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El Arte y José Antonio
Blas Ruiz Carmona
(Texto y fotos)

 

 
     

 

Introducción

Con el término de la Guerra Civil, la figura de José Antonio Primo de Rivera fue elevada a la categoría de mito, lo cual, desde luego, tuvo su parte positiva, pero también negativa, pues de esta forma se desvirtuó en cierto modo su personalidad primigenia, incluyendo esto, como es obvio, la manipulación de su pensamiento.

En consecuencia con lo anterior, es decir, con la elevación de José Antonio a la categoría de mito, se fueron levantando en muchos pueblos y ciudades de España monumentos en honor al hombre que había fundado la Falange: el nuevo régimen político salido del conflicto bélico necesitaba referentes ideológicos y en José Antonio tuvo, desde luego, su mejor apoyo. Monumentos los hubo de todo tipo y condición: estatuas, bustos, placas, etc. La aparición de todos estos monumentos se fue dilatando mucho en el tiempo, lo cual trajo consigo, afortunadamente, que los patrones artísticos de dichos monumentos sean muy variados, y vayan desde el estilo propio del arte de la posguerra (algo frío en su ejecución), hasta diseños más vanguardistas, que aparecen ya en la década de los años sesenta del siglo pasado.

Con la muerte de Francisco Franco, acaecida en 1975, y la consiguiente transición política, se procedió, sin prisa pero sin pausa, al desmantelamiento de todos los monumentos artísticos que había levantados en honor, no ya de José Antonio Primo de Rivera, sino de todo aquello que tuviera algo que ver con el periclitado régimen político que había nacido el 18 de julio de 1936. En este trabajo sólo vamos a abordar algo muy puntual referente al arte surgido en torno a la figura de José Antonio, pues hablar de otros monumentos, también relacionados con la Guerra Civil o con el Régimen de Franco, creo que merecería un capítulo aparte.

Un caso concreto: el busto de Sabiote (Jaén)

En contra de lo que se suele pensar, no todos los homenajes que se le ofrecieron a José Antonio tuvieron lugar en los primeros años de la posguerra, al calor de la recién conseguida victoria militar. Algunos tardaron muchos años en producirse, siendo ello la señal evidente de que el cariño y admiración que José Antonio despertaba, seguía aún muy latente en el corazón de muchos españoles, aunque hoy, visto lo visto, nos parezca extraña tal coyuntura sentimental.

Así, en Sabiote, pueblo de la provincia de Jaén, situado a 8 kilómetros de la ciudad de Úbeda, tuvieron que pasar 31 años desde el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, para que se llevara a cabo el tan anhelado homenaje que los simpatizantes de la causa falangista que había en la villa querían rendir a su fundador. En efecto, fue el 20 de noviembre de 1967, cuando se inauguró el monumento en honor a José Antonio. Se ubicó en la Plaza de la Santa Cruz (cuyo nombre nada tiene que ver con los caídos).

Una breve descripción del monumento nos dice lo siguiente: tenía un basamento de piedra blanca, con forma de prisma rectangular y en la parte delantera del mismo, aparecían el yugo y las flechas; en la parte posterior estaba pintado el escudo de la villa, con esta inscripción: “La Falange de Sabiote a José Antonio”. Sobre el basamento, estaba colocado el busto, en bronce, del fundador de Falange Española, obra del afamado escultor Francisco Palma Burgos, malagueño de nacimiento aunque ubetense de adopción, un escultor que, aunque para aquella época ya tenía fijada su residencia en Italia, había regresado a Úbeda de forma temporal, para ejecutar algunos encargos con los que ya se había comprometido, entre los que hay que destacar, además del que aquí nos ocupa, al Cristo de la Noche Oscura, para la vecina ciudad de Úbeda.

El busto era de un realismo patente y hasta conmovedor; estaba inspirado en las fotografías oficiales que de José Antonio había en los organismos públicos de la época. Al acto de inauguración asistieron diversas autoridades provinciales, entre las que destacaba el gobernador civil de la provincia, Juan Manuel Pardo Gayoso; era entonces alcalde de Sabiote, Juan Pedro Campos Poyatos.

En este punto del relato y sin abandonar mi labor de cronista, voy a introducir un punto de sentimentalismo, pues le voy a dar rienda suelta a los recuerdos, con todo lo que ello lleva consigo de emotividad. Este acto de inauguración del que estoy hablando, yo lo viví con tan sólo seis años de edad: cierro los ojos, y me parece estar viendo al entonces párroco de Sabiote, bendecir el monumento; acto seguido, el gobernador civil y el alcalde, tiraron de una bandera de la Falange que cubría el busto de José Antonio, con el posterior aplauso de los asistentes, entre los que había muchos hombres ataviados con su camisa azul, y que en aquel entonces me parecían señores muy mayores, aunque quizás no lo fueran tanto, pero claro, quien observaba la escena era un niño de seis años, el mismo que ahora escribe estas líneas, aunque cansado ya por el paso de los años, y triste por el devenir de su patria.

