la integración intelectual de la voluntad en un destino común, en nuestro caso consolidado por la historia compartida, que ha constituido una fundación irrevocable. Por eso los nacionalismos son el Individualismo de los pueblos. Es «ponerse otra vez a la puerta de lo nativo, a las puertas de lo espontáneo, contra el logro universal, histórico, vigente y difícil que ha sido la Historia (de todos los pueblos de España) unida a la Historia de España».

Una Patria indivisible, respetando y promoviendo la identidad de sus culturas y sus pueblos, cuya unidad, grandeza y libertad, está arraigada y sea un orgullo promoverla y defenderla por todos sus ciudadanos.

Una democracia a través de las unidades naturales de convivencia, que venga a equilibrar los cauces ideológicos, cuyo exclusivo protagonismo -con todas las corruptelas entonces existentes caciquismo, compra de votos, pucherazos, financiación ilegal, abuso de poder, exclusivismo, nepotismo, dependencia de los internacionales, etc., -que en parte subsisten ahora- nos lleva a la partitocracia.

Por todo ello él condenaba al sistema parlamentario «de tipo conocido», y pretendía sustituirlo, no por un sistema autoritario, sino por -unos cauces más abiertos, que representaran más directamente los intereses reales del pueblo, de tal manera que nos condujera a un sistema de síntesis entre los intereses y las ideologías.

Bueno sería que los críticos del sistema parlamentario liberal, que ya son muchos en occidente, como Máx. Beloff en Inglaterra; Walter Lippman en Estados Unidos; Bagoline, Zampeli y Ardlgo en Italia; Mendes France, De Gaulle y Duvelier en Francia; Madariaga, por citar un escritor no partidista, en España; todos ellos coincidentes en la necesidad de evitar el monopolio de los partidos políticos y completarlos con sistemas de representación de los intereses socio-económicos más directos, ahondarán en esa doctrina.

José Antonio desarrolla también una teoría completa de la justicia social, de una revolución profunda de las estructuras sociales, económicas y culturales injustas. Hoy con la globalización, que elimina todos los objetivos humanos que no puedan valorarse monetariamente y desvincula a la persona de toda realidad integradora -incluso la familiar- y la sustituye por el individualismo aniquilador de las bases culturales y los valores espirituales que no sean mercantilistas, su doctrina adquiere una clarividencia y una exigencia de mandato inexcusable.

La libertad, igualdad, la dignidad y la integridad del hombre como base del sistema. La reforma de las infraestructuras; empezando por la ordenación del territorio nacional; la transformación de la estructura de la propiedad, la explotación y la comercialización agraria; la reforma de la empresa capitalista, para que sus plusvalías sean compartidas por el trabajo y el capital; la sindicalización del crédito para que cumpla una función social; la igualdad de oportunidades culturales, educativas,...; constituye un conjunto radicalmente avanzado incluso para nuestros días. En nuestra sociedad persisten las injustas diferencias sociales, (cerca de una cuarta parte de la población española vive en el umbral de la pobreza, subsisten bolsas de paro, grupos marginales y también abusos, beneficios desenfrenados,... y una presión fiscal que gravita injustamente sobre las rentas de trabajo).

José Antonio es también creador de un método de conocimiento, de una dialéctica que une a la razón la Intuición poética, frente al materialismo histórico o el dogmatismo vacío. «La política sin un riguroso planteamiento intelectual se reduce a un aleteo corto sobre la superficie de lo mediocre». «Pero el corazón tiene sus razones, que la razón entiende: También la inteligencia tiene su forma de amar, como acaso no sabe el corazón».

Más hondamente es creador de un estilo, es decir de una forma de ser. La Falange que creó «es más una forma de ser que una forma de pensar». Es una forma de ser inherente a lo español como «una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo». Consiste en una jerarquía de valores. En primer lugar la supremacía de los valores espirituales -que no son exclusivamente los religiosos-, entre ellos la libertad y la dignidad del hombre. En segundo lugar, la Patria, su unidad, su grandeza espiritual y su libertad a cuya suprema realidad se han de plegar los intereses de individuos, de clases y de grupos. En tercer lugar la justicia, entendida como; un concepto integral que permita el desarrollo de todos.

