José Mª Sánchez-Silva aportó su nombre y su prestigio desde el primer momento a esta empresa joseantoniana. Socio-fundador de Plataforma 2003, a su fallecimiento Reyes-Sánchez-Silva, su hija, ha tomado el relevo. Como homenaje a su memoria reproducimos aquí el artículo que  Enrique de Aguinaga, también socio-fundador, ha publicado en la revista "Torre de los Lujanes" nº 47, editada por la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País.

 

 




MI HERMANO MAYOR, JOSÉ MARIA SÁNCHEZ SILVA



Enrique de Aguinaga

De la Real Academia de Doctores




“¿Se puede poner el maestro?” Llamaba a José María Sánchez-Silva e indefectiblemente me respondía Reyes, su hija, a la vez, madre, ama de llaves, enfermera y memoria. Talento dulce, indisociable del maestro, al que ha dedicado plenamente, jubilosamente, su soltería, Reyes estaba siempre y estaba en todo. Y lo sigue estando.

   
José María Sánchez-Silva, viudo de Carmen Delgado, como significativamente pone la esquela en primer término, dejó por escrito, lo que para él significaba la esposa. Lo escribió como “Carta a mi mujer” (“ABC”, 24 de enero de 1995). Escrito está también  lo que para él ha sido Reyes. Está en el testamento y lo sé porque a Antonio José Hernández Navarro y a mi nos llevó al notario como testigos de su ultima voluntad. Lo sé, además,  porque lo sé, en mi mismo, y no me pidan más detalles.

Ahora Reyes me envía una nota manuscrita que José María tenia, en los que había bautizado como cuadernos IPOD (Ideas Para Otro Día). Es una ficha, como de diccionario, que, sobre mi, había escrito en prevención de un discurso. La nota dice:

Aguinaga.- Como ese hermanillo más pequeño en la familia numerosa, avispado y traviesillo pero lleno de una bondad bañada por el chocolate del humor. Esto es para mi Aguinaga, además del hombre admirable y el gran periodista y escritor que todos conocemos. El hombre que hoy por hoy sabe más que nadie de periodismo en España. ¿Por qué? Porque enseña periodismo desde hace treinta años y enseñar es más que aprender,  porque significa haber aprendido

Está claro que José María, Dios se lo pague,  se pasa dos pueblos.  En los años se queda corto (me estreno como profesor de periodismo 1953) ya que la ocasión del discurso  pudo ser cuando Correos y Telégrafos le entregó el primer premio “Juan Valera” de Literatura Epistolar por su “Carta a mi” (el diploma lo firma a 9 de mayo de 1995 el presidente del Jurado, Camilo José Cela).  O cuando, en 1996, Medardo Fraile, Rafael Conte, Emilio Pascual y yo presentamos su Obra Fundamental, editada por la Fundación Central Hispano.

 

Transcribo impúdicamente, como compensación, la nota que José María me dedica, porque José María, de palabra y por escrito, me ha dedicado insultos sistemáticos, aquellos que yo comentaba en casa: “Ya me ha echado la bronca José María ”.

 

Un día, por los años cuarenta, en los principios de mi periodismo, me deja una nota interior:

 

Te espero a las doce en el periódico. Hoy, miércoles, habremos de hacer doce planas, sacadas de un modelo corto y desabrido. Tus paginas, precisamente, me parecen las dos peores de la ultima prueba. Por no estar atento ayer, por hablar demasiado y resolver tus problemas municipales en el taller; por tu costumbre de aplazar la urgencia del trabajo, tomándote anticipos sobre el descanso merecido; por tus comilonas de churros, de madrugada; por tu impuntualidad y tu muy impreciso talento; te aviso que hoy miércoles será el verdadero día de prueba de tu valía y tu disciplina; de  tu amistad y espíritu de equipo. No tengo que decirte que si de esta prueba salgo insatisfecho –así, personalmente- regresarás a la redacción que tanta fama y crédito te ha dado, a tus condenadas, esmeriladas y repujadas paginas municipales. Un abrazo y....a animarse.

 

En el año 1986, cuando sudo tinta para destilar las dieciséis líneas de una columna sintética que titulaba “Kilómetro Cero”, me manda una tarjeta:

 

Aparte de que seas una mierda como amigo, tu “Kilómetro Cero” se desliza peligrosa e inexorablemente al ceronismo  [se refería a Julio Cerón] cuyas turbias aguas superiores tratan de servir de “ambientador” para disimular la vulgar pestilencia de las aguas inferiores.

 

En 1992, a propósito del texto documentado de  una conferencia mía sobre la guerra, me escribe en una carta:

 

Eres ese típico perezoso hispánico que trabaja un horror para no trabajar. Si trataste de fundamentar tu “tesis” sobre pensamiento ajeno, la abrumadora cifra de citas estaría justificada solo en función de la calidad de lo citado. Yo estaría orgulloso de ser el autor de tu jodida conferencia, pero dudo mucho de que tu pudieras estar lo mismo, pues tus condiciones y experiencias, profesionales y profesorales, permiten esperar más , mejor y...más breve... Me estorba [aquí] el humor.. Eres un burro y tu sitio esta en Rute, donde escasean.