En los años inmediatamente posteriores a la muerte del Caudillo, el busto de José Antonio fue manchado con una pintura que ha sido imposible eliminar. Ante el estado de deterioro del monumento, y en consonancia con las circunstancias políticas que ya se vivían en nuestro país, el Ayuntamiento del pueblo decidió desmontarlo en 1981. Pero yo, fiel a la historia, tengo que hacer honor a la verdad y decir lo que pasó: era entonces alcalde de Sabiote, Manuel Jurado Poyuelo, socialista, amigo personal mío, hombre honesto a carta cabal, persona íntegra donde las haya habido, quien obró con una prudencia exquisita, que ya quisieran para sí algunos de los políticos que padecemos actualmente en nuestro país. Pues bien, el alcalde ya citado, en vez de deshacerse del busto de mala manera, lo puso a disposición de quien entonces representaba a la Falange en Sabiote, Juan José Rodríguez González, por aquella época presidente local de los Círculos José Antonio. Este hombre guardó el busto en su domicilio; tras su muerte, fue su viuda, Rosario Monsalve Morcillo, la que lo custodió; hoy día es uno de sus hijos el que lo tiene en su casa, con la seguridad de que, además de una obra de arte, ese busto encierra también un pedazo de la historia del pueblo, aunque muchos no lo quieran ver así.

El equilibrio imposible

A fuerza de ser objetivos, y manteniendo la cabeza fría, tenemos que reconocer que la proliferación de monumentos en honor de personas o hechos relacionados con el bando vencedor de la Guerra Civil, fue excesiva, aunque se comprende cuando se sitúa en el contexto histórico concreto en el que se produce, a saber: un cruel enfrentamiento entre hermanos, tras el cual, la euforia de unos, y el dolor de otros, hacían imposible cualquier tipo de acto ecuánime (precisamente para eso se levantó el Valle de los Caídos, para superar los homenajes parciales). Bajo el anterior punto de vista, podemos considerar hasta lógico que, con el cambio de coyuntura política que supuso la llamada transición, muchos de estos monumentos fueran desapareciendo. Pero eso se podía haber hecho de manera elegante, educada y pacífica, no con las malas artes que aquí se gastaron entonces y todavía se siguen gastando ahora. Se podían haber estudiado todos y cada uno de los monumentos existentes, ver cuáles había que mantener, bien por su interés artístico, o bien por estar dedicados a personas o hechos que, aunque habiéndose producido durante la Guerra Civil, fueron más bien víctimas de ésta, y no protagonistas activas del conflicto bélico. Tal es el caso de José Antonio Primo de Rivera, que perdió la vida (fusilado, no lo olvidemos), a los cuatro meses de iniciada la Guerra Civil y que poco tuvo que ver con la historia posterior, salvo la utilización que de su persona y de su pensamiento hicieron otros.

Y con aquellos otros monumentos que, una vez estudiados, se considerara conveniente desmantelarlos, se podían haber catalogado y guardado en los oportunos lugares destinados al objeto, como lo que verdaderamente eran: obras de arte con un significado histórico más que evidente de las que extraer las oportunas enseñanzas.

Pero como España es como es, es decir, como la hacemos los españoles, que somos como somos, aquí se optó por el peor camino a seguir, a saber: se destrozó el patrimonio artístico, con premeditación, sin miramientos de ningún tipo, sin respeto ni al arte ni a lo que éste representa, con nocturnidad la mayoría de las veces (valientes que son algunos) y lo que es aún peor, todo muy alejado de la reconciliación que, quienes ordenaban o ejecutaban derribar los monumentos, decían intentar.

Y es que, visto lo visto, a mí me cuesta cada vez más esfuerzo trabajar con términos como “objetividad” o “cabeza fría”, pues siendo España como es, tales atributos hace tiempo que se metieron en el cajón de los trastos inservibles, y así nos va como nos va, en todos los órdenes de la vida.

A modo de epílogo

Voy a terminar este artículo con una propuesta, utópica, ya lo sé, pero que merecería la pena abordar, aunque a estas alturas de la película soy consciente de que ya resulta imposible llevarla a cabo. Se trataría de intentar hacer un catálogo de todos los monumentos que, por la ancha geografía española, se levantaron en honor de José Antonio Primo de Rivera, es decir, los ya desaparecidos (la inmensa mayoría) y los que aún quedan en pie (muy pocos). Para cada monumento se podría seguir el mismo patrón, que sería más o menos el siguiente: ubicación geográfica, autor, breve descripción artística del monumento, fecha de inauguración, personas que asistieron al acto, estado actual, etc. Todo con una foto del monumento, que de eso seguro que hay mucho en las hemerotecas de los periódicos de la época.

Publicarlo en papel impreso resulta una utopía, pues no están los tiempos como para lanzarse a aventuras editoriales, pero sí se podría hacer en formato digital, y poder visualizarlo, de vez en cuando, en el ordenador personal. Y sobre todo para que quede constancia de que aún quedan (quedamos) españoles, a los que tantos años de manipulación histórica, no han conseguido lavarnos el cerebro, porque tenemos memoria, pero no de la mal llamada histórica, sino de la otra, de la más importante, de la vital, de esa que nos recuerda cada día quiénes somos, de dónde venimos, por qué estamos como estamos, y hacia dónde nos dirigimos, por desgracia, si es que Dios no lo remedia antes