Las medallas de José Antonio

 

 

Francisco Caballero Leonarte

Recientemente, hurgando entre los montones de fotos históricas que me facilitaron en un archivo fotográfico público de Barcelona, observé una que, en principio, no me despertó ningún interés por las imágenes que contenía, pero, al dar lectura a la etiqueta del dorso pude percatarme de que se trataba de algo interesante para mí. La referida etiqueta decía textualmente: Arqueta que contiene tierra de la sepultura de José Antonio, flores, medallas y escapularios que llevaba cuando lo fusilaron, y el pequeño crucifijo que apareció en su mano cuando lo desenterraron. Me quedé sorprendido. A pesar de mis innumerables lecturas sobre el Fundador de la Falange, yo no tenía conocimiento de ese hecho que, indudablemente, ponía en evidencia un aspecto de la religiosidad de José Antonio.

Este hallazgo me comprometió a iniciar una pequeña investigación conducente al mejor conocimiento de la personalidad del Fundador, por lo que me propuse ahondar en aspectos que pudieran contribuir a entender con mayor rigor su perfil humano y religioso.

Al margen de los diversos libros1 y artículos que nos ofrecen testimonios de la religiosidad de José Antonio, estimé que yo tenía ante mí, en aquella fotografía, una evidencia concreta; allí estaban las medallas, crucifijo, “detente”, escapulario…que él tuvo en su poder mientras duró su encarcelamiento.

Sobre la religiosidad de José Antonio, creo que es innecesario pronunciarse, porque algunos de sus familiares y biógrafos ya lo han hecho con mayor autoridad. Aquí trataré, simplemente, de descifrar por qué José Antonio llevó consigo, durante el tiempo penitencial de su cautiverio, esos símbolos religiosos y no otros; qué significado y qué efectos taumatúrgicos posee cada uno de ellos…y, lo más importante, ¿de verdad José Antonio estaba imbuido de la fe necesaria para estimar esos símbolos en todo su alcance y profundidad religiosa o, quizás, hubo algo de deseo de consuelo, de reconstitución de su ánimo, en aquellos momentos críticos de profunda ansiedad ante una más que probable muerte?

EL HALLAZGO DE LAS MEDALLAS Y OBJETOS RELIGIOSOS

Si bien en distintos pasajes de la vida carcelaria de José Antonio se alude al tema de sus prácticas religiosas (lectura de La Biblia, rezo del Rosario…) e incluso se mencionan algunos objetos religiosos que, posteriormente, aparecieron en la exhumación de su cadáver, me centraré en la descripción y estudio de cada uno de esos objetos (siempre que el estado de la imagen permita su reconocimiento) con intención de aclarar la causa de su posesión. Para ello recurrimos, en primer lugar, a la narración que nos hace Javier P. Millán Astray2: Como oficial de Franco entré el primero en Alicante.  Acompañado de mi sargento, puse el pie en el sagrado recinto, donde todo era silencio y soledad entre las tumbas. Me avisté con el capataz, Tomás Santonja Ruíz, y le interrogué acerca del lugar donde se encontraba enterrado José Antonio. Me enseñó el capataz su libro de notas. Leí: “Fosa once”. Y detrás el nombre de nuestro muerto, seguido de Vicente Muñoz, Luís Segura, Ezequiel Mira, Luis López, Felipe Codina. Pero no era en la fosa número once donde se había verificado la inhumación, sino en la señalada con el número cinco. El capataz cambió deliberadamente los números para evitar cualquier profanación. […] Aún no había nacido el sol del siguiente día cuando, ayudado por unos camaradas y los empleados del cementerio, fuimos sacando los cadáveres de la fosa. Solo el de Felipe Codina estaba encerrado en un ataúd, porque había fallecido de muerte natural en un hospital. Los últimos restos que yacían en la sepultura eran los de nuestro querido Jefe.

Hallazgo de las reliquias en la fosa

Limpio de tierra, José Antonio, intacto como si pocos minutos antes hubiera muerto, descansaba en la honda sepultura, con la mano derecha crispada sobre el jersey en el lugar del corazón. Solo los pies, descalzos con unas toscas alpargatas, habían sufrido los efectos de la descomposición. […] Rezamos un padrenuestro, dijimos con fervor nuestros Presentes y a una seña de Miguel bajé a la fosa. Lo primero que me extrañó fue encontrar sobre el cadáver un crucifijo suelto…Un miliciano lo había arrancado del cuello de José Antonio en la primera inhumación pero el capataz haciendo valer su autoridad, le había obligado a devolverlo… Levanté la mano derecha de nuestro Jefe muerto. Le desprendí un imperdible con tres medallas que llevaba sujeto al jersey y se las entregué al conmovido hermano.

