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Rebelde con causa
Gonzalo Cerezo Barredo
 

 


Jaime Suárez nos ha dejado el pasado 16 de Enero. Trabajando. Como le habría gustado. De madrugada. Estaba preparando la comida que, como cada tercer miércoles de mes, celebrábamos los de plataforma 2003. Con ella tratábamos de revivir una vez más el espíritu de La Ballena Alegre, la inmortal tertulia que frecuentaban José Antonio y su escuadra de poetas de la Falange.

Su enorme capacidad de trabajo no le impedía reunirse con los amigos. Algunos - pocos, ¡ay! - supervivientes de la mocedad, cuando las utopías aún no se habían extinguido del todo y el desencanto ya se ocultaba detrás de las esquinas del tiempo.

Conversador brillante, la ironía rondaba siempre a su alrededor y las ideas relampagueaban insólitas en el ambiente. Incisivo en sus juicios, firme en sus valores. Subsistía en él la paradoja de su fidelidad a las creencias e ideas recibidas, con una profunda fe religiosa y su no menos profundo desprecio a la sacralidad profana, su actual sucedáneo.

Periodista, abogado, hombre de empresa, asesor de dirección y organización corporativa. Dedicó a la empresa su trabajo como espacio de representación social, económica y política en todos sus niveles, tema sobre el que continuaba reflexionando.

Ejerció a lo largo de su vida profesional, tanto en el sector público como en el privado, con ejemplaridad y excelencia.

Encontraba en cualquier momento tiempo para leer. Era un lector compulsivo y memorioso. Retenía todo lo importante y lo compartía con sus amigos recomendando obras y autores.

Cuando un proyecto sobrevenía en su altiva imaginación lo perseguía tenazmente sin dejarse intimidar por las dificultades u objeciones. Disuadirle era difícil. Los proyectos nacían de su envidiable cerebro ya redondos y prácticamente acabados como nacidos de la cabeza de Minerva. Podías aportarle sugerencias o debatir con él aspectos más o menos importantes siempre que no afectaran al fondo. Aún así, debatir con Jaime era apasionante. Como buen polemista sostenía sus sutiles argumentos hasta el final que, previsiblemente, era el que se había propuesto. O sea, su idea originaria. Su arrolladora personalidad no dejaba a nadie indiferente. En su paso por las distintas tareas que le fueron encomendadas dejó siempre su impronta.

Su adhesión a cuanto le había sido transmitido no estaba reñida, sino todo lo contrario, con su afán de creativa originalidad, y bien puedo referirme a ese aspecto de la personalidad de Jaime porque en los años 40 tuve la fortuna de participar, desde la distancia, en su desembarco en la prensa juvenil.

Por instinto creativo o afán de mostrar el rostro más vanguardista de la Falange enlazó la fundación y dirección de la revista universitaria “Alcalá” con las publicaciones falangistas de la primera hora y la posguerra: “Haz”, “FE”, “Arriba”, “Vértice”, “Jerarquía...”

“Alcalá” fue desde su nacimiento provocativa y rompedora. Pronto se convirtió en el santo y seña de aquel momento de expectativas. Su recepción en las aulas constituyó una bocanada de aire fresco. Todo en ella era nuevo y sorprendente. La cabecera mostraba la portada de la Universidad Complutense que le daba nombre (un magnífico dibujo de Paco Carbajosa) y el diseño y tipografía eran sumamente atractivos. Colaborar en ella fue de inmediato un objeto de deseo.

Sus páginas estuvieron abiertas generosamente a cuantos quisieran escribir en ella, sin más aduana que el rigor y la calidad. A nadie se le preguntaba su origen o ideología ya fueran prometedores aspirantes provincianos o nombres que empezaban a sonar en los círculos literarios. Algunos saltarían más tarde al pleno reconocimiento público y una bien lograda fama. Así los autores teatrales Alfonso Paso y Sastre; novelistas como los matrimonios Ignacio y Josefina Aldecoa o Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite; poetas como Alfonso Albalá y Marcelo Arroita Jáuregui - tan buen poeta como crítico cinematográfico - cineastas como Martín Patino y Ana Mariscal; filósofos como Carlos París o Miguel Sánchez Mazas, dedicado el primero a la metafísica y filosofía de la Ciencia y el segundo a la alta investigación matemática en la línea de Russell. Podría seguir, pero es imposible mencionar a todos sus colaboradores.

Muchos llegaron después a brillar en la cátedra, las letras, la ciencia o la política. Notables y suficientes todos ellos para formar la generación que podría llamarse “de Alcalá”. Cuando Jaime tuvo que dejar Alcalá continuó esplendorosa en La Hora de Miguel Ángel García Castiella.

Rebelde con causa, inconformista e independiente, Jaime no desdeñó abrir las páginas de la revista a (ana)temas bajo sospecha. Por ella discurrieron viejos maestros como Ortega o cuestiones tan provocadoras y conflictivas como la literatura que, pese a todo, se seguía haciendo en catalán y a la que la revista dedicó una edición especial. Es verdad que no había sido Jaime el primero en mostrar su simpatía a la lengua alabada por Cervantes y José Antonio. Amplios sectores falangistas ya habían deparado una alentadora comprensión para ella aunque ahora no quiera reconocerse. Estos gestos y otros podrían resultar difícilmente asimilables por el oficialismo del Régimen. Por ejemplo: el acto de izar la senyera o enseñarnos a bailar la sardana - como signo de simpatía al paisanaje - a los asistentes al albergue del SEU de Arbucias (Gerona) que él dirigía. Esto tenía su precio que no todos se arriesgaban a pagar. No era el caso de Jaime. Rebelde con causa, a favor de todas las que en su ardiente apasionamiento creía justas.

He dicho al comienzo que Jaime nos había dejado; no es cierto. Nadie se va mientras sea recordado. Será muy difícil olvidar su persona o su obra. Especialmente Plataforma 2003 y la actualización del legado joseantoniano, sus dos últimas y, en mi opinión, más importantes empresas políticas en la postrera vuelta del largo y fructífero camino de su vida. Continuarlas suponen un abrumador reto para quienes le acompañamos en la creación de Plataforma. Ya no digamos en su titánico esfuerzo inconcluso de revisión del pensamiento, obra, circunstancia temporal y validez actual del legado de José Antonio.

Siempre nos queda la esperanza de reencontrarnos, como a Jaime le gustaba decir, en la Casa del Padre.