El estilo consiste en que cuando estos valores entran en conflicto se subordinan según su jerarquía. Ello, no como una obligación, Impuesta, sino como una forma de ser innata, servida con imperativo poético, con cierto estoicismo inasequible al desaliento, con un sentido de servicio, entendido como un honor y no como método para alcanzar prebendas.


Proyección histórica

Este hombre y esta doctrina se proyecta durante muchos años sobre la realidad histórica de España. Moviliza las voluntades de cientos de miles de españoles, fundamentalmente jóvenes. Tiene una amplia repercusión en el mundo de las ideas (Laín, Tovar, Fueyo, Muñoz Alonso, García Serrano, Agustín de Foxá; Wenceslao Fernández Flores, Juan Velarde, Cantarero del Castillo, Francisco Eguiagaray, Jaime Suárez, Azorín, José María Pemán, Serrano Súñer, Eugenio D'Ors, Camilo José Cela, Jiménez Caballero, Ceferino Maestu, Salvador de Madariaga, Javier Conde, Gómez de la Serna, Luis Legaz, Sánchez Dragó, Unamuno,...) o desarrollan su pensamiento o lo valoran positivamente. Incluso desde la izquierda como Mariano Anso, Diego Abad de Santillán, Buenaventura Durruti, Julio Anguita, Joan Llarch,... resaltan su proyección sobre la vida española.

Los poetas con su intuición, lo exaltan con una unanimidad digna de meditar. García Viñolas, José Mª Alfaro, Álvarez Cunqueiro, Gerardo Diego, Rafael Duyos, Concha Espina, Carlos Foyaca, Jiménez de Castro, Felipe Vivanco, Félix Ros, Luis Rosales, Juan Sierra, Francisco Urrutia, Adriano del Valle, Dionisio Ridruejo, Xosent Marañón, Eugenio Montes, Leopoldo Panero,... Eduardo Marquina, Miguel María Pascual, José Martí, Arroitia Jáuregui,

Pasó incluso a la copla popular como aquella que cantaban los legionarios en el frente de Teruel:

«Echarle amargura al vino

   y tristeza a la guitarra

  compañero nos mataron

al mejor hombre de España»

 Insólita unanimidad de poetas y de jóvenes ante un símbolo de España y un mensaje nuevo.

Infundió en sus escuadras, un espíritu heroico, que llegó muchas veces a lo épico, como los más de 200.000 voluntarios, que se incorporaron a los frentes en los primeros días del alzamiento, sobre todo a partir del asesinato de su Jefe, al que llamaban «el ausente». «Falangistas valerosos», como con cierta ironía les llamó la derecha, cómodamente instalada en la retaguardia, a los que su ardor combativo les servía para la protección de sus intereses. Los del «Alto de los Leones», el Alcázar de Toledo, Santa María de la Cabeza, los flechas navales del Baleares, la escuadrilla azul, o poco después la gloriosa «División Azul», mandada por un general falangista, Muñoz Grandes, una de las epopeyas más grandes de nuestra historia reciente. Muchos de aquellos jóvenes procedían de la Izquierda, como Matías Montero, primer estudiante caído, que procedía  del partido comunista, o los que venían del sindicalismo de Ángel Pestaña, cuyo acercamiento a José Antonio, fue interrumpido por la Guerra Civil, o las mismas JONS de Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, radicalmente revolucionarias.

Después fueron, sus hombres y su doctrina, la que durante más de cuarenta años, informaron las grandes transformaciones sociales de España -pantanos, nuevos regadíos, repoblación forestal, nuevas escuelas y universidades, universidades laborales, carreteras, Seguridad Social, Magistratura de Trabajo, Mutualidades, Cooperativas, INI, pleno empleo, alfabetización, ferrocarriles, industrialización jurados de empresa,... una verdadera transformación que creó una nueva y extensa clase media, garantía de estabilidad y de futuro. Todo ello con una doctrina y unos hombres cuya vinculación política con la doctrina de José Antonio estuvo clara, Girón, Arrese, Suances, Cabestany, Solís,...

