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Aquellos viejos libros de Doncel...
Manuel Parra Celaya

 

 
     

 He acudido con dolor a un estante nostálgico de mi biblioteca para reencontrarme con mi vieja colección de textos de aquella asignatura que se llamó Educación Cívico-Social y Política, todos ellos de la Editorial Doncel; vamos, casi unos incunables…

El motivo de este reencuentro con mis años lejanos de estudiante de la Primaria y de los Bachilleratos ha sido recibir la triste noticia del fallecimiento, a los 91 años, de Jaime Suárez, que fue, desde 1955, el fundador, director y entusiasta  impulsor de aquella editora de la Delegación Nacional de Juventudes, y que llevó a cabo una completa revisión de enfoques, contenidos y metodología de lo que en otros tiempos se llamaba, impropiamente, Formación del Espíritu Nacional (porque, en realidad, ese nombre correspondía a la conjunción, en época posbélica, de la Formación Política, la Educación Física y la Formación Premilitar). Lógicamente, a la altura de los años 50, resultaban anacrónicos los antiguos textos y sus orientaciones primigenias.

 Jaime Suárez formó parte del equipo de Jesús López-Cancio, Delegado Nacional, y, de acuerdo con este, tuvo el valor y el acierto de arrumbar respetuosamente para la historia aquellos caducos libros, muchas veces de iniciativa personal, con enfoques doctrinarios (y contradictorios) y de lenguaje altisonante propio de la posguerra, y se propuso llevar a niños y jóvenes el aire nuevo que propiciaba una España modernizada en la cual aquella contienda entre hermanos era ya un recuerdo borroso.

Los libros de la Editorial Doncel de la nueva asignatura, bajo la dirección de Jaime Suárez, tenían un extraordinario rigor de contenidos y un talante abierto y renovado en su exposición; tanto en los conocimientos especializados como en lo literario, contó con las mejores plumas y los mejores expertos del momento: Rodrigo Fernández Carvajal, Efrén Borrajo Dacruz, Alfonso Ferrer, Manuel Fraga Iribarne, Francisco Vigil, Joaquín Fernández, Eugenio Bustos, Gaspar Gómez de la Serna, Gonzalo Torrente Ballester, Torcuato Fernández Miranda, Eugenio frutos, Fuentes Quintana, Juan Velarde Fuertes…

Además de los libros de texto, Doncel publicó numerosísimos libros de narrativa, cuentos infantiles, teatro y poesía; no está de más recordar también la estupenda colección de La Ballena Alegre, que hizo las delicias de tantos, incluido un servidor.

No ofrecían los contenidos de los libros escolares o puramente literarios visiones partidistas ni propagandísticas del Régimen, sino que pretendían favorecer, además de conceptos de Derecho, Economía o Política Social, la convivencia entre todos los españoles, sin sombras de recuerdos bélicos del pasado, y, eso sí, obedientes a aquellas últimas palabras del testamento de José Antonio Primo de Rivera: Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles…

Porque Jaime Suárez, su fautor, fue, hasta su último aliento, un joseantoniano, sin mixtificaciones, adherencias o condicionamientos procedentes de su larga experiencia y de numerosos disgustos por no comulgar con ruedas de molino. Periodista y abogado, ejerció ampliamente ambos oficios; entregado más tarde a la actividad empresarial, dirigió varias sociedades con una impronta social que se echa de menos en estos nuestros días; no abandonó, por ello, su vocación docente y fue profesor en diversos centros universitarios, públicos y privados, españoles, portugueses e hispanoamericanos; durante una etapa, fue Secretario General del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Conocí a Jaime Suárez ya entrado el siglo XXI, con la puesta en marcha de otra iniciativa suya: Plataforma 2003. Me maravilló su precisión de conceptos, la extensión de sus conocimientos y la profundidad de sus afirmaciones, así como su capacidad para comunicar, en constante práctica socrática de diálogo y de polémica; y coincidíamos, por supuesto, en nuestro amor y dolor de España. Como epitafio de un nieto -que soy yo- a un abuelo admirado, podría poner aquello de con quien tanto he amado y discutido…

Por eso, la noticia de su muerte me pilló con el pie cambiado: sabía de sus achaques. Pero continuaba escuchando su ya cascada voz de los últimos años con reverencia de alumno y, por qué no, rebeldía de adolescente maduro.

Cuando alguno de ustedes, lectores, rebusque en su biblioteca y encuentre, polvorientos, aquel Luiso. María, matrícula de Bilbao o un Vela y Ancla casi deshojado, dediquen un recuerdo y una oración por quien hizo posible que llegaran a mano de todos los estudiantes de España, que entonces, se lo puedo asegurar, no recibían lecciones sectarias en sus aulas llenas de estrechos particularismos, de revanchismo o de odio; lo afirmo, aunque resulte políticamente incorrecto a estas alturas.                                      

 
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