En algunas imágenes que figuran en el libro La personalidad religiosa de José Antonio se pueden observar, aunque de forma imperfecta, el relicario con la cruz, el escapulario, el “detente” y las medallas sujetas al imperdible. Pero no son del todo reconocibles las imágenes de dichas medallitas. El deterioro producido por el tiempo transcurrido y las condiciones naturales de la fosa, además de la poca calidad de la fotografía reproducida, no han permitido distinguirlas con claridad. El relicario que contiene el pequeño crucifijo tiene una leyenda que dice: Crucifijo que tuvo en su mano José Antonio en el momento de ser fusilado el día 20 de noviembre de 1936, y con el que fue enterrado en Alicante hasta su traslado al escorial el día 20 de noviembre de 1939.


LA PROCEDENCIA Y EL SENTIDO DE ESOS SÍMBOLOS

Sabemos que José Antonio tenía un sentido profundo de la religiosidad, el cual, lógicamente, estaba exento de fanatismos o beatería. Había dado prueba de ello mucho antes de su encarcelamiento, no solo en la elaboración de su doctrina política (Punto 25 de los Programáticos de la Falange: Nuestro Movimiento incorpora el sentido católico, de gloriosa tradición y predominante en España a la reconstrucción nacional), sino también en diversas ocasiones coyunturales o anecdóticas. Así, no es de extrañar que, precisamente en su estado cautivo, acentuase su actividad piadosa y decidiera proveerse, por medio de sus familiares y amigos más allegados, de los objetos religiosos mencionados. La Fe Católica del Fundador de la Falange, la aceptación de los símbolos de su Iglesia, hoy nos puede parecer incluso pueril, pero cierto es que antaño se vivía la religiosidad de una manera mucho más formal y rigurosa. ¿Acaso desmerecería en algo el rigor intelectual del joven abogado el hecho de que rezase ante El Crucificado y pasara el Santo Rosario? Durante su tiempo de cautiverio, José Antonio leía la Biblia que le había regalado su amiga y camarada Carmen Werner3 y, llegado próximo el momento de su sacrificio ante el pelotón de ejecución, pide permiso para acceder al sacramento de la confesión. El sacerdote D. José Planelles, que también estaba preso en la misma cárcel, sería el encargado de atender su deseo. Después diría: Hoy he confesado a uno que va a morir por todos nosotros.

A tenor de lo dicho, podemos entender, perfectamente, el deseo del Fundador de poseer unos símbolos religiosos que le permitieran profundizar en la oración y en la Fe. No obstante surge inmediatamente la pregunta: ¿Por qué esos símbolos y no otros? Ya hemos dicho que la Biblia se la regaló Carmen Werner, pero esta no fue la única persona que facilitó al preso efectos religiosos. Sabemos que el pequeño Crucifijo que tanto estimó José Antonio y que portó en sus manos cuando lo
fusilaron, se lo había regalado su hermana Carmen las vísperas de su ejecución; en el momento de recibirlo le dijo: Me alegro mucho, pues no tenía. En opinión de Álvaro Abellán4 El crucifijo ha representado durante siglos un ejemplo de sacrificio y amor desinteresado; ha sido símbolo de una justicia elevada por la misericordia; ha sido consuelo de los pobres, los humildes, los sencillos y los perseguidos. Por supuesto, para un creyente fervoroso ese símbolo representa mucho más todavía: es la imagen del Redentor de los hombres, la Luz permanente.

El escapulario

También sabemos que José Antonio tenía en su poder un escapulario de la Virgen de la Merced que, según algunos autores, pendía siempre de la cabecera de su cama desde el día de su encarcelamiento. Lo cierto es que ese objeto religioso aparece entre los rescatados en la exhumación de su cadáver.