 

Siempre acepté tranquilamente la broncas de José María, como mínimo tributo a su amistad y a su inteligencia. (Garcia Luengo diría: “Es que si no fuera inteligente, no seria amigo mío”). Los amigos inteligentes son amigos difíciles. No solo porque quien bien te quiere te hará sufrir, sino fundamentalmente  porque la inteligencia está rodeada de dificultades. Si, a veces, reflexionar es peor que arar, la amistad en inteligencia también tiene sus arduos momentos.

 

El inteligente y, por eso, difícil tiende a destruir las situaciones excesivamente placenteras para no ser absorbido por ellas. Al  contrario de la máxima de Wilde (“El remedio para librarse de una tentación es sucumbir en ella”), lo propio de la inteligencia difícil es destruir la situación que se ha creado para no sucumbir en su excelencia. Complicado, ciertamente, pero ese corte, a tiempo o a destiempo, es inteligente higiene preventiva de la enajenación.

 

Mis tres amigos inteligentes del periodismo, mis tres maestros, son cuatro. Originariamente Juan Aparicio, Ismael Herráiz  y José María Sánchez-Silva. Al trío se agregó enseguida Adolfo Muñoz Alonso. Cuatro inteligentes, cuatro difíciles. Aparicio, barroco, ramoniano, oceánico, napoleónico. Herráiz, “la ira del bien”, según Mourlane, disparate razonable, precisión critica. Sánchez-Silva, la magia de la letra, sangre del espíritu. Muñoz Alonso, la dialéctica arrasadora y la bondad encubierta.

 

Huérfano soy de los cuatro, ya ausentes. Discípulo confeso sigo siendo de los cuatro, que me siguen enseñando la dificultad de la inteligencia.  No es casualidad que ahora,  los cuatro, con un denominador común joseantoniano,  estén prohibidos. Nadie se moleste en preguntar por ellos en la Facultad de Ciencias de la Información, Sección de Periodismo. La prueba, bien reciente, ha sido José María, cuya memoria ha puesto a prueba muchas mezquindades. ¿Hasta cuando, los sórdidos silencios? ¿Hasta cuando los bajonazos?

 

Me consta el mutuo afecto de Cela y Sánchez-Silva , desde los tiempos de la calle Larra. Cela, ante la muerte del amigo, que solo le precede en cuatro días,  le dedica su último articulo, que se publica como texto póstumo en ABC. En su escrito final, Cela  reconoce que “la critica y la historia literaria no han sido justas con la memoria y la consideración de Sánchez-Silva” y  que “hace tiempo que su nombre se había descabalgado de la nomina de los que interesaban a los estudios del fenómeno literario”. Y añade: “Todos sabemos que sobre estas lucubraciones influyen siempre el calendario y la política”.

 

Siete años antes, había encabezado con  un profundo “Mi querido amigo” la carta que le dirigió en “ABC” , “Carta a un amigo, en su blocao” ( 1994).

 

Estoy empezando a pensar que ya no existo...y que no somos ni tu ni yo, sino figuraciones, espejismos, sombras fantasmales, semimuertos que andan mareando a los herederos que se impacientan porque no las tienen todas consigo.

 

José María le había escrito a Camilo, una detrás de otra,  cuarenta cartas (en otro lugar he llamado la atención sobre la vis epistolar de Sánchez-Silva, que en un tiempo, así me lo dijo, llegó a escribir doce cartas mensuales a una famosa actriz catalana) Y José María, cuando completa la baraja de las cuarenta cartas, considera que tiene que destruir la situación.

 

Tu carta numero 40 no puede ser la última -le contesta, en “ABC”, Camilo a José María-; tu y yo tenemos la obligación de resistir y seguir. A todos nos asestan puñaladas pero no olvides que, en ciertas ocasiones, una sangría puede ser saludable. Tu en tu blocao y yo en el mío, los dos tenemos la obligación de morir con las botas puestas, quiero decir con la pluma en la mano. Aparta malas ideas de la cabeza, no pidas nunca a nadie más de lo poco que pueda dar de si y sigue escribiéndome hasta que se te pare el corazón.

 

Poquísimos lectores de “ABC” sabíamos que esta era una carta de Cela a Sánchez-Silva, aunque Camilo no pusiera el nombre de José María, “porque no hay que dar tres cuartos al pregonero”. Y le llama “mi querido N.N.”, como le habría podido llamar “mi querido prohibido”. 

 

El silencio de escritores que escriben a diario ( Umbral, Alcántara o Gala) confirman la observación  de “Ecclesia”(“Su nombre está silenciado en panoramas de la literatura contemporánea.”) y de   Miguel Ángel Velasco”, director de “Alfa y Omega” (“Los medios de comunicación de este país lo han silenciado sectariamente” )

 

Cuando la Medalla, Alcántara promete: “Algún día escribiré largo sobre José María”. Pero, en el entierro, Sanz Villanueva constata: “Hoy su nombre cuenta tan poco que ni siquiera figura en el censo de autores comentados en la historia de la novela española de Ignacio Soldevila”.

