Conócenos

 

¿Dónde estamos?

Asóciate

 
 

Colaboraciones/

 

 

Inocentadas
Manuel Parra Celaya

 

 

Han pasado de moda las inocentadas, esas bromas que se solían gastar el 28 de diciembre y que generalmente nos dejaban buen sabor de boca y simpáticas anécdotas que contar en las tertulias. A lo mejor es que han sido prohibidas, como tantas otras cosas, ya sea por alguna ordenanza municipal de inspiración populista, ya sea, más globalmente, por alguna ley o decreto, posibilidades todas ellas de los interdictos causados por el imperio de lo políticamente correcto.

Recuerdo nostálgicamente cuando se prodigaban: desde el tradicional e ingenuo monigote de papel que los niños colocaban con finura en la espalda de los viandantes hasta las que deslizaban, entre noticias verdaderas, los periódicos y la misma televisión; todo eso se lo llevó la Trampa, contribuyendo así a hacernos vivir en un mundo odiosamente serio, mediocre, en blanco y negro y lleno de doñas úrsulas (¿recuerdan, lectores de La Codorniz?) podemitas, feministas radicales o simplemente pijas transmutadas en progres. Quizás los catalanes hayamos constituido una excepción en la regla, pues somos quienes hemos sido -y me temo que así seguiremos- objeto de multitud de inocentadas, aun fuera de la fecha tradicional del 28 de diciembre. Una inocentada genial tuvo lugar, hace años, cuando Jordi Pujol era alabado por su insigne contribución a la democracia y a la gobernabilidad de España y llegó a ser proclamado español del año por el periódico ABC, mientras todos, quien más, quien menos, sabíamos de sus inexorables planificaciones separatistas, que desembocarían en la hoja de ruta del Sr. Arturo Mas, su delfín en tantas cosas.

También fuimos objetos de una broma singular: asegurarnos que vivíamos en un Estado de Derecho, cuando la realidad era que las instituciones autonómicas se pasaban por el arco de triunfo toda suerte de normativas y de sentencias judiciales, ¡qué risa! Este mismo año que se acaba por fin tuvo lugar la inocentada más grande, que fue cuando Puigdemont, heredero del trono de Pujol y de Mas, proclamó solemnemente una república catalana, entre manifestaciones callejeras, agitación convulsiva de varas de alcaldes, que parecían querer emular los desperta ferro de los almogávares, puños en alto de los chicos y chicas de la CUP y desmayos, por la emoción, de innumerables marujas esteladas, acompañado a su vera por un orondo, y entre complacido y temeroso, Oriol Junqueras, que después no tendría maletero amplio para tomar las de Villadiego, ¡oigan, qué gozada de broma! Lástima que la mayoría de quienes secundaron la inocentada se desdijeron después de modos diversos y ridículos…

A esa inocentada siguió la que nos endiñó el Sr. Rajoy, cuando, tras mucho tiempo de pensárselo, con un rostro feroz que parecía auténtico, sacó a pasear el artículo 155 de la Constitución en versión reducida y - ¡qué sentido del humor más profundo! – convocó elecciones para el día antes del sorteo de Navidad, seguramente con la finalidad de que García Albiol pasara a la excedencia. La broma fue secundada, claro, por doña Soraya, a quien no se le ocurrió cortar ni un tentáculo propagandístico ni adoctrinador de los bromistas de la república proclamada. La única que no entendió la broma fue Inés Arrimadas, vencedora de los comicios.

Ahora, en el día 28 precisamente (que es cuando escribo estas líneas, mondándome aún de risa), se nos anuncia a bombo y platillo que se ha restaurado el imperio de la ley y la normalidad constitucional; esta última inocentada también ha sido recibida con carcajadas estruendosas por los separatistas, que, aun portando los lacitos amarillos por sus presos políticos, han comido opíparamente y brindado con el mejor cava por el éxito de sus próximas fechorías…

Está visto que los catalanes somos la diana preferida de los guasones, porque encajamos bien las inocentadas que se refieren a nosotros, como ciudadanos de una España a la que la mayoría queremos unida y solidaria. Somos -lo he dicho más de una vez y ya lo sostuvo Julián Marías- la quintaesencia de lo español, provistos de ese senequismo que nos confirió don Ángel Ganivet.

Pero ¡ay del día en que perdamos -nosotros y el resto de españoles- el sentido del humor y nos empecemos a tomar las cosas en serio!