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Nos queda un ejemplo y una obligación
Manuel Parra Celaya

 

Ha sido en una fría mañana de enero cuando un veteranísimo camarada me ha dado la noticia, dura y escueta como un parte militar, pero a la vez preñada de tristeza: ha muerto Jaime Suárez. Al colgar el teléfono, he rezado una oración por su alma y, en mi interior, ha resonado un sentido ¡presente!

Fundador y Secretario General de Plataforma 2003, creada inicialmente para conmemorar el centenario del nacimiento de José Antonio, Jaime era un infatigable trabajador, con mente lúcida hasta el final, entregado a su obra. Nos veíamos una o dos veces al año, una de ellas, indefectiblemente, a la sombra de la Cruz de los Caídos de Cuelgamuros; nos despedíamos con un abrazo, él ya en su silla de ruedas, y yo no me resistía a darle un beso de nieto a abuelo, con la duda de si nos volveríamos a ver en el próximo encuentro, no tanto por su edad, 91 años, como por su estado de salud.

Trazar en estas líneas una extensa biografía vital, intelectual, profesional y, especialmente, de servicio, es imposible a todas luces. Solo unos pocos datos que nos puedan orientar caben aquí. Nació en Madrid en 1927 y fue hijo del heroico capitán Suárez (en palabras de José Antonio), aquel que cayó bajo las balas separatistas en Barcelona en los hechos del 6 de octubre de 1934. Estudió Periodismo y Derecho, y ejerció en ambos campos extensamente. Fue fundador y director de la revista Alcalá y director de La Hora; colaboró además en otras publicaciones del Frente de Juventudes (por ejemplo, Juventud) y del SEU, del que fue fundador de su Primera Línea. Perteneció a la centuria de guías montañeros de Zaragoza José M.ª Montolar y, en Madrid, subjefe de la centuria Íñigo de Loyola, en cuyo mando sucedió a Ceferino L. Maestú. Participó como profesor en numerosos cursos de formación de mandos de la SF y de Juventudes. En la etapa de López-Cancio como Delegado Nacional, fue el fundador y director de la editorial Doncel y de la Cadena Azul de Radiodifusión.

Como empresario, fue director y consejero de numerosas empresas, y llegó a ser Secretario General del CSIC; también fue profesor de la Escuela de Organización Industrial y de la Escuela Superior de Arquitectura, así como de diversos centros, públicos y privados, de España, Portugal e Hispanoamérica.

Desde Plataforma 2003, se dedicó a la ingente y controvertida tarea de revisar y traer a nuestros días la figura y la obra de José Antonio, rehabitándolo y explicándolo en profundidad; su libro El legado de José Antonio, del que se editó la primera parte y se difundió en fotocopias la segunda, fue una obra definitiva, de gran profundidad y abierta a la polémica inteligente. En los últimos años, seguía empeñado en completar un Máster titulado Ideario joseantoniano para el siglo XXI en el mundo panhispánico, con la colaboración de la infatigable Beatriz, y que se difundía on-line entre numerosos españoles y extranjeros.

Pero, volvamos a la evocación personal… Cada año, en la Escuela de Verano, su voz ya cascada, pero, a la vez, doctoral y emocionada, nos trasmitía un mensaje de ilusión y dolor por España, y servía como guía para abrir un debate en profundidad; reía como un niño con los chistes de su camarada Enrique de Aguinaga, cantaba las viejas canciones de marcha en los Fuegos de Albergue de cada noche y, también hay que decirlo, discutía, reñía y se reconciliaba con el Lucero del Alba…

De su trayectoria y de su lealtad a lo joseantoniano nos queda a nosotros una doble herencia, a la que no podemos renunciar en modo alguno: su ejemplo y la orden tácita de su mando de continuar con la labor de estudio, trabajo y servicio. Lo primero lo guardaremos siempre en nuestro corazón quienes tuvimos la suerte y el honor de conocerlo; lo segundo constituye un compromiso ineludible para todos los que seguimos afirmándonos en ese legado de José Antonio, con el que pretendemos abrir una brecha de luz en el convulso y oscuro tiempo en que nos ha tocado vivir.

 
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