Pero no era casual que el Fundador tuviese en su poder ese escapulario, pues se sabe que José Antonio pertenecía, como caballero, a la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos, más conocida como Orden de la Merced5. La devoción de José Antonio por estos monjes soldados, que tenían como misión principal, en los tiempos de su fundación (S.XIII), el adentrarse en tierra de moros y rescatar cautivos, era muy grande y le servía de inspiración.
 

 

Detente y escapulario

   


Pero ¿qué es un escapulario? Los escapularios son objetos devocionales que se utilizan como una demostración de lealtad a una hermandad o cofradía, santo, o forma de vida, así como recordatorio constante de ese voto6. El escapulario de Nuestra Señora de la Merced es de color blanco, y la parte frontal tiene una imagen de la Virgen y detrás el escudo de la Orden. Según lo define la Iglesia es: Una gracia especialísima que la Virgen María Madre de Dios concede a sus hijos predilectos como signo de su filiación, escudo de su amparo y baluarte de su defensa en todos los peligros del alma y del cuerpo.

Medalla de la Santa Faz

Entre los objetos religiosos rescatados del cadáver de José Antonio también figura una medalla de la Santa Faz. No sabemos cómo llegó hasta él, pues, en este caso, no conocemos nombre de persona que se la pudiera haber entregado.

Haciendo la consulta a través de Internet (http://www.santisimavirgen.com.ar./santa_faz.htm) obtenemos conocimiento de lo siguiente: (extracto) Jesucristo Nuestro Señor ha concedido gracias enormes a los devotos de su Santa Faz. “La saludable reparación a la Santa Faz es una obra divina, destinada a salvar a la sociedad moderna”, afirmó S.S. Pio IX. – Entre los diversos efectos taumatúrgicos que se le atribuyen figura: Todos los que defiendan esta causa de reparación, por palabras, por oraciones o por escrito, recibirán defensa también en sus causas delante de Dios Padre a la hora de la muerte. Yo enjugaré la faz de sus almas, limpiando las manchas del pecado y devolviéndoles su primitiva hermosura.
 

Medalla de la Santa Faz (parece que es la mayor)


En relación con la idea de la muerte José Antonio, como creyente, tenía una íntima preocupación. Poco después de sufrir el atentado, a la salida de un juicio celebrado en la cárcel Modelo de Madrid, el día 10 de abril de 1934, fue entrevistado por el periodista César González Ruano, que trabajaba para el diario ABC. El entrevistador le preguntó por aquello que más le hubiera preocupado en el caso de haber muerto en el atentado. José Antonio le respondió: Por no saber si estaba preparado para morir. La eternidad me preocupa hondamente. Soy enemigo de las improvisaciones. Igual en un discurso que en la muerte. La improvisación es una actitud de la escuela romántica y no me gusta. Tiempo después, concluido el proceso de Alicante, concentró todos sus esfuerzos en ese menester. Desde la cárcel le escribió a su tío Antón: Trato de disponerme lo mejor posible para el juicio de Dios. Posteriormente le diría a su tía Carmen: Dos letras para confirmarte la buena noticia, la agradable noticia, de que estoy preparado para morir bien, si Dios quiere que muera, y para vivir mejor que hasta ahora, si Dios dispone que viva. Evidentemente, estas manifestaciones del Fundador dan un sentido a la posesión, por su parte, de esas pequeñas imágenes religiosas, nos explican el porqué le acompañaron hasta la tumba. Esos símbolos para un creyente son unos valiosos elementos auxiliares para el recogimiento y la oración. El joven abogado lo estimaba así.

El ¡Detente bala!

Tampoco tenemos constancia de quién le proporcionó a José Antonio el ¡Detente bala! que aparece entre lo rescatado en la exhumación de su cadáver. Veamos una versión de su origen y efectos taumatúrgicos, a cargo de Jesús Fidelis (http://jesusfidelis.blogspot.com): Al parecer, su origen proviene de la época de Santa Margarita María Alacoque, como lo atestigua una carta dirigida por ella a la Madre Saumaise el 2 de marzo de 1686,en la que dice: “El (Jesús) desea que usted mande a hacer unas placas de cobre con la imagen de su Sagrado Corazón para que todos aquellos que quisieran ofrecerle un homenaje las pongan en sus casas, y unas pequeñas para llevarlas puestas”. A partir de entonces las mujeres bordaban para sus hijos, maridos o novios estos pequeños emblemas que tendrían el poder de detener cualquier bala destinada al cuerpo de sus seres queridos. El caso es que la exclamación “¡Detente bala!”, ha quedado para intentar apartar de la vida aquello que, sabemos, va a causarnos un efecto terrible. Deseamos que esa “bala” dirigida a nuestros sentimientos se detenga o se desvíe; que no nos toque, que no nos haga daño.