Finalmente fueron los «reformistas azules», es decir de nuevo los que procedían del pensamiento y del estilo de José Antonio, los que realizaron la apertura del régimen, protagonizaron la transición y establecieron la democracia. Dígaseme, si no, de dónde procedían Herrero Tejedor o Fernández Miranda, ambos viejas guardia y ministros del Movimiento, o Martín Villa, J. Luis Rosón, Ortí Bordás, Gómez Molina, Eduardo Navarro, Castro Villacañas, Sánchez de León, Miguel Primo de Rivera, Fernando Suárez, Pérez Olea, Noel Zapico, Gabriel EIorriaga, Francisco de la Caballería, Dolores Bermúdez,... entre los que me encontraba, a los que hay que añadir los gobernadores, alcaldes, delegados,... de la transición, licenciados a partir de los años 80, sin agradecer siquiera los servicios prestados.

Algunos de ellos defendimos hasta última hora, en el Consejo Nacional y en las Cortes, y también en los medios de comunicación social, la posibilidad de una «democracia de síntesis», entre las ideas y los intereses -pues tan natural es para los seres racionales asociarse por similitud de ideas, como nacer en una familia, vivir en un municipio o trabajar en una empresa-. Ello quizás hubiera producido una mayor representatividad y evitado los excesos de la partitocracia, al mismo tiempo que se superaba el organicismo de la llamada democracia orgánica, donde en parte el adjetivo, es decir lo orgánico, había suplantado el sustantivo, es decir, la democracia.

La política sin embargo «es una jugada con el tiempo», la resistencia a un proceso de cambio necesario desde los años 60, que los azules reiteradamente propugnamos, por parte de quienes creían poder heredar el régimen, porque monopolizaban muchos resortes de poder, y las circunstancias colectivas nacionales e internacionales, lo hicieron imposible.

A pesar de ello, hicieron una transición abierta generosamente a todos los españoles, sin reservarse privilegio ni prebenda alguna. Dejaron también las puertas abiertas a esa democracia de síntesis, que puede ser “libre y apacible,” y realmente representativa, que era el fin último del pensamiento joseantoniano. Bastaría para ello la reforma del Senado para convertirlo en una auténtica cámara de representación territorial; la potenciación competencial de los Consejos Económico-Sociales, hoy sin desarrollo, que pueden ser una cámara de concertación, de promoción de proyectos, con carácter pre-Iegislativo; y la transparencia en el funcionamiento de los partidos políticos, los sindicatos, los ayuntamientos,... su financiación; el respeto a la autonomía de las instituciones intermedias entre la Sociedad y el Estado; un sistema electoral de listas abiertas que evite el nepotismo...


Marco vital

Observaciones para centrar  la cuestión que nos ocupa.

En primer lugar José Antonio tuvo una vida política de solo tres años. Por eso es impresionante que en ese corto espacio de tiempo lograra una proyección, quizás no alcanzada por ningún otro político español.

En segundó lugar y como consecuencia de lo anterior su doctrina es un proyecto Inicial, el cual, hay que enmarcarlo, para juzgarlo objetivamente, en las circunstancias españolas que les tocó vivir -no en balde su maestro, pues José Antonio era profundamente orteguiano- decía que «yo soy yo y mis circunstancias». Por eso, conociendo el talante liberal y la formación europea -con profunda admiración hacia la estabilidad institucional inglesa- y su reiterada oposición al autoritarismo, «nosotros no somos partidarios de las dictaduras ni de derechas, ni de izquierdas». «En el alma de esos hombres –los que representan los estados absolutos- late de seguro una vocación de interinidad [...] que a la larga se llegará a formas más maduras en el que tampoco se resuelve la disconformidad anulando al individuo...», hubiera llegado a propuestas menos dependientes del feroz enfrentamiento y profunda injusticia de la España de entonces.

En tercer lugar José Antonio lo asesinaron muy joven, cuando tenía 33 años -lo mismo que a Jesucristo, Lutero King, Kennedy, Che Guevara,...- por eso su mensaje conserva su frescura, pero también es una sinfonía inacabada, con una característica profundamente impresionante, que su muerte no fue improvisada, que llegó a ella con plena conciencia, que tuvo tiempo de hacer su testamento y de demostrar una tremenda coherencia con su ejecutoria y estilo. Rubricó con su muerte su vida.

 
Vigencia

 Hechas estas manifestaciones, cabe preguntarse para terminar: ¿por qué una figura tan importante, por su pensamiento, ejecutoria y proyección en la historia de España, es hurtada al conocimiento de la sociedad y especialmente de las nuevas generaciones?

