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Las tres pes
Manuel Parra Celaya


 

 

Empecé a escribir estas líneas en el llamado día de reflexión, es decir, la víspera de las elecciones autonómicas catalanas. Poco tenía que reflexionar entonces, porque tenía ya mi voto decidido; por supuesto, a favor de la unidad de España.

A pesar del mantra constante de los políticos, me negaba y me niego a llamarlo constitucional, porque no se trataba de votar sobre una ley que estaba y está en vigor; las leyes se acatan, por mor del civismo, sin renunciar por ello a las expectativas de su mejora y transformación cuando los idus sean propicios; además, no dejaba de pensar que en varios apartados del texto constitucional se encierra el busilis de la actual crisis de Cataluña.

Otros llamaban a mi postura unitaria, lo que era más adecuado; también había leído el calificativo de lealista (de lealtad, claro), y esto último no estaba mal, sobre todo si consideramos que apostar por una España íntegra representaba ser leal a los esforzados y sacrificados antepasados y a mis descendientes, a quienes no debía entregar una herencia troceada por la razón de que a las actuales generaciones les hubiera dado un aire, manera popular de decir que se habían dejado arrastrar por una pandemia de vesania.

De todas formas, a quien me preguntaba respondía que se trataba de un voto simplemente español; si insistían en que rompiera mi legítimo secreto, añadía que me dejaba llevar por tres criterios: político (que no ideológico), ético y estético, y hasta ahí podía leer, como decía la inolvidable Mayra Gómez Kent…

Continué escribiendo el artículo a toro pasado, es decir, una vez conocidos los resultados del escrutinio. No teman: no voy a decir la vulgaridad de ya lo decía yo… Lo cierto es que el separatismo no ha sido vencido ni siquiera encarrilado dentro de las leyes; la aplicación timorata, pusilánime y monjil del artículo 155 ha parado, todo lo más, su faceta más asilvestrada, en la que, por lo visto, ni los propios separatistas creían. Y, como de costumbre, las urnas no han resuelto nada.

El potencial propagandístico de los secesionistas seguía intacto, con televisión y radio sostenidas con fondos públicos a bombo y platillo, ora transmitiendo los mensajes desde Bruselas, ora exaltando la figura del huésped de Estremeras. Los caudales en poder del separatismo no parecían haber sufrido mengua, a juzgar por el despliegue electoral del que hicieron gala, sus partidos y asociaciones seguían siendo legales e incansables transmisoras de consignas, y la clientela estaba, además, retroalimentada por el inevitable victimismo, expresado en la profusión de los cursis lacitos amarillos y demás prendas de ese color, desde bufandas a -me imagino- ropa interior, para sorprender y seducir al contrario o contraria respectivos…

Confiar en que unas precipitadas elecciones iban a resolver el problema era como aplicar una cataplasma a un cuerpo del que se había apoderado una infección galopante. Y así ha sido.

Urge, pasadas las falsas expectativas, llevar a cabo una labor de desintoxicación completa, que vendría dada por lo que llamo el remedio de las tres pes.

En primer lugar, pe de presencia del Estado en Cataluña, de donde lleva ausente progresivamente por lo menos desde hace tres décadas. Ya que, por lo visto, es utópico insistir en que le sean restituidas las competencias en Enseñanza, de Orden Público y de Sanidad, por lo menos reclamemos la presencia y actuación de una Alta Inspección Educativa, otro tanto con respecto a las Fuerzas de Seguridad autonómicas y, mínimamente, una racionalización en el tercer ámbito mencionado.

En segundo lugar, pe de pasión, de pasión por España, por parte de las instituciones nacionales, que incluya, por supuesto, el conocimiento y el apasionamiento por la verdadera catalanidad, legítima y bella perspectiva de la españolidad. Hasta ahora, la pasión se ha puesto solo en la macroeconomía, que, con ser importante, ha dejado frío al ciudadano, sobre todo si veía que los datos entusiastas al respecto no afectaban a su trabajo, a su sueldo y a su hipoteca; y, por favor, que olviden la pasión por las necesidades de partido, situadas de forma indigna por encima de las nacionales...

Y, en tercer lugar -o, mejor, en primerísimo- la pe de proyecto, el que es indispensable para que todos los españoles de cualquier Comunidad Autónoma se sientan atraídos por el nombre de su Patria, que está por encima de las coyunturas, los gobiernos y los regímenes; proyecto que, ni hay que decirlo, debe ser acorde con una esencia nacional, de la que nos hemos apartado.

No pretenda el Gobierno ni las demás instituciones que estas tres pes sean reemplazadas por la pe de paciencia, en la que hemos vertida toneladas los que hemos defendido en catalán la unidad de España

Este artículo llegará a los lectores -espero- en plena celebración de la Natividad del Hijo de Dios. Además del apoyo que solicitaba en mi menaje de la semana pasada, pido ahora que dediquemos una sencilla oración, entre villancico y villancico, para que el Señor de la Historia nos conceda un nuevo año en paz, convivencia sana y unidad en los corazones e inteligencias de todos los españoles.