Quien esto escribe recuerda, perfectamente, haber visto antaño, en infinidad de hogares, tanto rurales como urbanos, en toda la geografía de España, la imagen del Sagrado Corazón de Jesús adosada en las puertas de entrada a la casa.

Medalla de la Virgen del Carmen

Enrique Pavón Pereira, en su obra “De la vida de José Antonio” (pp.156-157) narra que durante la visita que recibió en la cárcel de Alicante de un grupo de mujeres de la Sección Femenina de la Falange valenciana, una de ellas, Ana Mª Perogordo, fotografía a los dos hermanos (José Antonio y Miguel) y pone en boca del Fundador las siguientes palabras:

- “Cuidado –advierte [bromeando al verse fotografiado]-, puedo romper la máquina. Estoy medio endemoniado.
- Se ríen con ganas.
- ¿Veis estas medallitas de la Virgen del Carmen? Sin ellas resultaría imposible romper el sortilegio y salvarme”.

Por este texto sabemos que el Fundador tenía en su poder, entre otras, estas medallitas de la Virgen del Carmen. Sin embargo, no hemos podido reconocer todas (cuatro) las que aparecieron en la primera exhumación de su cadáver. Con dificultades puede reconocerse la de la Virgen del Carmen, que parece ser la que tiene forma ovalada. También hay una de forma rectangular, que pudiera ser de San Antonio, y una redonda, más pequeña que la de la Santa Faz, que no es reconocible en absoluto.

Pero veamos qué propiedades tiene la medalla-escapulario de la Virgen del Carmen: esta medalla, bendecida, podrán usarla quienes por alguna causa no puedan utilizar el escapulario de tela, aunque solo después de que se les imponga el mencionado escapulario (privilegio concedido por Pio X en diciembre de 1910).

Privilegios concedidos:

1. Muerte en estado de gracia para aquellos que lo hubiesen llevado piadosamente en vida y muerto con él (Promesa de San Simón Stok)
2. El llamado “privilegio sabatino”. La Santísima Virgen sacará del purgatorio el primer sábado después de la muerte a los que (Promesa al Papa Juan XXII):
a)  Lleven piadosamente el escapulario y mueran con él;
b)  Guarden con esmero la castidad según su estado;
c)  Recen diariamente el Oficio Menor de Nuestra Señora o las oraciones prescritas por quien le impone el escapulario http://www.fatima.pe/articulo-429-el-escapulario-de-la-virgen-del-carmen

A modo de conclusión

De todo lo expuesto se puede concluir que José Antonio era un fervoroso creyente católico que, en unas circunstancias verdaderamente dramáticas de su existencia, acentuó sus prácticas religiosas, impulsado, precisamente, por la idea que de la muerte y la eternidad, sabemos, siempre le preocupó. Sirvan estos pequeños datos para la reflexión, cuando se cumple el LXXVII aniversario de su muerte.

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(1) Ver especialmente La personalidad religiosa de José Antonio. Miguel Medina, Cecilio de. Ed. ALMENA. 1975.
(2) Javier P. Millán Astray.- ABC de Sevilla, 20 de noviembre de 1953.
(3) Carmen Werner recibió una de las medallas religiosas que llevaba el cadáver de José Antonio cuando este fue exhumado en 1939.
(4) Álvaro Abellán, doctor en Humanidades y CC. Sociales.
(5) La Orden de la Merced es una Orden religiosa Católica, fundada en 1218 por San Pedro Nolasco (Ca. 1180-1245) para la redención de los cristianos cautivos en manos de musulmanes (60.000 hasta 1779). Los mercedarios se comprometen con un cuarto voto, añadido a los tradicionales de pobreza, obediencia y castidad de las demás órdenes, a liberar a otros más débiles en la fe, aunque su vida peligre por ello (De Wikipedia, la enciclopedia libre).
(6)  Coralia Anchisi de Rodríguez, historiadora y profesora universitaria de Guatemala.