Después de meditar sobre esta pregunta, he llegado a la conclusión que es por miedo. Miedo íntimo de muchos, hoy en la derecha o en la izquierda, a enfrentarse con sus propias contradicciones internas, con sus íntimas traiciones y olvidos, respecto a lo que un día fue su limpio ideal o el de sus padres. Es como huir de uno mismo.

Otros también por miedo a que salgan a revisión -como se está produciendo inexorablemente- sus falsificaciones históricas, como la fácil identificación de José Antonio con los fascismos, que él negó oficialmente siete veces, negándose a participar en los congresos internacionales fascistas, como el de Montreux y diferenciándose expresamente por su concepto básico de la libertad del hombre, su participación en el Estado, su carácter anti-internacionalista y netamente español, su sentido católico de la vida, la superación del corporativismo y su sentido de la revolución nacional.

Muchos de los que siembran esta confusión, buscan un chivo expiatorio que disimule su propia vinculación con el stalinismo más totalitario, o con la derecha más reaccionaria e injusta.

Miedo a quedar en evidencia aquellos que se han atribuido la evolución del régimen franquista -en el que generalmente ocuparon los resortes reales de poder- la integración europea -José Antonio fue siempre convencido europeísta- y la instauración del sistema democrático. En realidad muchos de ellos presuntos luchadores por la democracia desde una tertulia de café, un hotel de cinco estrellas o un pingüe consejo la administración auténticos beneficiarios sin riesgos del régimen. Otros luchadores reales a favor de la dictadura marxista.

Hoy se ha sembrado una confusión empezando por la propia Constitución al introducir el término «nacionalidades»; o la expresa y antihistórica referencia a la posible Integración de Navarra en el Consejo General Vasco, al que nunca ha pertenecido; o la contradictoria posibilidad de crear policías autónomas o establecer impuestos territoriales diversos, invadiendo competencias exclusivas del Estado. Personajes como Heribert Barrera o Roca Yunquet, que defendían el secesionismo, o la complacencia de Peces Barba, Emilio Atard y Herrero de Miñón que, aún en el mejor de los casos, terminó sustituyendo los objetivos nacionales por el «consenso», en sí mismo elevado a valor absoluto, fueron los autores de esta “confusión”.

Miedo de unos y de otros de que ese conocimiento de José Antonio, pudiera producir una adhesión y ello supusiera la posibilidad de participación de un amplio sector silencioso y silenciado. Participación que podría suponer la liberación de la sociedad hoy ocupada por los partidos (Cajas de Ahorro, Colegios, Cámaras, Sindicatos, Empresas públicas, semipúblicas, subvencionadas, fundaciones,...), como se reconoce con testimonios tan claros como los de Damborenea, Pablo Castellano o Juan Francisco Martín Seco.

Podría suponer -¡ojalá!- el terminar con los contubernios separatistas, de quienes los apoyan y de los que los consienten -obsesión por la unidad integradora de la diversidad en el pensamiento de José Antonio-; la inmigración ilegal y consentida, especialmente en Ceuta, Melilla y Canarias; el mantenimiento de unas relaciones internacionales dignas, concretamente con el Sahara, Marruecos, Inglaterra en el tema de Gibraltar, etc.; fin de la desvinculación de la juventud con la Patria; del aislamiento social acentuando con la profesionalización, la falta de despliegue territorial y de capacidad disuasoria de nuestras Fuerzas Armadas; y en general de la falta de ética y de valores y de una sanción efectiva de la trasgresión de la Ley, que implica un Estado de Derecho.

La vigencia de esta problemática, -naturalmente con las exigencias y circunstancias de nuestro tiempo-, ponen en evidencia la vigencia del pensamiento y la necesidad del estilo de José Antonio. Su respuesta a cada planteamiento de la realidad nacional, sigue siendo capaz de superarla.

Hoy al margen de toda actitud partidista, sin reclamar ni pretender la adscripción a nada, ni el voto para ningún programa ni partido, sólo quiero propugnar la necesidad de que no se hurte a la sociedad el conocimiento de una de las figuras más coherentes y sugeridoras de la España moderna.

Estoy seguro que el estudio y la difusión de su vida y obra, incluida su muerte y su proyección histórica, constituiría un gran descubrimiento para antiguas y nuevas generaciones.