 

“Ecclesia” simplifica la causa de la proscripción de José María y deja abierta la cuestión a todos los añadidos y matizaciones: “por diversos motivos, entre ellos quizá el de ser escritor católico y el de haber escrito la biografía laudatoria “Franco, ese hombre” (1964)”.

 

¿Hasta cuando el antifranquismo cerril, que se obstina en borrar la realidad? ¿Hasta cuando la sistemática tergiversación de la historia? ¿Hasta cuando la irracionalidad de los tabúes ? ¿Hasta cuando la ferocidad de la censura invisible?

 

En la fiesta de San Francisco de Sales de 1994, José María me llama con hipérbole humorística  “mi único sobrino y heredero” . Yo era, efectivamente, su “hermanillo más pequeño”, que, con José Luis Sáenz de Heredia (otro que declara “me he sentido silenciado durante muchos años”), formaba un triangulo isósceles. Yo era, naturalmente, el lado menor, invitado al gran espectáculo del dialogo circense de José María y José  Luis, suma de ingenio, ironía, sarcasmo, humor, inteligencia y alegre fraternidad, que tuvo su plasmación periodística en el diario “El Alcazar”, en aquella sección que escribieron, al alimón, bajo el titulo de “Franqueo concertado”.

 

José María, que me regala, con sus tarjetas, breviarios de talento, y, con sus cartas, tratados de lo mismo, en 1966 me arma caballero de su caballería. Cuando en una operación de prestigio le ofrecen, en las mejores condiciones, la vuelta al periodismo, en la dirección del diario “Arriba”, José María pone como condición sine qua non que Aguinaga sea su segundo.

 

La negociación, que fue compleja y larga ( tres meses), se llamó “concilio de Javea”, porque, entonces, José María allí vivía, en el Portichol. Le dimos todas las vueltas al asunto, se escribió un curioso epistolario y, finalmente José María dijo no. La razones eran muy genéricas; pero entonces empecé a tener la sensación de estar prohibido y esto me unió más todavía al maestro.

 

Estoy contando minucias de José María Sánchez-Silva, autor del cuento español más famoso del siglo XX; de José María, que es el  único español que ha obtenido la Medalla Internacional Hans Christian  Andersen (1968), llamada “pequeño Nobel” o “Nobel de la literatura infantil”.

 

Estoy hablando del mejor articulista (lo he explicado en “La Razón”, 5 de febrero) amen de guionista y director; del periodista que, cuando no se viajaba, dio la vuelta al mundo y lo contó; del premio “Mariano de Cavia” (1947), Periodista de Honor (1964) y Premio Nacional de Literatura (1957), de Periodismo (1945) y de Cinematografía (1955);  del padre de “Marcelino, Pan y Vino”, “Historias menores de Marcelino, Pan y Vino” y “ Aventura en el cielo de Marcelino Pan y Vino”; del gran epistológrafo (“Carta de un niño a Dios”, “Carta a mi”, “Carta a la lluvia”, “Carta al cine”, “Carta a las madres”, “Carta abierta al general Casinello”, “Carta del amor hecho”, “Cartas a un niño sobre Francisco Franco”...); del inventor de “Luiso” y de “Ladis”; del narrador de “El hombre de la bufanda”, “La otra música”, “No es tan fácil” o ”La ciudad se aleja”; del biógrafo de “Juana de Arco” y “San Martín de Porres”; del historiador sagrado de “Adán y el Señor Dios”, “Jesús creciente” y “La adolescencia de Jesús nunca contada”;  del cuentista de “La burrita Non”, “Adiós, Josefina  o “Colasín, Colasón”; del cronista de  “Historias de mi calle” y “Memorias de un niño de la calle” .

 

Todos los libros los tengo en una estantería predilecta y todos están dedicados. Esta es la dedicatoria de “Jesús Creciente”(1985):

 

A mi amigo Enrique de Aguinaga, que es una de las tres únicas personas que saben que a este relato le falta el tercer capitulo final de la obra titulado “La llamada del Jordán”, escrito y destruido cuatro veces en cinco años y medio, que ahora está en el telar por quinta y última vez.

 

Así escribía José María. Hablo del escritor y amigo José María Sánchez-Silva, mi hermano mayor, que se ha muerto silenciosamente, pero que todos los días resucita.”¿Tu crees que los muertos no se mueren, José María?” le pregunta Alcántara. Y José María le contesta: “Estoy convencido. Nadie se muere”. Me lo dijo en letras de condolencia cuando murió mi madre (1959): “Desde antiguo, se nos tiene prometido algo a este respecto y no hay sino esperar. Aunque no estudié latín –ni nada- sé esto: “Expecto resurrectionem mortuorum”.